Tu madre no sabe leer

altClaro que no le dije nada de lo que sentía qué ocurrencia uno no puede decir lo que siente a partir de cierto momento uno no vuelve a decir jamás nada de lo que verdaderamente siente

 

 

 

 

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Texto: Aida Míguez Barciela Ilustraciones Evelio Gómez

 

Claro que no le dije nada de lo que sentía qué ocurrencia uno no puede decir lo que siente a partir de cierto momento uno no vuelve a decir jamás nada de lo que verdaderamente siente nunca jamás nunca. Llevábamos más de seis meses sin hablarnos ni escribirnos ni utilizar a terceros para comunicarnos, simplemente silencio, silencio de muerte. El silencio de muerte es algo que siempre le sentó muy bien, créeme, mi padre ha nacido para guardar silencios de muerte, es un auténtico maestro, un auténtico maestro, pero no me interesa, ahora no me interesa cómo sea o haya sido sin embargo estoy segura de que comprendió perfectamente que ya no podía preguntarme nada ni pedirme explicaciones al respecto. No, no iré al entierro, dije, con un entierro tengo más que suficiente y de ese entierro no sabes nada ni puedes saber nada aunque pongas todas tus aptitudes las que tengas en ello simplemente no puedes hay cosas que nunca has podido. Claro que no discutimos. Ahora sabe que no tengo intención de ir a ningún sitio y no es que esto importe mucho si se piensa bien. Si se piensa bien creo que lo único que importa es que él sabe que yo he terminado por comprenderla a ella más de lo que me interesó jamás comprenderle a él comprenderla a ella quizá no del todo seguramente nunca del todo pero algo, algo en todo caso siempre es mejor que nada, algo doloroso y rebelde y ácrata que ellos jamás han logrado ni remotamente comprender, cómo iban a lograrlo si fueron ellos precisamente ellos quienes la precipitaron al pozo de desolación y de desgracia, al pozo de desventura y de vacío; pero ahoraque no importa si es cierto que ellos la arrojaron al inmundo y lejano pozo de soledad y desarraigo en el que enfermó definitivamente y murió. Lo importante es que ella creyó que habían sido ellos quienes la habían arrojado. O bien había sido algo que ellos representaban mejor que cualquier otra persona que ella hubiese conocido nunca lo que la privó de la capacidad de vivir con alegría y sin rencores ni amargura y quién sabe quizá también con una pizca de amor una pizca de respeto y de amor por aquello que la rodeaba fuese lo que fuese un poco de respeto y de amor y confianza, algo que no fuese solo desprecio y vacío y malevolencia, sí, eso, algo que no fuese simple y puro desprecio, un trozo milimétrico, pero íntegro, de confianza que guardarse en bolsillo y poder notar de vez en cuando como quien nota una piedra de la suerte regalo de alguien que en otro tiempo fue querido, tal vez respetado. No negaré que al menos a mí iba a hacerme falta todo el tiempo que nos quedaba disponible (cada hora y cada minuto y cada segundo) para comprender en alguna medida qué clase de mujer era ella y por qué a pesar del inacabable y agónico camino de sufrimiento y hastío y mala suerte nunca será fracaso la palabra que sirva para describir el tortuoso vertiginoso ávido descenso hacia la paz y la tranquilidad y el reposo que ella no había conocido nunca, no porque no desease la paz y la tranquilidad y quizá también algún tipo de arraigo o firmeza, sino porque siempre había renunciado a todo eso de antemano, renunciado a cualquier versión adulterada de la paz y la tranquilidad y el reposo y la firmeza. Quizá fuese demasiado exigente en este aspecto, ella, que jamás había sido muy exigente en todo lo demás, empezando por lo que le concernía como persona física, el cuidado personal y el bienestar y la belleza, incluso el placer, el placer al que había renunciado como algo demasiado miserable para que un ser humano inteligente emplease sus pobres y escasas energías en la tarea de perseguirlo y obtenerlo, algo para los tristes y los cobardes. Conque optó por reducirlo a su versión más simple, la comida y la bebida y la conversación y el sueño sueño pero sin tranquilidad ni reposo ni curación posibles, siempre con rabia y desesperación y hastío como cayendo desde la cúspide de alguna montaña descendía con ruido y avidez y sin resignación el río de su vida descendía hacia su pronta desintegración en el océano donde dormiría y donde olvidaría esta vez sí por fin esta vez soñar con tranquilidad esta vez dormir con reposo será posible lo único será lo único posible Ella tenía una hija después de todo, tenía el amor incondicional de su hija pequeña y bueno, no necesitaba ese tipo de placer y bienestar que otros ambicionan. No todos los padres pueden presumir de tener algo así. No todos pueden contar con la incondicionalidad que ella se ganó por mérito propio y sin necesidad de hacer nada ni endulzar nada ni maquillar nada. Tú mismo has visto lo suficiente para saber que ella no era una de esas mujeres que se entregan con fervor casi religioso a la tarea de no llamar a las cosas por su nombre. Ella no fue jamás una de esas pequeñas mujeres temblorosas que lloran después de haber mentido y se acobardan cuando lo que hace falta es aplomo y coraje y efectuar un movimiento radical y decisivo. Puede que se haya equivocado muchas veces. Puede que todo hubiese salido un poco mejor si además de un corazón sin temblor y una voz inagotable ella hubiese poseído un poco más de sabiduría y más paciencia. El caso es que asumía el riesgo de que la cosa saliese mal sin acobardarse nunca. En realidad no se le hubiese ocurrido actuar de otra manera que no fuese asumiendo el riesgo de que la cosa saliese mal, y vaya si salió mal, salieron muchas cosas mal, demasiadas, pero nunca nos veremos obligados a admitir que si las cosas salieron mal fue por miedo y falta de coraje. No hubo ni pizca de miedo ni cobardía. Una mujer como ella no tiene tiempo para pensar en el miedo y la cobardía, está demasiado absorta en su propio ávido descenso demasiado inmersa en la desesperada casi obscena caída estrepitosa hacia un océano de olvido y de reposodeshaciéndose las aguas en miles de milésimas de calma infinita, y es como un bálsamo, un ungüento, una pócima de la que se atraganta el propio río al caer en picado y romperse en mil pedazos contra la superficie la tersa vasta lisa superficie de un océano donde ya no son necesarias ni las raíces ni las orillas ni la nostalgia de algo sólido a lo que poder agarrarse, allí no se necesitan objetos sólidos a los que agarrarse, allí van quienes han sabido vivir hasta el final una vida llena de esfuerzo y de fatiga sin necesidad de un objeto sólido y firme al que agarrarse, allí En realidad la pregunta no es si ella había hecho algo para agrandar las dimensiones de su desgracia. O si no había sido lo suficientemente hábil para esquivar la desgracia cuando hubiese sido posible esquivar quizá no la desgracia misma, pero sí al menos los salientes más desgarradores y más punzantes de la agónica ruta que iba trazando fatídica e inexorablemente su desgracia. La verdadera cuestión es que ella jamás tuvo tiempo de apartarse ni por un momento de esa ruta primigenia de imposible sufrimiento y de desgracia que era la suya y nunca pensó siquiera que fuese posible cambiar algo de esa ruta a no ser que cambiase la ruta misma, de principio a fin, nacimiento del nacimiento incluido, lo cual ella no era tan tonta como para pensarlo. Ya sé que no estaba sola en el sentido corriente de la palabra. A ella nunca le ocurrió lo que le ocurre a otros como ella, que después de haberse alejado unos cuantos kilómetros del lugar donde nacieron y vivieron los primeros quince o veinte años de su vida pierden toda capacidad para relacionarse con los demás sin tener que pagar por ello con la dignidad y la integridad personales, pasando de pronto a verse a sí mismos como estando siempre en situación de desventaja, siendo ésta quizá la razón por la que renuncian de antemano a este y aquel innato privilegio o digamos derecho, simplemente porque han dejado atrás el único terreno que sus pies habían pisado hasta ese momento; parece increíble pero de pronto se sienten acobardados e inhabilitados como seres humanos y pasan a comportarse como imbéciles, como si en lugar de seres con corazón y ojos y manos y despierta inteligencia fuesen tan solo perros trazando eternos círculos ciegos sobre la alfombra buscando un rabo que ya no estará ahí por más que lo busquen. Y no digo que ella no se hubiese ahorrado unos cuantos problemas de haber actuado de una manera un poco más parecida a la manera imbécil y corriente en los sitios en los que vivió durante su no sedentaria vida. Puede quepuede que no. En todo caso no fue eso lo que ocurrió, tratándose de ella no podría haber ocurrido así, tratándose de ella no, ella no iba a renunciar a su derecho por pequeño que fuese, ya la conoces, ya sabes que hay demasiado cómo decirlo demasiado orgullo y rabia y soledad y exaltación no rudimentarias sino tamizadas por una especie de innato conocimiento del honor y la justicia que era la herencia que le había dejado aquella abuela que nada le dejó. Pongamos por caso. Unos meses antes mamá escribió en la agenda de Sara: Sra. Espinosa, no contestaré una nota que me resulta ilegible. «¿Ilegible, verdad?», preguntó. Estaba hablando conmigo por teléfono mientras escribía esas palabras en la agenda que Sara llevaría al colegio la mañana siguiente. Naturalmente yo sabía que podría meterse en problemas si su respuesta a la nota de una profesora que escribía para quejarse de la falta de interés de su hija en sus clases iba a ser otra nota diciendo que la nota de queja de la profesora era completamente ilegible, aun cuando no lo era del todo, y que no iba a contestarla. Sabía que era una provocación innecesaria, pero a decir verdad no se me ocurrió que yo pudiese decir nada que la hiciese cambiar de opinión. Supongo que pensé que sería completamente disparatado creer que yo podía hacer algo para disuadirla. Así que no lo hice. Aunque era perfectamente capaz de verle de antemano el rostro a un problema que aún no era un problema y que ella no sabía que iba a ser su siguiente problema pero yo sí, el problema que innecesaria pero inevitablemente mi madre se estaba buscando incluso en la situación de debilidad y desfallecimiento y condena en la que evidentemente se encontraba. Como jamás se me ocurrió disuadirla nunca de nada, porque sabía de sobra que no tenía ningún poder ni influencia sobre ella. «Sra. Espinosa, no contestaré una nota que me resulta ilegible». Así empezó aquella nueva prueba de la identidad de mi madre que iba a durar exactamente dos semanas, comportando trabajo extra y muchas llamadas inútiles a muchas personas incluyéndome a mí, que lo había visto venir claramente pero supe que era tan absurdo y tan disparatado tratar de hacer algo para disuadirla como pretender influir sobre la humedad de la lluvia cuando llueve. Así que dejé que ella dejase que Sara le entregase esa respuesta que había sido escrita cediendo a su propio ánimo indomable y combativo y encolerizado con algo que era indudablemente mucho más grande que la profesora de inglés y todas sus notas de queja; dejé que ella se dejase empujar como siempre por el mismo motor ruidoso e incansable que la había llevado de un lugar fatídico a otro lugar fatídico sin caer nunca rendida ni vencida en ninguno de ellos porque, al fin y al cabo, nada sabían todos esos lugares acerca de quién era ella a excepción de aquello que ella había estado dispuesta a contarles. Y no hay duda de que hizo uso de toda la energía de la que disponía y de toda su vitalidad y de su elocuencia y supongo que les contó algunas cosas a aquellas mujeres que una y otra vez se sentaban en las frías sillas en torno a las frías mesas metálicas en la sucia terraza de algún bar. Se las contó mientras iban y venían las bebidas y las tapas y los vasos de café y los cigarrillos ella les contó su historia a las mujeres que se sentaron rodeándola en una terraza cualquiera en algún bar como siempre había hecho incluso antes de que su historia fuese suya porque sencillamente no había empezado aún aunque las mujeres ya estuviesen sentadas esperando, la historia no había hecho más que empezar pero ellas ya estaban allí, esperando, y mamá les contaba la desgraciada historia de desventura y lucha y agonía de esa manera específicamente suya mientras sobre la mesa helada iban y venían los platos y los vasos de café y se encendían en las manos los vigésimos cigarrillos del día. Sí. Era capaz de hablar sin que le importase demasiado si las cinco mujeres que la rodeaban eran o no las mismas que la habían rodeado la última vez en la última terraza del último lugar en el que había pasado algún tiempo de su no sedentaria vida sin haberse acobardado ni un solo día ni una sola vez movida por algo que no todos pueden adquirir aunque tengan el dinero necesario para hacerlo en caso de que resultase adquirible por esa vía. Fíjate bien en lo que te estoy diciendo. Yo creo que algunos serían demasiado cobardes incluso para adquirir por esa cómoda y limpia vía lo que mi madre siempre tuvo y ellos no. Aunque fuese posible para ellos. No podrían.Así que ella les contó lo que quiso contarles, ni más ni menos. Lo contó con fuerza y entereza y determinación; lo contó con verdad y dramatismo, reviviéndolo todo, sufriéndolo todo otra vez y al mismo tiempo superándolo, olvidándolo cada vez un poco. Lo contó con palabras grandes y sonoras y elocuentes. Lo contó una y otra vez, sin equívocos ni vacilaciones ni mojigaterías, todo, tal cual había sido, si bien siempre respetando los límites que ella misma se había fijado y que sólo ella podía saber exactamente cuáles eran. Les contó lo que quiso contarles a todas aquellas mujeres que eran siempre las mismas y eran nuevas, las mujeres que constituían su fiel e invariable auditorio allá donde fuese que la arrastrase su agotadora y no sedentaria vida. «Si fuese ahora», decía mi madre. Y el coro de mujeres se estremecía al unísono en respuesta a aquella historia de horror y vileza y desvergüenza que llegaba hasta ellas desde lugares en los que no habían estado nunca ni llegarían a estar nunca, lugares cuyo aspecto desconocían pero que ahora, de alguna extraña aunque corriente manera, aparecían ante sus mismísimos ojos abiertos y asombrados en el cuento de una mujer cuyo sufrimiento la había zarandeado y azotado sin descanso hasta desarraigarla del todo, lanzándola hacia una vida absolutamente privada de la posibilidad de ganar jamás ni reposo ni asiento ni morada, nada en lo que apoyar jamás su mano rota y desfigurada no sólo por aquellas quemaduras que eran para ella veraz testimonio de que pese a todo había sabido salir adelante gracias a su esfuerzo, su tesón y su fatiga, marcas vivientes de que sus fuerzas no habían flaqueado nunca, ni siquiera cuando las cucarachas trepaban por sus piernas en aquella cocina de Puerto Sóller o donde quiera que fuese que estuvo fregando platos de la mañana a la noche, cuando no sospechaba siquiera que esas cicatrices que por aquel entonces ella creía una no vergonzante pintura sobre la piel aún joven de su mano no eran en realidad tal pintura, sólo que ella lo ignoraba, todavía ignoraba que la dolorosa pero nada vergonzante pintura sobre sus esforzadas manos no era pintura alguna sino más bien fondo, el fondo sobre el que todavía habrían de plasmarse más tarde los dibujos y las formas y los colores realmente decisivos, que no serían quemaduras de aceite hirviendo sino de algo mucho peor, algo demasiado triste y doliente y humillante como para nombrarlo. Así que les habló de las cucarachas trepando por las piernas y del aire irrespirable y de la gente que había conocido. Y sin quererlo ella misma ni preocuparle lo más mínimo mi madre estaba desvelando ante ellas el secreto color y la secreta textura de la que fue su inexistente y malgastada juventud mientras todas aquellas mujeres escuchaban y bebían y comían y quizá mi madre ya empezase a preguntarse como acabaría preguntándose al final de todo: Por qué tengo yo que estar aquí si no hay nada ni tengo nada y estoy absoluta y desesperanzadamente sola. La escuchaban como se escucha a una mujer desesperada y maldita sin padres ni país ni riqueza ni más recursos para justificar su vida que su propio insobornable deseo de vivir, el mismo deseo que la capacitaba entonces y antes y después para reunir siempre de nuevo un coro de mujeres fuese donde fuese el maldito lugar donde se encontrara. Así que Sara fue al colegio con la agenda guardada en la mochila y entonces mi madre es ofendida una vez más, no importa si algo en su sangre, alguna aceleración inespecífica, alguna ansiedad innominada la responsabiliza de la ofensa. No, eso no importa, nada importa excepto que esa mujer enferma y condenada y ofendida no sueña siquiera con quedarse quieta en casa después de lo que ha ocurrido con su hija en el colegio sino que actuará, actuará sin importarle nada la dificultad del desplazamiento ni el hecho de madrugar ni el cansancio ni la enfermedad, ni siquiera la pierna que quizá le duela rabiosamente esa mañana. Actuaría. Actuaría movida por algo que si tuviese necesidad alguna de ponerle un nombre y el nombre estuviese al alcance de su mano quizá llamaría el honor y la dignidad de su hija de diez años, que había llegado a casa llorando desconsoladamente, lloraba larga, intensa, desconsoladamente, lloraba como un bebé recién emplazado en esa ruta o trayectoria donde quizá se habría procurado algunas alegrías si hubiese podido costearlas, pero no podría, y por eso lloraba de antemano intensa, inacabablemente, como lloraba Sara entonces en el salón frente a mamá aunque ya tuviese diez años y estuviese tan crecida, tan desarrollada para su edad, intactos sin embargo el candor infantil y el amor incondicional por su madre mortalmente enferma, a quien jamás tuvo necesidad alguna de entender sencillamente porque había nacido ya entendiéndola, la entendió en el vientre mismo donde nadó y abrió los ojos por primera vez, antes incluso, cuando mamá dijo aquella noche en aquella terraza de bar: Te guste o no te guste va a pasar así que ve haciéndote a la idea mamá dijo que pasaría en enero o febrero y no le importaba nada si me gustaba o no la idea porque iba a pasar de todas formas me gustase o no la idea así que por qué decir nada Yo no dije nada porque no sólo no comprendía nada sino que por aquel entonces tampoco a mí me importaba gran cosa llegar un día a comprender o comprenderla. Sara la comprendió desde mucho antes de haber nacido. Casi pienso que nació precisamente para comprenderla, para lograr todo eso que nosotros jamás lograríamos aunque nos lo propusiéramos nacida tarde para comprender antes que nadie lo que nadie había podido comprender nunca durante todos aquellos sordos, ciegos, dolorosos años, nacida para entender antes que nadie algo tan sencillo como que también ella podía ser amada incondicionalmente por algún ser humano en esta tierra, llegaría el día en que viniese al mundo alguien con un corazón lo bastante amplio y flexible y resistente para amarla sin temor, y le perdonaría todas sus faltas, le perdonaría todas sus locuras y su terrible lenguaje y su condenada violencia y todo su hastío y su apatía Y ahora esa niña aparece llorando desconsoladamente después del colegio y mamá pregunta y ella entre el llanto y el gemido pronuncia la frase poco antes pronunciada por aquellos vergonzosos labios finos y cobardes: La madre de Sara no sabe leer, no le pondré nota porque no sabe leer.Entonces mamá supo que el lunes a primera hora se presentaría en el colegio pasase lo que pasase, independientemente de la pierna y el dolor y la condena. Mamá lo supo todo mientras la niña aún se estremecía después de haber vaciado su corazón azorado buscando el consuelo caliente y efectivo de su madre, saltando al sofá y abrazándola y besándola. Entonces supo que pasase lo que pasase ella estaría el lunes siguiente en el colegio para ponerle las cosas en su sitio a la mojigata esa. ¿Qué pasó? Pasó que mamá apareció en el colegio el lunes siguiente como dijo que aparecería y la detuvo en el pasillo antes de la primera clase. Sara y los otros niños estaban ya sentados en el aula aunque la puerta estaba medio abierta así que tal vez pudiesen oír lo que ellas decían. Mamá me dijo que no, que no gritó, que su voz era tranquila, pero yo supongo que Sara oyó de todas formas lo que mamá dijo y que algo en ella había palpitado y chillado en aquel momento como un animal cautivo. Era el orgullo y la alegría y el consuelo enjaulados en su pecho, era el sentimiento de no tener que sentirse abandonada jamás, pasase lo que pasase, jamás mientras ella permaneciese con vida en esta tierra. «Buenos días, soy la que no sabe leer». Mamá dijo que eso fue lo primero que dijo cuando la vio. Naturalmente me reí. No pude evitarlo. Sólo mamá es capaz de decir «Buenos días, soy la madre de Sara, la que no sabe leer». Fue sin avisar. Se presentó en la puerta del colegio a las nueve de la mañana en punto y subió las escaleras una a una y sin ayuda de nadie no porque se encontrase mejor que otros días, sino porque aún no se había apagado aquel fuego que para ella había sido siempre destino y motor, para bien y para mal, para el error y para el acierto, siempre el mismo fuego motor que ardía sin necesidad de ser alimentado, violento y destructor como siempre había sido, ayudándola y perdiéndola al mismo tiempo sin que nadie fuese lo bastante valiente como aproximarse a él y sofocarlo, lo cual habría sido al fin y al cabo equivalente a comprenderlo. «Tenías que verla», me dijo mamá por teléfono aquella mañana. Temblaba de arriba abajo. Yo le dije muy tranquila: «Usted ridiculizó a mi hija delante de toda la clase y no voy a permitírselo». Ella lo negó. Tenías que verla, temblaba de pies a cabeza. «Porque aunque yo no venga mucho por aquí resulta que Sara no es huérfana y tiene madre y aunque tenga que venir arrastrándome voy a venir». Entonces ella dice: «Es que yo no sé qué le pasa a usted». Quería salir por ahí pero no pudo. «Ni falta que hace que lo sepa», le dije. «Yo vengo aquí a hablar de un hecho así que cíñase a ese hecho». Yo la escucho y de nuevo sé que mamá no me habla a mí sino al mundo que una vez más ha intentado arrebatarle el único bien que aún es exclusivamente suyo, suyo incluso ahora que no tiene no la salud o el amor que ya de nada le sirven, sino la esperanza de vivir siquiera un poco más para consolar a su hija en la injusticia y en la ofensa y en la desesperanza, acompañándola quizá hasta el final definitivo de su niñez con su caliente e imperturbable capacidad de consuelo, mamá sigue contando su relato al otro lado del teléfono.«Entonces me soltó algo sobre la religión», dijo mamá. «No sé qué me soltó exactamente porque la corté diciendo: Déjese de religión. A mí no me interesa la religión. Yo vengo aquí para hablar de lo que usted le dijo a mi hija delante de toda la clase para ridiculizarla». Entonces fue cuando la profesora llamó a Sara para que viniese y Sara vino. Tenías que verla. Completamente tranquila. «Sí que lo dijiste», dijo su dulce voz tranquila, completamente serena. «Y lo guapa que estaba», continuó mamá. «¿Tú sabes lo guapa que estaba con ese vestido azul viejo? Y el pelo recogido y los pendientes». «Estaba guapísima», dijo mamá aquella misma mañana, la voz llena de orgullo y de júbilo y de esperanza porque a pesar de todo ella había sido capaz cumplir no una orden ni una imposición, sino exactamente eso que ella misma sin intervención de nadie consideraba su deber, su obligación, la única obligación y el único deber que ella siempre había considerado dignos de ser cumplidos por encima de todas las cosas y pasase lo que pasase, ya estuviésemos en París, Roma, China, o en un pueblo de mala muerte ahogado en el servilismo y el petróleo y las bodas y las comuniones y la ignominia. Claro que entonces ella volaba de algún modo por encima de su enfermedad y el sufrimiento acumulado a lo largo de los años en la claridad de la conciencia de quien sabe que no está fallándose a sí mismo aunque le falle al mundo. Conque mi madre no renunció tampoco entonces a su orgullo y su capacidad de luchar y defenderse del oprobio y la desvergüenza humana y cuando Sara confirmó las palabras de la profesora en medio del pasillo y desapareció de nuevo en el aula mi madre ya no se detuvo sino que cogió más y más fuerza como quien recoge agua del pozo siempre vivo de su conciencia despierta a pesar del sulfato de morfina y la cortisona y entonces su voz le advirtió sonora y clara: Y ojo, no quiero represalias ni miedos, porque los niños no tienen que venir aquí con miedo sino con ilusión y con ganas de aprender. «Qué quiere decir con eso», dijo entonces la profesora. Tenías que verla. Temblaba como una hoja. No se lo esperaba. No sabía por dónde salir. Después cuando ya me iba veo a la jefa de estudios y cojo y le digo: «María, dale un par de orfidales que está muy nerviosa». Y María se reía. Sé que mamá hubiese contado la historia una vez más de haber podido. Una vez más hubiese alzado la voz ante aquel coro de mujeres que ya había empezado a disolverse, disminuyendo en número y deteriorada ya su capacidad de atención y su disponibilidad y su entusiasmo. La habría contado de nuevo demostrando así la con todo inextinguible y vívida fuerza de aquello que durante toda su vida la había protegido en cierto modo del violento azote y zarandeo y la inevitable destrucción y la infamia y la vileza que la persiguieron siempre, siempre desde que se fue de aquel lugar en el que había nacido y crecido y sufrido las primeras traiciones y las primeras ofensas y amarguras o incluso antes, empalideciendo ahora todas ellas ante la fuerza de la imagen última de su hija saliendo del aula, vestida con aquel viejo vestido azul que la hacía aparecer especialmente alta y especialmente guapa y esbelta y segura, como una princesa capaz de desafiar al mundo tantas veces como ella misma lo había desafiado, mejor incluso, alta, esbelta y segura como una princesa lista para desafiar a todos los instigadores y los cómplices del abuso y la ignominia en nombre de algo que tal vez ella llamaría integridad si sintiese la necesidad de llamarlo de algún modo. Y no digo que no me conmoviese el imaginar cómo esa niña aún no del todo lacerada por el mal y la injusticia se aproximaba ya en cualquier caso a aquel agónico camino materno sin pensar siquiera que pudiese haber algo malo en ello, pues ése y no otro era el camino que le había sido transmitido en digna herencia por su madre y por su abuela, porque ella ni siquiera concibe que pueda haber para ella otro camino distinto que aquel donde proseguirá la vieja lucha con armas nuevas, quizá más perfectas y sutiles, memoriosas en cualquier caso, orgullosas propietarias del extenso terreno de memoria que siempre conquistan el amor verdadero y su recuerdo. Y reconozco que por un momento yo también creí en esa imagen de belleza y orgullo y amor que mi madre me había transmitido con pasión y dramatismo aquella misma mañana, como si yo también pudiese ser por un brevísimo momento una de las mujeres de aquel extinto coro ahora que ya no quedaba nadie. Sí. Incluso yo pensé por un momento que al fin y al cabo el problema había durado esta vez tan sólo unos días y no había concluido mal del todo en realidad. Hasta que horas después Sara misma me dijo que por segunda vez había llegado a casa llorando y esta vez ni siquiera mamá podía creerse a pesar de todo su conocimiento de la sinrazón humana que la cobardía y el servilismo de ese pobre pueblo rico en comuniones y bautizos pudiese inducir a torturar de aquella forma a niños pequeños que iban a la escuela con el fin aprender todo aquello que la vida no tendría nunca tiempo ni razones suficientes para enseñarles. Así que pasó lo que te digo. Sara llegó por segunda vez llorando a casa y mamá se puso furiosa aunque ese día estaba muy débil y confusa y no pudo reaccionar sino diciendo «Cómo vas a cambiar estas mentes». Y entonces abandonó el tema y siguió hablando de otras cosas. «Estábamos aquí solas el domingo por la tarde y yo pensaba para mí: Qué hago aquí. Por qué estoy en este sitio si no hay nada. Era una sensación muy mala, Silvia, muy rara». Entonces me dijo que no podía seguir hablando, que se quedaba dormida, y creo que ya dormía, estoy segura que por fin dormía toda la indignación y todo el estrépito como siempre duerme el río hacia el final de su vertiginoso camino de estruendo y ruido y agonía, interminablemente.

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