Bob Dylan

Bob Dylan abrió la puerta de un antro imposible: un Hellfire Club trasplantado a Triana, encajado en una callejuela húmeda donde el alba todavía dudaba en nacer. No buscaba bullicio ni compañía, sino un recuerdo. Un destello de juventud.

Allí, en otra noche remota, le había servido una copa, una camarera de ojos inmensos, estudiante de Filología. Con aquellos ojos le habló de Lorca, de la Casida de la mujer tendida, y más tarde, entre su pecho generoso, Dylan comprendió que la métrica de las casidas bebía del narcótico paso de las caravanas del desierto. No hubo amor ni promesas: ella era demasiado libre para amar a una estrella fugaz del folk, y él demasiado mortal para intentar un segundo encuentro.

Un violín estremecedor rompió el recuerdo. Dylan parpadeó: no había antro, ni ojos, ni casidas. Solo una máquina expendedora de Coca-Cola parpadeando en soledad. Afuera, la mañana ya mordía el aire.

Entró en un bar cualquiera. Dos camareras hermosas discutían con un viejo que se quejaba del precio del vino blanco. Ellas, con un descaro teñido de risa amarga, le dijeron que no habían venido al mundo para aguantar su mal humor ni para regatear precios. Tenían dieciocho años, llevaban trabajando desde los dieciséis, y la vida se les antojaba condena.

El jubilado, encogiendo los hombros, les lanzó una sentencia de taberna: peor para vosotras, la felicidad consiste en creer en lo que se hace. Ellas bufaron, quejándose del mundo materialista; él replicó que así había sido siempre.

Detrás de las gafas oscuras, a Dylan se le resbalaron dos lágrimas. Pidió un vino. En inglés, impecable, confesó al joven camarero que estaba perdido, que no hallaba el camino a su hotel. El muchacho, incapaz de entender, pensó que aquel extranjero solo le buscaba más trabajo.

Entonces otro anciano, discreto y paciente, sacó su móvil, abrió Google Translate y, con una sonrisa, le mostró la ruta. Dylan asintió agradecido. Y mientras salía del bar, pensó que no era la música la que había perdido su vocación, sino la vida misma detrás de la barra, donde el desencanto servía copas a cambio de un salario mínimo.

 

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Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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