El destierro de Theobald

altCuando el bardo Theobald cayó en desgracia ante el rey, el albur de su destino se convirtió en moneda común de todos los mentideros cortesanos: disquisición ceñuda entre prohombres, eco de relevos de guardia, conjetura de alcoba y aun murmullo de cuadra o lavadero.

 

 

 

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Cuando el bardo Theobald cayó en desgracia ante el rey, el albur de su destino se convirtió en moneda común de todos los mentideros cortesanos: disquisición ceñuda entre prohombres, eco de relevos de guardia, conjetura de alcoba y aun murmullo de cuadra o lavadero.

 

Los más sesudos juicios divergían en dictámenes asaz caprichosos. Para unos, la prisión perpetua correspondía a su falta. Preferían otros el hacha del verdugo. A muchos satisfacía el destierro. Solo en una certeza se avinieron todos: Theobald no eludiría la ira de su amo, el rey, pues no se prodigaban los gestos de magnanimidad de ese viejo gruñón, sensible al desaire como solo puede serlo quien se siente débil y amenazado por Dios sabe qué imposibles quimeras. Además, ninguna razón conocía el monarca para mostrarse benévolo, cuando tanto áulico untuoso y tanta ciencia teológica –y más aun, la propia vanidad– se complacían en reiterarle la nula correspondencia entre la equidad humana y los mandatos reales, dado el divino origen de su poder.

 

Entre tanto, la plebe medrosa, ciega de necesidad y desprovista de pausa para enrocarse en cavilaciones, no podía menos que confirmar sus efusiones de sumisión hacia la regia persona, pues la gente vulgar admitía también la premisa de la voluntad suprema del rey y bajo ningún pretexto osaba transgredirla.

 

Nadie reparó en que Theobald, repudiado ahora, había compuesto tantas baladas hermosas, las mismas que el soberano gustaba de canturrear en esos momentos de deleite y sosiego parvamente prodigados en su existencia, derrochada en mil campos de batalla o sobre la no menos cruenta palestra de la asechanza palaciega. Tamaño solaz no podía ser teñido en sangre, y así ocurrió al bardo cuanto ya sucediera con los demás rapsodas que le precedieron, y de seguro seguiría aconteciendo a futuros vates cortesanos: la voluntad real optó por el destierro.

 

Theobald fue exonerado de su distinguida consideración, de sus aposentos lujosos, de sus sirvientes y mujeres. Lo perdió todo, salvo la vida, y a cambio ganó público repudio y libertad.

 

 

*****

 

 

«Amanecía un día brumoso, idéntico a otros tantos que monótonamente se persiguen en este paraje olvidado de los hombres. Me disponía a afrontar las cotidianas faenas; recién concluidas mis oraciones, había salido a recoger agua del pozo. Fue entonces cuando lo vi por vez primera: venía cuesta arriba con paso cansino, aterido por el aliento de la aurora, y así supe que el Señor me confiaba otra de sus criaturas vilipendiadas.

 

Jamás he alcanzado a descubrir por qué razón se asentaron junto a mi humilde morada los precursores de esta pléyade de menesterosos, desheredados por un sino trágico de sus edenes mundanos, que convierten mis noches en un parnaso de patéticos cantos dictados por la nostalgia. Ni comprendo cómo pudieron sumárseles otros hijos espurios de lo fatuo, nacidos de la coyunda entre el boato y la voluptuosidad, si aquellos pioneros jamás regresaron a las lejanas comarcas de donde procedían, pues son abono de este breve prado que nos circunda y repara y sobre sus cuerpos han brotado rosas de un carmín sanguíneo, cual último hálito de sus espíritus atormentados por la memoria de cuanto perdieron. Inútil empresa, el inquirirlo; nada responden, tan solo piden refugio y ternura y de ambos dones los proveo, como es deber de cristiano.

 

Sin condición alguna satisfago esa demanda, para mi oprobio acaso, pues la postración que con trágico duelo arrastran, como yo mismo cargo con los achaques de mi edad, me mueve a compasión. Y al igual que la niebla, fiel heraldo de los fríos invernales, oculta tras su velo sedoso las aristas de la sierra, brindando al peregrino la engañosa visión de un paisaje huero de obstáculos e insidias, así sus sufrimientos desdibujan los muchos pecados que antaño cometieron y en cuanto les es dado siguen cometiendo, y enmudecen los reproches con que este ministro del Altísimo debiera flagelar sus ánimos incontinentes.

 

Cierto es que nunca destaqué por mi unción en mostrarles el camino de la Verdad Revelada que Cristo glorificó con el sacrificio de Su Sangre. Ninguno de estos miserables ha conocido de mis labios condena, ni arremetí por causa alguna contra sus oídos y sus almas con esos sermones aleccionadores en cuyo trenzado, tiempo atrás, di tantas y excelsas pruebas de destreza y contundencia. Para rehuir el testimonio de su impiedad, de las costumbres licenciosas que a menudo galantean con los más siniestros crímenes contra Natura, mis ojos seniles se refugian tras la bruma de grises que los anega, y mis oídos gastados, ya casi inservibles, jamás se estremecen ante las doloridas canciones que rememoran el placer carnal, tan añorado por estos mis hijos desde la postración en que se encuentran.

 

De tanto transigir, por tan poco censurar he llegado a juzgarme impío, indigno de este santo hábito que porto y venero, y la crispación contra mi propia desidia hace que mi espíritu irrumpa de su letargo y ansié el retorno a la lid del mundo. Soplos de ira avivan entonces los rescoldos de ese ánimo apostolar que rigió mi juventud como la estrella del norte orienta la singladura del marino. Vivo mis últimos años en guerra contra mí mismo y mi pecado de indolencia. Mas si caí en la sima de tal vicio; si soy cómplice de las faltas reiteradas de estos desventurados y sobre mí habrán de caer castigos sin cuento, porque de mí pudo depender la redención de sus almas y nada hice para librarlas de las llamas eternas que Satanás alimenta con su carnaza; si, en suma, debo ser condenado por la Justicia de Dios, única que nunca yerra, quiero proclamar, aun sin pretensión de excusa, que no se debe mi falta a malicia ni debilidad, pues nunca conniví con esos actos malévolos ni temí enfrentarme a ellos. Mi pecado, hijo es de la perplejidad y no más ha de buscarse donde nada hay que no sea incomprensión. La cual, empero, también merece ser penada, que para pauta e instrucción de nuestro albedrío disponemos de las Sagradas Escrituras y los libros de los Santos Padres.

 

A Nuestro Señor, que conoce el fondo de las almas, pongo por testigo de mi ánimo sincero, tanto hoy como ayer. Diluidos los humores vibrantes de la juventud, las semillas del desconcierto han fermentado sobre el acíbar de mi edad, y brindan al cálamo su fruto agrio y triste, que brota de lo insulso de mis glorias pasadas, cuando las conciencias y las vidas de tantos hombres dependieron del fuego elocuente de mi palabra, que la impiedad ajena convirtió en heraldo de muerte. Mucho porfié antaño para tan poco bien hacer, y opté por callar.

 

Ahora, estos desgraciados son mis hijos. Malos, sí, pero no se diferencian en mucho de las criaturas del bosque, a las que más peligrosas hacen la necesidad y el azar que su propia naturaleza salvaje. Soy un buen publicano y ellos mis fariseos, a quienes amo.»

 

 

*****

 

Theobald refugió su dolor entre los bardos repudiados que poblaban las chozas alzadas junto a los muros de la ermita. Era aquel lugar sagrado, ninguna hueste hubiera osado profanarlo.

 

Durante las horas diurnas, los vástagos del despecho urdían conjuras sin cuento; contubernios que jamás trascendieron más allá de las maldiciones contra quienes, habiéndolos encumbrado un día, tiempo después los expulsaron de sus cortes.

 

También se cultivaba el antruejo, ¡cómo no hacerlo entre tanta mente ingeniosa, si la noria de la mofa rueda con el hálito del rencor, del que todos comulgaban! Una comezón de venganza los impelía por igual a la tragedia o a la farsa, según el numen de cada cual, intercambiándose entre todos las funciones de autoría e interpretación. Así, al atrio transmutado en escenario se subían reyes togados de harapos, verbo tosco, que jaculaban frases estúpidas, aplaudidas por una pléyade de cortesanos mugrientos. Luego aparecían tiranos impostando la voz de un dios justiciero; lucían plumas de maldad, como pavos reales jactándose de su insania. Los armiños de antes eran hoy pieles de cabra vieja; los cetros, ramas de encina; la impostura, siempre la misma.

 

Así daban lenitivo al dolor profundo que los roía más allá de la aspiración al justo resarcimiento, porque ellos, aun olvidándolo, también habían formado parte de los corifeos del déspota.

 

Ora las befas ora los lamentos concluían con mutuos consuelos entre los gimientes, que antes de recogerse hasta la alborada erguían el fatuo pendón de su venganza: antaño, se decían, disfrutábamos de vida regalada y éramos objeto de admiración de gentes principales y vulgares; pero ahora, aunque vejados, somos libres. Y envanecidos por el fantasma de su condición se retiraban al tosco montón de paja, floresta del chinche, para allí seguir atormentándose en silencio.

 

Cuando la noche, todo era contemplación, melodía y llanto, cual si la plena oscuridad cegase los ojos del resentimiento.

 

 

*****

 

 

«Soy anciano, y mi memoria se resiente del paso del tiempo como de los chaparrones otoñales la techumbre de esta humilde morada. Una vez más, la estación toca a su fin. Con las primeras nieves ha pasado de largo una fuerte mesnada, pues de nuevo se tildan de herejes unos cristianos a otros y una vez más reluce el pulimento de la espada, fulgiendo bajo el Sol con la falsa pulcritud de una falacia. Los guerreros lucían las insignias reales y buscaban el refugio de sus fortalezas para afrontar el duro invierno que ya nos acosa.

 

Bien pronto sentiremos, al amparo de la noche, el hálito urgido del lobo, que bajará del monte para mendigar algún sustento. Quizá la próxima primavera pueda saciar a placer su vientre voraz, pues mucha carne recién muerta habrá en los campos cuando se requieran de nuevo los aceros. Las tragedias del pasado nutren el presente con ímproba constancia, como esa pesadilla insistente que remueve los posos del sueño en el niño asustadizo.

 

No recuerdo cuántas guerras he conocido, ni siquiera por cuánto tiempo se prolonga aquí mi estancia, pero se me antoja un lapso eterno. Durante ese plazo he escrito sin tregua ni deseo de trascendencia, por la sola inclinación de mi espíritu. Y empiezo a estar cansado, otra vez, pues la pluma alcanza a emular el peso oneroso de la espada; o de un hábito. 

 

Los monjes de mi juventud abrasaban sus pupilas sobre códices de ornato polícromo, renovando lo escrito en los palimpsestos una y otra vez durante lustros enteros. Conocían párrafo a párrafo las obras de Tertuliano, de Ireneo, de Clemente de Alejandría, de Orígenes, de Agustín de Hipona y tantos otros Santos Padres de la Iglesia; hoy claman en las ágoras, vomitando odio y exigiendo sangre heresiarca a sus ilusos rebaños. Mi voz de antaño, tan autorizada pero no menos cruenta, regurgita como un eco en otros clérigos jóvenes, feroces tonsurados.

 

Me siento cansado y dolido de que la verdad se asemeje a los cielos crepusculares, que destellan con altiva magnificencia para consumirse de súbito en la vacuidad de la noche. Quien no comprende es presa del abatimiento, o se abraza a una soflama de muerte para extirpar en el prójimo las sombras de sus propias dudas. No comprendo la norma con que fue nerviado este compendio de desatinos que arrastra en su vórtice a los hombres, pero quisiera ser ajeno a tamaño festín de odios. Por eso me limito a escribir, en supremo acto de rebeldía. A constar sobre los pergaminos las maldades de esa torpeza que nos engulle.

 

Entra el invierno y mis desheredados sufrirán como pocos los rigores del frío. Tan solo Dios sabe cuántos morirán. Solamente Él dispondrá la hora de mi óbito, porque Él atesora la Suprema Ciencia, y como buen orfebre se obstina en no desvelar los arcanos de su arte redentor. Presiento, empero, que poco tiempo permaneceré entre mis fariseos; perdí la cuenta de mi edad, mas no me engañan los temblores del pulso ni estas corvas desfallecientes, ni es equívoca la opresión que gusta de campar sobre mi pecho, ya hundido.

 

Mis hijos, como todo vástago, habrán de perder a su padre, pero el dolor del padre es aún mayor cuando pierde a su prole, sobre todo a su más distinguido pupilo. Porque el predilecto marchó ya. Tiempo ha que Theobald regresó a la corte, tras reprochar con crudeza a sus hermanos el falso orgullo de que hacían gala; serenamente dispuesto a recriminarle al rey las injusticias cometidas en su persona, aun sabiendo cual sería, de hacerlo, el fin que le esperaba. Theobald era orgulloso, incapaz de tenderse celadas a sí mismo. Sostenía que su libertad fueron los dones perdidos, y no otra; que en el paisaje de sus días faltaban las sombras amables de la seda, las fuentes del vino, las praderas del éxtasis carnal. No quería surcar los desiertos de la resignación. Su alma vivía en el recuerdo del mundo perdido, aferrado a sus placeres como la raíz del árbol se encalla en el seno de la tierra.

 

Nunca volvimos a saber de él. Su recuerdo ha perecido entre mis hijos mas no así en el corazón del padre, y en las cavernas de mis tímpanos resuena el eco de la voz más amada como el rumor del mar suspira en las caracolas, pájaro que se distrae en su jaula, inmutable y por siempre preso. He desistido ya de cualquier juicio, tan solo escribo, y ahora mi pulso tiembla más que nunca, mis pupilas arden. Cerraré por siempre estos códices. Como san Juan, el predilecto, solo resta postrarme sobre la tierra húmeda de mi tumba y aguardar la muerte.»

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