Los emprendedores y la huida

Autor: José Manuel Rambla

Desde que nos transformaron por decreto en emprendedores todos andamos locos por emprender. Cualquier cosa, algo sencillo que nos permita ir tirando, si es posible aprovechando las virtudes de las nuevas redes sociales con alguna aplicación de mendicidad online, por ejemplo. O convertirnos en telemamporreros, telechaperos o telelimpiadores de urinarios virtualmente públicos. Cualquier cosa que nos reconfortara un poco esa moral que ya debe de andar por los subsuelos y le alegrara los datos de empleo a la ministra Fátima Báñez, como alegra al cuerpo un amor de verano. Vamos, que nos conformamos con emprender lo que sea. Porque si pudiéramos elegir -es decir, si realmente pudiéramos hacerlo- lo que de verdad nos gustaría a la inmensa mayoría de nosotros es emprender la huida.

De hecho, este afán por la huida es la auténtica transversalidad de estos tiempos, aunque Laclau todavía no haya reparado en ello. Los ricos los primeros, por supuesto. Porque, veamos, ¿con cuántos ricos nos encontramos por la calle, paseando al perro o esperando pagar en el chino? Ninguno. Y sin embargo los ricos existen. Incluso los muy, muy ricos. Solo que para el resto de los mortales son como la recuperación económica, que solo la vemos en las estadísticas. La última oportunidad de vislumbrarlos nos la ha facilitado el Ministerio de Hacienda al publicar los datos definitivos de los contribuyentes en 2015.  Según este informe, 686.616 de nuestros vecinos, el 3,76% de todos los españolitos que hicimos aquel año la declaración del IRPF, declararon unos ingresos superiores a los 60.000 euros.

La cifra no está mal y se pone mucho mejor entre los ricos muy ricos. Es el caso de esos 74.558 afortunados ciudadanos (el 0,41% del total) que se repartieron unos ingresos de 13,3 millones de euros, es decir, más de todo lo que obtuvieron juntos los 4,1 millones de sus sufridos compatriotas que debieron conformarse con menos de 6.000 euros para pasar aquel año. Pero hasta en esto de la opulencia hay clases, ya se sabe. Y si no que les pregunten a los 7.194 afortunados (el 0,04%) que se embolsaron de media ese año 799.286 euros (y 54 céntimos que, por cierto, no perdonaron). En el mercado de la vida, la suya se cotiza 84,6 veces más que la de los 11,1 millones de ciudadanos de este país (el 61,3% de los paganos a la Agencia Tributaria) que ingresaron menos de 21.000 euros. O 225 veces más que la de esos 4 millones de fracasados que no pudieron reunir ni 3.555 (y 83 céntimos que, en su caso, no estaban en condiciones de perdonar).

Puede que algún romántico esté tentado en pensar que la huida de los ricos está provocada por su sensación de acorralamiento, por el sentimiento de asedio que les despertaría el estar rodeados de pobres y de esa nueva clase media lowcost que prolifera en nuestras ciudades. Pero no, estos están demasiado ocupados en su nueva condición de emprendedores como para tener tiempo para imaginar revoluciones. El magnate de nuestros días ignora los peligros del exilio y su huida tiene más que ver con el tedio de la opulencia que con el miedo a la guillotina. Por eso EtonMusk, el multimillonaria creador de Pay Pal, sueña con conquistar Marte o nuestros potentados se desviven por asentarse en espacios fugados del espacio terrenal, selectas ninguna parte como La Finca, esa exclusiva urbanización fundada en Pozuelo de Alarcón por Luis García Cereceda, el amigo íntimo de Felipe González, para arrebatarle el glamour a La Moraleja. Es la huida llevada a sus últimas consecuencias: el rico se distancia hasta tal extremo del pobre mundo que termina evaporando su propia presencia. Es la era de los magnates invisibles, millonarios offshore que acaban asumiendo la misma incorporeidad que sus movimientos de capital en perpetua fuga hacia paraísos fiscales.

Para quienes no formamos parte del club de los elegidos, el ansia de huida tiene perfiles más prosaicos. También más desesperanzados. Sabemos que queremos escapar del aquí, pero ignoramos dónde está ese allá que nos de refugio. Ni siquiera el Más Allá nos sirve a estas alturas. En realidad, el único destino que nos queda abierto es el naufragio. Existencial en unos casos y oportunamente tratable con ese Prozac que nos vende el inquilino de alguna de Las Fincas de la estratosfera. Viscosamente real para otros, como los cuarenta y nueve devorados por el Mar de Alborán.

Otra posibilidad, por supuesto, sería renunciar a la fuga. Olvidar lo lejano y detenernos a mirar lo que nos rodea. El problema es que si observamos con atención igual acabamos viendo hasta a los ricos y eso sería una impertinencia. Es lo que les pasó a los emprendedores nómadas de Deliveroo. Dejaron de pedalear con sus paquetes, echaron un vistazo alrededor y decidieron montar una huelga. Varios de ellos ya han pagado la grosería con el despido, que es una forma de ser devueltos a empujones al anhelo de soñar escapadas. El resto aprendimos la lección y nos aplicamos con más empeño si cabe en idear planes con los que emprender nuestra imposible huida.

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