Coger la vida al vuelo

altCaminando a tientas por esa casa llena de espejos, rebosante de cajones cerrados (en cada uno hay una cosa inútil, anillos y chales de la señora Ramsay tal vez, entre corales y amatistas), una plétora de visillos y cortinas, una ráfaga de viento en la ventana (allí solía sentarse, la espalda muy erguida), y afuera el jardín, deformado, arruinado como una ciudad tomada,

 

 

 

 

Texto: Aida Míguez Ilustración: Evelio Gomez

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Caminando a tientas por esa casa llena de espejos, rebosante de cajones cerrados (en cada uno hay una cosa inútil, anillos y chales de la señora Ramsay tal vez, entre corales y amatistas), una plétora de visillos y cortinas, una ráfaga de viento en la ventana (allí solía sentarse, la espalda muy erguida), y afuera el jardín, deformado, arruinado como una ciudad tomada, derrotado, porque ésa es la labor de la naturaleza, destrozar, consumir, devastar, para luego, como por milagro, deslumbrarnos con una incomprensible y obstinada explosión de crecimiento, hasta que llega el momento en que nadie se atreve ya a negar el hecho de que los cardos rompen contumaces los azulejos de la cocina y los tordos anidan sobre las lámparas. Es aquí cuando «la señora McNab, rasgando el velo del silencio con las manos que habían permanecido en la tina de la ropa, triturándolo con las botas que habían aplastado los guijarros, llegó tal como se le había indicado, para abrir todas las ventanas y limpiar el polvo en los dormitorios».

 

Pero la señora McNab es demasiado poca cosa. Nada puede hacer contra «aquellos aires vagabundos», ningún arma puede esgrimir (azotando alfombras, frotando suelos, mirando de soslayo) contra ese «diluvio de oscuridad». A la primavera y su manto de silencio (porque Prue murió en la plenitud de su belleza), siguen las breves noches del verano, y entonces, «en medio de aquel silencio, aquella indiferencia, aquella integridad, se oía el ruido sordo de algo que caía» (Andrew murió instantáneamente cuando el obús hizo explosión). Quizá Andrew hubiese sido un gran matemático; quizás Prue hubiese hecho renacer la imagen sagrada, madre junto a hijo, enlazados, sosteniéndose. Pero no, no es posible, ya nunca lo será. (Lily Briscoe supo que Minta comía un sándwich en mitad de la noche, mientras Paul jugaba al ajedrez en algún café de Londres.) No, señora Ramsay, piensa Lily con alivio, aquello es anticuado, ya no vale, las frases de la anciana Beckwith (todo es muy bonito, muy agradable, debéis ser muy felices), están huecas y descoloridas, pues Paul tiene una amante y ahora los dos son buenos amigos.

 

Y, sin embargo, todavía queda el espacio vacío en la escalera, donde la señora Ramsay solía sentarse, James a sus pies, para gobernar el navío errante con manos firmes, a salvo de las dudas, consintiendo que su belleza, desparramada por suelos y salones, cortase la respiración de quienes la contemplaban (tejiendo la media marrón, portando la cesta en sus brazos, para los pobres, para las mujeres que mueren de cáncer en el pueblo). Ahora Lily ve claramente ese espacio vacío; todo el problema reside en él («tenía que apresar algo que se le escapaba»). Hay un seto, una madre con su hijo, luces aquí y sombras allá, y en mitad del lienzo, ese enorme vacío, el enemigo terrible que la ha perseguido infatigable durante los diez últimos años. ¿Podrá empuñar de nuevo los pinceles y acorralarle, podrá tenderle una emboscada, enfrentarse a él definitivamente (ella, la diminuta Lily Briscoe, soltera a sus cuarenta y cuatro años)? ¿Y todo esto mientras el poeta resopla en la hierba (porque el viejo Carmichael se estaba haciendo famoso) y el señor Ramsay recita en voz alta (sus hijos bajan la vista) Perecemos, absolutamente solos, mientras el bote navega rumbo al faro?

 

La señora Ramsay murió de repente, con ella el sublime grupo de figuras, la madre junto al hijo, descansando, sosteniéndose, que ya no volvería a repetirse (Lily suspira). Pero eso no bastaba. El señor Ramsay arrastra todavía sus magníficas botas de cuero por el estudio, arriba y abajo, y después por el jardín, recitando versos, aullando al cielo, pidiendo compasión. Lily no puede darle nada, no puede pintar. La presencia del señor Ramsay, recitando y paseando, con la carga del conocimiento a sus espaldas, agita de nuevo el cuenco y entre las frases una asoma la cabeza: «¿Acaso no se estropeaban las cosas por el hecho de decirlas?»

 

Pero ¿por qué pintar, al fin y al cabo? ¿Cómo pintar no sólo en la mente, cuando el problema del vacío parece resolverse con facilidad asombrosa, sino ahora, sin escape, frente a frente con el «blanco e intransigente» lienzo? ¿Con qué tipo de fuerzas empuñar el pincel y medirse con el terrible enemigo, el vacío en el centro? ¿Acaso era necesario medirse? ¿No es más fácil conversar entre la gente (ahí está el señor Carmichael, tumbado en el césped)? ¿Por qué no rendirse, por qué no dar la espalda a esa tarea agotadora que es sostener desafiante la mirada al centro vacío? ¿Por qué siempre «exponerse sin protección al azote de todas las dudas»? Pero no, (Lily lo sabe) «no se le puede decir nada a nadie» («sobre la vida, sobre la muerte, sobre la señora Ramsay»); (Virginia Woolf lo sabe) «de la confrontación se sale siempre derrotado». No obstante, Lily Briscoe moja finalmente el pincel al compás «de algún ritmo que recibía al dictado de las cosas que veía…», «y al mismo tiempo perdía la conciencia de las cosas exteriores, así como de su nombre, su personalidad y su aspecto». Sí, la lejanía del yo, pensamos, el olvido de sí, el arte. «Aquí la vida permanece detenida».

 

El cuadro podría acabar en el ático, o enrollado quizá bajo el sofá, pero eso no tenía ninguna importancia. Porque no es el cuadro, no es este cuadro (ni este poema, ni esta novela, ni este ensayo) lo que cuenta. Es el intento, es el propósito, la búsqueda, son los instantes de «visión momentánea», el fulgor de las cerillas rasgando la oscuridad; es la divinidad (que de ordinario está enfadada) cuando concede un instante de tregua en los interminables esfuerzos y el acróbata da un salto imposible. Entonces decimos –alegres, exhaustos, con lágrimas corriendo por las mejillas– ésta ha sido mi visión (el significado de la vida), ésta fue mi parte en la belleza (toman forma los vanos arabescos). Después de mil ataques y mil dudas («Atrápala y vuelve a empezar; atrápala y vuelve a empezar»), Lily Briscoe «trazó una línea allí, en el centro».

 

Al faro (¿quién podría definirla?) termina así, con un desembarco en una isla en la que se alza un faro, un anciano que extiende los brazos para abarcar su muerte, un instante de luz frente a un lienzo en el jardín abandonado de los Ramsay.

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