Con esa doble moral y esos falaces argumentos, (que fueron luego copiados en muchas dictaduras) los funcionarios británicos, no hace tanto tiempo, reprendían a sus hijos para que se fueran a dormir. Sin olvidar que yo estoy siempre en contra de la violencia, (se estima que 300,000) no puede comprarse la masacre de un pueblo que lucha por su libertad con cuchillos y lanzas, contra otro que es un impero colonial y tiene armas de fuego modernas.
—Y ahora dime por qué has venido y me has impedido saltar a las vías del tren —preguntó aquel alto funcionario que no creía en Dios…
—Porque yo sí tengo fe en Dios, y por lo tanto, creo en el ser humano, aunque mi piel sea de color y viva en un barrio bajo…
Mientras tanto, al otro lado de las vías del tren, en aquel preciso momento, se estableció una suerte de tierra baldía y se dio luz verde para abrir fuego contra cualquier sombra que se acercara sin ningún reparo. Al llegar a casa, en el lujoso barrio de la capital, el alto funcionario miraba el teléfono con gran ansiedad. Eran las ocho de la noche y era la primera vez que no había recibido ninguna respuesta del campo de concentración en el que vivía una hija suya de color, porque ese día cumplía diez años y ella siempre se podía muy contenta, cuando recibía esa única llamada anual para felicitarle en su modesta celebración del aquel importante aniversario.




