LAS FLORES DE BAUDELAIRE

altAntes de hablarles de esta novela les diré que el título me gusta mucho, y que no fue el primero que tuvo el manuscrito, en realidad surgió del diálogo entre editor y autor, diálogo que no

 

 

 

La necedad, el error, el pecado, la tacañería, ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos, y alimentan nuestros amables remordimientos, como los mendigos nutren su miseria.

Charles Baudelaire (Las flores del mal)

 

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Antes de hablarles de esta novela les diré que el título me gusta mucho, y que no fue el primero que tuvo el manuscrito, en realidad surgió del diálogo entre editor y autor, diálogo que no siempre existe en el mundo de la edición, suele abundar la imposición por parte de los primeros. Es la primera novela de Gonzalo Garrido y diré que no es nada titubeante y, como el propio autor en la presentación a la que pude asistir en Barcelona, puedo decir que es una novela, si me permiten la prosopopeya, segura de misma, seguridad que si no va acompañada de un excesivo narcisismo –ahora hablo de las personas-, siempre es más agradecida que la falsa humildad.

 

Como es habitual en estos casos, paso a resumirles la trama sin desvelar las claves de la misma:

 

El párrafo del comienzo promete: “Sucedió en uno de esos momentos en los que la vida deja de ser vida y se convierte en otra cosa”.

 

Alfredo Maldonado, el protagonista, es un fotógrafo de la prensa local de la ciudad de Bilbao que acude, con sus colegas de profesión, al primer vuelo experimental en la citada ciudad, allá por el año de 1917. Es allí donde recibe una noticia trágica, una pequeña ha sido salvajemente asesinada. La víctima es Anabel, una niña con Síndrome de Down (en aquella época se llamaba mongolismo), hija de los magnates del acero, la familia de origen austriaca Krüger. El cadáver aparece degollado y con una mano cortada, todo un misterio. La historia de la familia de Klaus Krüger y el asesinato de la pequeña son el punto de partida, o el pretexto, que utiliza Garrido para mostrarnos un fresco de la sociedad bilbaína (en pleno proceso de industrialización), y por extensión, de la España y la Europa de aquella época, con el trasfondo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Un retrato descarnado al que no le falta ironía y humor negro.

 

altPero el trabajo de Maldonado en la prensa es circunstancial, él tiene su propio negocio, una tienda y estudio fotográfico, precisamente en dicho estudio hizo quizá la última foto de la inocente víctima. Allí tiene un par de empleados que le ayudan y comparten (no les queda otro remedio) su secreta afición, la investigación de crímenes. Joan es un catalán extrovertido que se mueve y adapta a cualquier ambiente, cualidad necesaria para obtener información. Intuitivo y menos metódico que su jefe es el contrapunto adecuado del personaje principal.  Por el contrario, Mario es un ex presidiario, un ser primerio que representa la fuerza bruta y que es capaz de preguntarle a su jefe, cuando la mujer de éste le importuna, si quiere que le parta las piernas (la vida familiar de Maldonado es una monótona y civilizada ignorancia de las personas –hijos y esposa- que comparten un tiempo y espacio, pero nada más). En un trío de investigadores muy singular (no me extraña que algunos lectores y la propia editorial le pidan una saga a Garrido, cosa que por el monto parece estar descartada), que junto a otros colaboradores necesarios (un forense que roba los dientes de oro de los cadáveres y presunto necrofílico), forman una especie de “Irregulares de Baker Street” a lo Sherlock Holmes.

 

La afición investigadora del protagonista se facilita por su otra ocupación como colaborador fotográfico de la policía. De hecho, su trabajo como fotógrafo policial (¿Quizá el autor se inspiró en la vida del “Gran Weegee”?) es el que nos descubre otra oscura afición del protagonista. El gusto morboso por las fotografías de escenas de crímenes, una forma muy particular de exorcizar sus demonios internos. Si lo pensamos bien, no es tan particular, ya que el género humano busca –buscamos- una salida a sus propias frustraciones oxigenándose con las desgracias ajenas. Dichas fotos las colecciona secretamente y las contempla una y otra vez, disfrutando, por decirlo así, de la estética de la maldad, pero también le sirven para analizar psicológicamente a sus congéneres, y de alguna manera, a él mismo; ya saben, la historia de la humanidad es la historia de sus crímenes. Este es el comienzo de la historia, si quieren seguirla, tendrán que comprar el libro.

 

Las flores de Baudelaire no es una novela negra, ni mucho menos, ni tampoco una intriga histórica de las que están de moda, pero tiene cosas de ambas. Es una novela de intriga con tintes psicológicos y en un contexto histórico muy interesante y no tan trillado como la Segunda Guerra Mundial o nuestra Guerra Civil, aunque en la narración se citan las guerras carlistas del siglo XIX. Durante la Gran Guerra, España fue neutral, pero esto no fue óbice para que la opinión pública; los intelectuales; los políticos y la prensa, se dividiera en dos bandos encontrados, el de pro Aliados contra los germanófilos. La documentación histórica no abruma ni aburre en los capítulos de transición o los pasajes discursivos, no entorpece la narración, y eso se agradece, cosa que no pasa en novelas de mucho éxito de público, algo cursis y ramplonas, que últimamente se publican y que tienen a Barcelona y su historia como protagonista. Usted puede leer la novela por la peripecia detectivesca, que está bien contada, pero el autor también ajusta cuentas y va más allá, quizá como dijo en la presentación de la librería Laie de Barcelona: “Creo en la venganza poética. El mundo es demasiado injusto como para que el escritor no quiera intervenir”.

 

Hay un retrato nada favorable de la policía y, sobre todo, del mundo de la prensa (que bien conoce el autor como consultor de comunicación que es) con los intereses comunes de las empresas editoras con el mundo financiero y político, ya saben, nadie muerde la mano que la da de comer, y el periodismo, como dice un personaje en la novela, es muy sensible a esto.

 

Que todos podemos ser potencialmente asesinos o víctimas, pese a ser una obviedad que se repite en las novelas y el cine (Hitchcock era un maestro es esto), nos sigue produciendo una gran desazón y, en algunos casos como el del protagonista, una atracción más de su trabajo como investigador aficionado.

 

Presumo que Gonzalo Garrido es un gran lector, hay que serlo si se quiere escribir, es más, creo que los grandes escritores son primeros lectores, y lo de escribir es un accidente. Como se dice en la novela, la lectura es el único espacio puro que le queda al ser humano.

 

Para mi gusto, hubiera añadido más diálogos, no olvidemos que narrar no es novelar, aunque hoy en día se confunden los términos. Por decirlo de otra manera, me gusta que el autor me muestre, me presente la realidad literaria delante de mis narices, que no me la cuente con la voz del narrador. De alguna manera, que los personajes se pongan a “actuar”, no simplemente  a deambular por la trama, aunque esto último no es el caso, los personajes de Garrido, tienen chicha y uno se queda con las ganas de saber más de ellos. En fin, quizá sean manías de un viejo y anticuado lector de novelas policiacas de quiosco, donde los proletarios de la pluma te metían en la historia con un simple diálogo, sin preámbulos, contextualizando la trama a la vez que se desarrolla, claro que escribían a destajo y no tenían tiempo de divagaciones. Por cierto, cuanto más viejo me hago, más me gustan las divagaciones literarias, esto mismo es una divagación que no viene a cuento en esta reseña, por ello les aviso.

 

La edición de Alrevés está muy cuidada, aunque hay dos cosas que a mí no me gustan: La primera es la faja que la han puesto al libro con la frase de Eduardo Mendoza… ¡Odio las fajas en los libros!, es lo primero que tiro cuando compro un libro, y lo de las frases que suelen llevar –no me refiero a este caso- dan para otro artículo. Y lo segundo es el párrafo final del texto de la contraportada que de obvio se podría haber obviado: “La novela demuestra que la ambición y la mezquindad no son sólo atributos de nuestro tiempo”. No quiero retrotraerme muy lejos en el tiempo, pero creo que en las tablillas de origen sumerio que recogen La Epopeya de Gilgamesh (siglo VII a. C.), ya hay muestras de ello, pero quizá para alguien la lectura de la entretenida novela de Garrido sea la demostración palmaria de que la ambición y mezquindad no es cosa de los tiempos que vivimos de Estafa (que no crisis) Económica Mundial, sino que viene de lejos… Por lo demás, les recomiendo la lectura de Las flores de Baudelaire y espero nuevos trabajos de Gonzalo Garrido y, a los amigos de Editorial Alrevés felicitarles por el arriesgado camino de buscar y encontrar nuevas voces literarias. Gracias a Garrido y a la editorial por esta novela.

 

P.D.: He terminado esta reseña sin escribir “ritmo trepidante”, expresión que se repite una y otra vez cuando se escribe sobre novelas de intriga o negras. Yo, cuando quiero un ritmo trepidante, veo un videoclip o una película de Tarantino. La novela de Garrido se lee a buen ritmo, quizá por sus cortos capítulos, pero el ritmo no es garantía de calidad, quizá de amenidad. Huyo de las novelas que se leen rápido, prefiero las que te hacen reflexionar, las que dejan poso, y esas requieren un esfuerzo del lector, que nada tiene que ver con la rapidez de su lectura.

©JAVIER CORIA

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