Eran otros tiempos cuando sucedió aquello a las 10:40 de la mañana del 15 de junio de 2008. Los dos vigilantes encargados del transporte de fondos salieron de una sucursal del Banco Santander. Debido a lo estrecho de las calles y a la situación de la oficina, era imposible que se aparcara el furgón en la puerta de la entidad bancaria. Es más, para llegar hasta el vehículo blindado había que cruzar el mercado de abastos. Los guardias de seguridad avanzaban lentamente por el interior de dicho recinto cuando un hombre cubierto con un casco de moto les disparó siete tiros. Los dos vigilantes quedaron tirados en el suelo. A continuación, el atracador cogió las sacas de dinero y se marchó en una moto negra de gran cilindrada, en la que le esperaba un cómplice. El botín fue de 100.000 euros.

Todo sucedió en apenas unos segundos. Cuando llegaron los servicios sanitarios descubrieron que uno de los vigilantes tenía un disparo en el pulmón y otro en el hígado. Falleció en el hospital unas horas después a pesar de todos los esfuerzos por detener la hemorragia interna. Descanse en paz. El otro vigilante recibió cinco disparos. En el brazo, en la pierna y en la ingle. Al final, consiguió sobrevivir al atraco. El atracador se había ensañado lo que dejaba a relucir un nivel de violencia inusitado. Además, su frialdad denotaba experiencia. Perdonen la comparación, pero, salvado las distancias, desde la apropiación indebida del Dioni, no recuerdo un golpe a un furgón blindado tan bien planeado. En efecto, a pesar de que se desplazaron más de cuarenta agentes, pasaron más de veinticuatro horas sin noticias de los atracadores. Los primeros momentos son fundamentales para resolver cualquier tipo de crimen y esta vez parecía que se los había tragado la tierra. La cosa pintaba mal desde el principio. Recuerdo que pensé con cierta ingenuidad que el atracador se escondería en su casa y se pasaría meses sin gastar nada para no llamar la atención. Sin duda, mi pensamiento estaba influenciado por las películas de la mafia. Aquel dinero completamente legal acababa de convertirse en dinero negro. Pero para los atracadores que viven al día ese no parece ser problema, basta con gastarlo poco a poco, o incluso en grandes cantidades siempre que compres cosas que no llamen demasiado la atención de las autoridades. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y ahora el mundo está cambiando. Recuerdo que pensé en lo valioso que era para la sociedad el trabajo que realizaban los vigilantes del transporte de fondos. Siempre que alguien se deja la vida en un trabajo se suele poner en valor su valía y su dedicación, sin embargo, hay trabajos muy subestimados en el día a día y el transporte de fondos, sin duda, era uno de ellos. Muchos dirán que tiene los días contados. El BBVA por ejemplo, tiene planes para cobrar del cajero una comisión de tres euros por cada reintegro a sus propios clientes. No en vano, la pandemia está acelerando un proceso que en el fondo era inevitable: la desaparición del dinero en efectivo. Sin embargo, mucha gente nunca se ha planteado de verdad las consecuencias. Y no son buenas. Según la patronal de las empresas de seguridad privada (Aproser) países como Suecia, que ya han comenzado el proceso para finalizarlo en 2023, se han dado cuenta que es necesaria cierta cantidad de efectivo en los bancos y ahora se enfrentan a los problemas de intentar dar marcha atrás y revertir la situación. Pero lo peor es la dependencia absoluta de los medios digitales. ¿Qué pasaría si se produjera un apagón digital? ¿Y los ciberataques? A menudo se piensa que la desaparición del dinero efectivo acabaría con la economía sumergida y con el dinero negro, pero no se tiene en cuenta que la ciberdelincuencia promete ser mucho peor que la tradicional. En efecto, la fuerza bruta y los robos con violencia existirán siempre, solo que entonces, además la dependencia del dinero digital sin duda nos hará más esclavos de los bancos y en consecuencia se producirá un aumento exponencial de la desigualdad, lo que terminará con la clase media y el mundo tal y como lo conocemos.

Mientras tanto, los defensores de la libertad individual y de la privacidad han encontrado un aliado tan inesperado como natural en las empresas de seguridad privada. No en balde, desde Aproser se hace hincapié en las consecuencias del fin del dinero en efectivo. «Eliminar el efectivo supone más costes y menos control del gasto para las familias, más monitorización de su vida y tener más deudas con los bancos».

Por otra parte, yo sabía que el aumento de la desigualdad y la pérdida de la privacidad de los ciudadanos no iban a detener a los gobiernos porque eran responsables del aumento de dichos males en el mundo de hoy. Pero hay defensores del dinero en efectivo ⸺de los que no se puede dudar de su objetividad puesto que son economistas independientes⸺ que alertan de males todavía peores. Tanto es así que los argumentos que esgrimen en defensa del dinero en metálico, esos economistas, son de mucha mayor entidad. Incluso los que piensan beneficiarse con el cambio deberían de andarse con cuidado. Sobre todo porque algunos expertos predicen que la eliminación del dinero en efectivo arruinaría la economía a nivel mundial. Sin duda, eso sería una nueva crisis y como mínimo aumentaría mucho más la desigualdad. Porque no se puede ignorar que aproximadamente la cuarta parte del producto interior bruto mundial depende del efectivo y, como es normal, excluir de un plumazo una parte tan importante de la economía tendría graves consecuencias que podrían provocar el colapso del sistema. A pesar de todo, desoyendo las advertencias de estos expertos, los planes para el cambio del modelo ya están sobre la mesa de los gobernantes del mundo: ¿Y por qué tanta prisa? Tal vez tener un mayor control de la economía a todas luces estaban dispuestos a provocar, si no el probable colapso de la economía mundial, sí los seguros daños colaterales derivados del cambio de modelo: desde los efectos distópicos de la exclusión social de millones de ciudadanos, hasta la pérdida de la libertad individual de toda la sociedad mundial. Por otra parte, como si la humanidad no tuviera en el presente suficientes desafíos a los que enfrentarse, entre ellos, el cambio climático y la crisis del coronavirus, parece que fin del dinero y la proliferación de la ciberdelincuencia suponen uno de los mayores retos con los que se enfrentará la humanidad desde la noche de los tiempos.

El proceso lleva tiempo extendiéndose subrepticiamente. Y el cambio consta de muchos elementos. No parece gratuita la oportunidad y el origen de las criptomonedas. Las criptomonedas se crearon en la crisis del 2008 y no fueron creadas para ser monedas respaldadas ni controladas por un banco central. Su valor varía en función de la oferta y la demanda. Pero a veces son tales sus beneficios que numerosas empresas están aceptando el pago de sus servicios con dichas monedas. Algunos equipos de baloncesto o de otras ligas importantes están pagando parte del salario de sus estrellas en criptomonedas. Incluso empresas como Burger King Alemania, Virgin Galactic o Starbucks aceptan ya que se pague en sus tiendas con criptomonedas. Aunque es el Salvador el primer país del mundo en el que las criptomonedas son monedas de curso legal y se pueden utilizar para todo.

Por supuesto la principal desventaja de las criptomonedas es su inestabilidad. Por ejemplo, la llegada del coronavirus ha provocado que caigan un veinte por ciento. Y, en el fondo, invertir en ellas no deja de ser una apuesta en un sector muy dado a la especulación. Y de muy alto riesgo. De hecho, en algunos países asiáticos ya se producen miles de suicidios debido a que los inversores pierden todo su patrimonio debido a malas inversiones en estas monedas. También está el problema del consumo de electricidad de los mineros de las criptomonedas. Y las estafas. Y las enfermedades mentales derivadas de las estafas. China, por ejemplo, las ha prohibido. Por eso se hace necesario otras monedas virtuales que tengan más control de las autoridades. Quizá se espera que el punto de inflexión venga con las monedas virtuales de los grandes países del mundo. Es más, las autoridades insisten en que la idea de que ambas monedas, la real y la virtual, convivan, y la llegada del euro digital puede ser un punto de inflexión para convencer a la población del fin del uso del dinero en efectivo. La única conclusión que se me ocurre a tenor de dichos datos, es que, en el mejor de los casos, el fin del dinero en efectivo en el futuro perjudicará seriamente a los de siempre, es decir, a las minorías, a los inmigrantes, a los marginados, a los jubilados y a la mayor parte de la clase trabajadora más abundante en España: la de menor cualificación.

Por otro lado, impulsada por la pandemia la ciberdelincuencia aumenta día a día. Antes del confinamiento los delitos digitales ya suponían el diez por ciento de la delincuencia total en España. Puesto que todo estaba cerrado, durante el confinamiento se produjo un aumento sin precedentes de la ciberdelincuencia. Aunque puede ser mucho más grave, las autoridades reconocen que se ha multiplicado por dos o por tres. Y no se trataba solo de estadísticas. Cada vez son más las personas conocidas a las que les sustraen pequeñas o grandes cantidades de sus cuentas. También están muy en boga las estafas a través de la sustracción de la identidad.

Pero probablemente la delincuencia tradicional existirá siempre. Y por lo tanto, la investigación criminal también. En efecto, en el caso del atraco al furgón del Viso del Alcor, diez años después la Policía encontró las pruebas de otro atraco que le llevó a resolver el caso. Sin duda, los delincuentes que responden a un patrón raramente pueden permanecer por mucho tiempo sin cometer crímenes. Sobre todo cuando se les acaba el dinero de anteriores golpes. En esta ocasión había sido necesario unir tres atracos diferentes en dos países distintos para poder identificar al criminal. De hecho, no había sido nada fácil resolver el crimen. Pero diez años después las piezas del rompecabezas al fin cuadraron por completo. Fue por el año 2015 cuando los investigadores tuvieron noticias de un atraco con violencia en el Polígono Parsi. En este caso, el asesino del vigilante cometió muchos errores, entre ellos, dejar una huella digital con la que las autoridades policiales avanzaron en la investigación. En el nuevo atraco el delincuente disparó dos tiros en una pierna a un camionero al que robó dos carpetas, una de ellas contenía una recaudación con abundante dinero en efectivo. A continuación, huyó en una motocicleta en la que le esperaba un cómplice. Sin embargo, con las prisas en la huida perdió dicha carpeta y, con ella, el dinero del robo. Allí encontraron la huella. Pocos meses después, sería detenido por la Policía Nacional. Gracias a las cámaras del servicio de seguridad del polígono se logró identificar al sospechoso que era un individuo extranjero que residía en Montequinto. Los policías solicitaron ayuda internacional para intentar identificar al sospechoso y se dieron cuenta de que se movía en España desde hacía muchos años con una identidad falsa. En otras palabras, a pesar de que se hacía pasar por argentino el atracador, en realidad, era uruguayo. Es más, contaba con antecedentes en Uruguay por delitos similares, había matado a un joyero en otro atraco con violencia. Finalmente, en ese atraco concluyó su carrera delictiva. Aunque tarde, la familia del vigilante fallecido ya puede estar un poco más tranquila. Ahora ya no puede escapar el autor del crimen del furgón del Viso del Alcor, porque ha sido imputado en la propia cárcel donde se encontraba. Aunque es un escaso consuelo, España es un país que en el que la justicia es lenta, pero segura. Además el atraco al furgón blindado en el Viso del Alcor no fue un robo perfecto. De hecho, hubo un testigo que le vio antes de ponerse el casco de la motocicleta para perpetrar el golpe. Y fue tan fuerte la impresión que debió llevarse después de contemplar lo que sucedió a continuación, que ese testigo le reconoció a pesar de que había pasado una década desde ese aciago día.

Articulista en Revista Rambla | Otros artículos del autor

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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