Mientras Europa se sumía en una enorme y oscura caverna, me di cuenta de que mucha gente a resultas de la anterior pandemia, había quedado ciega. Por el contrario, después de conocer la luz por primera vez, coronado como un hijo del sol, tal como cuenta Platón en su famosa alegoría, yo bajé de nuevo con mis compañeros de penurias para compartir los beneficios de mi valioso hallazgo. Vaya por delante que en lugar de celebrar tan buena noticia, todos me despreciaron. La primera que encontré fue una jovencita que trabajaba de camarera, y sin más dilación procedí a contarle lo que había al otro lado de las penumbras en las que ella se encontraba.

―Debido al subidón de los precios de los alimentos, quizá hablar de filosofía o del conocimiento, no sea lo más importante. Es más, quizá esta entrevista no procede, o tal vez procede demasiado… pero yo creo que a los humanos sin conocimiento, nunca nos podrá ir bien, y además tengo ganas de hacerla. ¿Puedo hacerte algunas preguntas sobre tu puesto de trabajo? Es para un periódico…

―¿Me vas a pagar?

―No, mujer… de lo que se trata es de que puedas expresar libremente tu opinión…

―Bueno… me pillas en un momento que ando muy ocupada…

Poco a poco, me fui dando cuenta que aquella señorita carecía de opinión, o si realmente la tenía, su propia opinión le importaba muy poco. Lo único que le importaba era el dinero. Lo que muy bien podría catalogarse como una clase de ceguera. Eran las seis de la tarde y yo veía como se acercaba a un rincón de la barra, tapado por un mueble, en el que picoteaba como un gorrión en una pequeña tapa, que acompañaba con una lata de Coca-Cola. No era muy difícil imaginarla con una cadena invisible que le hacía comer de ese modo.

―Tal vez deberías estudiar, adquirir mayor conocimiento y optar a una vida mejor…

―He estado una semana en la playa, pero lo bueno dura muy poco.

―Perdone señorita, hágame otro café, este tiene el vaso manchado de pintalabios… ―dijo de repente, una mujer que se quejaba con bastante razón.

―A mí ponme una ginebra. Me da igual la marca, no nos vamos a pelear por eso… ―le ordenó otro hombre mientras la camarera no había terminado todavía de hacer el café. Una vez que sirvió a los clientes, que se fueron a una mesa, yo reanudé mi pequeña entrevista.

―¿Cuántos años tienes?

―22.

―¿Cuánto llevas trabajando aquí?

―Llevo dos años.

―¿Vives sola?

―Vivo con mis padres.

En ese momento me di cuenta que la camarera tenía un móvil de alta gama que a buen seguro habría financiado. Calculé que el coste de la operación bien podría haber alcanzado los 1500 euros, algo que sospechaba debería haber estado fuera de sus posibilidades.

―¿Sabes que cuánto más tiempo trabajes aquí, más difícil te será escapar de este trabajo precario? Pronto las facturas te atarán para siempre a este lugar.

―Mi trabajo no está tan mal.

―¿Cuánto cobras? ¿Cuál es tu contrato?

―Tengo un contrato de veinte horas semanales y cobro 5 euros la hora.

―¿Cuántas horas trabajas?

―10. Con un día libre a la semana.

―¿En serio?

―Es lo que hay. Ahora déjame que estoy muy ocupada.

La chica al final me trató con un cierto aire displicente. No se lo reprocho. No en balde, todo aquello me hizo pensar en la pirámide de Maslow. La pirámide de Maslow, o jerarquía de las necesidades humanas, es una teoría psicológica propuesta por Abraham Maslow en su obra Una teoría sobre la motivación humana que posteriormente amplió. Obtuvo una importante notoriedad, no solo en el campo de la psicología sino en el ámbito empresarial, del marketing y la publicidad. Maslow formula en su teoría una jerarquía de necesidades humanas y defiende que conforme se satisfacen las necesidades más básicas los seres humanos desarrollan necesidades y deseos más elevados. En otras palabras, no se le puede hablar a una persona del conocimiento o de la elevación espiritual, si lo que realmente le importa es tener suficiente dinero y tiempo para poder comer. Tal vez por eso fui a buscar una persona que trabajara en un puesto que tuviera un sueldo más elevado. Recordé a una vieja conocida. Aquella mujer era agente inmobiliaria. Tenía un alto nivel de vida. Quedé con ella en mi casa con unas condiciones muy concretas. Me había dado cuenta que le gente no se comportaba igual cuando sabían que le estabas haciendo una entrevista. Por ese motivo simulé que quería vender mi casa y de esa manera podría comprender su verdadera forma de ser y actuar ante mis preguntas y objeciones. Lo primero que me llamó la atención fue su nueva apariencia. Parecía una mujer completamente distinta a la que había visto la última vez. No obstante, era una mujer muy guapa. Para romper el hielo tomamos una copa de vino y ella me habló de cierta operación que estaba a punto de cerrar, en la una gran parte de la venta se iba a hacer en dinero B. Quizá de manera velada me estaba proponiendo a mí la misma técnica para defraudar al Estado. En tal caso yo hice caso omiso a su proposición. Tengo que reconocer que yo sabía perfectamente el valor de mercado de mi casa, pero como vivo en un barrio con una alta demanda de compradores, supuse que una buena agente inmobiliaria sería capaz de encontrar alguien que encaprichado con el barrio, pagara un poco más por vivir en tan bonito lugar. Esa sería la plusvalía, o mejor dicho el fruto de su trabajo. En efecto, le propuse que si era capaz de pagarme a mí íntegramente el valor de mercado de mi vivienda y cobrarle al comprador una buena comisión, yo estaría encantado de hacer juntos el negocio. Mi sorpresa vino después, cuando me sacó un papel para que firmara un contrato con el que intentaba engañarme. De hecho, con ánimo alegre, mientras ponía el precio de la vivienda en el renglón de abajo añadía una comisión de 4000 euros más IVA, que se debía de restar al valor de la vivienda. Algo cuatro mil ochocientos euros más caro de lo que yo le había propuesto por teléfono.

―¿No vas a firmar?―dijo ella mientras me miraba con cara inocente.

―Me lo voy a tomar con sentido del humor, pero creo que fui claro antes de que vinieras aquí. Por lo tanto, creo que apoyándote en tu encanto femenino ahora estás intentando engañarme. La última vez que te vi estabas a punto de hacer esto mismo a una pobre anciana que estaba muy enferma. ¿Cómo puedes hacer eso a la gente?

―A mí me gusta mucho mi trabajo.

―¿No tienes cargos de conciencia?

―Yo solo estoy siguiendo las órdenes de mi jefe.

―Tu jefe te tiene encadenada y tú estás ciega. Cuando alguien te denuncie, tu jefe se quitará de en medio.

―¡Me estás ofendiendo! ¡Ten cuidado con lo que dices!

―Yo respeto mucho el trabajo de las inmobiliarias. Pero otra cosa distinta es que te lleves cuatro mil ochocientos euros en contra de mi voluntad y sin hacer nada útil para mí. Es más, estoy casi seguro que en realidad tú vives de este tipo de pequeñas estafas y tal vez deberías cambiar de vida antes de que sea tarde.

En ese momento ella se enfadó mucho, se levantó y se marchó de mi casa con airado gesto que indicaba que para nada estaba dispuesta a cambiar de vida. También me di cuenta que en la caverna cuánto mayor era el nivel de vida las personas, mayor era el grosor de su cadena. En otras palabras, en lugar de generar deseos más elevados, como se pronosticaba en la pirámide de Maslow, la ambición de los prisioneros de la caverna lo que se provocaba era una ceguera mucho mayor. Lo que me hizo pensar que alguien debería crear una nueva pirámide: la pirámide de los prisioneros de la caverna. Porque a medida que se subía en dicha pirámide, cuando se señalaba la ceguera, las reacciones eran más agresivas. Finalmente me cité con una persona con un enorme patrimonio. El individuo en cuestión era el dueño de una fábrica. Además, curiosamente, tenía un bar y una inmobiliaria. De hecho, era el famoso jefe de las anteriores entrevistadas. Volví a utilizar mi técnica de poner una excusa falsa para realizarle una entrevista. En efecto, le dije que quería trabajar como administrativo en su fábrica. Quedamos para comer en un restaurante japonés. Yo pedí un menú que incluía sopa miso, rollitos, pepinos, arroz y sashimi mixto. Lo acompañé con un poco de sake.

―Eres un verdadero emprendedor. En pocos años has pasado de no tener para comer a ser un gran empresario. ¿Cómo montaste la fábrica?

―¿Quieres que te diga la verdad?

―Claro.

―Seré sincero contigo porque me he tomado varias copas de vino y sé que me respetas porque pronto vas a trabajar para mí. La verdad es que lo hice aprovechándome de todo el mundo.

―¿Puedes explicarte mejor?

―Pues primero esclavicé a mi familia y luego a mis vecinos.

―¿Cómo montaste el bar y la inmobiliaria?

―Pues a costa de sacar tajada de mis empleados y de mis clientes.

―¿Quieres saber lo que pienso de lo que me acabas de confesar?

―Claro.

―Todo el mundo sabe que estás separado y que tus hijos no te pueden ni ver. Es más, hasta yo sé que a pesar de todo tu patrimonio, vives como un indio en una casa pre-fabricada en el campo. Te sientes culpable y esa es la manera en la que expías tus pecados. Deberías de romper las cadenas que te han alejado de tus seres queridos. Porque que a pesar de todo lo que tienes acumulado en el banco, estás ciego y no te respeto en absoluto, pues tienes tanto dinero porque eres un verdadero sociópata.

En ese momento el viejo empresario cogió un cuchillo de la mesa e intentó apuñalarme, aunque yo tuve los reflejos suficientes para saltar de la mesa, y salir corriendo antes de caer a manos del jefe de todos los prisioneros de la caverna.

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Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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