La visita

Protégete del hombre blanco. Dicen que el olor de nuestra piel es fuerte y penetrante; que olemos a bestia, a bosque húmedo, a pecado… Ellos huelen a inmundicia y a orines; sus barbas grasientas tapan esos rostros febriles y hambrientos de deseo por nuestras hembras. Un blanco desnudo es una de las peores visiones que han sufrido mis ojos: cueros macilentos y peludos de distintas y ridículas palideces. No sabría qué decir del cuerpo de una mujer blanca.

La primera vez que se me mostró, sufrí uno de los ataques de pánico más intensos que haya tenido nunca; mayor, incluso, que cuando al pobre Malela le fue cortada la mano de un hachazo por el amo, sólo por haber robado unos mendrugos de pan destinados a dar de comer a las bestias. Si un negro osaba mirar a una blanca, nadie lo libraría de recibir unos buenos latigazos. Y, si alcanzaba a ver su desnudez, la muerte estaba asegurada.

            El ama Jane no faltaba a la homilía del domingo. Paseaba su pequeña biblia, a la que recurría constantemente para leernos salmos piadosos y aleccionadores en busca de la salvación de nuestras almas: «…que en algún rincón del cielo habrá sitio para vosotros; que Dios no hace las cosas a ciegas, aunque sea difícil entender para qué sirven seres tan oscuros y procaces…», decía, compungida y tenaz. Siempre hablaba del pecado y su penitencia; su rectitud estaba fuera de duda.

            Y fuera de toda duda, por mucho que me frotara los ojos creyendo que aquella visión era fruto de un sueño o, más bien, de una pesadilla alimentada por la falta de contacto con la piel de una hembra, estaba la figura del ama, que no desaparecía. Me despertó el ruido del agua cayendo sobre el balde; me incorporé, aún medio dormido, para ver quién demonios trajinaba sabiendo que hombres y bestias dormían. Era la señora Jane. O su lado oscuro y salvaje; aquello que tanto empeño ponía en denigrar y fustigar con las palabras de su inseparable misal. Su cabello ya no estaba sujeto en aquel recogido austero: se desparramaba sobre sus hombros ahora desnudos, que asomaban por el cuello abierto del blusón. Cogió la banqueta que usábamos para sacar la leche de las cabras y se sentó, arremangándose la falda. Se desprendió de las medias blancas que tapaban sus blancas piernas y metió sus pies en el agua, hasta la altura de los tobillos. Se le escapó un gemido de satisfacción. Hubiera jurado que su mirada se cruzó con la mía por un instante, el tiempo que tardé en arrojarme contra la pared en un intento fallido de desaparecer tras aquel muro. Dejé de respirar a la espera de oír sus alaridos pidiendo auxilio y castigo para mi pobre y aturdida persona. El aire volvió a mis pulmones y sólo percibí el sonido del agua que caía del trapo con el que frotaba su piel con deleite aquella descarada. Digo descarada, sí, porque intuí que no me iba a delatar aun sabiendo con certeza que yo había visto su piel impúdica y provocadora. Era extraña esa belleza lechosa y delicada, tan distinta de nuestra piel de ébano, delatadora en la noche solo bajo el resplandor de la luna.

            El miedo y el goce lucharon en mi mente y en mi cuerpo ante aquel juego silencioso. Cuando dio por terminada su exhibición, se levantó y miró en dirección a mi escondrijo, retadora. Se compuso su pelo y sus ropas, y desapareció.

            La misma escena se repitió casi a diario… Y yo, apenas lograba conciliar el sueño una vez terminada su visita; cuando no asomaba por el establo, tampoco. Por el día arrastraba mis pies de puro cansancio y el amo me mandó mirar por el matasanos, no fuera a enfermar uno de sus mejores negros. «Todo está bien» —le comunicó el doctor—; «Lo que ocurre es que éstos se hacen vagos e indolentes con el tiempo y no conviene tratarlos con excesivo miramiento».

            Aquella noche el ama no apareció y yo tuve una pesadilla: el amo nos encontraba revolcándonos en el establo y se ayudaba de sus perros de presa para ejecutar su venganza. No quedaba de nosotros ni un jirón de piel ni un hueso pegado al otro… Me desperté sudoroso y agitado con un solo pensamiento; no pasaría ni una noche más en aquella plantación. Huiría agazapado entre las algodoneras y caminaría río abajo. Si tenía suerte, encontraría algún grupo de abolicionistas que solían aventurarse por estas tierras y sería, por fin, un hombre libre; si no, yo mismo elegiría la manera de morir adentrándome en esas aguas turbias y cálidas hasta que mis pies dejaran de sentir el fondo que, más tarde, acogería mi cuerpo inerte y ya libre de grilletes y humillaciones.

            Y aquí estoy: recorriendo distancias sin fatiga, visitando ciudades y poblados; acercándome a la orilla para acariciar manos de mujeres que lavan la ropa y piernas de niños que chapotean bulliciosos. Pero solo temporalmente, porque la corriente me arrastra hacia el océano inmenso donde habitaré, incoloro, hasta llegar a la tierra de donde fueron arrebatados los nuestros. Libre.

 

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