Un sentimiento inconsciente de rebeldía amable le llevó a aparcar de forma equivocada enfrente del estadio. No, allí no había nadie. Ya no eran los años 90. El tiempo no pasa en balde. En realidad el concierto era en un pequeño teatro. Comenzó con un sonido mejorable. Se daba cuenta que algunos miraban de reojo aquel personaje que permanecía sentado. Iba ataviado con un sombrero panameño y una colorida camisa hawaiana. En efecto, se sentía como una suerte de vampiro bueno, un nosferatu poético que se había colado para observar a aquellas nuevas muchachas bonitas. Todo un plantel que se dedicaban a bailar suavemente seducidas por la misma música con la que él se había enamorado mil veces de joven. Era la hora de bailar, como si se tratara de una renovación poética de una familiar experiencia común. El teatro estaba completo. De repente todos se pusieron de pie. Como un irónico mensaje del destino, solo había una persona sentada y a su lado había quedado una butaca vacía. ¿Cuántos viejos amores podían haber estado sentados aquella noche, en aquella silla? Deliberadamente, les libró de su nostalgia. Hay que reivindicar el pasarlo bien sin hacer daño a nadie. Por un momento se sintió orgulloso de formar parte de esa generación que había pasado el tiempo sin documentos junto a Andrés Calamaro. Desde tardes gastadas en viejos televisores, hasta avanzadas madrugadas pasadas en discotecas sobre las azoteas de los hoteles, pero siempre rendidos, con la desinhibición y la bohemia con la que habían sido secuestrados innumerables veces sus tórridos corazones. ¿Cuántas botellas de vino para brindar por las mujeres que derrochan simpatía? ¿Será en el futuro igual de bello? Hacía mucho calor y luego habían vuelto a hacer el amor. Mientras el aire se llenaba de los estribillos de las canciones del músico argentino, él celebraba el regreso del rock y su mestizaje con Bob Dylan y la salsa romántica. Llegó solo y se marchó acompañado con la princesa de la multitud. Ahora que corren tiempos de reproches y pasajeros números uno, de cantantes que no saben cantar, y de absurdos bailes en TikTok, por dos horas la música de nuevo volvía a tener sentido para su cansado corazón, y la alegría y la libertad brotaban del fondo de las almas igual que siempre, sin trampa ni cartón. Incluso tuvo la sensación de que la butaca vacía se llenó por un momento de los recuerdos, que cobraban forma, un preludio de alguien, una mujer a la que no le importaba que se la echaran a suertes, una rubia loca que bailaba sola hasta el amanecer.

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

Comparte: