Quizá las sociedades comiencen a enfermar mucho antes de que se derrumben sus instituciones. Tal vez los primeros síntomas aparezcan en el alma de quienes las habitan
Cualquier tren puede ofrecernos un retrato inesperadamente fiel de nuestro tiempo. El paisaje desfila al otro lado del cristal con la misma indiferencia con la que lo ha hecho siempre. Los campos suceden a las ciudades, las fábricas dan paso a los ríos, las estaciones aparecen y desaparecen con la discreción de quien no espera ser recordado. Durante siglos, viajar significó abandonar un lugar para descubrir otro. Era una invitación a la observación, incluso al asombro. Hoy el viaje parece transcurrir en otra parte. Los pasajeros apenas levantan la vista de la pantalla que sostienen entre las manos. El mundo continúa ahí, pero ha dejado de reclamar nuestra atención.
Algo parecido ocurre en los parques. Bajo la sombra de unos árboles, un grupo de adolescentes ocupa varios bancos. Han llegado juntos y, sin embargo, cada uno permanece inclinado sobre su teléfono. De vez en cuando alguno sonríe, otro levanta la cabeza para hacer un comentario breve y enseguida el silencio vuelve a instalarse entre ellos. No es un silencio incómodo, sino un silencio habitado por otros lugares. Están reunidos, pero no exactamente presentes.
Sería fácil convertir estas escenas en una crítica más de la tecnología. Sería, además, un error. Los teléfonos pasarán. También las redes sociales. Como pasaron otros inventos que en su día parecieron transformar para siempre la vida de los hombres. Lo verdaderamente importante no son los objetos, sino aquello que revelan sobre quienes los utilizan.
Las civilizaciones hablan a través de sus costumbres mucho antes que a través de sus discursos. Sus monumentos expresan lo que admiraron; sus leyes, aquello que decidieron proteger. Pero es en los gestos cotidianos donde terminan confesando quiénes son realmente. Basta observar cómo una sociedad espera un tren, ocupa una plaza o conversa durante una comida para descubrir la idea de ser humano que ha ido formando, muchas veces sin proponérselo. Porque toda civilización fabrica un tipo de hombre.
No existe ninguna que sea neutral. Cada una educa una sensibilidad, establece una jerarquía de valores y moldea un carácter. Algunas enseñan el sentido del deber; otras, la disciplina, la piedad o el honor. Incluso las que proclaman la libertad como principio supremo acaban proponiendo una determinada manera de entender qué significa ser libre. Esa es, quizá, la pregunta más importante que puede hacerse una época. No cuánto produce. No cuánto consume. Ni siquiera cuánto progresa. Sino qué clase de hombres y mujeres está formando.
Durante demasiado tiempo hemos medido el éxito de las sociedades por la riqueza que generan, la esperanza de vida que alcanzan o la sofisticación de su tecnología. Son indicadores valiosos, sin duda. Pero ninguno responde a la cuestión decisiva. Una civilización puede ser poderosa y, al mismo tiempo, incapaz de ofrecer una vida verdaderamente habitable. Puede conquistar el mundo exterior mientras pierde, lentamente, el dominio de sí misma.
Los romanos no construyeron únicamente carreteras, acueductos o anfiteatros. Construyeron una idea del ciudadano. La virtus romana no designaba una emoción, sino un carácter: disciplina, sentido del deber, fortaleza ante la adversidad, fidelidad a la palabra dada y disposición a sacrificar el interés propio por la res publica. Aquella imagen nunca coincidió plenamente con la realidad, pero actuó como un ideal compartido. Roma no solo gobernó un imperio; educó un tipo de hombre.
La Cristiandad medieval también lo hizo. Su aspiración no consistía únicamente en organizar una sociedad, sino en orientar la existencia hacia un horizonte trascendente. La vida encontraba su medida en algo que la superaba. Incluso el sufrimiento podía adquirir sentido porque formaba parte de un orden más amplio que el individuo.
La Ilustración desplazó ese centro de gravedad. Depositó su confianza en la razón, en el progreso y en la capacidad del hombre para emanciparse de la superstición y de la arbitrariedad. Fue una transformación decisiva. Gracias a ella surgieron libertades y derechos cuya importancia sería absurdo cuestionar.
Pero toda conquista modifica también a quien la alcanza. La modernidad no solo liberó al individuo de antiguas dependencias. Le entregó una tarea inédita en la historia: la de convertirse en el principal responsable de sí mismo. Quizá ahí comienza la historia de nuestro tiempo. La libertad figura entre las mayores conquistas de la civilización occidental. Sería difícil imaginar un legado más valioso. Gracias a ella el individuo dejó de ocupar el lugar que el nacimiento le había asignado. Pudo disentir, cambiar de oficio, elegir sus creencias, amar sin obedecer siempre a la tradición y pensar por cuenta propia. Ninguna época anterior había concedido tanto espacio a la autonomía personal.
Sin embargo, las grandes transformaciones históricas nunca producen únicamente aquello que prometen. Al ampliar el territorio de la libertad, la modernidad redujo el territorio de las certezas. Allí donde antes existía un relato compartido apareció una multitud de relatos posibles. Allí donde la comunidad ofrecía una dirección comenzó a imponerse la elección individual. Poco a poco, la pregunta «¿qué debo hacer?» dejó paso a otra mucho más exigente: «¿quién quiero ser?».
El cambio parece pequeño, pero modifica la estructura misma de la existencia. Durante siglos, el ser humano buscó su lugar en un mundo que lo precedía. Había nacido dentro de una historia, una lengua, unas costumbres y una comunidad que delimitaban el horizonte de lo posible. Aquel orden podía ser injusto y asfixiante. Con frecuencia lo fue. Pero poseía una virtud que hoy tendemos a olvidar: liberaba al individuo de tener que justificar continuamente su propia existencia.
Nosotros hemos heredado una tarea distinta. Ya no basta con vivir. Hay que construir una vida. Ya no basta con desempeñar un oficio. Hay que encontrar una vocación. Ya no basta con amar. Hay que realizarse. La existencia deja de parecerse a un camino para convertirse en una obra permanentemente inacabada. Quizá ninguna época había depositado tanta confianza en el individuo. Pero tampoco ninguna le había exigido tanto.
Esta transformación apenas habría sido posible sin el desarrollo de la economía moderna. El mercado no solo reorganizó la producción de bienes; terminó por introducir una nueva manera de comprender al propio ser humano. Casi sin advertirlo, empezamos a describir la vida con palabras que antes pertenecían exclusivamente al comercio. Invertimos tiempo. Gestionamos emociones. Administramos relaciones. Rentabilizamos conocimientos. Optimizamos el descanso.
No se trata de una simple cuestión de lenguaje. Las palabras terminan modelando la mirada. Cuando el hombre comienza a pensarse como un capital que debe aumentar su valor, la existencia entera adopta la lógica de un balance contable. Cada decisión debe producir un beneficio; cada experiencia ha de dejar un rendimiento; incluso el ocio necesita justificar su utilidad. Así, el ideal clásico de la vida buena cede su lugar a otro muy distinto: la vida eficiente. Es una mutación silenciosa, pero decisiva.
Durante buena parte de la historia occidental, la excelencia consistía en orientar el carácter hacia un bien considerado superior al individuo: la verdad para el filósofo, la justicia para el gobernante, la santidad para el creyente, el honor para el caballero. El hombre aspiraba a elevarse hacia algo que lo trascendía.
La cultura contemporánea ha invertido esa dirección. Ahora el objeto de perfeccionamiento es el propio individuo. Ya no se trata de servir a una verdad, sino de producir una versión cada vez más exitosa de uno mismo. La identidad deja de recibirse como una herencia para convertirse en un proyecto; y el proyecto, por definición, nunca concluye.
Siempre puede estudiarse un idioma más. Siempre puede alcanzarse una mejor condición física. Siempre puede obtenerse un empleo más prestigioso, una vivienda mejor situada, un reconocimiento mayor. El horizonte retrocede a medida que avanzamos hacia él. No porque exista una conspiración que empuje al hombre hacia la insatisfacción, sino porque la lógica del perfeccionamiento no conoce un punto de llegada. Todo logro deja de ser una meta para convertirse en el peldaño de la siguiente exigencia.
Tal vez ese sea el rasgo más singular de nuestra civilización. No obliga al individuo mediante la fuerza. Lo persuade de que la mayor obligación consiste en no dejar nunca de superarse. Y pocas formas de obediencia resultan tan eficaces como aquellas que terminan confundiéndose con la libertad.
Toda civilización produce una determinada experiencia de la existencia. No basta con observar sus leyes o sus instituciones para comprenderla. Hay que preguntarse cómo viven quienes han nacido en su interior. Qué relación mantienen con el tiempo. Qué esperan del futuro. Cómo aman, cómo trabajan, cómo soportan la pérdida o qué significado conceden al fracaso.
Porque una cultura no solo organiza la convivencia. También educa la sensibilidad. La nuestra ha logrado algo extraordinario: reducir buena parte de las incertidumbres materiales que acompañaron a la humanidad durante siglos. La esperanza de vida se ha alargado, el conocimiento se ha multiplicado y la tecnología ha extendido nuestras capacidades hasta límites difíciles de imaginar hace apenas unas décadas. Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para hacer más cómoda la existencia.
Y, sin embargo, algo parece haberse vuelto más frágil. No se trata de una impresión romántica ni de una nostalgia por un pasado idealizado. Ninguna época estuvo libre de sufrimiento. La historia humana es demasiado severa para permitirse esa ingenuidad. Lo que cambia de una civilización a otra no es la existencia del dolor, sino su forma.
Hubo generaciones marcadas por el hambre. Otras vivieron bajo la amenaza permanente de la guerra o de las epidemias. El sufrimiento siempre acompaña al hombre, pero cada época imprime sobre él una huella distinta. Quizá la huella de nuestro tiempo sea otra. No el miedo a morir, sino la dificultad para saber para qué vivir. No la escasez de posibilidades, sino el exceso de ellas. No la ausencia de libertad, sino el vértigo de tener que convertirla, cada día, en una identidad. Tal vez por eso el malestar contemporáneo resulta tan difícil de interpretar.
Desde hace algunos años hablamos de ansiedad, depresión, agotamiento emocional, trastornos de la personalidad o soledad con una naturalidad desconocida. La conversación pública gira cada vez con más frecuencia alrededor de la salud mental. Se multiplican los especialistas, las campañas de prevención y los recursos destinados a aliviar un sufrimiento que ya no puede considerarse excepcional. Todo ello es necesario. Una sociedad decente debe cuidar de quienes sufren. Pero cuidar no equivale necesariamente a comprender. La medicina puede aliviar una herida. Lo que no siempre puede responder es por qué esa herida aparece con tanta frecuencia.
Cuando un fenómeno deja de ser una excepción para convertirse en un rasgo persistente de una época, quizá la pregunta ya no deba dirigirse únicamente al individuo. Tal vez deba dirigirse también a la civilización que ha modelado las condiciones en las que ese individuo vive. No se trata de reducir las enfermedades mentales a un simple producto de la cultura. Sería una simplificación tan injusta como falsa. Existen factores biológicos, genéticos y personales que ninguna reflexión filosófica debería ignorar.
Pero tampoco parece razonable pensar que el modo de vida de una sociedad resulte indiferente a la salud interior de quienes la habitan. El hombre no es un ser abstracto. Respira el aire moral de su tiempo. Aprende a desear aquello que su cultura considera valioso. Acaba midiendo su propia vida con las mismas categorías que emplea la sociedad en la que vive. Y una cultura que convierte la existencia en un proyecto interminable de rendimiento, comparación y autoafirmación difícilmente puede sorprenderse si muchos de sus miembros terminan experimentando una fatiga que ningún descanso consigue disipar.
Quizá ese sea nuestro error más profundo. Hemos llegado a interpretar el sufrimiento como un fallo privado cuando, en ocasiones, puede ser también un síntoma colectivo. Nos apresuramos a preguntar qué ocurre dentro del individuo antes de preguntarnos qué ocurre fuera de él. Buscamos la explicación en la química del cerebro, pero rara vez en la química de una civilización.
Sin embargo, las sociedades también generan climas morales. Hay épocas que favorecen el coraje. Otras cultivan la resignación. Algunas despiertan el deseo de construir. Y otras, casi sin advertirlo, acostumbran al hombre a vivir en un estado permanente de insuficiencia. Quizá las dolencias más características de nuestro tiempo no sean únicamente un problema sanitario. Quizá constituyan el espejo en el que una civilización empieza, por fin, a contemplar su propio rostro.




