Ha tenido que pasar un año desde que el PP regresara al gobierno, para que los españoles hayamos conocido cuáles son sus planes reales para este país. Al final no ha sido Mariano Rajoy quien nos ha desvelado un secreto tan bien guardado, ni su profeta en Génova, Soraya Sáez de Santamaría. Ni siquiera ese dúo Calatrava que componen Cristóbal Montoro y Luis de Guindos. No, al final los objetivos mejor guardados de todos los tiempor han salido a la luz gracias a la afición del consejero de Turismo balear Carlos Delgado de posar para la posteridad tocado con unos testículos de ciervo en la cabeza: El PP, en su afán involucionista, quiere hacer retroceder a España hasta el Paleolítico.

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Ilustra Evelio Gómez.

Y es que la felicidad incontenida que al político balear parece despertarle esa orgía iniciática de sanguinolentas gónadas cervunas por montera, solo pueden entenderse como parte de algún atávico ritual que se pierde en la noche de los tiempos prehistóricos. Su imagen sonriente destacando entre la sangre del animal, nos remite sin esfuerzos a las pinturas rupestres de la cueva de Trois Frères, en la región francesa de Midi-Pyrénées. Resulta imposible no evocar la silueta de ese extraño hechicero pintado en sus paredes, cuyo cuerpo parece integrado por las diferentes partes de varios animales, sobresaliendo sobre las demás las grandes orejas y astas de ciervo que coronan su cabeza. Eso sí, en el caso de Delgado las suspicacias simbólicas compartidas con tanto macho patrio han llevado al consejero balear a sustituir la cornamenta por otros más varoniles atributos. Sustitución, por otro lado, previsible para un representante de la derecha española tan inclinada a actuar por cojones.

En cualquier caso, gracias al desliz político isleño, los españoles podemos ya hacernos una idea sobre cómo prepara el gobierno de Rajoy sus planes políticos. Resulta, en suma, mucho más fácil de entender propuestas aparentemente tan antediluvianas como las defendidas en sobre el aborto por el ministro de Justicia, si por un momento imaginamos a Alberto Ruiz-Gallardón embozado entre pieles de oso e invocando energías ocultas para que le inspiren la próxima reforma legal. O resultan esclarecedoras las propuestas aparentemente descabelladas de José Ignacio Wert si pensamos que su plasmación es fruto de algún ritual de antropofagia cultural realizado bajo el influjo de sustancias psicotrópicas.

Ahora bien, también es justo reconocer que esta determinación por devolvernos a los tiempos más remotos de nuestro pasado no es monopolio de esta derecha hispana a la que hasta Don Pelayo comienza a parecerle demasiado adelantado a su tiempo. Lo hemos podido ver en el Parlamento Europeo con el nombramiento como nuevo comisario de Sanidad y Consumo al político maltés Tonio Borg. Este chamán paleolítico, homófobo, antiabortista y contrario al divorcio, resultó refrendado con los votos de la derecha y de algunos miembros socialdemócratas, dispuestos estos últimos a demostrar así que si ayer muchos de ellos no tuvieron pudor en adherirse al Consenso de Washington, hoy tampoco faltan entre sus filas los decididos a regresar a las cavernas.

Nos encontramos pues ante una concienzuda estrategia para devolvernos a la Edad de Piedra. O peor aún si tenemos en cuenta comentarios como los del simpático y elegante Arturo Fernández tildando de feos a los manifestantes antigubernamentales. Lo que se nos viene encima no son recortes, ni planes de ajuste: es el regreso al planeta de los simios.

Periodista cultural y columnista.

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