De enebros y dunas

Porque es burdo y es sentimental pretender agarrarse a algo cuando en este gran naufragio nada flota más que unos pocos segundos, los justos para sentir que los ojos se nublan y enrojecen por el agua; porque no sólo somos unos seres cansinos hasta intolerable extremo, sino que nos empeñamos en disminuir aún más nuestra risible estatura con coronas y tiaras; porque tan inútil resulta encomendarse

 

 

 

Texto: Aida Míguez Ilustración Evelio Gomez

 

 

Porque es burdo y es sentimental pretender agarrarse a algo cuando en este gran naufragio nada flota más que unos pocos segundos, los justos para sentir que los ojos se nublan y enrojecen por el agua; porque no sólo somos unos seres cansinos hasta intolerable extremo, sino que nos empeñamos en disminuir aún más nuestra risible estatura con coronas y tiaras; porque tan inútil resulta encomendarse a Dios como al sabor voluptuoso de los frutos del cerezo cuando nada sólido permanece bajo nuestros blandos pies de espuma, pues el monstruo ha despertado y ya separa sus labios y succiona con una sed milenaria el brebaje divino, el jugo del mundo; porque todos estamos heridos, acorralados, enfermos, enfebrecidos, enloquecidos, hambrientos, lisiados, y por eso alimentamos esperanzas y perseguimos metas hasta que por fin el cable nos lleva de cabeza a quién sabe dónde, medio muertos y para no volver; porque siempre la línea y el arpón, siempre lo fluido y lo sólido, la trama y la urdimbre, el cielo y la tierra se juntan y separan en nosotros abriéndonos las carnes; es por esto, digo, que el oficial Stubb arrojó por la borda nada más partir el inservible jarro de jengibre proporcionado por la tía Caridad, como si de un modo u otro supiese que de esa particular travesía no habría retorno, y que más valdría empezar a soltar lastre desde el primer momento, pues la nave huía volando de todos los puertos amarrados a las costas de Nantucket.

 

Hay una grandeza en Ahab que excede la comprensión de cualquier mortal nacido de la voluntad humana más que de algún azar maravilloso y fortuito; que crece con simplicidad y salud, pero sin contacto alguno con el dolor o la miseria; que se casa, procrea, se afana y jamás olvida a los legítimos propietarios de una nave ballenera cuando se enrola en una como primer oficial. Hay una grandeza en Ahab que lo aproxima a la enormidad insensible del idiota, quien de entre los mortales se acerca más al infinito y silba y canta mientras planea tranquilamente más allá del mundo de los hombres, siempre presos en alguna cerca de alambre, siempre chocando sus cabezas contra algún muro de cristal, pues el idiota dijo adiós a su alma al verse ahogado en las inmensas soledades del océano, olvidado de Stubb y de todos, y entonces, libre de toda cordura, ligero como una hoja, flotó y subió alegre los escalones de aire que lo transportaron al cielo. Sí. El loco de Pip es dorso y espejo de la torre inexpugnable, el corazón de los tifones, la incurable herida; el negro idiota se une al inescrutable Ahab como la bestia se une al dios, entrecortadamente. «Allá van dos cabezas huecas –gruñó el viejo de Man–. Una hueca por la fuerza, la otra por la debilidad».

 

El enjambre del ballenero Pequod, esa masa enmarañada de marinos de todas las naciones, esos arponeros negros, indios y australianos, tatuados con liturgias y rezos, fornidos con fuego, metálicos, indestructibles; esa confusa nube sonora nada tiene en común con el hombre de a pie, que cree que una sonrisa puede durar toda la vida y que hay cosas que no se pierden nunca. ¿Qué no se pierden?, aúlla Ahab abriendo sus desorbitados, monomaníacos, furiosos ojos insomnes («¡Un viejo con semejante ardor!»). ¿Qué no se desploma el tronco del más robusto de los árboles?, ¿qué no se ennegrece el más blanco de los dientes?, ¿qué no calla para siempre la voz del poeta más profundo?, ¿qué no se agotan el rugido y la brasa del sol minuto a minuto y se apaga todo, absolutamente todo, lo que una vez exhibió con orgullo su lumbre encendida? ¡Diablo de ojos azules, tú sabes que sí! ¡No pretendas negarlo! ¿Y qué si Ahab ha querido detener por un instante la carrera estrepitosa del viento que barre con todo a su paso? ¿Y qué si ha buscado plantar una bandera en el palo del barco que siempre se hunde? También el cielo estrellado se hundió pegado a ese mástil (el ala del halcón martilleada); todo lo que se pensó imperecedero fue pasto del vórtice insaciable, cayó y cayó por su garganta hasta que el último burbujeo se deshizo en la quietud impertérrita del eterno mar.

 

El monstruo marino sumergió una vez más las curvas sinuosas de su cola, todos los arpones clavados en su espalda, como si nada hubiese ocurrido, como si el barco fuese tan sólo un insecto sacudido por Dios a manotazos. Ahab lo persiguió hasta su último aliento de hombre; libró con él una batalla sabiendo en todo momento que hoy o mañana acabaría estrangulado, y la visión avivaba la hoguera de sus ojos, que lanzaban chispas alrededor. El parsi cumplía fielmente su palabra: su cadáver saludó una vez más prendido en la giba blanca, broma macabra, payaso cruel. ¡Felices aquellos que ven su propio ataúd antes de morirse! ¡Felices los que bordaron su dibujo con las estelas del mar! El reflujo de la pierna mutilada arrastró al Pequod por medio mundo antes de anclarlo definitivamente en su morada submarina, como nos ocurre a tantos, o como a tantos debería ocurrirnos, pues en este desfile de miembros cortados nadie llega incólume a su meta. ¡Ay capitán, quien poseyera tu coraje! ¡Quien llegara tan alto apoyándose únicamente en un trozo de marfil! Porque a nuestro lado muchos lagrimean, muchos pretenden disuadirnos, nos miran con disgusto, les tiembla la voz (¡María, María!, dice Starbuck). Mientras, otros conservan como el primer día no sólo su apetito primigenio, sino también el paladar que deguste ese manjar prohibido, pues no se ha inventado todavía la hiel que les amargue.

 

Pero ¿qué es eso que tan despreocupadamente llamamos «ballena»? Un rorcual, un zifio, una orca, un cachalote; una cosa inefable; una embaucadora que en un instante está aquí y en el otro desaparece entre nieblas y vapores; una larga llamarada que baila y después se vela; una equilibrista que balancea su silueta por los aires encaramada a un columpio de dioses; un enorme batiscafo que toca fondo antes de dar el salto que rompa en dos el espejo del cielo. No, Ahab no midió su fuerza con cualquier cosa; el Pequod no arrojó sus redes para pescar sardinas. La yubarta golpeaba las olas sacudiendo los nervios de un mundo enmohecido; el cachalote hendía sus dientes en el muslo de un gigante, y el delfín, atornillándose en el aire, continuó riendo hasta que la humanidad toda se arrodilló en la estela del ahogado y el barco hizo del ataúd un salvavidas, pues en esta burla universal, en este perpetuo Apocalipsis no deja de ser cierto que el destino de Ismael, poeta de Moby Dick, nos recuerda que nosotros, que somos brit para la Ballena Blanca, que vivimos con la ola palpitando a dos pasos de nosotros como el pecho agitado de un gigante, nosotros sólo tenemos dos opciones: o permitir que la ola nos entierre como la duna entierra con su manto al solitario pino, o cabalgar sobre la ola agarrándola del pelo, como el enebro agarra del pelo a la yegua indómita que corre siempre por la playa, transformando sus ramas en raíces y sus raíces en ramas, deteniendo el movimiento del monstruo encabritado como no pudo el pino, como no pudo Ahab; pero Ismael, que en el mar aprendió a calentar su cuerpo cuando bordeaba los lejanos círculos polares y a mantener su sangre fría al atravesar la humeante cortina de los trópicos, Ismael sobrevivió, agarrado al ataúd de un caníbal Ismael vivió, como Job, para poder decirlo.   

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