Mientras el tercer hombre esperaba con un vehículo en la puerta, los otros dos atracadores entraron de repente en el supermercado. Uno de ellos iba blandiendo una escopeta con el cañón recortado, en el mundillo de la delincuencia era conocido como el Demonio. Se dirigió con vehemencia pidiendo el dinero a la cajera. Al mismo tiempo que miraba a la otra empleada de soslayo la encañonó y dio un golpe en la cabeza. La mujer perdió los nervios y además se quedó sin palabras. El otro entró corriendo para amenazar a los trabajadores que estaban en el fondo de la tienda. Aquellos malhechores no eran principiantes que cometían su primer robo producto de una sobrevenida situación de pobreza fruto de la pandemia. Tampoco eran ladrones de guante blanco. Eran rudos atracadores con experiencia y estaban acostumbrados a las situaciones más peligrosas. Desde la más tierna adolescencia se habían convertido en drogadictos y delincuentes a tiempo completo. En cualquier momento, alguien podía salir herido o terminar muerto. No estaban bromeando. Muy al contrario, se trataba de sujetos crueles en cuyo haber se contaban crímenes execrables. Era cosa de familia. Y eran realmente malos. De hecho, la realidad desmentía todo el romanticismo de los mitos de la ficción. La infancia era el momento en el que se formaba la personalidad y ellos, en la mayoría de los casos, habían pertenecido a familias desestructuradas, tomando como referencia a sus padres o hermanos, a pesar de que fueran malos ejemplos. Si a eso le añadimos que en cierto modo, debido a la cultura imperante, todos teníamos malos referentes infantiles, el resultado era que hacía mucho tiempo que ya no les servían los modelos de la sociedad normal. Ellos eran personajes sin alma, egoístas e individualistas, y sabían que estaban solos y condenados a un destino cruel. En efecto, quitando la parte edulcorada de los libros de aventuras, desde los ladrones del bosque de Sherwood, hasta los piratas del Caribe o incluso los pistoleros que ejercían su propia ley al oeste del Pecos, eran todos unos psicópatas. Pero cuando estás colocado de heroína supongo que baja tu nivel de autocrítica. Y dicha organización era una banda que había llegado a incluir en su seno a miembros de doce años. El resultado fue una retahíla de acciones terribles y monstruosas. Y por supuesto no es un secreto que todos terminaron mal. Naturalmente, cuando leía la crónica en internet vinieron a mi mente lejanos recuerdos de historias de violencia que habían salpicado la ciudad de Sevilla. ¿Quién espera recibir la visita de uno de los mayores criminales de la ciudad cuando abre la puerta de su centro de trabajo? La cosa venía de lejos. Hacía tanto tiempo que aquellos abyectos personajes cometían robos con fuerza, que la cuantía de sus primeros golpes se contaba entonces en pesetas en lugar de euros. Por aquellos días el avezado delincuente conocido como el Demonio, junto a su hermano, había fundado una banda que asaltó un centro de menores para liberar a uno de sus compañeros. Más tarde, su hermano y otros dos de esos compinches que participaron en el golpe, sucumbieron a una temprana muerte por sobredosis debido a su adicción a las drogas. Y lo cierto era que la mayoría de ellos, durante su breve carrera delictiva, gozaron de cierta impunidad debido a que cometieron los delitos cuando eran menores de edad. Ellos eran el claro ejemplo del fracaso del sistema ante de ciertos casos de inadaptación social. No en balde, en el momento de sus fallecimientos tenían innumerables procesos pendientes y entre los tres sumaban más de cien detenciones por robos a punta de navaja y tirones. Todo se olvida, pero cada vez recuerdo mejor lo sonado que fue, en el mundillo de los vigilantes, el golpe en al centro de menores. Aproximadamente a las dos de la mañana, los delincuentes entraron por la azotea del edificio. Poco después amenazaron con armas de fuego al vigilante de seguridad y al resto del personal del centro. Por aquella época el centro de menores -a pesar de contar con internos que habían cometido delitos de sangre incluidos homicidios- carecía de cámaras de seguridad y solo había un vigilante de seguridad desarmado. Ellos, en cambio, tenían en su poder una escopeta de caza y una pistola. Y no se limitaron a liberar al miembro de su banda. Tanto es así que de los veinticinco internos, dieciocho huyeron con ellos. Para la huida utilizaron los propios vehículos de los trabajadores del reformatorio. Cuatro fueron detenidos antes de que amaneciera porque estrellaron el coche en el que estaban huyendo. Un mes más tarde, fueron arrestados los dos protagonistas del asalto y, sin embargo, al final terminarían siendo absueltos por falta de pruebas. Para ser aquella la primera aparición en el imaginario colectivo de la ciudad de Sevilla, anteriormente habían hecho un gran número de acciones delictivas que no habían pasado desapercibidas para las fuerzas y cuerpos de seguridad. Desde quince robos con violencia en gasolineras, hasta más de veinte de vehículos y otros bienes de titularidad privada. Y eso era solo lo que se sabía de ellos, porque a buen seguro habían hecho muchas más cosas que no habían podido ser añadidas a la lista o que simplemente las víctimas no se habían atrevido a denunciar. Sin ir más lejos, un compañero de trabajo que los había conocido, me contó una vez que había presenciado como el delincuente llamado el Demonio mató a un vagabundo para robarle una simple botella de cerveza.

De ese mundo de tinieblas poblado por delincuentes habituales, pandilleros suburbanos y grotescos personajes sin valores, provenían todos los integrantes de la banda. Es sorprendente hasta qué punto todos nosotros habíamos convivido con el mal y la sinrazón, las más de las veces sin saberlo. Solo en determinadas ocasiones noticias aisladas salpicaban los periódicos. Parecía que nadie quería hablar del asunto. Pero los hechos estaban en la hemeroteca para el que quisiera investigarlos. Poco después las noticias de los diarios informaban de la detención de otro de sus miembros. Por lo visto, se dedicaba a atracar a punta de navaja a parejas de novios que deambulaban cerca del centro comercial de Los Arcos, justo enfrente del barrio de Los Pajaritos. Difícil para el ciudadano de a pie hilvanar el itinerario de las fechorías de la banda que estaba actuando en por toda la ciudad. Y, en algunas ocasiones, con resultado de muerte. Por supuesto que más tarde, un miembro de la banda apenas pasada la mayoría de edad, fue encontrado muerto por una puñalada en el cuello. Otros fallecerían más tarde por peleas en la cárcel. Porque insisto, el asalto al reformatorio ponía de manifiesto que las medidas que la sociedad tenía para enderezar los caminos de estos criminales precoces no iban a funcionar. No fue casual que dieran un golpe a un reformatorio porque, en realidad, lo que querían montar era una academia del crimen. En efecto, los miembros de la banda del Demonio eran todos reincidentes. Aparte de su adicción a las drogas confluían otros factores. Cualquiera que tenga una ocupación en la que se vivan situaciones de emergencia sabe lo adictiva que puede llegar a ser la adrenalina. Es más, cuando se vive el presente con tal intensidad no se echa de menos el pasado ni se piensa en el futuro. El problema era que a ellos les gustaba ser macarras porque habían conocido esas emociones dedicándose a hacer el mal. Y eso implicaba ser un bárbaro en un mundo cada vez más civilizado. Una vez fui testigo del traslado de la Policía de uno de ellos a un pequeño hospital. Dichas dependencias eran un servicio de urgencias muy utilizado por la Policía para llevar a los detenidos. La médica exigió para atenderlo que además de la pareja de policías, estuviera presente el vigilante de seguridad, que en ese caso era yo. El delincuente le pidió a la médica que le diera metadona y la médica se negó.

-¡Dame algo, que está muy arraigado! -le gritó.

Sin duda hablaba del síndrome de abstinencia. Yo conocía todas estas historias de primera mano porque había trabajado como vigilante de seguridad por toda la ciudad. Es más, había comprobado en primera persona el cambio de fisionomía del entorno urbano. Durante las décadas que la banda del Demonio había cometido sus fechorías, Sevilla había cambiado para mejor. Mientras ellos habían estado robando o encerrados en la cárcel, diversas empresas de seguridad me habían contratado para vigilar diferentes obras que habían modernizado al paisaje. Desde el centro comercial Aire Sur, o las famosas Setas de Sevilla, sin olvidar la moderna Torre Pelli. Evidentemente, había muchas cosas buenas en la vida para fijarse en estos siniestros titulares del subsuelo. Eso por no hablar de los personajes ejemplares y los artistas que había dado nuestra hermosa ciudad en el periodo de desarrollo y crecimiento que ahora se estaba terminando. Sin embargo, como los sentimientos de las personas a veces son complicados, lo cierto es que aquellos adolescentes pobres y crueles habían llegado a tener muchos seguidores en su barrio, uno de los barrios más peligrosos de España, el barrio de Los Pajaritos. Porque, a pesar de todo el daño que causaban y aunque a su juicio la ley no iba con ellos, para sentirse bien consigo mismos, hasta los más bajos atracadores tienen un código de honor y una especie de ética profesional con la que juzgar a sus compañeros y a sus perseguidores. El caso es que, al año siguiente, la banda organizada protagonizó un nuevo crimen, aunque lo pusieron en marcha en el momento más inoportuno. Todo sucedió durante el atraco a un estanco. Un estanco que, en aquellos precisos momentos, estaba pasando una inspección fiscal por dos guardiaciviles de paisano. Los adolescentes cometieron el robo pensando que las personas que estaban en el interior del negocio eran clientes. En efecto, se llevaron el dinero y el tabaco a punta de machete, y con una pistola de fogueo con la que amenazaron a las personas que estaban en el interior sin saber todavía que eran agentes de la Guardia Civil. Más tarde, se dieron a la fuga en un par de motos pensando que todo había salido a pedir de boca. Sin embargo, los guardias civiles iniciaron la persecución. Tras identificarse, los adolescentes comprendieron que estaban a punto de ser detenidos y, ante tal perspectiva, intentaron intimidar a los agentes con el arma de fogueo. Entonces uno de ellos, Marcos Ríos, de tan solo dieciocho años mientras el cómplice que iba conduciendo, giró su moto, les disparó con el arma para intentar pararlos. Mala idea. Naturalmente, uno de los agentes sacó su arma reglamentaria y contestó a los disparos. Una bala le hirió en la pierna, pero la segunda fue mortal alcanzándole en la cabeza. La muerte del joven atracador provocó una conmoción en el barrio que debido a su situación tan desfavorecida, tenía una extraña empatía con los delincuentes. Pero sobre todo fue el hecho de que la pistola del atracador fuese de fogueo lo que enardeció las protestas. Salvando las enormes distancias, puesto que en realidad no se trataba de un caso de violencia policial, sino de imprudencia de los atracadores o simplemente de mala suerte, las protestas callejeras -de un nivel nunca visto en Sevilla- recuerdan ahora lo que sucede en otras partes del mundo, por la violencia policial contra los marginados o las minorías. De nuevo, para hacer honor a la verdad hay que quitar romanticismo al asunto, porque los ataques a las sucursales bancarias y las batallas contra la Policía no estaban protagonizadas por defensores de los derechos humanos o gente de bien. Muy al contrario, los participantes eran jóvenes drogadictos que se pasaban todo el día consumiendo droga y que en cierto modo, se habían sentido identificados con la falta de oportunidades que había llevado a aquellos delincuentes a cometer el fatídico atraco al estanco. Muchas emociones contenidas todavía hoy cuando alguien pronuncia determinados nombres. Con todo, he de decir en defensa del barrio de Los Pajaritos que, a pesar de que es innegable el imperio de la droga que reina en sus calles y la delincuencia en algunas zonas de él, la mayor parte de sus habitantes son trabajadores humildes que respetan la ley y el orden. Es más, las veces que he paseado por allí siempre me han tratado bien y he encontrado alegría en sus bares. Pero en este caso como no podía ser de otra manera, poco después, la Policía detuvo al otro que había participado en el golpe, uno de ellos era menor de edad. Se trataba de uno de los que anteriormente había escapado del asalto al centro de menores.

El siguiente golpe sonado lo protagonizaron en el Guadalpark. Cinco atracadores, encabezados por el delincuente conocido como el Demonio amordazaron al vigilante, después de amenazarle con unos cuchillos de grandes dimensiones. Esta vez, el botín ascendió a más de ciento veinte mil euros. Incluso se llevaron varias cajas de helados y una furgoneta sustraída en la que huyeron a toda velocidad. Sin embargo, además del inconfundible modus operandi, habían dejado demasiadas pistas para las fuerzas y cuerpos de seguridad. Poco después, la detención de su cabecilla sucedió con un ambiente propio de una película de acción. El delincuente, haciendo gala de una gran agilidad, se desplazó por los tejados para evitar su detención hasta que fue acorralado por un cuerpo de élite de la Policía Nacional. Se trataba de los GOES (Grupo de Operaciones Especiales). De nuevo los habían cogido pero por supuesto su arresto convocó a muchos seguidores y vecinos alrededor de su vivienda habitual. Un año después, otra vez terminarían absueltos por falta de pruebas, en esta ocasión debido al miedo que causaban, algo que se manifestaba en las vacilaciones en el testimonio del vigilante de seguridad.

El siguiente hito en la funesta carrera de esta banda organizada lo protagonizó en solitario uno de sus miembros al cometer un salvaje crimen machista. Muchos vecinos de Sevilla recordarán la noticia que recorrió todos los medios, cuando en el barrio de Los Pajaritos una mujer resultó muerta de un tiro en la frente. El asesino era el Peluca, uno de los miembros de la banda que había matado a su novia. Enseguida salieron voces del entorno de la mujer que denunciaron que él la maltrataba. Las circunstancias del asesinato fueron especialmente crueles porque la muchacha tenía el bebé de ambos entre sus brazos en el momento de ser asesinada. También fue muy elocuente y llamativo el informe de dos psiquiatras forenses que analizaron la personalidad del asesino. Los expertos lo describieron como a una persona de educación tradicional y concluyeron que, más que una personalidad agresiva, se encontraban frente una inmadura. Además, subrayaron que no tenía enfermedades mentales y que matar lo puede hacer cualquiera, siempre que tenga un motivo para hacerlo. Esta vez, la justicia condenó a veinte años de prisión al delincuente, a pesar de que intentó librarse de la cárcel esgrimiendo una falsa y patética versión de los hechos, que intentaba convencer a las autoridades de una muerte accidental.

Pero el líder de la banda todavía andaba en libertad y, debido a su adicción, no podía permanecer por mucho tiempo ocioso. De hecho, fue en 2007 cuando cometió un robo con fuerza a un recaudador de los ingresos de una franquicia del mundo de la hostelería. Esta vez el botín ascendió a ochenta mil euros. El robo tenía cierta similitud con las películas del Oeste. Según las declaraciones de la víctima, que sufrió numerosas lesiones. No en vano, mientras iba en su vehículo tras efectuar la recaudación, los delincuentes lo abordaron en una moto. Parecía un atraco a una diligencia. Y lo golpearon con saña. Después, abrieron el maletero del coche y se llevaron una mochila donde estaba el dinero. Ambos delincuentes llevaban cubierto el rostro y la huida en moto recordaba a los forajidos de las películas que siempre iban a caballo.

Otro integrante de la banda -conocido como el Rober- permanecía actualmente cumpliendo una condena de nueve años por intentar matar a dos policías. Uno de ellos sufrió una agresión que le provocó lesiones neurológicas de por vida. El delincuente le golpeó con la culata de un arma. Y el otro estaba vivo de milagro, Tanto es así que la sentencia recoge que le llegó a disparar, pero la bala no salió porque el arma estaba en mal estado. Y su paso por la prisión tampoco está siendo lo que se dice como ejemplar. En efecto, ha cometido faltas graves y muy graves. Muchas veces ha destruido material mobiliario de la prisión. Y suele ejercer la violencia contra compañeros y funcionarios, al tiempo que consume drogas en la cárcel. Evidentemente, debido a su comportamiento, a menudo ha tenido que ser aislado.

El Polaco también está en prisión. Podría decirse que había intentado adaptarse a los nuevos tiempos. Se cuenta que una vez los familiares de su novia le consiguieron un trabajo de peón y, al cabo de unos días, lo rechazó diciendo que él ganaba más por su cuenta. En efecto, había pasado de efectuar las sirlas, como se conocía en el argot policial los robos con arma blanca, a empotrar coches contra las tiendas como MediaMarkt. Fue detenido cuando pretendía hacer un alunizaje en el nuevo centro comercial Lagoh. El Polaco iba en un coche robado y de gran cilindrada, marca BMW. La persecución a toda velocidad se extendió por más de treinta kilómetros. Un cómplice que iba en otro coche consiguió escapar. Es llamativo lo que dijo cuando lo apresaron: «Adelantamos el golpe porque una banda de Madrid lo iba a hacer antes que nosotros». Sin duda, su prestigio como delincuente profesional no iba permitir que otros delincuentes los de otra ciudad le pisaran el terreno.

Por todo esto, era fácil predecir lo que iba a pasar cuando el delincuente conocido como el Demonio saliera de la cárcel. El último coletazo de su maldad era inevitable. Sobre todo cuando ya hacía tiempo que la delincuencia era su modo de vida. Tanto era así, que el criminal, en su anterior condena, había ingresado en prisión debido a un secuestro. Eso, sin duda, hacía pensar en su salto a la delincuencia organizada. Evidentemente, su amplio historial delictivo causaba temor y respeto entre el resto de los integrantes del mundo del hampa. Incluso otros delincuentes lo tildaban de peligroso. Eso, sin duda, era de lo que los narcotraficantes del barrio podían sacar partido. Por supuesto que en el momento de su detención formaba parte de una nueva banda llamada los Zíngaros. El caso es que fue detenido junto a otras cinco personas en un asunto turbio que tenía todo el aspecto propio de un ajuste de cuentas. La pareja de la persona secuestrada, temiéndose lo peor, llamó al 091 a las cuatro de la mañana. Según la versión de la testigo, ambos estaban paseando cuando de la nada surgieron dos hombres que asestaron una cuchillada a su pareja y luego se la llevaron en un coche. A pesar de las graves heridas, ella pudo escapar y llamar a la Policía. De hecho, poco después un patrullero acudía a la zona y encontraba a la mujer en un charco de sangre. Después de comprobar que no corría peligro su vida los agentes fueron en busca de su pareja, porque la mujer alcanzó a decirles la dirección del lugar donde pensaba que retenían al hombre. La sorpresa de los agentes debió de ser mayúscula cuando entraron en el portal. Los delincuentes no habían tenido tiempo de limpiar y un reguero de sangre por el suelo señalaba el lugar por el que habían arrastrado el cuerpo. La puerta estaba cerrada. Fue por una de las ventanas que permanecía abierta por la que observaron a un hombre maniatado en un silla, con la cara ensangrentada. A continuación, llamaron a los bomberos, que derribaron la puerta y les permitieron entrar. Los delincuentes ya habían huido por las ventanas. Después de liberar y llevar al hospital al secuestrado, se iniciaron las investigaciones que, finalmente, terminaron por llevar a prisión al líder de la banda del Demonio. Pero un juez lo puso en libertad provisional y solo unos días después de salir de la cárcel, entró armado con la idea de atracar el supermercado. En efecto, iba a cometer su último atraco. Tanto era así, que mientras la cajera recibía los crueles golpes del atracador, alguien había avisado a la Policía. Cuando llegaron los agentes se encontraron con alguien que estaba acostumbrado a ejercer una violencia extrema. Un individuo al que la Policía no asustaba en absoluto. Por supuesto que los recibió a tiros. Pero el líder de la banda del Demonio debería de saber ya que no es buena idea disparar a los agentes. Tal vez lo sabía, pero le daba igual porque entendía que su vida estaba amortizada. Se estaba haciendo viejo para su profesión y el tiempo en el que la suerte la sonreía había pasado hacía muchos años. Madurar para algunas personas significa morir. Y así fue, porque esta vez se encontró con una respuesta certera que puso fin a su carrera delictiva, pero sobre todo a su vida. Nadie más fue herido. Sus dos compinches escaparon y están en busca y captura. Poco después llegaron los servicios sanitarios, que solo pudieron certificar su muerte. La Policía Científica acordonó la zona y el juez ordenó el levantamiento del cadáver. Mientras tanto, en la puerta, la cajera lloraba desconsolada por el ataque de nervios. El líder de la banda del Demonio había intentado emular su propia juventud pero los tiempos cambian. La heroína ya no estaba de moda y ahora permanecía el ambiente muy tenso en todas partes. Incluso algunas cosas malas estaban sucumbiendo al acelerado cambio de los tiempos. Muchos delincuentes y drogadictos estaban muriendo durante este periodo, y, entre ellos, el líder de aquella mítica banda acababa de fallecer en un tiroteo con la Policía en el atraco a un supermercado. Toda la vida dando atracos y nunca había sufrido el menor rasguño. Sin duda calibró mal la temperatura de lo que estaba pasando fuera de la cárcel. La gente estaba nerviosa. Incluso la Policía. El ambiente, en general, era más violento que antes. No estaba la cosa para atentar contra la autoridad. Fue un compañero vigilante de seguridad el que, por primera vez, me habló de unos criminales encabezados por alguien al que llamaban el Demonio. El compañero trabajaba en un centro de menores que muchos años atrás fue asaltado por dichos delincuentes juveniles.

Articulista en Revista Rambla | Otros artículos del autor

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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