[Viene del Capítulo IV – Los perfume de La Habana] En la página web de La Corporación había aparecido una nueva chica de compañía llamada Arlina, que esta vez se anunciaba de forma distinta. Su espectáculo abrigaba el propósito de hacer una suerte de maridaje entre su belleza y los suculentos manjares que podían degustarse en una pequeña visita a Cuba. Tanto es así que aquellos que contrataran sus servicios podrían asistir a una exquisitez única en el mundo. Mientras ella bailaba al fondo de un pequeño escenario, un robot androide servía un inmenso banquete individual que se ofrecería en una exclusiva y sofisticada mansión de las casas coloniales de La Habana. Ciertas viandas estarían relacionadas con su ropa, de tal modo que, cuando fueran degustadas, la harían ir desnudándose poco a poco. Por ejemplo, las uvas estarían relacionadas con sus pezones, y las langostas estarían relacionadas con sus pechos, y así, cuando el cliente comiera esos alimentos, ella se quitaría las prendas que cubrían esas determinadas partes de su cuerpo, de tal modo que, al ritmo de una música tropical, el misterio sobre qué manjares estaban relacionados con los otros encantos quedaría resuelto a medida que se iban quedando vacíos los platos y ella se mostraba completamente desnuda.

Por otra parte, incluso Rick Cortés podía dar buena cuenta; lo cierto era que no todos los efectos del bloqueo eran negativos. En el mundo desarrollado, poca gente sabía que la agricultura  de la isla —de manera muy distinta a lo que sucedía en la Globalización— había conseguido especializarse de manera científica y sin el uso de los plaguicidas químicos, fertilizantes y de las plantaciones genéticamente modificadas.

En efecto, también en los mares de los alrededores se encontraban tesoros como Los Jardines de la Reina —el archipiélago de mayor conservación del Caribe—, porque allí, además de la posibilidad de bucear entre tiburones y cocodrilos, se hallaba una pesca con una gran cantidad de especies que producían una comida mucho más saludable que las raciones originadas en piscifactorías o la alimentación enlatada que consumía la mayor parte de los ciudadanos del lugar  de donde Rick Cortés provenía.

Esto tenía una repercusión directa en su gastronomía, cuyos ingredientes autóctonos eran de un insólito sabor y albergaban un mayor número de propiedades, lo que, combinado con la asombrosa calidad de su ron y la belleza de las mujeres caribeñas, producía un efecto deslumbrante

—como si estuvieran en un país de jauja— en los hieráticos corazones de los turistas en general y, en particular, de los ciudadanos de la Globalización.

Pero una simple mirada al cielo donde los formidables cruceros globales continuaban día y

noche con el inflexible bloqueo, bastaba para recordar la execrable tiranía del señor Wagner. De hecho, aquella disciplina militar era la expresión más exacerbada de un poder desmedido y machista y de una fuerza negativa que corrompía todo lo que tocaba hasta tal punto que exigía que las mentes que se acercaran a ese poder cegador se volvieran igualmente depravadas y faltas de los menores escrúpulos. Y esa pérfida mentalidad se extendía como un virus por toda la sociedad global, porque lo que motivaba a los ciudadanos era el éxito, y si el éxito implicaba una manifiesta falta de valores, era mucho mejor ser un psicópata en el lado de los vencedores que un buen hombre en el lado de los afligidos o de los fracasados.

Por fortuna, todavía quedaban en el mundo fuerzas positivas y rebeldes que representaban a los detectives del futuro y a su diferente manera de concebir la convivencia entre todos los diferentes seres que poblaban la galaxia. De hecho, ellos representaban a la mayor parte de los que creían en el desarrollo de una conciencia colectiva y global que gobernara de forma más ecuánime los planetas que albergaban vida inteligente y el universo en general.

En aquel preciso momento, como una expresión clara de aquella civilización malvada e inmisericorde, surgió el apetito de sangre de un alto cargo científico que descendía en una sombría lanzadera global al puerto espacial de La Habana, porque el mal nunca descansa y sin perjuicio de la advertencia que pesaba sobre la isla —de la que el robot G-211 era un buen ejemplo—, lo cierto es que aquella especie de «división del juego» se mantenía igual de activa que siempre, a pesar de los problemas de índole interno que estaba sufriendo el régimen de los Castro.

—Ha sido todo un espectáculo verte bailar así. Eres, sin duda, una fuerza deslumbrante y enigmática de la naturaleza —dijo «Pícaro Cuatro», que, por supuesto, era el nuevo cliente, el prominente científico venido de la Globalización.

Ambos estaban tumbados en una enorme cama y, mientras tanto, a lo lejos sonaban truenos de tormenta.

—¿Te gustó la comida? —preguntó Arlina.

—Me gustó más estar contigo. Pero, bueno, en general ha sido toda una experiencia para mis viejos y cansados sentidos. Mira, querida muchacha indolente, incluso te guardé un poco de comida para ti. La tienes en la mesa. Tú todavía no has cenado —contestó «Pícaro Cuatro».

—¡Oh, muchas gracias! La verdad es que estoy muy hambrienta —replicó Arlina mientras se levantaba y ella misma se servía un poco de vino. La comida era exquisita, pero también contenía un potente somnífero.

Poco después, se despertó en una camilla. Estaba atada de pies y manos y «Pícaro Cuatro» se acercaba con aviesas intenciones, tanto era así, que en sus manos blandía lleno de vehemencia una enorme jeringuilla.

—¡¿Qué es esto?! ¡Suéltame ahora mismo, maldito loco! —gritó Arlina.

—Esta primera inyección son tranquilizantes. Siempre he querido protagonizar una bizarra ejecución con ciertos experimentos médicos que nadie en su sano juicio osaría realizar. Pero no morirás en vano. Tienes que sentirte orgullosa, vas a morir en unas investigaciones que voy a hacer en pos del avance de la ciencia. —replicó «Pícaro Cuatro».

—¡Estás completamente loco! ¡Suéltame! —gritó Arlina.

—Te equivocas, no estoy loco, oficialmente solo tengo un trastorno esquizoide. Y ahora, despídete, cariño, ya has tenido suficiente, ahora vas a entrar en un sueño que dura toda la eternidad

—replicó «Pícaro Cuatro».

Por otro lado, unas funestas noticias recorrían las habladurías de los cargos militares cubanos, cuyos ánimos comenzaban a flaquear ante la gravedad de los ataques de los rebeldes y de las amenazas por parte de la Globalización, peligrosas eventualidades que entrañaban una multitud de riesgos. Algunos incluso pensaban que estaban envueltos en una sórdida carrera a ver cuál de sus diversos problemas al final producía una otrora impensable caída del régimen comunista. En el cuartel del coronel Sotolongo, por ejemplo, el robot G-211 comenzaba a dar los primeros signos de que la advertencia que pesaba sobre el régimen en cualquier momento podía volverse una siniestra realidad. Primero fue un gran ojo radial que atravesaba todo su casco y que empezó a ponerse rojo. Más tarde, se activaron unos rayos que hicieron agujeros en las paredes de repente. Después fueron unas ondas electromagnéticas que inutilizaron todos los instrumentos del acuartelamiento militar. Y, por último, unas coronas de pinchos le salieron de los brazos y de las piernas. Por el momento, la cosa quedó ahí, pero si el guerrero despertaba por completo y no tenían una buena explicación que ofrecer a la Globalización —para que inmediatamente lo desconectara—, el régimen de los Castro iba a tener un problema añadido a aquel creciente levantamiento rebelde.

En ese momento, el presidente de Cuba hacía una visita relámpago al acuartelamiento que comandaba el coronel Sotolongo. Además de para recabar información, había venido con la clara intención de arengar a las tropas. En aquel salón de reuniones se encontraban, por supuesto, el coronel Sotolongo y toda la plana mayor del ejército cubano.

—Buenas noches a todos —dijo el presidente.

El presidente, a todas luces, traía un aspecto sombrío, y en el espíritu de todos los asistentes de la reunión parecía haberse olvidado la indolencia del Caribe y pesaba una profunda sensación de pesadumbre y desazón.

—Buenas noches, presidente —respondieron los militares.

—Estamos ante un problema sin precedentes. Quiero comenzar diciendo que les agradezco su profesionalidad y el valor que están demostrando en la lucha contra este pertinaz y numeroso

enemigo surgido con la llegada de ese maldito intruso rebelde —dijo el presidente.

—Muchas gracias, señor presidente —contestaron todos al unísono.

—Tenemos una nueva estrategia —dijo el coronel Sotolongo mirando el rostro del presidente.

—Por supuesto, yo siempre he creído en la victoria y he venido a transmitirles mi esperanza en algún arma secreta o en su propia capacidad para ejecutar una ejemplar maniobra que coja por sorpresa a esos malditos rebeldes —replicó el presidente.

—Señor presidente —dijo el coronel Sotolongo—, tenemos que analizar la situación con el mayor realismo posible. Antes solo eran un grupo reducido de rebeldes, pero a medida que nos producen más victorias y nos causan más daños, se debilita nuestra credibilidad.

—Me temo que eso es cierto —admitió el presidente.

—Está el tema de la antigua religión de la Cuarta Dimensión y los guardianes espaciales. La gente cree que Rick Cortés es un héroe de los que hablan las antiguas leyendas. Pero hay algo más

—dijo el coronel Sotolongo.

—¿Algo más? —preguntó el presidente.

—Son legión. O acabamos con esta locura pronto o será ella la que acabe con nosotros — replicó el coronel Sotolongo.

—¿A qué se refiere? —preguntó el presidente.

—Hay que dar un golpe de autoridad en la mesa —añadió el coronel Sotolongo.

—¿Han ejecutado ya, tal como ordené, al capitán Orellana? —preguntó el presidente.

—Lo sabemos, pero ese hombre es muy escurridizo. Es un avezado combatiente —replicó el coronel Sotolongo.

—Me da igual, lo quiero muerto —respondió el presidente.

—Lo más importante es acabar con Rick Cortés —replicó el coronel Sotolongo.

—En efecto, en eso estamos de acuerdo, lo importante es matar a Cortés —admitió el presidente.

—Es cierto. Voy a ilustrar con un ejemplo hasta qué punto esta rebelión se ha convertido en un problema. Lo diré a las claras: a fecha de hoy, los rebeldes controlan la provincia de Oriente, pero no solo eso, incluso en nuestras propias filas se están produciendo algunas deserciones y actos de sabotaje y rebeldía. Hemos tenido que aplicar una medida propia de tiempos de guerra. Ayer, sin ir más lejos, el coronel Montoya, ante tantas muestras de cobardía, se vio obligado a recurrir al fusilamiento. Ha matado a decenas de traidores —añadió el coronel Sotolongo.

—Cuesta trabajo admitirlo, pero hemos aceptado la ayuda que nos ha ofrecido la Globalización —concluyó Arturo Castro.

Más tarde, saliendo del cobijo seguro de su refugio, las fuerzas de Rick se habían dividido y

planeaban llevar a cabo una doble acción contundente para debilitar un poco más la dictadura comunista que, a su juicio, llevaba demasiados años en el poder. Por un lado, un contingente comandado por el capitán Orellana y Stranger Cat se dirigía al puerto espacial para robar las naves del ejército cubano y recuperar el caza de combate del investigador militar, y por otro, una expedición rebelde encabezada por el propio Rick Cortés y el monje Fray Andrómeda se puso en camino para rescatarme a mí del Castillo del Príncipe.

Pero, además, para asentar un golpe definitivo a aquella abyecta organización llamada La Corporación, una pequeña tercera fuerza comandada por el Tortuga se dirigía a rescatar a Arlina — la chica de compañía secuestrada— y habían partido con la idea de capturar con vida al alto cargo de la Globalización para negociar su rescate con el señor Wagner. Con todo, estas acciones debían eludir o eliminar los innumerables controles que se habían levantado en las principales carreteras de la isla. Tal vez por eso, era mejor ir campo a través, y en ese preciso momento los que iban con Rick y el monje bajaban a caballo de las crestas de Sierra Maestra. Era de noche y, mientras cabalgaban juntos, ambos jefes rebeldes iban a mantener una gran conversación que hacía una especie de recapitulación de todo lo que estaba sucediendo. En efecto, iba desde el despertar de su conciencia a nivel individual hasta un amplio debate que bien podía contener todos los puntos de un hipotético manifiesto revolucionario sobre el ideario que movía aquellos particulares combatientes esotéricos contra el régimen de los Castro.

—¿Por qué yo? —preguntó Rick.

—Eres un elegido —replicó el monje.

—Desde que llegué aquí, todo se sucedió muy rápidamente. Me da la impresión de que las cosas se han desarrollado de una forma casi mágica —continuó Rick.

—Una fuerza primigenia, que fue la misma que generó el universo, tiene mucho que ver en todo lo que está sucediendo —dijo el monje.

—Ahora lo creo. Es cierto. Pero entonces me costó aceptarlo. Estaba en un puesto muy diferente y sometido a una jerarquía muy estricta —replicó Rick.

—La gente de mi planeta te estaba preparando para tu misión. Seguro que aquello tuvo un efecto inconsciente en tu personalidad —añadió el monje.

—En efecto. A partir de ahí, planté cara a esa realidad prosaica que los demás habían fabricado para ellos mismos y para mí. Me di cuenta de que dentro de mí había un mensaje que era mágico —contestó Rick.

—¿Que quieres decir? —preguntó el monje.

—Que yo quería cambiar mi vida, y si aquella realidad que hasta entonces había vivido se pudiera comparar con una partida de cartas, entonces en ese preciso momento, yo me planté —

replicó Rick.

—Por eso desde que llegaste aquí se barajó de nuevo y te ofrecieron mejores cartas —añadió el monje.

—Sí, supongo que estaba desperdiciando mi vida —contestó Rick.

—Te has pasado toda tu juventud perdido. Por eso tu biografía estaba vacía. En otras palabras, la tuya es una vocación tardía, pero no por eso debes renunciar a ella. Es más, incluso podría decirse que es sumamente necesaria. Esa luz te estaba avisando de que tú estás llamado para hacer grandes cosas. Vuelvo a repetirte que eres un elegido —añadió el monje.

—Pero no soy el único. Ya sé por qué el señor Wagner ha conseguido todo el poder en la Globalización. También es un elegido, es un brujo. Creo que el señor Wagner fue en el pasado un investigador militar—dijo de repente Rick.

—Es cierto que fue un investigador militar. Pero no ha conseguido el poder porque sea un elegido, lo ha conseguido porque se buscado el apoyo de las élites. En primer lugar, ha usado la información de La Corporación para chantajear a los altos cargos rivales. En segundo lugar, se ha hecho con el apoyo de la Compañía de Navegación Espacial. En tercer lugar, ha contado con el apoyo del ejército y de las grandes fortunas —añadió el monje.

—¿Por qué piensas tú que ha prohibido el pasado escrito en los libros en papel? —preguntó

Rick.

 

—Es para adueñarse del futuro —replicó el monje.

―Estoy de acuerdo ―dijo Rick.

—En el pasado está el origen de las naciones a nivel exterior que ahora están bajo su dominio

y a nivel interior de las instituciones contra las que ahora el señor Wagner ha dado su golpe de Estado ―añadió el monje.

―Es una manera de evitar que se produzcan las críticas de las facciones opositoras ―dijo

Rick.

 

—Sí, tienes razón —añadió el monje.

—En realidad, ese engaño es una baza muy fuerte, sobre todo para las nuevas generaciones —

añadió el monje.

—Pues yo ya he comprendido cuál es mi papel y van a tener que hacer sitio para nosotros. Y con nuestra revolución vendrá un lugar para el presente que traemos los que defendemos la democracia y decimos la verdad —añadió Rick.

—Estoy de acuerdo contigo. Ahora has hablado como un verdadero investigador militar— concedió el monje.

—Desde que llegué aquí he aprendido mucho —añadió Rick.

—Pero no debes confiarte, prohibir el pasado es solo el principio. También prohibirán todos los héroes y todos los villanos de la historia. La gente solo hablará de los héroes de la Globalización. Eso provocará una crisis en la imaginación de la gente —añadió el monje.

—Lo sé. Eso ya está pasando. En la Globalización nunca pasa nada. Solo se cuenta siempre la misma historia —dijo el monje.

—Pero ya no puedes dejar de luchar, sobre todo, porque, sin querer, te has convertido en el líder de una revolución contra una dictadura que tiene al pueblo en la miseria mientras los militares viven de forma pródiga con cuentas ocultas en Miami —añadió el monje.

—Y ahora te diré lo que yo pienso personalmente. No se trata ni de ser fascista ni de ser anticapitalista. Se trata de hacer un mundo desarrollado más amplio y más solidario —contestó Rick.

—Sí. Creo que ya entiendo para qué existen los guardianes del futuro —replicó Rick.

—Sin perjuicio de que inevitablemente haya algunas que sean preeminentes, todas las  culturas tienen cabida al mismo nivel en esta nueva manera de concebir el universo. Y por eso tenemos que mostrar al mundo la importancia y la vigencia de la cultura latina. Es igual de válida que cualquier otra. Lo que ocurre es que la Globalización la quiere denostar para poner la suya siempre en la cúspide —añadió el monje.

—Te digo más, estoy seguro de que tú mismo no sabes contarme cómo los primeros españoles hicieron de Cuba una de sus colonias —lo desafió el monje.

—Sé que, más que una guerra, se redujo a una toma de posesión —replicó Rick.

—Es correcto. El único en oponerse fue Hatuey, un cacique haitiano. Lo quemaron en la hoguera y antes de morir expresó su deseo de no compartir el cielo con los españoles —añadió el monje.

—Bueno, la verdad es que los aquí vinieron no eran precisamente unos santos, de hecho, al principio, como nadie quería venir, se tiró de los presos y, tal como cuenta Fray Bartolomé de las Casas, no era infrecuente ver allí a algunos hombres que, en cumplimiento de alguna sentencia, habían sido desorejados. Está claro que se cometieron barbaridades y que se los utilizaba para trabajar muy duro, pero lo que mató a los indios no fueron los españoles, sino las epidemias — replicó el monje.

—Desde luego, el heroísmo parece que nos da pereza y sin perjuicio de que, en el fondo, quizá tengamos un corazón heroico, desde luego lo que se nos da bien es el ridículo, somos payasos profesionales —añadió Rick.

—¿Por qué lo dices? —preguntó el monje.

—Porque estoy recordando ahora mismo una lectura que hice sobre cómo se terminó la

conquista de Cuba —respondió Rick.

—¿Y qué es lo que te hace tanta gracia? —preguntó el monje.

—Lo que hizo un tal Pánfilo de Narváez. Hasta el nombre parece una broma, pero es un hecho histórico. Por lo visto, montado en una yegua y al frente de treinta españoles flecheros, recorría la región de Bayamo. Y como era tan confiado, una noche encontrándose en mitad de la selva, dejó que todo el mundo se echara a dormir sin poner centinelas —dijo Rick.

—Esa historia me suena… pero termina de contarla —replicó el monje.

—Entonces, se despertaron rodeados por centenares de indios, pero los indios, en lugar de atacarlos, se entretuvieron saqueando la impedimenta, o lo que es lo mismo, les estaban robando la comida —continuó Rick.

—Te falta el grandioso final —lo animó el monje.

—Cuando se despertaron los españoles al sentir a los intrusos, con mucha premura ensillaron la yegua. Narváez montó vestido solo con una camisa y con un pie descalzo, puso un pretal de cascabeles en el arzón y comenzó a cabalgar entre los indios sin arremeter a ninguno —continuó Rick.

—Y así, vestido de esa guisa, fue tanta la confusión y el temor que les infundió, que al momento se dispersaron por los montes —replicó el monje.

—No me digas que no parece una aventura de El Quijote —replicó Rick.

—Fue una victoria total sin ninguna baja —replicó el monje.

—En efecto —contestó Rick.

—¿Puedo preguntarte cómo sabes tú eso? —añadió el monje.

—He leído libros de López de Gómara y de Fray Bartolomé de las Casas, estaban en el archivo del señor Wagner. —replicó Rick.

—Eres una persona muy culta —concedió el monje.

—El mayor enemigo de la cultura española no está en la Globalización, está en ella misma. Ya lo retrata muy claramente El Quijote, el deseo de aparentar más de lo que se tiene, «la envidia es el carácter español lleno de defectos» y, sin embargo, estoy seguro de que el pueblo español, incluso con su corrupción, es capaz de llevar al mundo una sociedad más solidaria —añadió Rick.

—Sí, son precisamente sus defectos, en última instancia, su humanidad, los que, si se superan, se convertirán en las virtudes que el mundo necesita. El futuro debe contener una cultura española sin complejos, que sea considerada a la altura de las demás —dijo el monje.

—Pero en la Globalización se ha prohibido el pasado de Occidente y eso conlleva al final una pérdida de identidad—replicó Rick.

—Eso no es casual. Vosotros representáis el cambio, en muchos sitios sois las minorías y en

otros representáis la fuerza positiva que conlleva la renovación. Lo español y lo hispanoamericano, en general, es una nueva fuerza para tener en cuenta. Por eso quieren mataros a ti y a la hechicera

—contestó el monje.

—Si tengo que elegir entre la Globalización del señor Wagner y lo que representa la rebelión que yo mismo encabezo, la decisión está tomada —añadió Rick.

—Hay que tener cuidado porque la Globalización también genera a su inflexible paso un fenómeno conocido como xenofobia —advirtió el monje.

—Seríamos estúpidos los españoles si no aprovechásemos la ventaja del idioma. La fuerza de la lengua. La comunicación también tiene que ver con el poder, y muchos millones de personas hablan nuestra lengua. Cuando seamos una rebelión universal, nunca olvidaremos que hablamos castellano, y hemos comenzado en América latina, en concreto, en Cuba —añadió Rick.

—Representas el presente y al mismo tiempo encarnas un mito del pasado, porque eres un verdadero investigador militar—replicó el monje.

—Pero estoy muy nervioso por la hechicera —dijo de repente Rick.

—No le pasará nada. Ellos saben que es muy valiosa. Algún día no muy lejano será una princesa —replicó el monje.

—Yo estoy aquí porque, de forma inconsciente, ella me llamó. No podría perdonarme a mí mismo que le sucediera algo —añadió Rick.

—Tú estás aquí porque es tu destino y estate tranquilo, a ella no le sucederá nada. Desde que viniste a Cuba has comenzado a sentir tu verdadera personalidad. Aquí has conectado con el todo y has aprendido a tener confianza en ti mismo y en tu poder, pues no en vano eres un verdadero investigador militar—respondió el monje.

—A veces tengo la sensación de que te conozco desde toda la vida —contestó Rick.

—Nosotros también somos arquetipos, representamos una escena universal ante la mirada constante de todas las cosas —replicó el monje.

—¿Sabes lo más importante que ha cambiado en mí desde que llegué aquí? —preguntó Rick.

—Dime tú —contestó el monje.

—He recuperado mi espacio —añadió Rick.

—¿Puedes explicar mejor eso? —insistió el monje.

—Me refiero a mi espacio vital —añadió Rick.

—¿A qué te refieres con el espacio vital? —preguntó el monje.

—Me refiero a renunciar a todos los papeles, es decir, a todos obstáculos que te impiden ser fiel a ti mismo. Ser solo tú mismo —dijo Rick.

—¿A qué te refieres con ser solo tú mismo? —preguntó el monje.

—A cumplir las promesas que te hiciste en tu más tierna infancia —contestó Rick.

—Tienes razón. Eso es imprescindible para convertirte en un verdadero guardián espacial — replicó el monje.

—¿Sabes lo que ha influido para que pueda recuperar mi espacio vital? —preguntó Rick.

—Es este sitio. El embrujo del Caribe. —contestó Rick.

—¿Qué tiene este sitio que lo haga tan especial? —preguntó el monje.

—Es su espíritu, la memoria de todo lo que ha pasado aquí. De hecho, yo he pasado toda mi vida adulta entre Venezuela, Colombia, y Estados Unidos, pero tengo origen español. Y este lugar me recuerda a mis antepasados. Ahora ha llegado el momento de conquistar el espacio real —dijo Rick.

Cuando aterrizó en el puerto espacial de La Habana, no podía dejar de sentirse impresionado por los coches que trajeron los americanos en el pasado. Rick cabalgaba meditabundo. ¿No habían sido sus antepasados los que mucho tiempo atrás habían traído la rueda, que era un vacío tecnológico en todo el hemisferio?

Mientras tanto ya habían salido de la selva y ahora cruzaban una altiplanicie. Por las venas de Cortés corría la sangre que había descubierto América. Desde que llegó a la isla, había conectado con la memoria inconsciente de sus antepasados conquistadores. El paisaje había variado, pero continuaba siendo exótico para él. Aquello era el Caribe, el trampolín hacia América. Ese continente que ahora era el corazón de la Globalización. Aquel mismo espíritu exploratorio y aventurero que desde las bases de las Antillas había saltado a la península de Yucatán y había llegado a bautizar aquel océano que estaba al otro lado del mundo como el océano Pacífico estaba ahora confinado doblemente. Por un lado, encima de su cabeza, estaba el bloqueo de los cruceros globales. Por otro, a su alrededor, la dictadura de los Castro.

Pero ahora se hacía las preguntas correctas. ¿A quién beneficiaba la prohibición del pasado?

¿Quiénes eran los que habían recibido, tal vez injustamente, unas circunstancias más favorables después de todas las guerras? Si al final era la guerra la que beneficiaba o perjudicaba las circunstancias que determinaban la vida de la gente, era de pura lógica que se necesitaran otras guerras para cambiarlas. Sin embargo, sin apelar a la violencia, y haciéndolo más bien al sentido común, lo mínimo que se debía exigir era que los vencedores no podían intentar acallar el espíritu de lucha de las nuevas fuerzas en liza cuando llegaba la paz. Ahora ya no les convenía la guerra, pero sí la corrupción o, lo que es lo mismo, evitar que de forma ordenada y pacífica se intentara hacer justicia y modelar esas circunstancias hacia un lugar más propicio para la sociedad. Eso era como impedir que el sistema se equilibrara a sí mismo y desnaturalizaba de forma vil la convivencia y el sutil equilibrio que los mantenía en el poder.

—¿Cuál es el papel de los guardianes del espacio? —preguntó Rick.

—Hacer de árbitros entre las diferentes civilizaciones —respondió el monje.

—Entonces deben ser independientes —añadió Rick.

—Ese es el problema. A veces se corrompen y se ponen de parte de aquellas civilizaciones corruptas que los enriquecen —replicó el monje.

—Eso era lo que estaban intentando hacer conmigo —añadió Rick.

—Sí, por eso lo has pasado tan mal. Lo tuyo ha sido una temporada en el infierno —replicó el monje.

—¿Desde cuándo vuestra civilización tiene conocimiento de la nuestra? —preguntó Rick.

—Prácticamente desde siempre. Toda la realidad es psicológica y todas las mentes están conectadas. Mentalmente no existen las distancias. En eso se basa la religión conocida como la Cuarta Dimensión. Quizá en mi planeta fue donde nacieron los primeros guardianes espaciales y donde se fundó esa religión, aunque ni siquiera de eso podemos estar seguros —contestó el monje.

—¿Por qué no? —preguntó Rick.

—No lo podemos saber seguro porque existe la simultaneidad del conocimiento y hay lugares más antiguos del universo que todavía no conocemos. Una cosa es verdad, fue mi civilización la que envió el meteorito que extinguió los dinosaurios —dijo el monje.

—¿Y eso por qué? —preguntó Rick.

—Para dirigir la evolución natural hacia el desarrollo del ser humano y de la ampliación de la conciencia —replicó el monje.

—¿Y no podría considerarse eso una injerencia en la evolución natural de nuestro mundo, el planeta Tierra? —preguntó Rick.

—En primer lugar, no es vuestro mundo. El universo es de todos. Y, en segundo lugar, debo explicarte algo. A nivel universal, no existe una guerra del bien contra el mal, pero sí hay algo parecido, una especie de lucha por el poder, y eso normalmente pasa entre los que tienen conciencia y los que no la tienen. Mi civilización estará siempre del lado de los que tienen conciencia y favorecerá el desarrollo y la ampliación de esta —replicó el monje.

—¿Quieres decir que los dinosaurios nunca desarrollarían la conciencia tal y como lo ha hecho el hombre? —preguntó Rick.

—En efecto, eso es lo que estoy diciendo —añadió el monje.

—¿Y qué tenéis pensado para ayudarnos ahora? —preguntó Rick.

—¿Dices para ahora mismo? —replicó el monje.

—Sí —añadió Rick.

—Un disturbio climático —replicó el monje.

—¿Un huracán? —preguntó Rick.

—Sí. Nuestra huida será fácil así. Para que se sincronice con nuestras acciones, he programado la llegada del huracán dentro de cuatro horas —contestó el monje.

—Vaya. Veo que has pensado en un buen truco para escapar, pero primero tenemos que rescatar a la hechicera —añadió Rick.

—Sí. En efecto, eso tenemos que hacerlo solo nosotros —contestó el monje.

Entretanto, el Tortuga con el resto de los rebeldes que iban a su cargo por fin consiguió localizar la casa colonial donde se encontró de bruces con el cadáver de Arlina atado con unas correas a una camilla. Habían estado experimentando con él. Cuando finalmente «Pícaro Cuatro» salió de la ducha, se encontró a un grupo de rebeldes armados hasta los dientes y en primera fila a un hombre que blandía un machete y cuyo parche en el ojo y diente de oro no le proporcionaban un semblante nada razonable.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó trémulo «Pícaro Cuatro».

—Creo que no vas a tener un juicio justo —replicó el Tortuga.

—Un momento, un momento… tengo dinero… mucho dinero… —dijo «Pícaro Cuatro» sacando una maleta de debajo de cama llena de dinero.

—Esta es de las pocas veces que el dinero no sirve de nada —respondió el Tortuga.

—¡Están ustedes locos! ¡No pueden hacerme daño! ¡Las represalias serán internacionales!

¡Soy un alto cargo de la Globalización!

—¿Y qué hace usted en Cuba? —preguntó el Tortuga mientras le cortaba la cabeza.

Más tarde, en el Capitolio Nacional de La Habana, tenía lugar una nueva reunión extraordinaria del régimen de los Castro para intentar encontrar una solución al problema de los rebeldes.

—Caballeros, en estos días, un importante cargo de la Globalización nos está visitando en nuestra isla y sería el momento más adecuado para que se produjera la detención de Rick Cortés y ya de paso, el desmantelamiento de este absurdo movimiento rebelde —dijo Arturo Castro.

—Para hacer efectiva la estrategia del coronel Sotolongo, podríamos pedir un intercambio — dijo el presidente.

—¿Un intercambio? —preguntó Arturo Castro.

—Sí, podríamos cambiar a la hechicera por Rick Cortés —respondió el presidente.

—Ese plan es bueno, pero nos hemos comprometido a entregar a la hechicera a la Globalización —dijo Arturo Castro.

—Los entregaremos a los dos —respondió el presidente.

—Cuando los rebeldes intenten atacar el Castillo del Príncipe, que nadie dispare. Llevaremos

a la práctica el plan del intercambio —concluyó Arturo Castro.

Mientras tanto, en la celda en que me habían recluido, yo estaba pensando en Rick y en mi primo Tortuga. En ese momento, se me vino un pensamiento a la cabeza y me di cuenta de que las familias normales se reunían en las bodas y en los funerales y la mía, en cambio, para reunirse necesitaba que hubiera por medio alguna revolución o algún rescate rebelde. Entonces, escuché el ruido de pasos por el angosto pasillo y de repente se abrió la puerta de la celda y apareció el coronel Sotolongo para interrogarme.

—Buenas tardes, ¿la han tratado bien los médicos? —preguntó el coronel Sotolongo.

—Era solo un arañazo. No requería atención médica —le contesté.

—Dicen que es usted la cabecilla de toda esta revuelta. ¿Es cierto eso? —preguntó el coronel Sotolongo.

—Todos los rebeldes somos importantes, pero, si se refiere a eso, podría decirse que sí, todo comenzó conmigo —le respondí.

—Queremos saber qué le ha hecho a ese hombre. Nos hemos informado. En la Globalización era una persona enferma, irrelevante, y desde que está aquí, en particular desde que la ha conocido a usted, se ha transformado… parece ser una persona más decidida y su carácter parece ser más fuerte

—añadió el coronel Sotolongo.

—¿Ese hombre al que conocen como el Tortuga es tu primo? —preguntó el coronel Sotolongo.

—Pronto te lo dirá él —le contesté.

—El señor Wagner está muy interesado en conocerte —añadió el coronel Sotolongo.

—Lo sé. Dígale que no va a conseguir detener esta rebelión, aunque capture a sus líderes. Muchas veces las luchas comienzan sin razón, solo por el mero hecho de conseguir el poder, o lo que es lo mismo, no a todos los contendientes les asiste la luz de la razón. Ese es nuestro caso. Todos somos guerreros porque creemos en nuestra causa —le dije yo.

Solo un poco más tarde, las primeras explosiones tuvieron lugar en el puerto espacial. Gracias a los actos de sabotaje que habían realizado algunos rebeldes que se encontraban dentro del ejército de Castro, las alarmas no sonaron, y todos los pequeños drones de combate estaban fuera de juego. En poco tiempo, los vigilantes del perímetro fueron eliminados. Sin embargo, el ruido de la refriega tuvo sus consecuencias. Dentro de un almacén contiguo a la entrada, una enorme plataforma robótica de combate —la única que existía en la isla— se activó de inmediato. Todos los rebeldes se pusieron a cubierto ante la lluvia de proyectiles que comenzó a lanzar desde un cañón rotatorio aquella máquina diabólica. Ese beligerante artilugio se componía de un enorme robot y un vehículo que era una especie de tanque gigante. De hecho, para poder llevar dentro al robot tenía un tamaño

que alcanzaba los doce metros de altura. Ninguna de las pequeñas armas que portaban los rebeldes podía dañar aquella descomunal estructura de combate, por lo que se hacía imperativo que alguno de sus pilotos llegara hasta cualquiera de las naves de combate que estaban almacenadas en los hangares para atacar al robot desde el aire.

Se dio aviso a todos los pilotos del régimen para que despegaran y se sumaran al ataque. Les fue imposible porque, una vez volaron el control de accesos, precisamente la siguiente acción de los rebeldes fue tomar prisioneros a todos los pilotos que estaban de guardia excepto a dos, Cicatriz y su fiel escudero Perro Sarnoso. De hecho, esos energúmenos corrían por la pista con la idea de llegar hasta sus naves de combate. Mientras, la plataforma robótica se había confundido atacando a unos soldados del ejército de Cuba que llegaban a prestar auxilio a la base.

En efecto, se produjo un breve tiroteo entre ellos y el capitán Orellana y en poco tiempo ambos cayeron muertos. No había ningún piloto enemigo cerca las naves. Al fin, el capitán Orellana y su amigo Stranger Cat tenían pista libre para llegar hasta las naves de combate. Entraron en el hangar, los datos hablaban por sí mismos, sin contar las lanzaderas de transporte y las grandes naves de carga; para defender todo el país solo había seis cazas más el caza global en el que había llegado Rick, no obstante, para ellos había más que de sobra. Stranger Cat tomó prestada una enorme nave de carga llamada Costaguana y por casualidad el capitán Orellana, cuando despegó, se dio cuenta de que estaba pilotando el caza global de Rick.

La plataforma robótica detectó que había rebeldes en el edificio donde vivían los pilotos del ejército de Cuba y recibió órdenes de destruirlo por completo. Para ello, utilizó el cañón láser del súper tanque. Un solo disparo bastó para volar por los aires todo el edificio, matando a todos y cada uno de sus ocupantes. Entonces, desde el cielo, sin previo aviso, el caza global de Rick abrió fuego sobre el inmenso robot. El artilugio mecánico se cayó al suelo, pero no se destruyó. Por lo visto, atravesar su blindaje no era tan fácil. El capitán Orellana no se lo pensó, antes de darle tiempo a reaccionar a aquella máquina del demonio, le lanzó una bomba termobárica y la destruyó por completo junto con todo el puerto espacial de La Habana.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Rick.

—Ha sido una explosión de una bomba termobárica en el puerto espacial de La Habana.

Espero que todos nuestros amigos estén bien —replicó el monje.

—Ya estamos llegando, amigo Sancho, mira, allí se ven las torres del Castillo del Príncipe — dijo de repente Rick.

—Diles a nuestras tropas que bajen de los caballos y tomen posiciones. Así somos un blanco fácil —añadió el monje.

En ese preciso momento, el propio coronel Sotolongo apareció en una de aquellas torres y, pistola

láser en mano, hizo a un par de soldados que fueran abajo a por mí, la hechicera Idalmis Hernández. Entonces, cuando yo estaba a su lado esposada, gritó para que todos los rebeldes lo escucharan:

—¡O se entrega Rick Cortés o le vuelo la cabeza a su amiga!

—¡Alto! —gritó Rick—. Me entregaré.

En ese momento salió de entre los árboles y caminando lentamente se acercó al Castillo del Príncipe mientras las enormes puertas se abrían para que pudiera pasar. Poco después ya estaba frente al coronel Sotolongo y a mi lado.

—Tome mi arma láser —dijo Rick dándole personalmente su arma al coronel Sotolongo.

—Gracias —dijo el coronel Sotolongo tomando el arma láser.

—Ahora tienes que soltarla a ella —replicó Rick.

—De eso nada. Te engañé —dijo el coronel Sotolongo.

—Déjala libre o lo pagarás caro —dijo Rick.

—Guardias, llevad a la prisionera a su celda —ordenó el coronel Sotolongo.

—¡Rick, te han engañado, no tenías que haberte entregado! —grité yo.

Por supuesto, una vez que me habían encerrado a mí, el coronel Sotolongo llevó a Rick a una sala de interrogatorios.

—Nos has causado muchos problemas. La verdad es que ya profeso un gran odio por tu persona —añadió el coronel Sotolongo.

—Todos sienten rabia cuando el cojo los adelanta —replicó Rick.

—No obstante, nosotros no vamos a tomar venganza contra usted. Sencillamente, lo vamos a entregar al señor Wagner. Él personalmente se encargará de tomarse su merecida venganza — añadió el coronel Sotolongo.

—Reconozco que tengo ganas de conocer personalmente a ese hombre —respondió Rick.

Una enorme explosión se escuchó de repente. A la explosión le siguió una miscelánea de gritos y disparos. En las afueras del Castillo del Príncipe había dado comienzo una dura batalla entre los hombres de Sotolongo y los rebeldes.

—Creo que tus amigos de ahí fuera no tardarán mucho en ser destruidos. Les vamos a hacer pagar muy caro lo que han hecho con el puerto espacial —dijo el coronel Sotolongo.

—Tengo ganas de conocer al señor Wagner, pero primero tengo ganas de ver cómo cae el régimen de los Castro —replicó Rick.

—Dadle duro —ordenó Sotolongo a los dos guardias.

Entonces, mientras uno lo agarraba, el otro comenzó a golpearle en la barriga con bastante saña. Al tercer golpe, Rick cayó al suelo. Entonces, se levantó y se quedó de pie cabizbajo. Y en ese momento metió la mano derecha en su bolsillo y sacó el artilugio que le había regalado el monje.

Los guardias se lo habían dejado porque pensaban que era un juguete. Lo pulsó y se transformó en aquella lanza llamada naginata con la que, en dos gestos certeros, aniquiló a los dos guardias. El coronel Sotolongo huyó lo más rápido que pudo y comenzó a llamar a su guardia personal. Rick tomó una pistola láser de uno de los soldados muertos y enseguida se produjo un tiroteo contra los nuevos soldados que venían atraídos por los gritos del coronel Sotolongo.

Mientras tanto, una lanzadera global apareció en el cielo y comenzó a maniobrar para posarse en el patio de armas del castillo. Poco después, unos guardias globales me tomaron por la fuerza y me subieron a la lanzadera. Habían venido por mí, la hechicera. Y antes de que Rick o mi primo el Tortuga pudieran evitarlo, ya estaba de nuevo en el aire volando con destino a los cruceros globales que siempre flotaban sobre nuestras cabezas.

En ese momento, el robot Fray Andrómeda lanzó un misil e hizo un agujero que abrió una puerta de salida en el lugar donde estaba acorralado Rick. Gracias a su ingenioso plan, ambos huyeron del castillo y poco después se produjo la retirada al completo de todas las tropas rebeldes. A continuación, las fuerzas del ejército intentaron realizar una maniobra para perseguirlos, pero les fue inútil, ya que un enorme ciclón acababa de llegar a la isla. Se cortaron la electricidad y las comunicaciones. De repente, las lluvias y los fuertes vientos obligaron a todo el mundo a buscar refugio. Los rebeldes ya sabían de antemano la llegada del ciclón tropical y tenían preparado un refugio subterráneo que había a las afueras de La Habana. Antes de que les pillara, todos se escondieron en ese remanso de paz para esperar a que pasara la tempestad.

Una gran ola atravesó el Malecón y se introdujo por el paseo del Prado. La gente corría pidiendo ayuda. Había derrumbes de edificios y se habían contabilizado diez muertos a la caída de la tarde. Los destrozos eran millonarios y las autoridades no se explicaban de dónde había salido aquel intempestivo huracán tropical. Ninguna de las alarmas tempranas había funcionado y los pronósticos meteorológicos anunciaban mal tiempo, pero, en modo alguno, habían podido predecir que la isla, de repente, iba a ser golpeada por un ciclón tropical de tal magnitud.

Los cortes de luz afectaron a cinco provincias, y el Gobierno se planteó evacuar varias zonas en previsión de que no hubiera nuevos fallecidos. Por fortuna, el principal refugio rebelde estaba tierra adentro —en Sierra Maestra—, y los daños que en el litoral había provocado el ciclón, en tierra adentro fueron mucho menores. El día siguiente, sin duda alguna, fue una jornada de evaluación de daños por todas partes. Por supuesto, todo aquel desastre beneficiaba a los rebeldes.

—Hemos sufrido muchas bajas —dijo el monje dirigiéndose a todos los supervivientes en el interior de su refugio.

—Ellos también —contestó Rick.

—Incluso puede que ellos hayan sufrido más bajas que nosotros. Pero, además, creo que

hemos asestado un golpe moral a su espíritu de lucha —añadió el monje—. El capitán Orellana ha conseguido traer tu nave de combate y otra nave más, un gran transporte que es ideal para sus fines. Las demás naves del ejército han sido destruidas, esa ha sido nuestra suerte.

—Ya ha salido el sol. Tenemos que cabalgar campo a través para evitar los controles y llegar de nuevo a nuestro refugio en Sierra Maestra —contestó Rick.

—La hechicera está en poder de la Globalización —replicó el monje.

—Lo sé. Ahora tendremos que subir ahí arriba para ir a rescatarla —contestó Rick.

En el Capitolio Nacional de La Habana, el Gobierno de nuevo había convocado una reunión extraordinaria para repasar los últimos acontecimientos y tomar nuevas medidas al respecto.

—Caballeros, aparte de los severos daños causados por el impresionante huracán que hemos sufrido, el coronel Sotolongo ha fracasado de nuevo. Rick Cortés ha escapado y los rebeldes han volado el puerto espacial de La Habana —comenzó diciendo Arturo Castro.

—Sí, pero no todas son malas noticias. La hechicera ya está manos de la Globalización, y en la batalla les hemos causado muchas bajas a los rebeldes —replicó el presidente.

—El almirante Smith, que está a cargo del bloqueo, nos ha felicitado por la captura de la hechicera. No obstante, en vista de que los rebeldes han volado el puerto espacial y lo que ha sucedido con el último cliente, el difunto Pícaro Tres, van a interrumpir el servicio de chicas de compañía de La Corporación —añadió Arturo Castro.

—¿Van a interrumpir las actividades del servicio de chicas de compañía de La Corporación?

Eso es muy grave —preguntó el presidente.

—Hasta nueva orden —replicó Arturo Castro.

—Eso significa que ya no cobraremos comisiones. Además, es posible que, si no arreglamos esto rápido, perdamos el favor del señor Wagner —añadió el presidente.

—De todas formas, estoy seguro de que mandarán un último cliente —anunció Arturo Castro.

—¿Un último cliente? —preguntó el presidente.

—Sí, ya les he dado permiso. Ya es cosa segura, incluso creo que nos vendrá bien. Caballeros, en vista de nuestra total incompetencia, la Globalización va a mandar a un avezado militar para que encuentre y elimine a Rick Cortés —dijo Arturo Castro.

—¿Cómo se llama? —preguntó el presiente.

—Lawrence de Marte —contestó Arturo Castro.

—¿Y los servicios de quién quiere tener Lawrence de Marte? —preguntó el presidente.

—Quiere los servicios de una chica de compañía que se anunciaba en la web como «el Tacto de La Habana». —contestó Arturo Castro.

—Hay que buscar a esa chica —dijo el presidente.

—¿Y el robot? ¿Qué pasará si se despierta el robot? —preguntó el presidente.

—De eso no dijeron nada. En previsión de futuras eventualidades, ya he ordenado que se sitúe una residencia provisional del Gobierno justo al otro lado de la isla, en Santiago de Cuba —contestó Arturo Castro.

—Independientemente de la inminente venida de las fuerzas de la Globalización, yo creo que deberíamos atacar el refugio rebelde —propuso el diputado Juan de la Cosa.

—No. Ahora es mejor esperar —añadió Arturo Castro.

—Hay que deshacerse del robot —propuso el presidente.

—Sí, pero ¿cómo? —preguntó Arturo Castro.

—Creo que deberíamos meterlo en un barco de mercancías y tirarlo a fosa profunda en mitad del océano —añadió el presidente.

—Es buena idea. Dé instrucciones para que metan al robot en un contenedor de mercancías y se lo lleven en un buque mar adentro —ordenó Arturo Castro.

Poco después, los soldados metieron al robot en un contenedor de seguridad y lo cargaron en un enorme barco. Redujeron su peso y su tripulación al mínimo con la idea de arriesgar la menor cantidad de vidas posible, y también aligerar al máximo el peso para así poder aumentar en la medida de lo posible su velocidad. El barco zarpó sin novedad de la bahía de La Habana y cuando despareció en el horizonte, los altos cargos del ejército se fueron al bar a tomar una cerveza y, refugiados en el alcohol, aliviaron toda aquella gesticulación nerviosa que a menudo los acompañaba en el día a día y denotaba su alto nivel de ansiedad.

Más tarde, el almirante Smith se puso en contacto con el propio señor Wagner para ponerlo al corriente de las novedades y, sobre todo, de los últimos acuerdos a los que había llegado con el régimen de los Castro.

—Excelencia, hemos seguido sus órdenes y ya está todo dispuesto para el ataque —dijo el almirante Smith.

—¿Y la hechicera? —preguntó el señor Wagner.

—La tenemos prisionera a bordo del crucero global. La estamos interrogando —contestó el almirante Smith.

—La quiero con vida. Yo la interrogaré personalmente cuando llegue —ordenó el señor Wagner.

—A sus órdenes, excelencia —replicó el almirante Smith.

—¿Que ha pasado con «Pícaro Cuatro»? —preguntó el señor Wagner.

—Ha sufrido un ataque en el territorio del régimen de los Castro. Los rebeldes lo han decapitado —contestó el almirante Smith.

—El régimen de los Castro ha perdido el control. Tenemos que intervenir para que todo vuelva a la normalidad —dijo el señor Wagner.

—Enviaremos un contingente de nuestras tropas cuando venga el investigador militar Lawrence de Marte —añadió el almirante Smith.

—¿Tienen las autoridades la orden de detención oficial de Rick Cortés? —preguntó el señor Wagner.

—En efecto —replicó el almirante Smith.

—¿En ella se especifica que se atrape vivo o muerto? —preguntó el señor Wagner.

—Sí —replicó el almirante Smith.

—No hagan caso. Esa orden es una formalidad para su expediente, pero en realidad lo prefiero muerto. Oficialmente debería ser juzgado y condenado por nuestros tribunales. Al fin y al cabo, Rick Cortés es un ciudadano de la Globalización. Es más, a pesar de que se ha quitado el localizador, todavía ostenta un cargo global. Todavía es un investigador militar, y no nos interesa que se sepa que hemos intervenido nosotros, es decir, es mejor que sucumba por la rebelión que ha iniciado en la isla y, en teoría, por mano del régimen de los Castro —dijo el señor Wagner.

—Sí. Es mucho mejor que todo parezca un asunto interno del régimen comunista de los Castro—replicó el almirante Smith.

—Lawrence de Marte aterrizará con una guarnición de soldados globales en Bahía de Cochinos, pero irán vestidos con el uniforme del ejército cubano —ordenó el señor Wagner.

—Hemos seguido punto por punto sus órdenes. Todo está preparado, excelencia. El coronel Montoya los estará esperando para que unan a sus fuerzas —replicó el almirante Smith.

—Muy bien —respondió el señor Wagner.

—¿Van a ejecutar ya a la hechicera? —preguntó el almirante Smith.

—Lo haremos una vez que Rick Cortés esté muerto y la rebelión, destruida. Por ahora es preferible conservarla con vida para utilizarla contra ellos si las cosas no salen bien —contestó el señor Wagner.

—¿Cuándo llegará su excelencia aquí? —preguntó el almirante Smith.

—Pronto. Espero que cuando mi destructor imperial esté sobre los cielos de La Habana se haya puesto fin a esa maldita amenaza rebelde —concluyó el señor Wagner.

Mientras tanto, las fuerzas de Rick ya habían llegado al refugio de Sierra Maestra y se habían reunido con el resto de los revolucionarios, y se preparaban para un probable contraataque del régimen de los Castro.

—Creo que ya no vamos a poder negociar el intercambio de Idalmis, la hechicera, a cambio del cliente de La Corporación —dijo Rick.

—¿Y eso? —preguntó el monje.

—El Tortuga lo ha decapitado —contestó Rick.

—Bueno, al menos eso zanja la cuestión de los abusos contra las mujeres de la isla —contestó el monje.

—Sí, pero no quedará así. Ya buscaremos otra manera de rescatarla —añadió Rick.

—Tengo una mala noticia. Mis sensores detectan movimiento en los cruceros globales —dijo el monje.

—¿Movimiento? ¿Qué tipo de movimiento? —preguntó Rick.

—A través de la Cuarta Dimensión, he accedido a toda la información que circula por encima de nuestras cabezas, la Globalización está preparando un ataque —contestó el monje.

—¿Un ataque? —preguntó Rick.

—Vienen a por ti. Quieren capturarte vivo o muerto, aunque te prefieren muerto. Van a desembarcar tropas en Bahía de Cochinos. Esa fuerza de ataque será comandada por un avezado militar, un hombre muy peligroso llamado Lawrence de Marte —añadió el monje.

—Entonces hemos de prepararles una bienvenida que no puedan olvidar —replicó Rick.

—Hay que utilizar cañones láser —dijo el monje.

—En toda la isla había solo cuatro y nosotros hemos robado tres —contestó Rick.

—Creo que serán suficientes, pero hay que situarlos de forma estratégica —añadió el monje.

—En efecto, ahora mismo daré orden para que utilicen la nave de transporte que hemos robado —anunció Rick.

—¿Han traído tu caza de combate? —preguntó el monje.

—Sí, consiguió robarlo el capitán Orellana —contestó Rick.

—Cuando se produzca el ataque, tú debes luchar contra un par de cazas globales que han sido pintados con las insignias del pueblo cubano. Esos cazas no deben destruir nuestros cañones,

¿entendido? —dijo el monje.

—Yo me encargaré personalmente de que no lo hagan —contestó Rick.

—Ponte el casco que te regalé para que tu nave se vuelva invisible —añadió el monje.

—En cuanto a las tropas de tierra, haremos dos grupos, uno lo comandaré yo y el otro será dirigido por el capitán Orellana. Atacaremos por ambos flancos —anunció el monje.

—Parece que es un buen plan. Lo ideal es que nuestras tropas acampen en las colinas que hay detrás de la bahía a la espera de acontecimientos —dijo Rick.

Más tarde en el barco, el robot G-211 se despertó por completo y lo primero que hizo fue destruir el contenedor en el que estaba confinado. Después de su puño, surgió un pincho muy afiliado y con él fue apuñalando uno por uno a todos los miembros de la tripulación. A todos excepto al capitán, al

que decapitó tras obligarlo a transmitir un mensaje al régimen cubano. El robot se había despertado y en pocas horas estaría en tierra firme.

A todas luces, aquel robot asesino acudía a la llamada de su señor, el avezado militar conocido como Lawrence de Marte. Pero antes de abandonar el buque dejó una bomba dentro y a los pocos minutos de elevarse, de forma que bien podía ser semejante a la de un cohete, el buque explotó primero y luego se fue a pique en unos pocos segundos. Precisamente en ese momento se encontraban en los límites imaginarios que se han dado en llamar el triángulo de las Bermudas.

—¡Baja ya de una vez esos cañones! —gritó el capitán Orellana a su entrañable compañero Stranger Cat.

—Deberías relajarte un poco. Desde que hemos aterrizado en este promontorio, no paras de quejarte —contestó Stranger Cat.

—No es cuestión de broma. Esa gente viene con intención de matarnos y luego restablecer el orden anterior que había en la isla. No estoy de acuerdo ni con la primera ni con la segunda parte — contestó el capitán Orellana.

—No te preocupes, todo estará preparado cuando sus naves bajen —añadió Stranger Cat.

—Sí, pero no hay que perder ni un minuto. Tenemos que dejar listo esto y volver a la base. Los soldados nos esperan para que los transportemos antes del ataque —contestó el capitán Orellana.

Un par de horas después, ya tenían todo preparado e incluso habían traído a los soldados rebeldes, que tomaron posiciones en los flancos. El capitán Orellana observaba el cielo con unos prismáticos digitales cuando su íntimo colega, Stranger Cat, lo alertó de la llegada de las primeras tropas enemigas. Al fondo del valle salieron de la bruma y del polvo los primeros vehículos que transportaban a los soldados del coronel Montoya. Seguramente venían para asegurar el perímetro, por lo que se avisó a todo el mundo de que se ocultaran y que hicieran el menor ruido posible.

Una vez que los soldados del régimen de Castro aseguraron el perímetro, un compartimento  se abrió en uno de los cruceros espaciales. Eran tres lanzaderas y dos cazas de combate. Las tres lanzaderas se dirigieron lentamente hacia el centro del valle, donde los soldados les estaban esperando. Al mismo tiempo, los cazas de combate se dirigieron hacia el litoral con la idea de explorar zonas más amplias del territorio y proteger el aterrizaje de las tropas invasoras.

Las lanzaderas tomaron tierra. Lawrence de Marte salió de la primera de ellas y se reunió con el coronel Montoya. En ese preciso momento, desde el cielo tomó tierra un objeto. Se trataba del robot G-211. En pocos minutos, había tres columnas de militares completamente armados, en total eran unos tres mil efectivos. También traían treinta robots de combate.

—Bienvenido a Cuba —dijo el coronel Montoya.

—Tiene usted todas mis tropas a su servicio —replicó con cierto aire prepotente el avezado militar que estaba bajo las órdenes del señor Wagner.

Lawrence de Marte llevaba un casco que le proveía del acceso a una inteligencia artificial y a una realidad aumentada. También se movía dentro de un enorme exoesqueleto con el que podía volar. Su mera apariencia infundía terror en sus adversarios, y los que lo conocían decían que solo tenía un punto débil: era un tanto sádico a la hora de llevar a cabo las misiones que le encomendaban.

—Yo soy el coronel Montoya. Usted debe ser el famoso Lawrence de Marte —dijo el coronel Montoya.

—En efecto —replicó Lawrence mientras le daba la mano muy exultante—, acabo de llegar desde el espacio para acabar con esta maldita revuelta. Hemos aterrizado aquí porque nos hemos enterado de que ahora este país carece de puerto espacial.

—Lo sé. Hemos perdido toda la provincia de Oriente. Esa es la razón por la que se ha llegado a un acuerdo con el señor Wagner. Le confieso que este asunto se nos ha ido un poco de las manos. No olvide que ese hombre, Rick Cortés, igual que usted, es un investigador militar—dijo el coronel Montoya.

—Me he informado. Creo que esta vez va a ser muy fácil ganarme el favor del señor Wagner

—replicó Lawrence de Marte.

—Solo le diré una cosa más. Ese hombre no se comporta como un soldado bisoño. Puede ser que esté asesorado militarmente o que sea un genio táctico, pero lo cierto es que sabe sacar partido de las circunstancias —contestó el coronel Montoya.

—No se preocupe, ya puede respirar tranquilo. Yo soy un militar profesional. Vengo del espacio. Mi último adversario era un pirata del espacio que saqueaba las naves de transporte — respondió Lawrence de Marte.

—No lo dudo —replicó el coronel Montoya.

—Ha llegado la caballería de la Globalización. Ninguno podrá escapar. Ahora el que tiene que preocuparse es Rick Cortés. Esta vez la sorpresa se la va a llevar él —replicó Lawrence de Marte mientras pasaba revista a sus formidables robots de combate, que esperaban sus órdenes a la cabeza de la formación.

—Sí —contestó el coronel Montoya.

—¿No atacaron sus naves de combate la base rebelde? —preguntó Lawrence de Marte.

—Lo hicieron. Pero no surtió el efecto deseado. Tienen cuevas. Se hace necesaria una intervención terrestre —contestó el coronel Montoya.

—En eso nosotros somos expertos, pero le diré una cosa, ya que vamos a realizar una

intervención terrestre, de paso vamos a ensañarnos con todos esos bellacos. No haremos prisioneros. Les enseñaremos quién manda aquí —añadió Lawrence de Marte.

—Para eso habéis venido —replicó el coronel Montoya.

—También por el oro —respondió Lawrence de Marte.

—¿El oro? —preguntó Montoya.

—Sí. Los servicios de inteligencia de la Globalización me han informado de que el coronel Sotolongo guarda un tesoro sacado de pecios españoles. Es muy posible que el verdadero propósito de Rick Cortés y de sus secuaces sea hacerse con él —contestó Lawrence de Marte.

—Tal vez tenga usted razón, pero en realidad eso no cambiaría su trabajo. Le recuerdo que ha venido usted aquí para terminar con esta revuelta —contestó el coronel Montoya.

—Sí, mis tropas y yo somos expertos en realizar el trabajo sucio, pero esta vez va a ser más fácil que de costumbre. Aquí no hay muchos robots de combate. Los rebeldes tampoco tienen naves de caza, ¿no? —preguntó Lawrence de Marte.

—No. No son un ejército regular, pero tampoco son un grupo de campesinos alzados en armas. Tienen armas modernas y asesoramiento militar —contestó el coronel Montoya.

—No tienen nada que hacer contra nosotros. Esto va a ser coser y cantar, incluso dejaré que usted dirija la primera batalla. Pronto cortaré con mi látigo eléctrico la cabeza de Rick Cortés cuando lo atrapen mis tropas. Dirija usted su avance, mi robot y yo tenemos una cita con una mujer que se hace llamar «el Tacto de La Habana». Nos encontraremos dentro de unas horas en el refugio rebelde —dijo Lawrence de Marte mientras él y su robot despegaban con destino a La Habana.

—¡Adelante! —gritó el coronel Montoya una vez que se había quedado solo—. Y agucen sus sentidos, una vez que crucemos esas colinas estaremos en la carretera que nos lleva a la provincia de Oriente. Nos adentraremos poco a poco el territorio del enemigo. [Sigue en el Capítulo VI – El tacto de La Habana]

Articulista en Revista Rambla

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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