OPINIÓN: Fronteras y amores en El Tarajal

Autor: José Manuel Rambla

Si la fe mueve montañas, otros sentimientos, como el amor, no se detienen ante barreras con vocación infranqueable. Fronteras como las que separan la vida y la muerte, por ejemplo. Ahí está para demostrarlo el romántico episodio de Isabel de Segura y Juan de Marcilla, los amantes turolenses de esa ciudad que también existe, según afirman sus pobladores, y que este año se apresura a celebrar por todo lo grande el 800 aniversario del conmovedor desenlace de sus famosos enamorados. Hasta una ópera anda preparando para la ocasión el compositor Javier Navarrete, que en 2007 saltó a la fama gracias a su nominación al Oscar por su banda sonora al filme de Guillermo del Toro El laberinto del fauno.

Foto: Guillem Sans

Y el caso de los amantes maños no es insólito. Parecida suerte corrieron algunos siglos más tarde los jóvenes amantes de Verona, cuya trágica relación imposible, en medio de las disputas entre los Montesco y los Capuletos, se encargó de inmortalizar Shakespeare para convertirla en símbolo indiscutible del amor. Dante Alligheri, por su parte, nos dejó constancia de la determinación del enamorado que no vacila en descender al más siniestro círculo de los infiernos con tal de reencontrarse con la inmaculada pureza de su enamorada Beatriz.

Se replicará, y no sin razón, que se trata de historias con inclinación literaria, experiencias más hechas para la pluma o el reclamo turístico, que para reflejar nuestras propias vivencias. El amor entre los comunes presentan perfiles más mundanos y su fuerza para superar fronteras suele tener las alas más cortas, por muchos encuentros felices e infelices que haya propiciado más de un viaje al Caribe. Y es que en la vida real los sentimientos acostumbran más a darse de bruces con las barreras que a superarlas con al algún gesto poético.

Bien lo saben los familiares de las víctimas de El Tarajal, aquellos anónimos 15 africanos que un 4 de febrero de 2014 murieron ahogados frente a la playa de Ceuta entre culatazos, botes de humo y balas de goma de la guardia civil. Todo su amor de padres, madres o hermanos no conmovió lo más mínimo a los responsables consulares en la camerunesa ciudad de Yaundé que les denegaron el visado para viajar a España con el irresponsable propósito de identificar los cadáveres de su hijos o hermanos y la provocativa actitud de homenajear a sus muertos.

Su caso ha vuelto a ser actualidad estos días, cuando se cumplen tres años de la tragedia y después de que la Audiencia Provincial de Cádiz haya ordenado reabrir las diligencias archivadas. Sin embargo, la ONG Caminando Fronteras venía denunciando esta situación desde hacía meses, aunque los medios serios se acuerden ahora de su historia. Ya se sabe, frente al impulso de las emociones siempre es bueno dejar pasar ese tiempo prudencial que todo lo cura. Tal vez por eso nuestras autoridades prefirieron guardar unos días de silencio antes de informar sobre la aparición del pequeño Samuel y su cuerpo de cuatro años flotando en la costa gaditana tras naufragar hace unas semanas la patera en la que viajaba hacia la muerte.

Sí, el tiempo es mejor consejero para el amor que la poesía. Todo lo acaba curando, aunque como a los protagonistas de La, la land, nos obligue a pagar un cierto peaje de melancolía. Además, siempre es muy fácil de llenar para hacer más llevadera nuestra espera hacia el olvido. Por ejemplo, escandalizándonos ante la maldad genética de Donald Trump hacia los inmigrantes, indignándonos frente a sus pérfidos planes de levantar muros imposibles contra el amor.

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