[Viene del Capítulo III – Los Oídos de La Habana] No eran los olores de las frutas. Ni los olores de las flores. Tampoco era el aroma del mar. Descartados quedaron los artificiales perfumes que las marcas más famosas vendían en las tiendas de lujo. Ni siquiera consiguieron ganar su atención el aroma de los restaurantes, la esencia del ron o de los puros habanos. La siguiente modelo en la página de La Corporación se anunciaba como un poema de Baudelaire: «Un hemisferio en una cabellera», y ese era el eslogan que había acompañado siempre a aquella chica de compañía conocida por la fragancia de su piel y de su pelo.

No obstante, aquel día, como si se tratara de un inopinado contraste, salió a la calle envuelta en el hedor químico de una enorme explosión.

—No es la polución—dijo aquella bella mujer que en realidad se llamaba Yanires.

Había llegado a toda prisa llamando a la puerta del refugio rebelde donde en ese momento pedía auxilio. En efecto, lo había conseguido después de seguir todas las indicaciones del taxista que, por suerte, sabía que allí, a buen seguro, se ocultaba el Tortuga, porque las falaces autoridades enseguida contaron una historia sobre la polución. Según ellos, la contaminación había disfrazado el olor a gas. Y es que, en la calle, debido a los coches propios de la mafia desde hacía más de cien años, existía una gran contaminación. Y seguramente, de entre todas las pestilencias que pueden reconocerse con la nariz llena de aire, en La Habana, ese característico hedor fue el que pasaron por alto los vecinos del barrio. Solo unas horas antes, un enorme edificio colonial había estallado haciendo zozobrar toda la calle, causando innumerables daños materiales y llevándose por los aires la vida de numerosas personas.

Al principio, el Tortuga naturalmente no la creyó. Se limitó a curar sus heridas —de las que brotaba la siempre escandalosa sangre— y a intentar tranquilizarla. Sin embargo, poco a poco, su tenebrosa historia comenzó a cobrar sentido. De hecho, oteando desde una atalaya de su refugio rebelde, corroboró los detalles que, de forma prolija, había adelantado la infausta muchacha.

Un rato antes, él mismo se había apercibido de un lejano y extraño ruido. En las proximidades, el estruendo había sido atroz. Aquella catástrofe de forma insistente atribuida por las autoridades a una fortuita fuga de gas —los robots bomberos rápidamente alumbraron la teoría de una bolsa acumulada en las alcantarillas del edificio— había sido provocada deliberadamente. En realidad, había sido una bomba. Es más, todas aquellas muertes debían engrosar sin dilación la larga lista de los crímenes protagonizados por la temida organización criminal conocida como La Corporación. En efecto, la conocida organización mafiosa había traído un nuevo cliente, un coronel de la Globalización apodado «Pícaro Tres» que había querido matar a la chica volando todo el edificio donde previamente había violado a la jovencita secuestrada.

Solo una hora antes de la explosión, tal vez debido a un descuido de su captor, pudo escaparse de una muerte segura, pero ahora tenía miedo porque nada de lo que había conseguido hasta ahora podía librarla de ser nombraba como la siguiente en la particular lista de los crímenes de aquel personaje impune.

Incluso se sentía culpable por haber sido la única superviviente. Recorrió el edificio, planta por planta, puerta por puerta, avisando a todo el mundo de lo que estaba sucediendo. Allí había una bomba a punto de explotar. Como en el pasado le sucedió a Casandra, no la creyeron. Sin embargo, llevados por sus más bajos instintos, todos, al verla semidesnuda, quisieron corroborar la otra parte de su historia y comprobar de primera mano que en el sótano había una sala de torturas. Allí la había encerrado el diabólico psicópata. Los teléfonos móviles no paraban de sonar. Se dio aviso a las autoridades, aunque por un extraño motivo la ayuda tardaba mucho en llegar. Las camionetas de la policía se demoraban mientras la noticia se extendía con premura, y el bullicio de los curiosos se congregó a las puertas del edificio. El gentío llevado por el malsano morbo bajó las escaleras y se fue acumulando en la parte inferior del edificio.

Mientras tanto, ella se dirigió a la calle y se inició el inevitable interrogatorio de los taxistas.

«No mires atrás», había dicho Lot a su esposa, «no mires atrás o te convertirás en una estatua de sal». De repente, la fachada completa salió volando por los aires. Fragmentos de piedra colonial golpearon y mataron a las personas que estaban sentadas en las terrazas cercanas. Ella estaba viva de milagro y ahora estaba libre, pero no por mucho tiempo, pues todo hacía pensar que de nuevo aquel terrible psicópata más pronto que tarde iba a venir a matarla.

Por supuesto, la chica se encontraba muy necesitada de protección y pensó unirse al grupo de rebeldes que se había levantado en armas contra los Castro y estaba encabezado por el investigador militar Rick Cortés. Fue a tenor de sus razones en contra el régimen y debido a su precaria situación que el taxista rebelde accedió a llevarla a un refugio secreto en las afueras La Habana, donde se encontraba otro líder rebelde conocido como el Tortuga. Poco después, el taxista se marchó y la muchacha quedó encomendada a la buena fe y a los cuidados del hombre del parche en el ojo y el diente de oro.

—Estoy herida… —dijo Yanires entre susurros.

—Bueno, empecemos por el principio. ¿Quién eres tú? —preguntó el Tortuga mientras la chica iba directamente a que la estrechara entre sus brazos.

—Me llamo Yanires, pero todos me conocen como «El Perfume de La Habana».

—Encantado de conocerte. Ciertamente parece que tienes unos cuantos arañazos, pero eres

una mujer fuerte, estoy seguro de que pronto estarás completamente curada —contestó el Tortuga.

—Tú debes de ser el Tortuga. Necesito tu ayuda, corro un grave peligro. Me secuestraron… estoy segura de que los hombres de La Corporación vendrán a por mí —añadió Yanires con mucha ansiedad y con toda la cara todavía llena de sangre de algunas de sus superficiales heridas.

—Ven adentro que te cure esas heridas… son leves, pero no quiero que se infecten —se apresuró a añadir el Tortuga.

—Gracias, eres muy amable. ¿Solo estás tú? —replicó Yanires.

—Estoy solo. Todos mis hombres han sido requeridos por Rick. Han de cumplir una misión secreta —respondió el Tortuga.

—¿No está aquí Rick Cortés? Pensé que era él quien iba cuidarme hasta que atraparan al psicópata —preguntó Yanires.

—¿Cómo te secuestraron ? —preguntó el Tortuga.

—Es una larga historia. Fue el director del Psiquiátrico Mazmorra —contestó Yanires con el terror todavía escrito en su rostro.

—¿El Psiquiátrico Mazmorra? Me suena mucho ese nombre, creo que Rick me ha hablado de él —contestó el Tortuga.

—Yo estuve allí ingresada durante mi adolescencia, porque padezco unos severos ataques de ansiedad, me enteré de que el director iba a venderme a La Corporación e intenté escapar, pero me resultó imposible. Lo demás ya puedes imaginarlo, ahorraré los detalles porque es muy duro de contar —replicó Yanires.

En ese momento, el Tortuga comenzó a reparar en los variados encantos y en la arrebatadora belleza de aquella joven y voluptuosa mujer.

—¿El director del psiquiátrico te vendió a La Corporación? —continuó el Tortuga.

—Sí, me entregó a un hombre llamado Cicatriz por quinientos pesos convertibles —respondió Yanires.

—Ese hombre, el director del psiquiátrico, es un villano. Alguien debería denunciarlo a la policía —replicó el Tortuga.

—¡No, a la policía no! ¡Son corruptos! —gritó Yanires.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó el Tortuga.

—Quiero que me lleves con Rick Cortés. Todo el mundo sabe que ese hombre es el único que no le tiene miedo ni a las autoridades ni a La Corporación —añadió Yanires.

—Rick se encuentra en un refugio secreto, toda la policía y parte del ejército lo está buscando y, si lo atrapan, tienen orden de disparar a matar. Ni si quiera yo sé dónde está —respondió el Tortuga.

—¡No mientas! ¡Llévame con él! ¡Estoy en peligro de muerte! ¡Van a matarme! —gritó Yanires.

—Tranquila. Ahora estás a salvo —respondió el Tortuga.

—No estaré a salvo hasta que alguien acabe con ese psicópata. Estoy segura de que ahora mismo me estará buscando. ¡Ha sido horrible! ¡Estoy viva de milagro! Pero ha pagado por matarme y no se irá de esta isla sin tener la certeza que estoy muerta —añadió la chica.

Más tarde, las autoridades acordonaban la zona de la explosión para que nadie pudiera pasar, en previsión de otras futuras deflagraciones y derrumbes colaterales. Se habían producido detenciones por los escándalos públicos, y los hospitales trataban a los heridos. El coronel Sotolongo fue movilizado de nuevo por el Gobierno y un gran contingente de sus tropas llegó a La Habana. La explicación oficial era un accidente, aunque todo el mundo sabía que era un atentado, llevaba la impronta de la terrible organización criminal conocida como La Corporación.

Por otra parte, las naves del ejército patrullaban los principales barrios de la zona y los soldados con armas láser se habían instalado en check-points para localizar al investigador militar y a la hechicera. Cierta parte de la población estaba insatisfecha con lo que estaba pasando, pero no lo demostraba por miedo. Otra parte, más animosa, se había unido a las fuerzas rebeldes y abiertamente se levantaba en armas contra el Gobierno de la dinastía de los Castro. Aquel era un hecho sin precedentes. Se había declarado el estado de excepción. A partir de entonces, se cerraban las fronteras con el mundo exterior. Al bloqueo global había que sumarle desde ese momento que el régimen de los Castro tampoco expediría visados de ningún tipo y se cerraban todas las puertas con el mundo exterior. Cuba se había convertido de repente en un verdadero reino ermitaño. Con todo, una cosa era verdad, algunos soldados tenían miedo y, por añadidura, muy poca gente colaboraba con las autoridades.

Huelga decir que los mandos militares, en cierto sentido, se esforzaban por no perder la paciencia, y bajo el más alto secreto una nueva reunión en el Capitolio Nacional de La Habana se había producido de forma oficial entre los miembros del Gobierno encabezados por Arturo Castro y el presidente de Cuba.

—Caballeros, ¿dónde está Rick Cortés? Necesito una buena explicación. Mi paciencia está comenzando a agotarse. No sé por qué todavía no se han cumplido mis órdenes.

—Estamos en ello —dijo el presidente.

—Ese hombre es un peligro para nuestra sociedad. Ha traído el caos a nuestra isla. No entiendo cómo todavía sigue con vida. Ya hace mucho tiempo que he dicho que lo quiero muerto.

¿Es que no son capaces de matar a un simple hombre? —preguntó Arturo Castro.

—¿Puedo serle sincero? —preguntó el presidente.

—Por supuesto —respondió Arturo Castro.

—En esta isla hace mucho tiempo que nadie se levanta contra nuestro régimen, pero creo que hemos subestimado a ese hombre. De hecho, al final se ha revelado como un líder con carisma. La gente dice que es un verdadero guardián espacial de los que hablan las antiguas leyendas —añadió el presidente.

—¡Esos no son más que cuentos! —gritó Arturo Castro.

—Es cierto. Pero ese hombre ha hecho lo nadie se atrevía a hacer. Podría decirse que ese hombre ha roto un tabú —replicó el presidente.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Arturo Castro.

—Ese hombre se está convirtiendo en un mito. Viene y va. La gente le atribuye cosas que no hace. Se está transformando en una especie de fantasma. En alguien dotado de poderes mágicos. Nuestros soldados tienen miedo. Ni siquiera sabemos exactamente su paradero… sospechamos que se oculta en la provincia de Oriente —contestó el presidente.

—¿Y la hechicera? —preguntó de nuevo Arturo Castro.

—Tampoco sabemos con certeza su paradero. Suponemos que andará con él —replicó el presidente.

—¿Qué es lo que saben entonces? —preguntó Arturo Castro.

—Que no tienen a dónde huir… En realidad, toda la isla está plagada de controles del ejército

—replicó el presidente.

—Aquí está pasando algo muy raro. Nada de lo que me dicen me cuadra. Parece que los que estamos encerrados somos nosotros y ellos andan con total libertad. De hecho, se me llena la boca de tantos improperios que se me traba la lengua… ¿Qué significa todo esto? ¿Me estáis tomando el pelo? ¿Dónde están esos malditos prófugos? Se ha movilizado al ejército, hay dos millones de policías… están encerrados en una maldita isla de apenas mil kilómetros en la que hay un bloqueo global ¿y no son capaces de encontrar a dos fugados de la justicia? —preguntó Arturo Castro.

—Esto es más grave de lo que parece. Ya no son prófugos, ahora son rebeldes —anunció el presidente.

—¿En qué momento de esta historia este disparate se nos ha ido de las manos? —preguntó Arturo Castro.

—Lo diré claro: mucha gente cree que estamos comprados por la Globalización. Simpatizan con estos personajes al margen de la ley —respondió el presidente.

—Sí, la verdad es que el asunto de La Corporación nos ha quitado el favor de una parte del pueblo —añadió el diputado Juan de la Cosa.

—Yo también creo que el investigador militar cuenta con ayuda y, en cambio, nosotros apenas

tenemos colaboración ciudadana —replicó el presidente.

—Hagan un anuncio oficial. Impongan la ley marcial. Prevengan de las terribles consecuencias de sus acciones a la chusma. Quiero que todo el mundo sepa la pena que caerá sobre los que colaboren con los inmundos rebeldes. ¡Serán condenados a pena de muerte! —gritó Arturo Castro lleno de vehemencia.

—Cálmese. Pronto estarán todos muertos —añadió el presidente.

—Creo que tenemos que tener cuidado. El asunto es más grave de lo que parece, es necesario asumirlo. Es duro aceptarlo, pero nuestros servicios de inteligencia han detectado los primeros indicios de una rebelión. Un grupo de lugareños se ha levantado en armas y se ha unido al investigador militar y a la hechicera —dijo de repente el diputado Juan de la Cosa.

—¿Cuántos son? —preguntó Arturo Castro.

—No lo sabemos con seguridad, aunque estimamos que solo son un par de cientos —contestó el presidente.

—Intento ser racional, pero estoy empezando a perder la paciencia… ¿Con qué armas cuentan? —preguntó Arturo Castro.

—No tienen naves ni robots de combate. Tampoco tienen armas láser. A lo sumo, armas blancas y algunas obsoletas armas de fuego —contestó el presidente.

—Han atacado un pequeño cuartel para hacerse con armas láser, pero han sido rechazados por la guarnición del acuartelamiento —añadió el coronel Sotolongo.

—Eso no es todo —dijo el diputado Juan de la Cosa.

—¿No? —preguntó Arturo Castro.

—Hay algo más —añadió el diputado Juan de la Cosa.

—¿Qué? —preguntó Arturo Castro.

—Tienen una radio —anunció el diputado Juan de la Cosa.

—¿Una radio? —preguntó Arturo Castro.

—Incluso han formado un grupo revolucionario. Cantan música cubana contra nosotros. Se llaman «el Quinteto rebelde» —contestó el diputado Juan de la Cosa.

—¡Esto es el colmo! ¡El la era la revolución espacial y no son capaces de evitar las emisiones de una simple radio pirata! ―gritó Arturo Castro.

―Recuerde que debido al bloqueo nuestros medios son limitados. ―insistió el diputado Juan de la Cosa.

―¡Eso sí que no! De ningún modo vamos a consentir este tipo de burlas. Si no hacemos nada, esos salvajes van a conseguir que la gente nos pierda el respeto. Hay que volver como sea al orden anterior —contestó Arturo Castro.

—Hemos de reconocer que tienen sentido del humor. Han hecho una versión caribeña de

«The times they are changing» de Bob Dylan —anunció el presidente.

—Sí, a los campesinos parece que les hace mucha gracia su música —añadió el diputado Juan de la Cosa.

—Caballeros, no es un asunto de broma. ¡Esto es intolerable! ¡Quiero que maten a cien campesinos al azar! —gritó Arturo Castro.

—Hay que hacer un trabajo de campo, localizar su base y destruirla. Evidentemente, es fundamental que capturemos a su líder, el investigador militar Rick Cortés —dijo el coronel Sotolongo.

—Quiero que esa información sea recabada cuanto antes —concluyó Arturo Castro.

En efecto, las tropas del coronel Sotolongo fueron inmediatamente a la selva y capturaron a cien campesinos al azar y los fusilaron sin piedad.

—¡Fin de a la dinastía de los Castro! —gritó uno de los fusilados antes de morir.

A pesar del bloqueo, hacía mucho tiempo que la dinastía de los Castro había dejado de ser verdaderamente rebelde. Sin llegar a ser una tiranía delegada de la Globalización, su verdadera decadencia había comenzado con la caída de la URSS, y cuando insistieron en convertirse en un pleonasmo y, más allá de todas las miserias que provocaron las medidas draconianas que tuvieron que ser tomadas durante el «periodo especial», ahora la gente estaba más descontenta que nunca. De hecho, en el momento actual podría considerarse sencillamente como una isla propiedad de unos militares mafiosos. Solo el indiscriminado uso de la fuerza separaba a la gente del derrocamiento de aquel ineficiente sistema caduco. En efecto, se habían cumplido los deseos de Arturo Castro, y aquellas muertes habían infundido un gran terror entre la población campesina. Pero el terrorismo como estrategia política es casi siempre muy contraproducente. No en balde, a la par que se les infundía el terror, también se los enardecía en contra del régimen, y muchos de ellos, los que habían decidido no amilanarse, se revolvieron enseguida con más fuerza si cabe contra un régimen que se había revelado no solamente injusto, sino cruel y sanguinario.

Más tarde, en un lugar impreciso —estaban en Sierra Maestra— de la provincia de Oriente, el monje —aquel robot de combate alienígena que respondía al nombre de Fray Andrómeda— se había reunido con Rick y el resto del grupo rebelde. En ese momento, ambos paseaban por la selva y el monje ya se había convertido claramente en su maestro. De hecho, intentaba enseñarle las ventajas de manejar la magia de la Cuarta Dimensión.

—Ahora entiendo lo que me contaste de los guardianes espaciales que eran corruptos —dijo de repente Rick.

—¿Por qué? —preguntó el monje.

—Es más fácil estar de parte de la Globalización que luchar contra ella —respondió Rick.

—También te dije que tú serás el principio de una joven y poderosa alianza rebelde — contestó el monje.

Una generación sin memoria o una generación que nunca pudiera olvidar el pasado. No había término medio. Sin embargo, aunque no fuera fácil conseguirlo, Rick creía en algo diferente. Tanto en la Globalización como en la isla se producía un fenómeno político que provocaba todas las injusticias. Unos pocos querían lo bueno solo para ellos, y Rick sabía que para lograrlo lo habían hecho sentirse como un simple historiador. Toda la información y el conocimiento que tenía estaba bloqueado. No dejaban aplicar ese conocimiento. Lo colocaban en la posición subalterna que a ellos les interesaba. Lo juzgaban y lo condenaban en base a una rebeldía que ellos mismos provocaban por su maldad y por su falta de ecuanimidad, y para que nadie se atreviera a descubrirlo, establecían un Estado corrupto y un régimen del terror. Por si esto fuera poco, la culpa era de los librepensadores, porque eran testigos molestos. En otras palabras, por el mero hecho de existir. Por supuesto, cualquier negociación quedaba dentro de unos parámetros reducidos en un entorno predeterminado que a ellos les interesaba, aunque ahí fuera hubiera algo mucho más grande, tan grande que, para abarcarlo, había que apelar a lo irracional. Muchos de los problemas con los que el investigador militar había llegado a la isla radicaban en algo que había sucedido en la Globalización. Al relegarlo a un cargo de historiador, le habían robado su fe y su irracionalidad. Recuperar su fiereza y su instinto era lo que lo separaba de convertirse en un verdadero líder y, en consecuencia, fruto de aquella libertad sobrevenida, poco a poco ya se estaba acercando a convertirse en alguien que hacía honor al cargo de investigador militar.

—Cuando se produzca el ataque, no tendremos que preocuparnos de ninguno de sus enjambres de drones —dijo de repente el monje.

—¿Por qué? —preguntó Rick.

—Yo emitiré una onda que destruirá su centro de control y los desconectará a todos. Solo podrán atacar con naves pilotadas por seres humanos —contestó el monje.

—Eso nos será de gran ayuda —concluyó Rick.

Rick ya no se planteaba la vuelta atrás. Muy al contrario, prefería la muerte. Y no solo quería derrocar la obsoleta dinastía de los Castro, sino llevar la revolución a nivel planetario y luego espacial. No en balde, a Rick se le antojaba que el golpe de Estado que había protagonizado el señor Wagner se sustentaba, en parte, en la información comprometedora que La Corporación tenía sobre una gran cantidad de militares y de altos cargos de la Globalización. El señor Wagner podía hacerles chantaje en cualquier momento.

—No te preocupes por eso. Tal vez tú seas el primero, pero ni mucho menos serás el único.

¿Recuerdas cuando me preguntaste si era un genuino robot alienígena? —preguntó el monje.

—Sí —replicó Rick.

—Era una pregunta más importante de lo que crees —dijo el monje.

—¿Por qué? —preguntó Rick.

—Si hubiera un conflicto, una hipotética Primera Guerra Espacial, todos los robots alienígenas estarían de tu lado. Ya sé que somos muchos menos que los duplicados que  se han hecho en la Tierra, pero ellos no son originales. En otras palabras, ni su tecnología ni sus materiales son tan avanzados como los de los que hemos venido del espacio exterior —replicó el monje.

—¿Crees que habrá una guerra en todo el planeta? —preguntó Rick.

—Ya ha comenzado. Solo que de forma económica. Pronto comenzará de manera militar.

Tenemos que estar preparados para un posible ataque —dijo el monje.

—Nos refugiaremos en las cuevas —respondió Rick.

—¿Cómo te sientes después de haber matado al comisario Bueno? —preguntó el monje.

—Creo que me volví loco —contestó Rick.

—¿Y ahora cómo te sientes? —preguntó el monje.

—Al principio, me sentía mal. Pero ahora tengo que reconocer una cosa muy inquietante. Me ha producido un gran deshago emocional —contestó Rick.

—Hiciste bien. Fue en defensa propia y ese hombre a partir de ahora ya no hará daño a nadie más —contestó el monje.

—Hemos de planear un nuevo ataque contra el acuartelamiento. Necesitamos armas láser — dijo Rick.

—Lo único que nos hizo fracasar fueron las naves de combate, pero el Gobierno de Cuba, debido al bloqueo, tiene muy pocas. Cuando las utilicen para atacar este refugio, será el momento adecuado para que nuestros hombres lleven adelante el ataque al cuartel —añadió el monje.

—Es buena idea, pero tendremos que fingir que estamos todos aquí. Utilizaremos muñecos — propuso Rick.

—Creo que puede funcionar —admitió el monje.

—Tengo dudas —admitió Rick.

—Tienes que mirar en tu interior. Creer en tu interior. Vivimos en un mundo de realidad aumentada lleno de pantallas y de robots que distraen nuestra atención de lo más importante — replicó el monje.

—¿Y eso en qué influye? —preguntó Rick.

—En la forma de concentrarte —respondió el monje.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Rick.

—Concéntrate en ti mismo. No mires al mundo exterior. Tienes que entrar en contacto con la Cuarta Dimensión —replicó el monje.

—¿Son las dudas las que me alejan de estar en contacto con la Cuarta Dimensión? —pregunto Rick.

—Las dudas en sí mismas, no. Lo que te aleja es la información que las provoca. Y es tu

propia imaginación la que procesa esa información tóxica —contestó el monje.

—Entiendo —replicó Rick.

—¿Recuerdas que en la Globalización se ha prohibido el pasado de los libros en papel? — preguntó el monje.

—Sí —respondió Rick.

—El señor Wagner lo ha hecho porque parte del futuro será como nosotros lo imaginemos y no quieren que contemos, a la hora de imaginar, con modelos veraces del pasado —añadió el monje. Rick ya se encontraba mejor. La primera noche no había podido dormir. No en vano, en su fuero interno, aquella muerte —la muerte del comisario Bueno— era una proyección de su complejo de Edipo. De forma inconsciente, matar los roles de autoridad era como matar a su padre. Por eso sentía un sufrimiento moral que lo hacía buscar la justicia incluso más allá de lo que dictaba el sentido común. Rick era huérfano y había sido adoptado en su más tierna infancia, lo que lo había hecho odiar sobremanera los roles de autoridad.

—Para ser un líder, debes empezar por creer en ti mismo —dijo el monje.

—Estoy empezando a hacerlo. Te diré una cosa. Ha sido este viaje el que ha cambiado mi punto de vista sobre las cosas. De no haber visitado el Caribe, jamás habría conocido la verdadera dimensión de mi personalidad y del poder que está entrelazado con la magia de la Cuarta Dimensión —contestó Rick.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo el monje.

—Claro —replicó Rick.

—¿Dónde está tu nave de combate? —replicó el monje.

—En el puerto espacial. Pero seguro que estará vigilada por las tropas del coronel Sotolongo

—contestó Rick.

—Después del ataque, si tenemos armas láser, podremos hacer una visita al puerto espacial — añadió el monje.

—¿Y eso para qué? —preguntó Rick.

—Necesitamos naves de combate. Tenemos que robarles las pocas que tienen al ejército cubano —replicó el monje.

—¡Qué buena idea! —replicó Rick.

—Además, un investigador militar que se precie debe saber pilotar una nave de caza, y este campo de batalla es ideal para que te conviertas en un verdadero piloto de combate —contestó el monje.

Le gustaba la selva. Desde que estaba allí, su mente se estaba aclarando paulatinamente. Ahora sabía lo que realmente le sucedía. Había llegado a la isla con una enorme depresión, pero una gran parte de la tristeza que le provocaba el abandono de su cargo en la Globalización en realidad no estaba relacionada con la lealtad ni con el respeto. En última instancia, era una tristeza relacionada con la despedida de una antigua personalidad suya que, en el fondo, no era otra cosa que un canto de cisne relacionado con el paso de su propia juventud.

—No seas melancólico. Has perdido un tiempo precioso en aquel viejo archivo, eso es cierto, pero intenta quedarte con lo positivo. La información que había allí te ha llevado a esta isla, y esa isla te está conduciendo hacia tu verdadero ser y hacia tu verdadero protagonismo. Tienes que aprender rápidamente porque tus enemigos no te darán ninguna oportunidad para equivocarte, incluso tus amigos te traicionarán. La envidia es muy mala, para bien o para mal nadie se quedará quieto cuando te comportes como un guardian espacial y despliegues tu verdadero poder —añadió el monje.

—¿Y cómo lo hago? No tengo experiencia en estas lides —contestó Rick.

—Ya te lo dije. Debes seguir tu instinto, no hay más, es así de sencillo. Lo demás es complicarse la vida y volverse pertinaz en el error —dijo el monje.

—Me estás sirviendo de una gran ayuda, pero a veces necesito tiempo para asimilar todos esos conocimientos —añadió Rick.

—Todo guardián espacial necesita un maestro androide… —respondió el monje.

—No lo entiendo… ¿por qué? —preguntó Rick.

—Porque ampliar la conciencia cuesta mucho trabajo. Podría decirse que duele. Sin embargo, nosotros, los androides, hemos sido programados con todo ese trabajo y su fruto: esos conocimientos. Pero, además, no podemos sentir el dolor —contestó el monje.

Lo irónico era que anhelaba la paz y estaba comenzado prepararse para una guerra. ¿Cuánto dolor había que sufrir para ampliar la conciencia? ¿Cómo de largo era el camino que te llevaba a convertirte en un verdadero guardián espacial? Es cierto que había que tener un don innato. En cierto modo, había que estar tocado por la magia del universo, pero también se necesitaba un trabajo personal que llevara un autocontrol y a abrir una ventana interior a las diferentes dimensiones que formaban el universo.

Pero, además, Rick ya no era un niño. Había que coger la realidad por sus propios límites. Soportar el vacío que implicaba la plenitud. El resultado era tan grande que, al mismo tiempo,

producía miedo. Del mismo modo que la noche sucedía al día y la alegría sucedía al dolor, el investigador militar tuvo un momento de dolor y duda. Por primera vez en toda su vida, se sentía completamente solo. Ahora ya no solo era un rebelde allí en la isla, era un proscrito, un gánster, alguien que había abandonado la sociedad, ese enorme círculo global del que hasta entonces formaba parte. Esa soledad requería un valor que le había hecho convertirse en un verdadero investigador militar. Había empezado por serlo para sí mismo y, poco a poco, la gente lo estaba siguiendo. Era el lento comienzo de algo universal.

Pero todo comienzo es duro, y se sentía muy solo. Tan solo se sentía que esa completa soledad, ese abandono de todos ante el peligro, con su respectiva frustración por no haber ninguna instancia superior a la que apelar y, por lo tanto, ninguna autoridad humana en la que confiar y al mismo tiempo conmover, lo sacaba brutalmente de sus sueños y lo arrojaba a una intemperie que requería unas nuevas y salvajes relaciones consigo mismo y, por ende, con el mundo.

Era la situación que en el pasado él mismo se había colocado. Lo que hablaba por su boca era la infinidad de noches en vela. El antiguo pasar amargo de los días y las numerosas crisis nerviosas que le habían provocado el no haber seguido ni una sola vez lo que le dictaba su instinto. Ahora que estaba en otro lugar y en otro papel, era como si al mirar atrás, la vergüenza subiera por todas las partes de su cuerpo. Pero no había que mirar atrás. No había que perder la cabeza. Más bien tenía que aceptar su nueva personalidad con sus cosas buenas y con sus cosas malas. Sí, en el pasado tal vez había sido demasiado pusilánime. Encerrado toda su vida en el archivo, sumido en una rutina anodina. Pero había que dejar atrás las dudas y las vacilaciones. Ahora miraba a su alrededor y estaba comandando una guerrilla rebelde en un lugar que era una como una máquina del tiempo. No podía ser dos personas a la vez. El estado de superposición no se podía mantener en las cosas grandes. Necesitaba renunciar a la vida que hasta entonces había llevado, dejar atrás los convencionales puntos de vista y la falsa seguridad que le había proporcionado una vida al servicio de la Globalización.

Puesto que era él mismo su peor enemigo, la lucha debía de ser continua. En efecto, en aquellos momentos en los que la contienda era favorable, se producía un fenómeno curioso, pues había una fuerza positiva y pura que se concentraba en su interior y que le hablaba. Era la energía, era la magia, porque la magia tenía conciencia y hablaba en el lenguaje mágico que había detrás de todas las cosas. Y le decía cosas que lo llevaban de forma imparable hacia el poder.

Rick sentía cómo dejaba detrás el traje de aquel que ya no era él mismo. Y ese algo nuevo que latía en su interior era tan grande que podía diseñar toda una nueva realidad completa. Esa pequeña sensación de libertad era el patrón para todo un nuevo mundo. Una nueva realidad diseñada de manera más acorde con sus sueños. En realidad, esa era la pistola de Meyer Lansky que había

venido a buscar a la isla. La pistola simbolizaba la lucha por un mundo nuevo, y una vez que se empuñaba, el hombre ya no era tan fácil de ser utilizado porque podía sentir a cada momento lo que subyacía debajo de todo eso, es decir, lo que estaba en juego era la esclavitud.

Por otro lado, aunque le llenara de asombro, había gente que deseaba la dictadura del señor Wagner, y no se refería a los más inmediatos beneficiarios de su régimen, sino a una legión de incautos que habían sido embaucados por las falsas promesas de magnificencia. Esas pequeñas conciencias oscuras que en el fondo de su corazón hacían penitencia por una vida completa llena de rencor y de frustración, se erigían ahora como los principales soportes de una nueva sociedad en la que ellos pasarían de ser hombres libres preocupados a ser perfectos ciudadanos globales de una dictadura que siempre los mantendría falsamente felices y engañados.

No quería ser más un esclavo. Si era cierto que su jefe quería matarlo, la verdadera razón era esa. Podía vislumbrar esa semilla rebelde, porque en ese nuevo mundo no había jefes. Y él lo había visto como a través de una radiografía. Su mirada preclara habría penetrado a través de todas las capas de su educación y de su refinado saber estar. Lejos de sus palabras correctas y más allá de su ética, fuera de toda duda, se vislumbraba una chispa rebelde, el comienzo de una llama y de un estigma que podía incendiar aquel mundo de mentira, toda aquella ingeniería mental hecha, sobre todo, con las bases de una historia inventada lejos del papel.

—No estás solo —dijo el monje—, tienes que confiar en la religión de la Cuarta Dimensión. Cierra tus ojos. Hay un todo. Un lugar más grande que las estrechas conciencias individuales pueden entender. Solo algunos, los videntes, precisamente porque están en contacto con ese «todo», pueden sentir la magia que puede cambiar el mundo. Tienes que olvidar el lugar mental en el que los dirigentes globales te quieren encerrar. Es una cárcel mental. Aquí la gente te necesita. Allí la gente te necesita. Pero te necesita libre. Tú formas parte de la magia del universo. Eres una fuerza positiva.

—Tienes razón, también es una cuestión de fe. Nadie seguirá una verdad que, aunque sea verdadera, no tenga también una parte de fe, porque esa parte de fe es la que la hará digna de ser verdad. La verdad desnuda y sin fe es insoportable —contestó Rick.

—Ahora has hablado como un verdadero investigador militar—replicó el monje.

—Tal vez. Pero no lo hago siempre, de hecho, es como si funcionara de forma intermitente, es importante que sepas que yo soy maniacodepresivo —contestó Rick.

—Tienes que darte cuenta de algo —dijo entonces el monje—. La magia que recorre todo el universo se compone de energía positiva y energía negativa. Cuanto más estabas integrado en la Globalización, más te hacían creer que tu energía era negativa, y esa negatividad te hace sentirte solo. En otras palabras, a la Globalización le conviene que la gente esté sola porque así es más manipulable.

—No lo sé. Lo cierto es que, en la Globalización, cada día que pasaba, me sentía más y más cercano a la misantropía. De hecho, comencé a mirarme a mí mismo como una fuerza negativa — confesó Rick.

—No eres una fuerza negativa —replicó el monje.

—¿Quieres decir que mi fuerza es positiva? —preguntó Rick.

—Sí. Eran tus circunstancias las que te hacían creer que tu energía era negativa. La prueba es que, ahora que han cambiado tus circunstancias, en poco tiempo te has convertido en un verdadero líder —contestó el monje.

—No puedo salir corriendo cada vez que algo me preocupa, como solía hacer cuando vivía en la Globalización. Tengo que enfrentarme a las cosas. He descubierto que mi punto débil era el rechazo, y como no se puede gustar a todo el mundo, eso siempre va a suceder. Hay que darle la vuelta, el rechazo de los demás significa que no estoy escondido detrás de un archivo. Significa que estoy siendo una amenaza para ellos —dijo Rick.

—Tienes razón. Pero no puedes perder el equilibrio, también tienes que tener proporcionalidad en tus acciones —añadió el monje.

—Pero hay algo que me preocupa —dijo de repente Rick.

—¿Qué? —preguntó el monje.

—A veces tengo la sensación de que esto ha pasado ya. Que no es algo nuevo —añadió Rick.

—Eso es porque, en realidad, podría decirse que solo hay una historia que se repite en todas partes —replicó el monje.

—Pero, entonces, yo no soy el primero que lidera esta contienda —contestó Rick.

—Ni serás el último. Pero ¿qué te preocupa? ¿Acaso no amarías porque otra persona ya amó en el pasado? Cada vez que suceden las cosas, aunque sean las mismas, lo hacen de forma nueva. Te lo digo yo, que tengo dos millones de años —contestó el monje.

—¿Cuál es el secreto de tu longevidad? —preguntó Rick.

—No tengo cuerpo. Soy una conciencia en un cuerpo de metal —concluyó el monje con una siniestra risa que parecía venir del espacio exterior.

Poco a poco, Rick iba entrando en contacto más y más con aquella magia, con esa inspiración que había permanecido tanto tiempo dormida en un lugar profundo de su corazón. Esa nueva realidad que él llevaba dentro de su mente como una semilla, surgía desde dentro y llegaba al centro mismo de las galaxias.

No obstante, aunque lo que estaba sucediendo desde que había llegado a la isla superaba con creces lo que él esperaba de aquel viaje, a decir verdad, aquello era una ampliación de algo que ya

había soñado con anterioridad. Aunque todavía lo hacía una manera visceral y dolorosa, se estaba sincronizando con el universo.

En efecto, ahora Rick se había hecho del todo consciente de que en su mente había infinitas dimensiones, como si fueran ventanas invisibles que pudieran ser abiertas, y lo conectaban con todos los rincones del universo. Por primera vez, tenía conocimiento tan claro de que, en su mente, previamente, ya estaban conectadas todas las cosas, y él mismo era el único límite para conocerlas y sentirlas ante sus propios ojos o en la distancia. Por primera vez se daba cuenta de que todo el universo guardaba un nexo mágico dentro de él.

Entonces tuvo una revelación. En ese momento vislumbró el templo de la Cuarta Dimensión que existía en el planeta del robot alienígena. Ahora comprendía que la Oscuridad, la magia y el poder estaban muy relacionados. Ahora comprendía por qué la Globalización había prohibido los viajes a la Oscuridad. Ahora comprendía por qué la muerte y la libertad estaban relacionadas. Ahora comprendía por qué desde que había llegado a la isla había sentido la magia, y toda aquella impresionante experiencia lo había transformado, incluso su debilidad se había marchado. Ahora se sentía sagaz, ágil y, en cierto modo, su conocimiento de la historia también se había hecho físico, era un cuerpo consciente, también era una orden dentro de un estadio superior, una fuerza ordenada por una conciencia global que residía en aquel templo y era la misma con la que lo había puesto en contacto su maestro, el robot alienígena.

—Creo que pronto estarás preparado —dijo de improviso el monje.

—¿Estás seguro? —preguntó Rick.

—Cuando llegue el momento, tú mismo lo sabrás, y ya nunca más necesitarás mis enseñanzas o consejos —concluyó el monje.

Entretanto, el ataque al refugio se iba a producir esa misma noche. Fue por ese motivo que se instaló una frenética actividad en el campamento. El monje comenzó a dirigir las operaciones y unos pocos rebeldes que quedaron allí bajo sus órdenes comenzaron a colocar los muñecos en sitios estratégicos para engañar a los pilotos de las naves del régimen de los Castro. Al mismo tiempo, Rick partió a lomos de unos caballos con el grueso de las tropas rebeldes para atacar el acuartelamiento más cercano. Poco tiempo después, Cortés ya estaba en el interior del acuartelamiento y conversaba con el máximo oficial del puesto.

—Buenas noches, usted debe ser el coronel Montoya. Creo que hemos coincidido en un restaurante, pero nunca nos han presentado formalmente —dijo Rick mientras le apuntaba con una pistola—. Que conste que he buscado el momento en que estuviera solo para no tener que matar a sus compinches. Me llamo Rick Cortés y soy investigador militar.

—Buenas noches, ¡vaya sorpresa! Me han hablado mucho de usted. En el mundo de la

delincuencia cubana se está haciendo usted famoso —reconoció el coronel mientras su rostro se demudaba ante la visión del arma láser.

—No se asuste. El arma solo es para que no se le ocurra hacer ninguna tontería. Solo he venido para charlar con usted mientras mis hombres toman prestadas algunas armas modernas de su viejo acuartelamiento.

—No sé si usted es consciente de lo que está haciendo. Está encabezando una sublevación. Vamos a fusilarlo sin la menor consideración. ¿A eso ha venido usted a la isla? —preguntó el coronel Montoya.

—En realidad, he venido a su país para encontrar la pistola de Meyer Lansky. Todo el mundo lo sabe —replicó el investigador militar.

—Yo puedo ayudarlo —dijo el coronel Montoya.

—Créame, soy alguien difícil de ayudar —replicó Rick.

—¿Por qué no se dedica usted a llevar una vida tranquila? —replicó el coronel Montoya.

—Una vida tranquila mientras ustedes matan, violan y se quedan con el beneficio del trabajo de la gente —contestó Rick.

—Nos hemos informado. Usted no es ningún héroe, más que un investigador militar es un archivero. En la Globalización se dedicaba a llevar un archivo, y en su vida privada incluso se ha granjeado una reputación de intemperante y cobarde —replicó coronel Montoya.

—Sí, es cierto, me había acostumbrado a llevar una vida de burro. Pero desde que llegué aquí, he decidido emprender una nueva vida. ¿Tiene usted algo que objetar? —contestó Rick.

—Pues usted sabrá, porque, por emprender una nueva vida de listo, me parece que le van a pegar un tiro en la cabeza —replicó el coronel Montoya.

—Bueno, si eso sucede, al fin habré logrado pagar todas mis deudas con este mundo, las deudas de tonto y las deudas de listo. Además, por una vez he decidido coger el toro por los cuernos

—dijo Rick.

—En otras palabras, se ha convertido usted en un héroe —respondió el coronel Montoya.

—Lo que ocurre es que no tengo nada que perder —contestó Rick.

—Vuelva a la Globalización mientras pueda. Está perdiendo un tiempo precioso en un lugar tan extraño como este. No entiendo por qué se complica tanto la vida. Lo que ocurra en esta isla no le concierne. Es más, no le concierne a nadie, solo a nosotros —respondió el coronel Montoya.

—Al menos, con la corrupción americana el país iba bien. Echaron ustedes a los mafiosos americanos y pusieron mafiosos cubanos, todo para que la gente esté hundida en la miseria. No sé si así tiene sentido la independencia de la isla. Y ahora, encima, permiten una agencia de «turismo de sangre» para que las altas esferas de la Globalización den rienda suelta a sus peores instintos. ¿No

cree que alguien debe poner fin a tanta ruindad? —preguntó Rick.

—Le diré una cosa. No es nada personal. Aquí la economía funciona de otra forma., todo pertenece al Estado. En otras palabras, el Estado es copropietario de todo, y eso incluye a la mafia —contestó el coronel Montoya.

—Es decir, en Cuba el Estado es copropietario de crimen organizado. O sea que, en cierto modo, igual que hicieron los americanos en Cuba, existe un Estado de corte delictivo —replicó el investigador militar.

—No crea que en la Globalización se hacen las cosas de forma distinta. ¿Acaso no se ha enterado de que se han prohibido el pasado y los libros en papel? Esa damnatio memoriae es muy sospechosa. Por no hablar del golpe de Estado protagonizado por el señor Wagner —replicó el coronel Montoya.

—En parte, yo estoy luchando aquí para cambiar lo que ha sucedido allí —contestó Rick.

— Ahora todo el mundo y parte de la galaxia pertenecen al señor Wagner —admitió el coronel Montoya.

—Su ascenso al poder se ha ido cultivando poco a poco. Nadie fue consciente del daño que hizo al mundo la vuelta del fascismo. Tener locos en el poder no fue un asunto sin importancia — contestó Rick.

—Pero no estamos a salvo. De hecho, lo que usted acaba de contar da la medida de lo que significa tener psicópatas en el poder —añadió el investigador militar—. No importa que sea a través de unas elecciones o de un golpe de Estado, lo cierto es que, si un tarado llega al poder,  puede ser el fin de todos nosotros.

—Tiene usted razón. En última instancia, da igual cómo un tarado llegue al poder. Lo importante es que llegue. Mire lo que sucedió con Hitler —replicó el coronel Montoya.

—En eso estamos de acuerdo. Es curioso, puedo hablar con usted perfectamente y llegar a cierto entendimiento. Y, sin embargo, en la Globalización, además de que sería un delito hablar de estos temas, nadie creería una sola palabra de lo que estamos hablando —añadió Rick.

—No estamos tan tranquilos, le recuerdo que usted me está apuntando con un arma láser — contestó el coronel Montoya.

—No me parece usted un loco, señor Cortés, yo podría ayudarlo a salir de la isla —propuso el coronel Montoya.

En ese momento, apareció un rebelde y le comunicó a Rick que había encerrado a todos los soldados y que ya tenían todas las armas láser cargadas en los carros tirados por caballos. Entonces, el investigador militar dijo al rebelde que atara al coronel Montoya y lo encerrara junto con los demás. No habían tenido que tirar ni un solo disparo y los guardias, que había sido inutilizados a

través de una pistola de ultrasonido que les proporcionó el monje, al día siguiente estarían bien. En ese mismo momento, destruyeron todos los aparatos electrónicos, inutilizaron los vehículos y se marcharon al amparo de la noche.

Debía de reconocer una cosa, muchas otras veces, con anterioridad, había pensado que aquella tal vez era la última vez que protagonizaba una brillante acción o que le sonreía la suerte. Demasiado bien sabía que estaba corriendo un peligro que superaba con mucho lo que la razón aconsejaba y, sin embargo, una y otra vez al final había protagonizado una brillante proeza que luego se había sumado a otra y después a otra. Tenía que reconocer que, al fin y al cabo, era bueno en algo, era bueno en capitanear disparates y en gestionar locuras.

Poco después, cuando ya estaban a salvo porque vislumbraban los promontorios de Sierra Maestra, los rebeldes prorrumpieron en gritos de júbilo. El único que permanecía callado era Rick. Aquella pequeña victoria no le hacía confiarse en absoluto. Sobre su cabeza se podían contemplar los enormes cruceros espaciales que vigilaban el bloqueo, y si miraba a ambos lados, se encontraba con el mar. El ancho y misterioso océano. Incluso podía imaginar en el horizonte las inquietantes aletas de los tiburones. El calor del amanecer quemaba la piel con una intensidad inusitada. Los rayos de sol incidían de una manera diferente al lugar de donde él venía. Demasiado bien sabía que la muerte le estaba acechando entre aquellos barrotes naturales: el mar, los tiburones y el sol. Había cambiado desde que llegó. Era como si ya fuese otra persona, incluso su aspecto era distinto. Tenía la piel mucho más morena, se había arreglado como las personas latinas. Era alguien diferente. Y a esa persona nueva le apetecía hacer muchas más cosas que a las que había llegado, presa de la depresión. Sin embargo, sentía tan cerca la muerte que casi la podía tocar. Había batido su propio récord en buscarse enemigos en un periodo tan corto de tiempo. Sentía rabia. Al mismo tiempo, había conocido a una mujer muy especial de la que estaba enamorado y tal vez estaba tras la senda de la autorrealización, un tesoro de valor incalculable.

Mientras tanto, un golpe con una cacerola en la nuca bastó a Yanires para que el Tortuga cayera desmayado en el suelo de aquel lugar que había sido elegido un pequeño refugio rebelde. Con mucho esfuerzo, la mujer logró llevar al desmayado Tortuga a la trampilla de un pequeño sótano donde finalmente lo lanzó y lo dejó encerrado. El Tortuga había perdido el conocimiento porque tenía una pequeña conmoción cerebral. Anteriormente, la chica había registrado sus bolsillos y había encontrado, mirando en la agenda del móvil, lo que andaba buscando: el número de teléfono del guardaespaldas del investigador militar.

—¿Rick?

—Soy Antonio. ¿Quién llama? —preguntó el guardaespaldas de Rick. En ese momento iba cabalgando al lado del investigador militar.

—Soy «El Perfume de La Habana», la chica que se escapó de la bomba en el edificio — respondió Yanires—. Quiero hablar con Rick Cortés.

—¿Y el Tortuga? —preguntó Antonio.

—Por eso te llamaba. Estoy segura de que el cliente de La Corporación ya sabe dónde estoy y pronto vendrá a por mí. Se lo he dicho al Tortuga y se ha asustado tanto que me ha dejado aquí sola. Creo que estoy a punto de morir —añadió Yanires.

—¿Te ha dejado sola el Tortuga? —preguntó Antonio.

—Sí. Ha huido —contestó Yanires.

—¿Dónde estás? —preguntó Antonio.

—Estoy en el refugio rebelde de las afueras de La Habana. Necesito ir a donde está Rick Cortés —respondió Yanires.

—Ahora te mandaremos a alguien. De todas formas, me resulta muy raro. El Tortuga tiene muchos defectos, pero la cobardía no es uno de ellos. No obstante, nunca se acaba de conocer del todo a ninguna persona. Quédate exactamente donde estás, la ayuda no tardará en llegar —replicó Antonio.

Más tarde, las pocas naves de combate con las que contaba el ejército cubano atacaron las posiciones rebeldes en Sierra Maestra. Primero hicieron un par de pasadas disparando sus armas láser de gran calibre sobre las cabañas, las torres de vigilancia y los campos aledaños. Por supuesto, se tragaron el engaño. Todos estábamos a cubierto en unas cuevas subterráneas en el momento en que tenía lugar el ataque. A continuación, lanzaron una bomba termobárica y todo el campamento quedó reducido a añicos. Pero todavía no estaban contentos. En otras palabras, el ataque se extendió a villas campesinas de los alrededores. Afortunadamente, ya los habíamos puesto sobre aviso de que eso podía pasar, y todos esos poblados estaban desiertos.

Es cierto que todos los altos cargos de la Globalización que recientemente habían visitado La Habana habían vuelto muy satisfechos con los servicios que ofrecía La Corporación. Con todo, las informaciones de que los hechos estaban teniendo lugar tenían sus consecuencias. Por otro lado, todas las últimas reacciones producidas en la isla despertaron las mayores inquietudes en las autoridades de la Globalización. El señor Wagner en persona se puso en contacto con el presidente de Cuba y exigió avances rápidos en la captura del investigador militar y en la destrucción de aquella incipiente fuerza rebelde. Es cierto que, al fin y al cabo, todo aquello era un problema interno del régimen de los Castro, y el implacable bloqueo que mantenía la Globalización en modo alguno permitiría la propagación de aquella pequeña sublevación. La injerencia exterior en la política del régimen cubano estaba a punto de producirse. Ciertamente, ya le había avisado de forma clara de que su paciencia se estaba agotando y que pronto enviaría una guarnición de soldados

globales liderada por uno de sus más avezados militares. Le daba una última oportunidad, eso era lo que le esperaba si las cosas no se arreglaban de forma correcta y el orden público quedaba de nuevo establecido en aquella pequeña y obsoleta nación independiente tan alejada de la verdadera actualidad que había producido la revolución espacial.

Entretanto, el contingente de las tropas rebeldes con todas las armas robadas se dirigía ya de vuelta a Sierra Maestra, aunque Rick, desoyendo el consejo de su guardaespaldas, Antonio, que consideraba que podía ser una trampa, los dejó ir solos y se puso en camino hacia el refugio rebelde a las afueras de La Habana.

Lo primero que le llamó la atención de aquella mujer al verla fue su pronunciada belleza. Lo segundo, el buen gusto a la hora de vestir y la fragancia indeleble de su perfume. Con todo, su situación era tan desesperada que el investigador militar decidió no sucumbir ni un minuto en su primer impulso de seducirla y, al mismo tiempo, caer prisionero de sus múltiples y variados encantos.

—Fue el director del psiquiátrico —dijo la chica bajando a Rick de sus propias ensoñaciones, que todavía pugnaban en su fuero interno por generar algún lindo piropo—. Ese malnacido no solo me vendió a mí a La Corporación, era algo sistemático.

—¿Sistemático? —preguntó Rick.

—Utiliza a muchas enfermas como prostitutas para los pilotos del puerto espacial —dijo la chica.

—¿Y ellas no lo denuncian? —preguntó el detective.

—Tienen miedo. Además, ellos les dan tabaco y chicles —dijo la chica.

—En la Globalización también pasa, pero por grandes sumas de dinero —replicó el investigador militar.

—Pues aquí incluso por un chicle —insistió la chica.

—Prostituirse por un chicle… —dijo Rick.

—Señor Cortés, en esta vida todo el mundo, de una manera o de otra, termina por prostituirse—dijo la chica.

—Todo el mundo no. Yo tengo mi propio criterio. Es más, vine aquí a hacer un trabajo y lo haré —replicó el investigador militar.

—Tenga cuidado, señor Cortés, puede que aquí haya otras normas diferentes al país de donde usted viene… —concluyó la chica.

—Ya veo… no en vano han puesto precio a mi cabeza… —replicó el investigador militar.

—Es verdad, lo olvidaba, tú eres un héroe —dijo Yanires.

—Hay una delgada línea entre ser un héroe y ser un monstruo —replicó Rick.

En realidad, Rick estaba hablando de lo que había sucedido con el comisario Bueno. Es más, en su fuero interno, temía que aquella reacción pudiera volver a repetirse. No podía tomar la suficiente distancia para desconectarse de todo lo que le estaba sucediendo y se hallaba al límite de sus fuerzas. Es cierto que, en principio, lo que le había llevado hasta allí era una cosa sencilla: encontrar una pistola. Pero ya sabía que aquella pistola era un símbolo, ahora luchaba por una causa y por su propia autorrealización, es decir, por no quedarse diluido en la línea que separa lo que es un héroe de un monstruo.

—Dices que han puesto precio a tu cabeza —añadió Yanires.

—Por lo que tiene dentro no creo que valga mucho, será por otra cosa —contestó Rick.

—Ja, ja, ja —rio Yanires.

—Ahora en serio. También ellos tienen que tener cuidado conmigo —contestó Rick.

—Cuéntame lo que te pasa, mi amor —insistió Yanires.

—Estoy un poco taciturno, eso es todo —replicó Rick.

—¿Y eso qué quiere decir? Tú me vas a ayudar, ¿verdad? —replicó Yanires algo nerviosa.

—Sí, claro, te voy a ayudar, pero lo que me sucede es que ya no soy tan ingenuo como cuando llegué. Soy el líder de una rebelión —añadió Rick.

—¿Estás bien? Tienes mala cara… —dijo Yanires.

—Todavía no entiendo qué ha pasado con el Tortuga —contestó Rick.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo Yanires.

—Claro —respondió Rick.

—¿Estás enamorado? —preguntó Yanires.

—Sí. Sin embargo, no tengo mucho tiempo para disfrutar de mi amor. Creo que pronto voy a morir —respondió Rick.

—¿Qué te ocurre? Te has quedado muy callado —añadió Yanires.

—Creo que tengo que rendirme a la evidencia. Ya no soy el mismo que cuando aterricé en esta isla y eso no es del todo bueno —contestó Rick.

—Te diré una cosa… tengo ganas de acostarme contigo —dijo de improviso Yanires.

—Eres muy guapa, pero hoy no estoy de humor —contestó el investigador militar.

En otras palabras, si alguien conocía lo mejor y lo peor del ser humano, ese era Rick. Por un lado, era una persona muy culta. Entre los conocimientos del archivo, se había ido desarrollando en él una sensibilidad fuera de lo común y un gusto por lo bello y lo exótico tan pronunciado que bien podía ser considerado como un verdadero artista. Por otro lado, desde que había comenzado a trabajar en aquel caso como investigador militar, las circunstancias lo habían llevado en innumerables ocasiones a rozar la mísera moral y a habitar las cloacas de la naturaleza humana.

Mientras Cortés se duchaba, Yanires llamó a La Corporación para decirles que había conseguido localizar al investigador militar, y ellos le dijeron que enseguida mandarían a un grupo de soldados cubanos para detenerlo. Con todo, a Rick le dio tiempo de ducharse y salir a la calle.

—¿Vas a salir? No me dejes sola —preguntó Yanires.

—Volveré enseguida, tengo que resolver un asunto —respondió Rick.

—Llévame contigo. No olvides que hay un psicópata que anda suelto y ha pagado por matarme antes de marcharse de vuelta a la Globalización —añadió Yanires.

—A menos que tú lo hayas dicho, nadie sabe que estás aquí. Ahí tienes comida, seguramente volveré esta misma noche —concluyó el investigador militar.

Poco tiempo después de que saliera Rick, llegó Cicatriz con un grupo de soldados del coronel Sotolongo. Cicatriz era un samurái japonés, y era conocido por ese sobrenombre porque tenía una enorme cicatriz en el rostro. Por supuesto, venía acompañado de un ser aberrante. Un personaje que bien podía pasar por un monstruo. Estaba claro que en aquella historia faltaban los monstruos. Tenía hocico y cuernos de toro, pero el cuerpo era de hombre, porque en realidad era un hombre mutante. Aquel ser informe respondía al nombre de Perro Sarnoso y, a pesar de su aspecto extraterrestre, no procedía del espacio. Ni siquiera procedía de fuera de la isla. Era un experimento genético del régimen de los Castro.

—Hola, mi amor, tengo ganas de que todo esto acabe y podamos estar los dos solos —dijo Yanires mirando al hombre mutante.

—¿Dónde está Cortés? —preguntó Cicatriz.

—Ha salido. No sé dónde fue —respondió Yanires.

—¿Y el Tortuga? —preguntó Cicatriz.

—Está encerrado en el sótano, hay una trampilla. Le golpeé muy fuerte en la cabeza. Creo que ha muerto. —replicó Yanires.

—¿Por qué no te ha llevado ya al escondite que tienen en la provincia de Oriente? El señor Wagner quiere atrapar a la hechicera —preguntó Cicatriz.

—Creo que desconfía de mí —replicó Yanires.

—Sabes de sobra que el señor Wagner quiere atrapar a la hechicera —insistió Cicatriz cogiendo a la chica del cuello.

—¡Ah! ¡Ese hombre sabe algo!

—¿Estás segura? —preguntó Perro Sarnoso mientras Cicatriz, para dejarla hablar, soltaba su delgado cuello.

—De lo contrario, no me habría dejado sola. Me ha rechazado varias veces. Creo que se huele algo —respondió Yanires.

—Tienes razón. Creo ya no nos sirves de nada —contestó Cicatriz sacando su catana con aviesas intenciones.

Entonces, la chica salió huyendo, gritando por la casa, pero todo fue en vano. Más tarde, Cicatriz abusó de ella sexualmente y la decapitó sin mediar palabra. Metió su cabeza en una maleta y la tiró a la calle como símbolo de su desprecio. Cuando finalmente el Tortuga recobró el conocimiento, al principio no recordaba cómo había llegado hasta allí. Tardó bastante tiempo en comenzar a razonar y comprender que tenía que salir de allí. Una vez que se repuso un poco, se levantó y con una gran hacha que encontró por allí rompió la trampilla.

No obstante, ya era demasiado tarde. La chica estaba muerta y Cicatriz, Perro Sarnoso y los soldados se habían marchado. Entonces tomó un caballo y escapó con dirección al escondite rebelde en Sierra Maestra.

Más tarde, en el despacho del coronel Sotolongo, un sargento lo informaba del ataque al campamento rebelde.

—Hemos capturado a la hechicera —dijo de improviso el sargento.

—Muy bien. Que la lleven al Castillo del Príncipe, allí estará hasta que terminemos la negociación con la Globalización. Independientemente de la recompensa, creo que Arturo Castro va a exigir ayuda militar encubierta y un plazo más grande para atrapar a Rick Cortés —replicó el coronel Sotolongo.

—Pero también hay malas noticias —añadió el sargento.

—¿Malas noticias? Ve al grano —ordenó el coronel.

—Ya no están funcionando nuestras estrategias de control mental. Nuestros hombres están muy desanimados. Empiezan a creer que ese tal Rick Cortés es un genio táctico —respondió el sargento.

—¿Y nuestro ataque? —preguntó el coronel.

—Creo que nuestro ataque ha tenido un efecto limitado. Los rebeldes nos estaban esperando.

Además, contaban con alta tecnología —respondió el sargento.

—¿Alta tecnología? —preguntó el coronel.

—Lanzaron una especie de pulso electromagnético e inutilizaron nuestros enjambres de drones —añadió el sargento.

—Pues no son las únicas malas noticias que he recibido hoy —dijo el coronel Sotolongo.

—¿Que ha pasado? —preguntó el sargento.

—El acuartelamiento del general Montoya ha sido asaltado —respondió el coronel Sotolongo.

—¿Lo saben las fuerzas de la Globalización? —preguntó el sargento.

—Las últimas noticias que tengo al respecto hablan de un ultimátum —añadió el coronel Sotolongo.

—¿Un ultimátum? —preguntó el sargento.

—El señor Wagner ha viajado a Marte en un destructor imperial. Ha dicho que, cuando vuelva de su viaje, si no está solucionado el problema que hay en esta isla rebelde, tomará medidas expeditivas para terminar de una vez por todas con este asunto —replicó el coronel Sotolongo.

—¿Ha habido muchas bajas en el ataque rebelde? —preguntó el sargento.

—Se han llevado todas sus armas láser. Esta rebelión empieza a ser un problema muy serio — concluyó el coronel Sotolongo.

Lo primero que le comunicaron al Tortuga cuando llegó fue el éxito de la operación rebelde. Lo segundo que le dijeron fue que, ante la ausencia de Rick —que precisamente había ido al lugar de dónde él venía—, él era el que estaba al mando. Y lo tercero, que habían encontrado un traidor. Antonio, el guardaespaldas de Rick, había sido sorprendido entregándome a un grupo de soldados del coronel Sotolongo. Ahora yo, la hechicera, o sea, yo, Idamis Hernández, estaba prisionera.

—¡Maldita sea! ¿Cómo habéis podido dejar que se la lleven? —gritó el Tortuga.

—Sucedió muy rápido. Entre nosotros había un traidor —contestó un soldado rebelde.

Muy enfadado por el secuestro de su prima preferida, el Tortuga ordenó que se le hiciera un juicio sumario. Todos los miembros de la rebelión participaron en aquel tribunal. Las deliberaciones fueron breves. Enseguida fue condenado a muerte. El condenado solicitó clemencia. Naturalmente, nadie lo escuchó. El mismo Tortuga asumió la responsabilidad de ejecutar la sentencia y le voló la cabeza con un arma láser en un claro del bosque.

Además, había otra novedad, un nuevo personaje se había presentado allí con la idea de unirse a la rebelión. Era un hombre de carácter bullicioso y venía acompañado de su ayudante, un ser mutante que era mitad hombre mitad gato. Era el capitán Orellana, un hombre que había trabajado con La Corporación pilotando naves a través del bloqueo.

—Caballeros, creo que la cosa se está poniendo bastante movida en esta isla —dijo el capitán.

—¿Quién eres tú? —preguntó el Tortuga.

—Hola a todo el mundo, soy el Capitán Orellana. Este es mi ayudante, el pequeño StrangerCat.

—Oye, tu amigo es un poco raro, ¿no? —preguntó el Tortuga.

—Es mutante, pero es un gran tío —replicó el capitán Orellana.

—Rick Cortés me ha hablado de ti —contestó el Tortuga.

—Traigo novedades —anunció el Capitán Orellana.

—¿Novedades? ¿Qué novedades? —preguntó el Tortuga.

—Un traslado —contestó el capitán Orellana.

—Habla —replicó el Tortuga.

—Van a trasladar a la hechicera a un crucero imperial. El señor Wagner ha ofrecido una recompensa por ella. —dijo el capitán Orellana.

—Hay que salvarla —dijo Stranger Cat.

—Si la llevan a un crucero global, nunca podremos rescatarla —replicó el Tortuga.

—Yo sé dónde está ahora —añadió el capitán Orellana.

—¿Y qué sacas tú a cambio? —preguntó el Tortuga

—Tengo una nave de transporte requisada en el puerto espacial. Quizás si hay un poco de jaleo pueda robarla e intentar pasar con ella al otro lado. Hay mucho dinero en juego —contestó el capitán Orellana.

—¿Cruzar el bloqueo con una nave de transporte? —preguntó el Tortuga.

—Sí —respondió Stranger Cat.

—Ustedes están locos. Van a acabar muertos —replicó el Tortuga.

—De todas formas, han puesto precio a mi cabeza. Si no hago ese viaje con la nave de transporte, no podré pagar mis deudas y me cortarán la cabeza —contestó el capitán Orellana.

—¿Lo has hecho antes? —preguntó el Tortuga

—Sí, pero trabajaba para La Corporación. Tengo sus códigos y sé más o menos cómo engatusar a los guardias de los cruceros globales.

—Está bien, dejaremos que os unáis a la rebelión —dijo el Tortuga.

—No os arrepentiréis —replicó el capitán Orellana—. Ahora la tienen prisionera en el Castillo del Príncipe.

—Entonces tendremos que organizar un rescate antes de que la trasladen al crucero imperial

—dijo el Tortuga.

—Sí. Por eso he venido lo más rápido que he podido —contestó el capitán Orellana.

—¿Está bien?

—Sí. Todo fue muy tumultuoso. Se resistió y le hicieron algunas heridas, pero ahora está en manos de sus médicos —replicó el capitán Orellana.

Naturalmente, el Tortuga se dio cuenta de que, nada más llegara Rick, tendrían que reunir un equipo de rescate. El asalto al Castillo del Príncipe debía ser meticulosamente planeado, una pequeña guarnición de las fuerzas del coronel Sotolongo tenía su base allí. Pero esta vez tenían planos, espías sobre el terreno, e incluso podían contar con ciertos actos de sabotaje que les facilitarían su ataque sorpresa.

—¿Cuándo volverá Rick? —preguntó el capitán Orellana.

—No creo que tarde mucho —replicó el Tortuga.

—Preparad los caballos y las armas. Que todo esté listo para partir —añadió el monje.

—Nos marcharemos nada más que llegue —dijo Stranger Cat.

—No me gusta que mi prima esté prisionera y en manos de esos médicos. La estarán interrogando —dijo el Tortuga.

Mientras tanto, Rick, lejos de allí, pensaba en los médicos y en las enfermedades. «Lo insoportable es que no hay nada insoportable», había dicho su tan admirado Rimbaud. ¿Cuántas veces  se pensaba eso al cabo de toda una vida? Puestos a elegir, lo que le parecía más insoportable era la locura, pero la locura en cuanto a la falta de independencia, es decir, el no poder valerse por sí mismo. En ese sentido, las personas incapaces, aquellas que debían ser tuteladas por los demás o, en algunos casos, recluidas en lugares destinados a su cuidado, le parecía uno de los mayores deberes morales de la sociedad y, al mismo tiempo, una de sus mayores asignaturas pendientes.

Más tarde, el director del psiquiátrico se sorprendió mucho cuando abrió la puerta de su casa y encontró a Rick Cortés.

—¡Oh! ¿A qué debo esta grata sorpresa? —le preguntó el director del psiquiátrico.

—Vamos a dar un paseo. Quiero hacerte unas preguntas —replicó Rick mientras le apuntaba con su arma láser.

—Mira, estás rodeado —dijo el doctor mirando al cielo y señalando los cruceros espaciales que vigilaban el bloqueo—. Pronto vendrán de nuevo los soldados. Yo puedo negociar tu entrega, conozco personalmente al señor Wagner. Yo intercederé por ti.

—Quiero hacerte unas preguntas. Eran gemelas, ¿verdad? Y la chica que de verdad era conocida como «El Perfume de La Habana» está muerta, ¿no es cierto? —preguntó Rick mientras lo ataba con las manos a la espalda y lo metía en el asiento de atrás de una camioneta.

—¿Cuándo te diste cuenta? —preguntó el director del psiquiátrico.

—La hechicera me contó que vio cómo el hombre apodado «Pícaro Tres» abusaba de ella y la mataba antes de regresar a la Globalización. Eso fue justo el día que se produjo la explosión — contestó Rick.

—Está bien, hablaré. Eran gemelas. Yo se las vendí a La Corporación, y como Yanires era igual a su hermana. que se anunciaba en la página web, el señor Wagner decidió tenderte una trampa. Quería que ella llevara a las autoridades cubanas hasta donde estabas tú —contestó el director del psiquiátrico.

En ese momento, Cortés llevó al director del psiquiátrico —siempre a punta de pistola—de vuelta al refugio rebelde a las afueras de La Habana, donde halló a el torso de Yanires sin cabeza.

—Mira, me parece que los salvajes de tus amigos los psicópatas se nos han adelantado —dijo Rick.

—No te veo muy afectado —añadió el director del psiquiátrico.

—Es verdad que estaba en peligro, pero no por las razones que esgrimía. Ella era una espía — contestó Rick.

—¿Una espía? ¿Entonces tú siempre supiste que Yanires no era «El Perfume de La Habana»?

—preguntó el director del psiquiátrico.

—Sí. Lo supe gracias a la hechicera. Además, ella tampoco cuidaba los detalles. Un buen investigador militar la habría cogido desde el principio.

—¿A qué te refieres? —preguntó el director del psiquiátrico.

—En realidad, eran muy distintas. La chica de la página web era una muchacha sencilla. Por el contrario, Yanires usaba un perfume muy caro. Un perfume llamado Profecía. Ese perfume es muy exclusivo porque solo se hacía en tiempos de Fidel Castro en La Habana, pero no tenía sentido que siempre usara otro perfume cuando en la página web de La Corporación se anunciaba ella misma como un perfume. Tampoco tenía sentido que ella llevara el pelo corto cuando ella era el perfume mismo y en su cabellera se contenía todo un mundo exótico lleno de recuerdos, tal y como explicaba Baudelaire. En ese momento el director del psiquiátrico se abalanzó sobre Rick e intentó quitarle el arma láser. La pistola cayó al suelo. Mientras tanto el investigador militar sacó el arma que le regaló el monje Fray Andrómeda, apretó el botón y lo miró a los ojos antes de matarlo, pues ya nada ni nadie podía evitar que aquel hombre corrupto quedara ensartado como una aceituna en un solo gesto de su afilada naginata. [Sigue en el Capítulo V – El paladar de La Habana]

Articulista en Revista Rambla

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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