Felicidad

Allí donde la tarde desprendía una a una las horquillas de su pelo y las dejaba reposar junto a la luz de una lámpara encendida, como una mujer liberando su melena después de un día de mucho trabajo, y la habitación se llena de sombra cuando interpone su cuerpo entre la pared y la luz para desvestirse ante el espejo, dos niños son llevados a la cama un día de invierno,

 

 

 

 

Texto: Aida miguez Ilustración Evelio Gómez

 

 

Allí donde la tarde desprendía una a una las horquillas de su pelo y las dejaba reposar junto a la luz de una lámpara encendida, como una mujer liberando su melena después de un día de mucho trabajo, y la habitación se llena de sombra cuando interpone su cuerpo entre la pared y la luz para desvestirse ante el espejo, dos niños son llevados a la cama un día de invierno, ya semidormidos, dulces e inocentes en sus ropas de domingo. Allí donde la noche mira a todos lados como un arquero ansioso, arrojando sus flechas de sombra a medida que avanza hacia delante a grandes zancadas, un perró aulló en la distancia, una campana hizo «dong» al otro lado del río, un campesino movió la mano en señal de despedida, grillos hicieron crujir sus cuerpos entre altas hierbas onduladas, y los niños, doblegados como tallos de amapolas por la brisa, movieron la cabeza hacia un lado y respiraron, profundamente dormidos.  

 

Las camas eran de madera de cedro, o de roble, quién sabe; las colchas se amontonaban sobre las mantas y éstas sobre las sábanas, pues su abuela jamás habría permitido que la casa careciese de mantas y sábanas en abundancia, no sólo guardadas en los estantes de armarios de muchas puertas, sino ahí, en las camas mismas, cubriendo a los durmientes por entero no ya como un ligero manto algodonoso, porque la vida no era algodonosa, la vida no te ponía encima una mano de piel de terciopelo, sino una mano callosa, dura, áspera, y así debía ser, y era mejor saberlo cuanto antes, por eso sobre las sábanas caían mantas como fardos de harina, y después colchas como de esparto rugoso, y era bueno que los niños aprendiesen desde pequeños que ese peso iba a caer sobre sus cuerpos siempre de ahora en adelante.

 

Pero ¿acaso no era suficiente con las mantas? ¿Acaso no bastaba con aprender que la vida era una cosa muy pesada que al final te dobla la espalda y te hace crecer una joroba para que fijes bien tus ojos en la tierra y te acostumbres a esos olores y sabores emanando del suelo, a la raíz, al túnel y al topo arañando con sus blandas manos rosadas? ¿Acaso también durante el día tenían que cargar con la losa, no ya sobre la espalda, sino dentro, en el centro mismo del estómago? Porque la abuela de estos niños (la madre de Irene, la tía que los acostó ese día) no podía consentir en ningún caso que «los de casa» (así solía referirse a los miembros de su familia) no tuviesen al alcance de la mano cuanto el espíritu de un hombre puede desear por la mañana o por la tarde o al anochecer. Era por este motivo que las tabletas de chocolate se apilaban unas sobre otras en la alacena del teléfono, quince, veinte capas de brillante envoltorio rojo. Era por esto que las merluzas, merluzas que un día habían cortado el océano con sus colas escamadas, nadando en manada a través de árboles marinos (grutas, corales, fosforescencias), se amontonaban en el suelo de la finca para que los perros hiciesen de ellas su particular festín, merluzas pescadas en alta mar que la familia no había tenido tiempo de comer, liebres acuáticas con las sales misteriosas del mar de Irlanda todavía incrustadas en sus escamas, ahora grises, ahora manchadas de tierra, y los perros se atragantaban con las espinas. Era también por esta razón que la miel llenaba grandes tarros de cristal con su oscuro espesor; era por esto que la sopa desbordaba en los platos un domingo al mediodía y las patatas se amontonaban en las bandejas como el heno se amontona en los almiares del campo. ¡Oh, la abundancia de la vida! Sólo llenando los estómagos durante el día y cubriéndonos con mantas por las noches podríamos llegar a soportarla.

 

Al menos esa era una de las teorías que circulaban sobre el loco empeño con que esa mujer de setenta años hervía coliflores, freía chuletas, asaba patatas y compraba docenas de huevos para hacer una o dos tortillas. Porque ella no te decía después de comer «Come un plátano», sino «Ahora come dos plátanos». Y siempre era así, dos vasos de leche, dos platos de sopa, dos naranjas, dos manzanas, dos yogures. Y uno se tomaba con humor la tenacidad de esa anciana que no se dejaba amedrentar por broncas ni amenazas, sino que seguía insistiendo, seguía hablando en voz baja desde su lado de la mesa, los codos apoyados sobre el mantel, mordisqueando pan, vigilando el movimiento de tenedores y chuchillos; no, uno no podía dejar de admirar su férrea perseverancia, su sólida creencia en la fecundidad de la vida y el placer de la abundancia. Casi podría decirse, viendo cómo la felicidad se dejaba medir en el número de plátanos que uno comía de postre o en los litros del caldo y las colas de merluza que uno devoraba a la semana, que (¡oh maravilla!, ¡oh alegría inesperada!) una chispa diminuta de aquel tiempo dorado que creíamos perdido, algo minúsculo, pero algo al fin y al cabo, de aquella aurora joven e inocente de la humanidad, cuando las cabras y las vacas eran la susbtancia misma de la dicha humana y un rey alegraba su corazón contemplando el espectáculo de los segadores cortando el trigo en los campos, espléndidos, viriles, sudorosos, y los jóvenes bailaban portando grandes cestas llenas de racimos de uvas purpúreas, que sí, no había duda, algo de aquel tiempo bendito era vivificado por una mujer de setenta años en su casa en el fondo de un valle, comprando huevos y haciendo tortillas, colando miel en grandes cedazos, recogiendo fresas en abril, diciendo por lo bajo «Toma más sopa», «Coge más calamares», «Échate otra vez».

 

Quién podría evitar sucumbir al encanto de esa casa en el valle, repleta de más manjares de los que un hombre podría desear. Y no era simplemente el hecho de que allí se pudiesen degustar carnes y pescados excelentes; era la distancia lo que seducía, la ilusión de autosuficiencia que uno sentía esparcirse alrededor al tumbarse en el jardín una tarde de marzo, adormilado después de comer, con la única pero absorbente obligación de levantar la vista y ver pasar una tras otra nubes rizadas como el vellón de una oveja recién nacida, minuto a minuto, los párpados abriéndose y cerrándose cada vez a menor velocidad, las manos cruzadas sobre el vientre, la cabeza recostada, las curvas de mujer de las montañas formando un cerco protector en el horizonte, y en medio del cerco el valle, y en medio del valle la casa, y en la casa las fresas, la miel y la tortilla cociéndose en el fuego. Allí no era posible citarse con un amigo a una hora determinada, a la salida del metro o frente a un café; sería absolutamente absurdo, absolutamente descabellado, porque la verdad era que uno entraba y salía de la casa sin necesidad de ver a nadie, caminando desde el jardín a la finca y desde la finca a la casa sin tener que dar nunca un paso de más. A veces algún vecino elevaba su bastón entre un rebaño de ovejas que avanzaba a trompicones por la carretera, y si en esos momentos uno estaba sentado en el porche, entonces le devolvía el saludo moviendo tranquilamente la mano, sin decir una sola palabra. No es que los pastores fuesen estampas mudas ni nada parecido; a veces eran motoristas que conducían viejos cacharros a toda velocidad hasta quién sabe qué lugar detrás de las montañas, porque Irene contó que a Antonio le llamaron del juzgado para declarar por haber pegado a su mujer, que le denunció aconsejada por una asociación que su hija conocía, e Irene tuvo que llamar a Luis para evitar que Antonio acabase durmiendo tres días en la cárcel; al fin y al cabo, era su padrino. Más tarde fue a darle las gracias, pero después su mujer volvió a denunciarle y nada pudo hacerse esa vez. Pero esto no quería decir que no fuese un auténtico pastor que guiaba a sus ovejas al pasto por las mañanas; no dejaba de ser un hombre de la naturaleza, conforme con las cósmicas y universales reglas que dicen que no hace falta pronunciar palabra alguna cuando uno ve a su vecino, ese hombre que en otro tiempo navegaba veloz por los mares de Irlanda, sentado tranquilamente en el porche al mediodía, con algo de envidia quizá (era un crimen haber tirado tantas merluzas), pero sin ningunas ganas de estar en su piel ni por un solo día (quién podría vivir con tanta cólera en el pecho).

 

¡Ay, el valle! Solitario como un águila en la vastedad del aire, tranquilo como un viejo chopo bañado por las aguas de un manantial. Recuerdas todavía a los hombres envueltos en pieles cuando encaramados a las rocas trazaban círculos con piedras bajo el resplandor de las antorchas, uno alrededor de otro, para conjurar los astros, o para pintar el tiempo o alguna de esas cosas que uno se pone a pintar inútilmente una y otra vez. El tiempo; un círculo en un círculo; expandiéndose más y más, como ondas en un estanque (el estanque era la vida), hasta que la piedra se desliza de la mano del hombre, que una vez fue un niño que bailaba sobre la roca y ahora es un viejo; la piedra se desliza entre sus dedos, el viejo desfallece, se desmaya, se desploma, cae dedicando el último instante de su pensamiento al enigma eterno, a la duda imperecedera: ¿Era bueno pensar que esos círculos seguirían allí cuando de él y de otros miles como él (todos sus hijos y todos sus nietos y todos los nietos de sus nietos) no quedase ni una sola mota de polvo sobre la faz de la tierra? ¿O era mejor abatirse y encolerizarse contra todos esos humanos que hacían muecas desde el porvenir, pisoteando el círculo con sus poderosos pies danzantes como él mismo había hecho cuando era sólo un niño, creyendo que siempre duraría, que la vida era él y sus pies danzando sobre la roca y nada más que eso? ¿Tenía sentido horrorizarse por última vez ante el hecho de estar vivo tan sólo por unos segundos, como si no fuésemos más que el juguete de algún gigante que ríe y llora viéndonos crecer y perecer, siempre distintos, siempre iguales? ¿No sería quizá más sensato pensar que, fuese lo que fuese (porque nada sabíamos), haber vivido fue maravilloso, el fuego solía arder al anochecer como una rubia cabellera agitada por el viento, con un brillo inextinguible, y la luna cubría y descubría su blanco pecho moviendo largos dedos de plata? ¡Morir y vivir en el fondo del valle!, pensó el anciano cubierto de pieles cuando la piedra se deslizó de su mano, hace cientos y cientos de años, mientras la oscuridad cerraba sus párpados y el eco de la duda se perdía en las montañas. ¿Por qué, por qué, por qué?

 

Hemos sido niños que corrían sin meta alguna en un espacio abierto, con el corazón hinchado por la velocidad, los pensamientos ligeros como blancas plumas de ganso haciendo del aire un mar donde flotar y sostenerse. Se sostenía la pluma, se sostenía la burbuja que hacíamos crecer a través de un agujero, sin objetivo alguno. Hemos sido jóvenes que sufrían por dejar de ser niños, o se encolerizaban por no ser aún adultos. Hemos sido profesores que decían con monótona voz «Sócrates era un hombre de nariz chata», «Agamenón murió en una bañera». O carteros que subían a toda velocidad las escaleras para entregar un libro en el quinto izquierda, un libro que nadie leería o un libro que nadie debería leer. Hemos sido madres por accidente, ornitólogos por vocación. Hemos perseguido objetivos tanto si creíamos en ellos como si no creíamos en absoluto. Hemos movido un poco el cuerpo hacia arriba, Francia, Inglaterra, Escocia; a la izquierda, Florencia, Roma, Atenas tal vez. Hemos dicho muchas veces «Te odio», «Te quiero». Hemos visto atardeceres y amaneceres o no los hemos visto en absoluto. Nos hemos asustado terriblemente cuando insomnes en la cama una pregunta mordió nuestro pie y nos dijo «¿Y esto es todo?», y entonces supimos que jamás nos reconciliaríamos con la muerte. Y después, cuando ya casi nos quedábamos dormidos, otra pregunta, más veloz, más dura, mucho menos indulgente, tiró violentamente de la sábana y nos gritó con voz de trueno «¿Y quién eres tú para vivir cuando él y ella y todos los otros murieron?» Y la noche se alarga infinitamente, y al final nos dormimos, nos dormimos y no sabemos si no será mucho peor dormir cuando el dolor sigue mordiendo nuestros pies desnudos, como tampoco sabemos si no será preferible morir inmediatamente a vivir con todas esas muertes aullando a las espaldas. Pero al final dormimos, olvidamos lo bueno y lo malo, las piernas se encogen, los pies entran en calor y el corazón late al compás del sueño de todo lo viviente.

 

Los niños estaban tan cansados que se durmieron en el coche durante el camino de vuelta a casa. Irene los arropó en sus camas como un hada amorosa sin tocar el suelo. Todo se debía a que a veces sus abuelos los llevaban con ellos a un lugar a cinco o seis quilómetros de distancia donde vivían un hombre y una mujer ya mayores que nunca habían tenido hijos. Su casa era completamente diferente a las casas que conocían. Había tractores, pollos y gallinas, un cobertizo con trigo, guadañas, rastrillos, azadas, escaleras y mil cosas más que sólo existían en ese lugar. También había una poza. Y establos detrás de la casa. Una vez vieron cómo unos hombres chamuscaban un cerdo atado por las patas a una viga de madera. Después el cerdo se balanceó boca abajo desde lo alto de un gancho de metal, y al final, completamente rendido y sin un solo soplo de aire en el cuerpo, se dejó abrazar por nebulosas de sal marina en un arcón de pino claro. Había escalones de piedra y una puerta que llevaba a la cocina. La cocina era una losa de hierro bajo un fuego voraz, y ollas llenas de verdura, chorizo, calor, vapores, humo. Llegaban allí temprano en la mañana, jugaban junto al pozo, veían sus rostros reflejados en el agua, echaban maíz a las gallinas, en grandes ráfagas, martilleándolas, acribillándolas, se sentaban un rato en los escalones y entraban otra vez en la cocina, donde la mujer removía la sopa con una cuchara y después la volcaba en una sopera de porcelana blanca. Entonces entraban en el comedor, que estaba helado y olía a viejo, porque ella no había tenido hijos y Mario estaba siempre de aquí para allá ocupado con los cerdos y las viñas y el trigo, su cabeza redonda como una farola encendida de rojo brillante, por el vino o por la sopa que su mujer cocinaba los domingos con alguna gallina que el día anterior aún correteaba llena de fuerza convulsa por el gallinero y cuya substancia penetraba ahora, una vez más, las venas de Mario, gruesas por los chorizos y el vino, y penetraría también las venas de los niños, que en ese momento visitaban el comedor como quien visita un museo de historia, examinado los cuadros que cuelgan encima de las puertas (puertas diminutas, puertas para gnomos o enanitos), mirando sin tocar las inútiles figuras y los pocos adornos. Quizá los compadecían al principio, antes de que todos se sentasen a la mesa para tomar la sopa; sí, los compadecían porque no habían tenido hijos y parecían más dos hermanos que dos esposos (ahí estaba, la foto de la boda, completamente iguales), y los niños intuían que algo así como un ritual incestuoso tenía lugar cuando ellos se marchaban medio dormidos después de un día de horrible espera, pues lo cierto es que después de la sopa ya habían tenido bastante, tenían bastante de cerdos, chorizos y olores extraños saliendo de habitaciones extrañas; querían marcharse de una vez a sus propias casas, casas sin cerdos ni tractores, pero no había manera, y miraban con ojos suplicantes mientras ellos seguían jugando en la cocina y la abuela les decía «Ya vamos, ya vamos», pero no se iban nunca. Entonces los ojos no tenían más remedio que proseguir su viaje errabundo por la habitación y explorar por enésima vez ese museo en el que estaban encerrados. Veían hachas, platos, vasos y un sombrero mejicano; volvían los ojos al fuego cuando alguien abría la puerta; oían silbidos y aullidos quebrando el silencio de la tarde, recordaban que en algún lugar había una habitación donde que no podían entrar, el dormitorio, el cuarto prohibido, el lecho incestuoso, y entonces se tiraban aburridos en el sofá sin usar del salón, posaban los ojos sobre los cerrojos de las ventanas y suplicaban a Dios les dejase morir allí mismo antes que aguantar un minuto más las emanaciones de aquella casa abominable. ¿Permanecerían Mario y su mujer aquí para siempre, sin hijos, unidos como hermanos? ¿O moriría Mario de un ataque el corazón dejándola completamente sola? ¿Y qué haría ella con los cerdos y las gallinas? ¿Seguiría preparando sopa los domingos? ¿Quién la visitaría cuando ellos no volviesen nunca más? Entonces Mario y su abuelo ganaron la última partida y los metieron en el coche.

 

Mario murió de un infarto, la eterna duda humana aleteando en el último brillo de sus ojos. Su mujer siguió cocinando sopa los domingos, pero en pequeñas cantidades.

 

 Así que esa era la forma de morir en valles y montañas, la substancia de la felicidad (ovejas, cerdos, gallinas) fluyendo en abundancia, desbordándose y derramándose como un torrente obstruyendo las venas. Te compadecemos, mujer que hundes el rostro en el humo de una sopa. Te visitaremos aunque estés sola, dijeron los niños mientras sus cuellos se inclinaban hacia un lado como tallos de amapola, cuando el sol ocultaba el último rizo de su ardiente cabellera más allá del horizonte. Pero la felicidad… ¿Cómo podían estar seguros de que era la felicidad lo que se esfumaba para siempre con la desaparición de un hombre que, como un hermano, no se movía ni un momento de su lado en las tardes de domingo, cuando se iban las visitas y fuera el viento azotaba los alambres del gallinero y la lluvia tamborileaba sobre los charcos que inundaban el camino de tierra hasta el pozo? ¿No sería más bien alivio, una inmensa sensación de ligereza? Se iba el hermano, el sólido marido, encendido como una llama furibunda; perdía de vista al hombre que siempre volvía fuese donde fuese, por la sopa caliente o los vasos de vino, sin decir una palabra, sin que una sola arruga surcase el rojo mar de sus hinchadas mejillas. Te felicitamos, mujer, pensaron los niños, cuyos cuerpos trotaban en el asiento trasero del coche. En adelante las rosas florecerán sólo para ti, le dijeron despidiéndose, los cuellos inclinados hacia un lado como tallos rotos de flor. El agua fría del pozo lamerá tus manos cuando laves tu ropa en la mañana, su frescor penetrará tu alma como una dulce melodía y jamás la abandonará. La melodía sonará mientras recoges los huevos al atardecer, susurrará secretos en tu oído cuando alces los ojos en la noche hacia el cerdo que se balancea en su gancho junto al almacén de trigo, partiendo en dos el cielo como el cuerpo de un ahorcado, y pensarás en Mario, guardado en una caja de pino, sin un soplo de vida en sus venas, y la melodía tronará por un instante agitando tu corazón como el viento agita las encinas, pero cesará y habrá una pausa; la pausa es el momento en el que todo lo disperso se reúne; la ropa vuelve a los armarios, las gallinas ocultan la cabeza junto al corazón, el sol muere tiñendo de rojo el paño azul del cielo. Luego la melodía reaparecerá como el arroyo reaparece después de morir en el oscuro silencio de la tierra, y te acompañará siempre, haciendo larga y luminosa tu vejez. ¿Era eso la felicidad?

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