España no padece solo una crisis de instituciones, sino una peligrosa normalización moral que convierte la picaresca política en una forma aceptada de ascenso, supervivencia y prestigio socia

Existe una pregunta que vuelve periódicamente a la conversación pública española cada vez que estalla un nuevo escándalo político: ¿la corrupción transforma a las personas o simplemente revela lo que ya eran? La cuestión no es menor, porque de la respuesta depende nuestra forma de entender el poder, las instituciones y hasta la naturaleza humana. Durante décadas se nos ha repetido que “el poder corrompe”, como si la corrupción fuese una enfermedad ambiental que acabara infectando inevitablemente a quienes se acercan demasiado al Estado. Sin embargo, hay otra interpretación más incómoda y probablemente más realista: el poder no crea al corrupto, simplemente le ofrece el escenario perfecto para desarrollarse.

La tesis resulta perturbadora porque desplaza la culpa desde el sistema hacia el individuo. Obliga a aceptar que hay personas que llegan a la política no para servir, sino para satisfacer una pulsión anterior: la del privilegio, la impunidad y la apropiación de lo colectivo. Y eso explica por qué algunos cargos públicos atraviesan décadas de tentaciones sin mancharse mientras otros convierten cualquier parcela de poder, por pequeña que sea, en un cortijo personal. La corrupción no aparece de repente; madura lentamente dentro de una determinada concepción moral de la vida.

España lleva demasiado tiempo tratando la corrupción como una anomalía episódica, cuando en realidad se ha convertido en un rasgo estructural de la cultura política. No porque todos los políticos sean corruptos —una afirmación tan injusta como simplista—, sino porque el ecosistema institucional ha terminado premiando ciertos comportamientos incompatibles con la ética pública. La obediencia ciega, el tribalismo ideológico, la lealtad al aparato por encima del mérito y la confusión entre partido y Estado han generado un terreno extraordinariamente fértil para los oportunistas.

El fenómeno no es exclusivamente español, pero aquí adopta una dimensión especialmente corrosiva debido a una vieja tradición cultural: la indulgencia social hacia el aprovechado. El pícaro sigue despertando más simpatía que rechazo. El ciudadano que engaña a Hacienda, el político que coloca a los suyos, el empresario que vive de subvenciones o el militante que convierte el cargo público en profesión suelen encontrar una coartada colectiva basada en una frase devastadora: “todos haríamos lo mismo”. Esa resignación moral es mucho más peligrosa que la corrupción misma porque destruye el principio esencial de cualquier democracia sana: la exigencia ética.

Cuando una sociedad empieza a considerar ingenuo al honrado y listo al tramposo, el deterioro institucional se vuelve irreversible. El problema deja de ser jurídico para convertirse en antropológico. Ya no hablamos solo de delitos, sino de una manera de relacionarse con el poder y con el dinero público. Ahí reside quizá la gran tragedia española contemporánea: la corrupción no escandaliza tanto como antes porque ha dejado de percibirse como excepción.

En los últimos años, además, la política española ha experimentado una mutación especialmente inquietante. Antes, la corrupción intentaba ocultarse. Hoy se combate desde el relato. El objetivo ya no es demostrar inocencia, sino desacreditar cualquier investigación. El lenguaje del “lawfare”, la persecución judicial o la conspiración mediática se ha convertido en una herramienta defensiva habitual. Se trata de una transformación profunda: el político sospechoso ya no busca convencer de que no hizo nada malo, sino persuadir a los suyos de que la legalidad misma forma parte de una ofensiva política.

Ese mecanismo tiene consecuencias devastadoras. Rompe el consenso democrático básico según el cual la justicia debe actuar con independencia y convierte cualquier causa judicial en una batalla partidista. El ciudadano deja entonces de evaluar hechos y comienza simplemente a elegir bando. Y cuando la verdad depende de la ideología, la corrupción encuentra su mejor refugio.

Lo más preocupante es que esta degradación no nace únicamente de las élites. También se alimenta desde abajo, desde una ciudadanía cansada, polarizada y emocionalmente anestesiada. Las redes sociales han acelerado este proceso hasta extremos inéditos. La política ya no se juzga por resultados ni por comportamientos, sino por afinidades identitarias. Un dirigente puede acumular sospechas gravísimas y seguir conservando apoyo intacto siempre que continúe representando emocionalmente a su tribu ideológica.

La democracia entra entonces en una fase muy delicada: la sustitución de la responsabilidad por la fidelidad. El votante deja de exigir ejemplaridad y pasa a justificar cualquier conducta en nombre de una causa superior. El líder deja de ser un servidor público y se convierte en un símbolo emocional al que proteger incluso frente a la evidencia. La corrupción se tribaliza.

Por eso resulta tan relevante reflexionar sobre el origen moral del corrupto. Porque quizá el verdadero problema no sea cuánto poder tiene una persona, sino qué relación previa mantiene con los límites. Hay individuos incapaces de asumir que existen fronteras éticas incluso cuando nadie mira. Y precisamente esos perfiles encuentran en ciertas estructuras partidistas el hábitat ideal para prosperar.

La partitocracia española ha contribuido decisivamente a ello. Los partidos funcionan cada vez más como organizaciones cerradas donde la supervivencia depende menos de la competencia profesional que de la obediencia interna. En ese contexto, los perfiles independientes, críticos o intelectualmente autónomos suelen resultar incómodos. En cambio, prosperan quienes entienden rápidamente las reglas no escritas del sistema: proteger al líder, no cuestionar al aparato y asumir que el poder pertenece a quienes lo ocupan.

Ese clima produce una selección natural muy peligrosa. La política deja de atraer a los mejores y comienza a atraer a quienes encuentran en ella una vía rápida de ascenso económico, social o psicológico. No es casual que muchas carreras políticas contemporáneas carezcan de experiencia profesional sólida fuera del partido. Cuando la política se convierte en única forma de vida, la necesidad de conservar el cargo termina justificándolo todo.

Existe además otro elemento profundamente español: la confusión entre proximidad y impunidad. Durante años se ha vendido una idea emocional de la política basada en el “uno de los nuestros”. El dirigente cercano, campechano o simpático obtiene indulgencias que jamás recibiría un ciudadano corriente. Se perdonan comportamientos impropios porque el personaje “cae bien”, porque “todos tienen defectos” o porque “los otros son peores”. La corrupción entra así en una zona de relativismo moral donde ya no importan tanto los hechos como la narrativa afectiva que rodea al protagonista.

Frente a eso, la verdadera regeneración democrática exige recuperar una virtud hoy casi ridiculizada: la ejemplaridad. Gobernar implica aceptar restricciones personales que no se exigen a cualquier ciudadano. La política democrática no puede funcionar si quienes administran recursos públicos se comportan como propietarios provisionales del Estado. Y sin embargo, precisamente esa sensación patrimonial se ha instalado peligrosamente en muchas estructuras de poder.

El político corrupto rara vez se percibe a sí mismo como un ladrón. Normalmente se considera merecedor de privilegios. Cree haber conquistado un territorio. Confunde victoria electoral con propiedad. Piensa que el acceso al poder legitima una red de favores, recompensas y blindajes personales. Ahí aparece el verdadero núcleo psicológico de la corrupción: la incapacidad de distinguir entre lo público y lo privado.

Tal vez por eso las sociedades más resistentes a la corrupción no son necesariamente las que tienen más leyes, sino las que conservan una cultura cívica fuerte. La vigilancia ciudadana, la presión social y el prestigio de la honestidad actúan muchas veces con más eficacia que los propios códigos penales. Cuando robar destruye reputaciones de manera irreversible, el incentivo para corromperse disminuye. El problema español es que la reputación pública se ha vuelto extraordinariamente flexible.

Y sin embargo, todavía existen servidores públicos honestos. Muchos. Personas que entienden la política como sacrificio, responsabilidad y servicio. El drama es que suelen quedar invisibilizadas por el ruido constante de los escándalos y por una dinámica mediática que premia el exceso, el conflicto y la sospecha permanente. Esa invisibilidad genera un efecto perverso: desincentiva precisamente a quienes podrían dignificar la vida pública.

España necesita una reconstrucción ética mucho más profunda de lo que suele admitirse. No bastan reformas legales ni nuevas agencias anticorrupción. Hace falta recuperar una cultura de la responsabilidad individual. Entender que la corrupción no empieza cuando alguien roba millones, sino cuando se normaliza el pequeño abuso, la trampa mínima o el privilegio aparentemente insignificante. Toda gran corrupción nace siempre de una corrupción diminuta previamente tolerada.

La pregunta inicial, por tanto, sigue siendo esencial. ¿El corrupto nace o se hace? Probablemente ambas cosas sean ciertas, pero en proporciones distintas. Hay predisposiciones morales evidentes, sí. Existen personas naturalmente inclinadas al oportunismo y al abuso. Pero también es verdad que los sistemas políticos pueden incentivar o frenar esas pulsiones. La peor combinación posible aparece cuando un individuo moralmente débil entra en una estructura que premia precisamente esa debilidad.

Y quizá ahí resida el verdadero desafío de nuestro tiempo: construir instituciones capaces de protegerse no solo de los delincuentes, sino también de los mediocres ambiciosos, de los oportunistas sonrientes y de quienes entienden el poder como una oportunidad de explotación personal. Porque las democracias no suelen morir únicamente por culpa de los grandes tiranos. A veces se deterioran lentamente bajo una sucesión interminable de pequeñas corrupciones aceptadas, justificadas y finalmente asumidas como inevitables.

alejandra maller

Alejandra Maller

Periodista en Revista Rambla | Web |  Otros artículos del autor

Periodista y catalana.

Comparte: