Operación Flotador

Autor: José Manuel Rambla

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Ilustración: Galante

A todos los niños les gusta jugar al veo-veo. Y las adivinanzas. Bueno, a los niños y a los mayores. Porque desentrañar aquello que se presenta oculto es un ejercicio mucho más tentador que el pilates. Así ha sido desde aquellos tiempos inmemoriales cuando Edipo se cruzó con la enigmática Esfinge, o cuando el tozudo Champollion se empeñó en descifrar los jeroglíficos dándole vueltas a la piedra Rosetta.

Por no hablar, por supuesto, de las inolvidables invitaciones que Agatha Christie y Conan Doyle nos hacían desde sus novelas para descubrir qué estaba haciendo el mayordomo en el momento del crimen.
Pero como pasa en esta vida, todo tiene su revés y el mismo trabajo que muchos invierten en tratar de desvelar lo opaco, lo ocupan otros en dificultarlo. Es así como a lo largo de la historia han surgido los redactores de la Cábala o manuscritos tan herméticos como ese aquel famoso de Voynech escrito en una lengua más extravagante y secreta que los élficos idiomas de Tolkien. Y de ello han hecho oficio los concienzudos criptógrafos de los más variados servicios secretos del mundo, celosos con que sus mensajes en clave permanezcan a salvo de las indiscreciones del Wikileaks de turno.

Algunos de estos burócratas del secreto parecen encontrarse últimamente entre los encargados de poner nombre a las operaciones policiales puestas en marcha contra la corrupción en el PP. En ocasiones es fácil sacar a la luz el misterio, como ocurre con ese famoso Gürtel tras el que se esconde el apellido germanizado de una de sus principales implicados. Sin embargo, el origen de la denominación resulta tan extraño que acaba provocando todo tipo de especulaciones.
Es lo que ocurre con el último episodio conocido (hasta ahora). Me refiero a la controvertida “Operación Flotador” en la que se han visto implicados el ex alcalde de Sagunto, diputado autonómico y responsable del comité de garantías del PP valenciano, Alfredo Castelló, junto a otros ediles y ex ediles populares en la capital del Camp de Morvedre. Tratándose de un supuesto asunto de prevaricación y cohecho que afecta a Sagunto, hubiese sido más sencillo haber bautizado el operativo policial en aquel ayuntamiento como “Operación Aníbal”. U “Operación Elefante” si se pretendía dota el despliegue de un contenido más iconoclasta. Incluso “Operación Sónica la Cortesana” que le habría permitido darle un toque literario a la actuación de la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal de la policía judicial.
Pero no. Se optó por “Operación Flotador”, ¿por qué? La primera posible respuesta sería que el funcionario encargado de elegir el nombre quiso hacer un homenaje encubierto a Zygmunt Bauman y sus teorías de la realidad líquida. Sin embargo, no son pocas las voces escépticas que ponen en duda que el filósofo y sociólogo polaco se encuentre entre los libros de cabecera del funcionario policial de turno. Por eso hay otros que prefieren abordar la cuestión desde otra perspectiva y optan por interrogarse sobre quién es el destinatario de tan polémico flotador. La castigada sociedad, se apresuran a indicar los más filantrópicos, esa doliente ciudadanía tan necesitada de asideros a los que amarrarse para flotar en el nauseabundo mar de mierda que les rodea.
Algunos, sin embargo, se muestran más cautelosos y creen ver en estos hechos unas manos que chapotean en las turbulentas aguas de la calle Quart por mantenerse a flote en la recomposición del PP valenciano.  Manos tan desesperadas que no dudan en hundir a cualquier otro naufrago que compita en la pugna por un hueco en el preciado salvavidas. Las extrañas circunstancias que rodean el origen de las investigaciones vendrían a confirmarles la veracidad de tan estrafalarias sospechas.

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