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Ilustra Evelio Gómez.

El grillo salió de su agujero de una forma tan inesperada –casi podría decirse que la tierra regurgitase un diamante negro después de un profundo sueño, como quien expulsa una excrecencia gestada en la noche, con asco indiferente–, tan inapropiada –la luz de agosto se desparramaba sobre las montañas quietas en el horizonte como la melena dorada de un dios– que Rut se sobresaltó, brincó, se estremeció, y exultante y gozosa como un vencedor en unos juegos (el cuerpo vibra y crece como una vela hinchada por el viento), corrió hacia a la mujer que yacía casi inerte en el jardín, dormitando con una brizna de hierba sujeta en su mano. «No pasa nada», dijo la mujer, y parecía que las palabras no saliesen de su boca; «se ha escondido otra vez; inténtalo tú». Pero el rostro sonrosado de la niña se contrajo en una mueca, y alegre y sonrosada, enrojecida por el gozo y la emoción apretó los minúsculos puños, arrugó el rostro y emitió una serie de ininteligibles ruidos que sin duda querían decir que lo único que ella deseaba en ese instante era presenciar de nuevo el espectáculo de cómo ese extraño bicho negro, esa excrecencia de la tierra y de la noche, reaparecía entre la hierba, fastuoso en sus oscuros ropajes, balanceándose de un lado a otro en electrizantes sacudidas, airado, encolerizado, porque le habían llamado para nada, por pura diversión, para que una niña de tres años corriese un segundo y al siguiente regresase con su rostro lleno de arrugas, sonrosado y manchado por una oscura emoción que no podía expresar con palabras. Pero –aquí Rut alisa las arrugas y esboza algo parecido a una sonrisa– su madre –o quien quiera que fuese esa mujer que yacía inerte en la tierra, casi exangüe– tenía que saberlo: no sería ella quien revolviese con la brizna de hierba el oscuro agujero del grillo.

Entonces Amanda movió ligeramente la manta extendida en el jardín, girando su cuerpo un poco en dirección al sol, como una foca marina acostada en la arena de una isla incierta. Abrió los párpados cerrados. Miró alrededor. Pensó. Allí estaba la hilera de arbustos que dividía el jardín en dos frentes, recortados torpemente por la mano de un jardinero aficionado. Al otro lado la casa ofrecía el aspecto de un bunker granítico. Quizá fuese por la forma del tejado, que se incrustaba en ella como un enorme sombrero color pizarra, o quizá fuese el hecho de que los habitantes de ese pueblo –si se puede llamar pueblo a un montón de casas esparcidas al azar– no parecían atenerse a regla alguna en cuanto a la construcción de casas se refiere, por lo que cada una parecía, ora reclinada contra el suelo como un soldado en mitad de una llanura, ora alzada como un triángulo adelgazándose infinitamente, no una casa, sino una violación flagrante de la idea que el sentido común tiene de qué es una casa y qué no. Nada, ni siquiera las campanas sonando a esa hora de la tarde, se había movido un ápice de su lugar en esos últimos diez años. El sonido de las campanas de la iglesia repicando en la distancia tenía sobre ella un efecto sumamente tranquilizador; casi parecía brujería que el tiempo pudiese detenerse así, durante minutos enteros, minutos llenos de sonido, de sol y de cielo, minutos en los que una sensación como de brisa acariciando la frente, como de voz maternal en la oscuridad de la noche (no te preocupes, no te preocupes), la sobrecogía por entero. De todos modos –pensó mirando alrededor– mamá se fue antes de haber visto todo esto. Sabía que los manzanos crecían desde antes de que ella naciese, pero los perales y las rosas, ahora rebosantes, plenos de fruto y flor bajo la luz de agosto, esos no estaban ahí desde hacía mucho tiempo, ella misma había ayudado a plantarlos cuando era muy pequeña. Desde entonces las ondulaciones de la hierba escondían agujeros de grillos y de topos; en los muros lagartijas prendidas, inmóviles, irisadas, absorbían quietas la luz del sol, y siempre el rumor de un río, siempre el doblar de unas campanas tejiendo melodías con los colores del la tarde. ¿Habría sentido mamá la misma película de calma y cansancio apretando sus ojos? ¿Habría ella conocido ese abrazo suave y envolvente cada vez que se acostaba en el jardín, un día de verano, cuando el cielo es espléndido y la quietud se extiende en silenciosas vibraciones, como masa vertida en un molde de pastel, sobre la casa y el jardín? ¿Habría sido capaz de abandonar su cuerpo en la hierba mientras el sonido se expandía hipnotizante y un sueño verde le cerraba los párpados? Pero mamá era distinta, pensó Amanda, persuadida de que la calma que sentía en esos momentos era algo que su madre nunca había conocido, recordándola en la cocina llena de humo y de gente, chicas charlando en el sofá, o sentadas a la mesa frente a tazas de café, asintiendo, quejándose, burlándose, esparciendo más y más palabras. Porque las amigas de su madre hablaban sin parar, hablaban de cosas estúpidas; no sabría decir de qué hablaban exactamente, pero sin duda eran cosas que no podía perdonar, cosas terribles. Pero cómo lo hacía para encontrar siempre gente nueva que invadiese la cocina por las tardes –pensaba–, qué extraño don le había sido concedido para congregar a su alrededor a ese ejército de chicas dispuestas a pasar toda la tarde esparciendo más y más palabras junto a ella, mientras su hija perdía el tiempo en la otra habitación sin saber qué hacer. Así que –la brizna de hierba ondeó en el aire– cuando mi madre llegó aquí por primera vez todo esto era un poco diferente.

Rut seguía sentada frente al agujero del grillo. Quería que lo intentasen otra vez, quería tener otra vez el diamante negro reptando ante sus ojos. Pero esa brizna no servía para cazar grillos; era inútil. Con movimientos lentos y torpes, como los de un enfermo que abandona la cama tras meses de convalecencia, Amanda irguió el cuerpo en la manta. Expectante, los ojos clavados en la hierba (ojos alumbrados por algo vacío), Rut creía estar viendo ya cómo el bicho negro resurgía de la tierra como un titán que abandona su mazmorra, encolerizado y vengativo, aturdido y alarmado porque habían turbado su paz sin objetivo alguno. Justo antes de que cerrase del todo su mano sobre el grillo que reptaba entre la hierba Amanda creyó oír a lo lejos una voz que las llamaba. Entonces se volvió y el bicho desapareció en el agujero.

Allí estaba, serio y taciturno, erguido y quebrado como una columna. Allí estaba, en pie en el balcón, retorciendo algo en sus manos, pero sin fuerza, sin ira, con calma. Amanda no pudo evitar sentir vergüenza. Una niebla súbita, un punto de luz microscópico le veló un momento la mirada. Después aparecieron los mechones grises amontonados en la cabeza de su padre, la devolvieron a su lugar y ambos quedaron separados. Vendrá con nosotras, bajará las escaleras y se acercará, pensaba Amanda deseando. Pero el hombre seguía en pie en el balcón, con la cabeza baja, serio, taciturno, guardando algo entre las manos, como si dudase y sopesase en su interior qué era mejor, volver dentro o bajar las escaleras; parecía que la indecisión le estrujase el alma (no puedes hacer nada, nada puedes hacer). Él había visto cómo crecía cada uno de los árboles del jardín; él estaba allí mientras José abría cada vez más el foso de la piscina hundiendo su azada una y otra vez, tarde tras tarde, incansable, hablando solo, cantando, haciendo sonar a cada golpe la chatarra que colgaba de su mugrienta cazadora. Vio cómo crecía la vid junto al muro y cómo en el foso se formaban charcas en otoño y las ranas cantaban al anochecer. Pero ahora… ahora se sentía completamente incapaz de calcular el tiempo transcurrido desde que José ya no solía estar ahí, excavando el foso con la esperanza de recibir un reloj en recompensa, o una radio vieja, algo broncíneo, algo metálico que resonase mientras daba ciegamente golpes con la azada. Sin darse cuenta su mirada permanecía fija en la piscina. El perro se ahogó. Se inclinó y se hundió. Lo habían envenenado, o quizá fuese la sed, esa terrible sed que sobrecoge a todos los que saben que van a morir. Con la visión de ese cuerpo animal flotando en las aguas verdes, el oscuro pelaje flotando en sus ojos, Amanda –que también lo recordaba– se sintió vieja como una montaña gastada por el viento. Algo terrible se había anunciado en ese gesto animal a la hora de morir. Resbalar de cansancio y no salir a flote; morir bebiendo, nadando en el foso que un hombre cavó sin saber por qué tenía que cavar, porque lo único importante era el reloj que le darían cuando hubiese terminado. Pero su padre seguía ahí, vacilando indeciso en el balcón. Y fue entonces cuando la sensación de haber envejecido cien años, la sensación de ser poseída por un cansancio indecible, igual que el perro mostró cuán cansado estaba al arrojarse de cabeza al agua turbia, alargó su mano y le estrujó también a ella el corazón. Y como cuando ocurre un accidente inesperado, una mano que se quema en la sartén y va a la boca, o alguien que envía un ramo de flores a la dirección equivocada y se da cuenta y salta de su silla hacia el teléfono, Amanda percibió de pronto cómo nacía en su cuerpo la instintiva necesidad de moverse y emprender algo, inmediatamente, algo definitivo y liberador. Pero no, no había nada que hacer, nada había que borrase esos años malgastados, porque el tiempo pasado lejos de su padre era tiempo malgastado, y era por eso que no había hecho nada digno de mención durante los últimos diez años de su vida. Y pensar que esa niña en sólo tres había pasado de la oscuridad a la luz, pensar que podía sostenerse sola y correr hacia donde se propusiese… un cuerpo que no conocía el cansancio, ni el vértigo, ni la decepción… Una especie de mareo, una niebla espesa seguía pese a todo interponiéndose entre ella y el aire del jardín.

Esa ola que hace un momento no existía y ahora se eleva hacia lo alto sobre la superficie del mar; esa ola que se eriza y se cubre de espuma diciendo «este es mi reino»; esa ola que avanza orgullosa y se ensancha congregando mareas a su alrededor, hasta que poco a poco adelgaza, disminuye y finalmente se deshace dejando un rastro en la arena, un cerco de espuma, una guirnalda de flores rendida a los pies de la tierra; esa ola naciendo y muriendo en la playa quizá tan sólo pretendía transmitir el mensaje de que el ir y venir no fue nada, que del crecimiento en lo alto del mar y del fuerte abrirse engullendo las aguas sólo queda al final un reguero de espuma en la orilla, y que esa es toda la verdad que ella, ella y todos los demás, debían esforzarse por aceptar de una vez. Mientras esa niña se mece en la primera ondulación y apenas ha empezado a alzarse de la superficie; mientras se mece en el momento suave, difuso, inocente, yo… la corona de espuma… el arrastre de las aguas… la ola que se rompe contra el arrecife de rocas… Amanda no podía creer que estuviese allí, que estuviese otra vez en esa casa, las campanas sonando al fondo, los perales y las rosas desbordándose al atardecer, todo tan calmado, tan quieto, tan familiar… No podía creer que mientras ella estaba allí, con el cerebro entumecido todavía por el golpe de las sensaciones, su padre hubiese desaparecido dentro de la casa sólo porque ella había envejecido. La imagen le espantaba. Y tenía razón. Las pruebas lo decían, había envejecido, algo no marchaba bien en su cuerpo, algo se esfumaba, algo se perdía para siempre. Quedarse en blanco cuando ellas dijeron que la prueba era positiva, cerrar los ojos durante la espera, horas y horas de espera, cuando bajo los párpados percibes de pronto qué insignificantes resultan las cosas que cinco minutos antes lucían gigantes, pomposas, robustas en primera fila, cosas que se desintegran cuando uno cierra los ojos con el corazón estrujado, cosas, chispas, fuegos que nos engañan y nos pierden. Quedarse en blanco hasta que ellas abren de nuevo la puerta y dicen que no hay nada que temer, que esta vez la prueba es negativa, y respirar mientras las cosas recobran su peso y sus formas, cosas de las que ya te habías despedido, y luego comprobar con extraña satisfacción que esas mujeres que tienes delante son esbeltas, son fuertes, poseen el tesoro que tanto codicias, la palabra exacta, la fuerza de vivir, la sabiduría. Son mujeres colosales que nos recuerdan que no todos somos igual de humanos, que algunos se destacan por encima de los otros como saltos en un valle, pues en el mundo hay seres que habitan otro tiempo distinto del nuestro, un tiempo de claridad y amplitud en el que todo se percibe desde arriba, porque ellas son enormes y habitan las alturas, y sus cuellos hacen pensar en escalinatas que conducen a alguna atalaya, una colina cubierta de nieve que nadie ha pisado aún, y desde allí uno puede verlo todo, la llanura de la vida extendida a sus pies, brillante y llena de respuestas. Quedarse en blanco y esperar en la sala del hospital aquella tarde de abril le hizo comprender que nunca se había tomado en serio esa única fiesta, ese entusiasmarse hasta el agotamiento que era la vida, un jugárselo y perderlo todo de una sola vez.

Algo había aburrido o asustado a Rut, que se alejaba lentamente con la brizna de hierba en la mano. Amanda se sacudió la ropa y fue tras ella, la levantó en brazos y la devolvió al jardín. Haciéndole cosquillas la acostó sobre la manta. La niña reía, sonrosada, diminuta, estremecida, pero quería marcharse ya. Amanda la dejó ir.

Lo encontró de pie en la cocina. Alzó sus manos diminutas como pidiendo algo y él obedeció. Sus labios eran tan finos que le daban cierto aspecto de anciana, sus mejillas recordaban la piel de muchachos obesos después de jugar. Había algo liberador en el aspecto extraño de esa niña. Con ella no tenía más deber que el de ser un hombre viejo. Antes había tenido que ser un hombre joven, un hombre necesitado, amado y odiado y cargado de culpas. Eso le había dejado sin habla durante más de diez años. Recordaba que había algo, una parte de sí mismo, que no había logrado asimilar; ahora (ahora que su hija tenía más de treinta años) seguía sintiéndose víctima de algo así como un reproche, una acusación. Ocurría cuando estaban juntos. La había visto dormitar en el jardín con Rut a su lado, completamente ausente. Nadie podía explicar cómo había sucedido, pero se había transformado, ahora era una mujer dura, inflexible y sin compasión. Quién sabría decir cómo pasó, pero un muro impedía llegar a ella, al menos él no podía llegar, tampoco antes llegaba. En su cara podía ver las cicatrices explicando todas las veces que se había enfurecido con el mundo. Iracunda le miró desde el jardín cuando se asomó para ver qué hacían; iracunda le respondía al teléfono cuando estaba lejos y la llamaba. Y siempre esas arrugas protegiéndola, siempre el muro inexpugnable, siempre la cólera. Se había perdido algo, pero era demasiado tarde. Y ahí estaba ahora Rut, blanda como una esponja, ligera como un pájaro, y sus enfados no eran más que chapoteos en el agua. Sin embargo –pensó a la vez que dejaba a la niña en el suelo– muy probablemente no llegue a conocer a Rut cuando cumpla treinta años.

Quién podría nombrar esa enfermedad que estruja corazones cada vez que un paisaje nos arrastra más lejos de lo que creíamos estar, zarandeándonos hasta que en la mente se dibujan el lugar y el momento exactos. Son espíritus que nos golpean por sorpresa bajo la luz de agosto, espíritus mensajeros, atávicos, libres, o más libres que nosotros, que no podemos hacer nada más que decir «aquí estoy, tómame», hasta que poco a poco el temblor se interrumpe porque algo nos crece en el cuerpo; benévolo como una bacteria en el estómago algo empuña su arma y acomete al espíritu, que fluye libre por los ojos, por la boca y regresa a su morada de ultratumba dejando un sabor salado en los labios. Es nuestra sed, nuestra hambre quien los vence. O al menos eso ocurrió cuando Amanda entró en la cocina aquella vez.

No le miró, pero sabía que el verde de sus ojos, esos ojos profundos como gotas océanicas, lentos como algas marinas, la miraban desde una distancia tal que era imposible que no descubriesen en ella alguna impureza, alguna mancha, porque esos ojos lo veían todo, la veían cruzando la calle muy lejos de allí, la veían sumergir el pie en la bañera y despertar en mitad de la noche, la veían hundirse, la veían huir y claudicar. Por este motivo su vista se quedó quieta en la hilera de figuras que sobresalían en los estantes de la cocina. Un mechón de pelo resbaló sobre su frente; lo apartó como quien abre una persiana después de una noche de insomnio. Entonces una luz como la que se filtra a través de la exuberancia de un bosque inundó sus ojos, que eran verdes como el agua de un pantano, turbios, revueltos. Retiró una silla para sentarse. Comieron juntos.

Doctora en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Su trabajo de investigación se centra en la hermenéutica de los textos griegos antiguos.

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