Amor sin pasión

altNo cabe duda al respecto: Highbury es un lugar estrecho. Uno no puede dejar de pasar por la tienda de los Ford cuando necesita unos guantes o cualquier otra cosa (tienen de todo) y, por lo mismo, uno no puede dejar de encontrarse con la señora Weston que viene paseando desde Randalls

 

 

 

Texto: Aida Miguez Ilustracuón: Evelio Gomezalt
No cabe duda al respecto: Highbury es un lugar estrecho. Uno no puede dejar de pasar por la tienda de los Ford cuando necesita unos guantes o cualquier otra cosa (tienen de todo) y, por lo mismo, uno no puede dejar de encontrarse con la señora Weston que viene paseando desde Randalls (aunque esto sea una delicia), ni ahorrarse una visita (no más de quince minutos) a la pobre señorita Bates y su vieja madre. Pero la estrechez de Highbury no delata sino la estrechez del mundo, no demuestra sino que hay cosas de las que uno no se puede librar sin más: ahí llega la señora Elton diciendo algo sobre encajes y satén blanco, y ahí el momento en que alguien reclama su derecho a que una u otra joven se siente al piano y demuestre cantando que no le falta educación. No, es inútil decir que uno puede sencillamente hacer oídos sordos a todas esas peticiones; es ingenuo aparentar que uno puede permitirse volver el rostro y mirar hacia otra parte. Y sin embargo, no todo está acabado, una posibilidad queda, sólo que a ésta, por principio, y por más que sea deseable para todos, sólo unos pocos consiguen atraparla. Quizá sea cierto que el mundo es una comedia para los que piensan; quizá por eso en la novela de Austen una risa subterránea o voladora tintinea ahora aquí, ahora allá.
Emma Woodhouse es lo suficientemente lista como para aborrecer a la señora Elton, pero contestarle con absoluta deferencia. Lo suficientemente alegre como para reírse con Frank Churchill, pero sin llegar a enamorarse. Lo bastante cuerda como para ironizar sobre las manías de su padre, pero sin dejar de tenerle cariño. Pero eso que Jane Austen no nos dice directamente sobre Emma, y que es justo el rasgo que la distingue de los demás habitantes de Highbury, lo vierte en dosis concentrada sobre esa especie de sombra brillante que cada día visita Hartfield, lacónico, serio, crítico, solitario, extravagante, independiente: el señor Knightley discute con Emma, desafía sus capacidades y descubre sus defectos para, finalmente, confesarle que está enamorado. Él representa quizá la capacidad de estar en Highbury sin perder la integridad, lo cual quiere decir aquí el saber estar en el mundo conservando sin embargo la entereza, la distancia, la calma. El señor Knightley dice hablar muy poco debido a su escrupuloso deseo de atenerse a la «verdad», y ésta, así lo expone la narradora de Emma, «rara vez, muy rara vez llega a pertenecer a ninguna declaración humana; rara vez puede pasar que no se enmascare un poco, o que no se distorsione un poco».
Pero es Emma la que interesa. Es a ella a quien vemos pensar, reír, discriminar emociones, decir, desdecirse. La actitud del señor Knightley da en efecto testimonio de que es posible habitar el mundo conservando cierta indiferencia, es decir, cierta libertad; que uno puede vivir en un recinto solitario que sea a la vez un auténtico centro de actividad. El amor sin pasión de Emma y el señor Knightley demuestra que el milagro acontece, que es posible caminar por las estrechas calles de Highbury sin necesidad de morir de asfixia; que uno puede hablar con la abominable señora Elton sin convertirse en otra señora Elton.
En la boda de Emma no hay encajes ni satén, sólo una unión feliz y completa: aquí la fantasía y la alegre inteligencia; ahí la serena pretensión de plegarse a la verdad. Parece como si la boda, esa unión de los opuestos, fuese ya en sí misma un nacimiento, el nacimiento de esa mente andrógina que, sólo ella –así nos dice V. Woolf recordando a Coleridge–, es «creadora por naturaleza, incandescente e indivisa». Y si una de las Brontë se queja de la insensibilidad de Jane Austen, eso es para nosotros prueba fehaciente de que, en efecto, la ironía libera sin recluir, separa sin aislar, juzga, observa y tranquiliza sentimientos sin borrarlos del todo, pues –y esto es decisivo– en cólera nadie ha escrito nunca una buena novela. Y puede que escribir una buena novela no esconda tras de sí más que la opción por vivir, a pesar de todos los matrimonios Elton y de la estrechez de Highbury, a descubierto ante la presencia escurridiza de la pura realidad.
 

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