Habían pasado varios años desde que el hombre ausente desapareció sin dejar el menor rastro. Una vez que había encontrado la paz en un lugar remoto, contrató un ayudante y decidió pasar el mayor tiempo posible en su propia cama. Es curiosa la lista de grandes escritores, desde Mark Twain, pasando por Marcel Proust, hasta Juan Carlos Onetii, que en determinado momento de sus vidas, decidieron pasar la mayor parte de su tiempo de forma horizontal. Ahora que vivimos en una época muy loca y en los que a veces no siente ni siquiera el tiempo suficiente para dormir, es chocante la filosofía de estos escritores: «se nace cansado y se vive para descansar». Sin embargo, hay cosas más importantes en la vida que la literatura, por lo que un día ―después de doce años en cama― movido por una llamada inconsciente, el hombre ausente decidió dar un paseo para reflexionar de forma bípeda. Aquel día vacante en su calendario ausencias no fue en balde. No en vano, encontró a una pareja que estaba discutiendo en un parque. Inmediatamente llamó a la Policía que detuvo al agresor. Obviamente la responsabilidad individual tiene mucho que ver en el problema de violencia de género y hay agresores que nunca dejaran de serlo. ¿Vamos a tener que volver a llamar a diario a los jefes de la manada para que ponga orden? Porque hay una fuerza colectiva, algo grupal en la violencia de género. Se ha avanzado mucho, pero todavía hay muchos casos; por lo que se puede pensar que si socialmente hubiera una intolerancia más radical hacia la violencia de género, eso salvaría muchas vidas. Y salvar vidas no debería ser un tema ideológico, es algo de sentido común. De hecho, si no hubiera sido porque se levantó de la cama, aquel día aquella mujer ahora estaría muerta. De hecho, poco después la mujer saltó al río y el hombre ausente se tiró al agua para salvarla. Más tarde, el hombre ausente volvió a sentirse vivo. ¿Por qué? Pues porque quería hacer un retrato de la desidia moral que permite que mucha gente se queda sola. En efecto, el hombre ausente salvó de un intento de suicidio a una mujer y luego comparó cómo lo contaban en la mayoría de los medios de comunicación. Al fin y al cabo vivíamos en un mundo en el que las noticias se adornaban literariamente y la verdad se refugiaba en los libros de literatura. Era el mundo al revés. Tal vez aquella pobre mujer estaba atrapada en un círculo vicioso y necesitaba que alguien la rescatara de allí. El hombre ausente no dijo nada. Pero la miró a los ojos de forma sincera y sintió el malestar que la había llevado a hacer lo que había hecho. ¿A quién le importaba su opinión al respecto? Le importaba a él. Y a la vista de lo egoísta e hipócrita que era la sociedad más conservadora, no necesitaba que le importara a nadie más. Algún día incluso era posible que su opinión le interesara a mucha gente. En aquellos momentos tal vez solo a él. Por supuesto que es mucho más edificante hablar de una sociedad feliz que de la soledad que sienten algunas personas cuando se mueven a diario en un mundo tan loco y cruel, que una noche sienten ganas de saltar al vacío. Pero ayudarles es una responsabilidad de todos y la ayuda que necesitan es abrirles la puerta a que ellos mismos encuentren la manera de corregir la razón que les quita las ganas de seguir viviendo. Porque no basta con una mirada condescendiente. Ayudar es hacer valer el heroísmo que nace en cada uno de nosotros cada día, porque si tú no te ayudas a ti mismo, nadie podrá hacerlo. La solución no es saltar al río, sino centrarte en encontrar la manera para salir de esa situación que te quita las ganas de seguir viviendo un solo día más.

Articulista en Revista Rambla | Otros artículos del autor

Escritor sevillano finalista del premio Azorín 2014. Ha publicado en diferentes revistas como Culturamas, Eñe, Visor, etc. Sus libros son: 'La invención de los gigantes' (Bucéfalo 2016); 'Literatura tridimensional' (Adarve 2018); 'Sócrates no vino a España' (Samarcanda 2018); 'La república del fin del mundo' (Tandaia 2018) y 'La bodeguita de Hemingway'.

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