Cuando Gualterio Blanco caminaba por la calle iba pensando en los campos mórficos y en la posibilidad de que hubiera canales invisibles de información semejantes a la telepatía. De repente, entró por las puertas de la notaría de la calle Zaragoza con cara de pocos amigos. La secretaria le dijo que no podía pasar, puesto que el notario estaba ocupado.

―Creo que tengo una conversación pendiente que no puede esperar―replicó― mientras sacaba una pistola de grandes dimensiones. A continuación, golpeó la puerta de una patada y mientras dos mujeres abandonaban la habitación presas del pánico, Gualterio se acercó al notario y le puso la pistola en la sien.

―He tenido que utilizar mi sexto sentido. Ahora entiendo la última conversación.

―¿Lo del código deontológico?

―No. Cuando me dijiste que si tenía alguna duda hablara contigo, en realidad era para que no consultara una segunda opinión.

―¡Cálmate, Gualterio! ¿De qué estás hablando?―preguntó el notario.

―Querías engañarme. Tú eres de las pocas personas que sabes todo el dinero que tengo porque conoces mi historia. Sabes que me detectaron un cáncer y que debido a la saturación de la medicina pública, a las listas de espera, y a lo costoso de la operación en la sanidad privada tuve que vender mi casa.

―Lo sé.

―Pero también sabes que me he enriquecido mucho últimamente, puesto que para pagar la operación y asegurar el futuro de mi familia, he comprado varios pisos a las afueras de la ciudad. En efecto, dichos inmuebles eran baratos porque había ocupas y ya no eran rentables. Yo los eché y los utilicé para cultivar marihuana.

―Sí. Estoy al tanto de tu doble vida.

―Incluso puedes tener una vaga idea del cambio que he sufrido durante estos años tras tener que tratar con las bandas y el crimen organizado.

―¿Por qué dices que te he engañado?

―Quería dejar bien situada a mi familia. Hice testamento y ahora he descubierto que no me diste una copia auténtica. Solo me diste la factura y la copia simple.

―¿Quieres una copia auténtica?

―Es tarde para eso.

―¿Por qué?

―Mira. Mi abogado Saúl ya lo ha arreglado todo, el que vale es el último. Sé que no registraste mi testamento. Es más, me he enterado que fuiste a otro notario, falsificaste mi firma y registraste uno falso en el que te pusiste como heredero universal.

―¿Y qué vas a hacer?―preguntó el notario lleno de ansiedad.

―Da gracias a la vida. Yo no soy un asesino. Es más, solo soy un enfermo profesor de física que debido a la saturación de la sanidad pública llegó a «volverse malo a la española». Pero he venido solo para que sepas lo que te espera. No en vano tienes que saber que he pagado un sicario para que te busque y acabe contigo cuando menos te lo esperes.

Articulista en Revista Rambla | Otros artículos del autor

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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