La tragedia de Petra von Kant

altPetra von Kant amanece entre sábanas blancas. Marlene descubre para ella los rayos del día. Petra se queja –la luz es demasiado fuerte. Marlene, que viste de negro, la mira, baja los ojos y guarda silencio. En el interior del estudio de Bremen, durante esa extraña mañana que empieza con música y un baile, no sólo vemos los gestos seguros, extravagantes, soberbios de Petra von Kant,

 

Texto: Aida Míguez  Ilustración: Evelio Gomez

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Petra von Kant amanece entre sábanas blancas. Marlene descubre para ella los rayos del día. Petra se queja –la luz es demasiado fuerte. Marlene, que viste de negro, la mira, baja los ojos y guarda silencio. En el interior del estudio de Bremen, durante esa extraña mañana que empieza con música y un baile, no sólo vemos los gestos seguros, extravagantes, soberbios de Petra von Kant, también vislumbramos algo del oscuro fondo de su éxito: «la experiencia, Sidonie, hay que reunirla una misma». Una misma.

 

Con condescendencia desprecia Petra las estrategias de poder sumergido que su amiga considera su particular triunfo en el campo de batalla del amor. Ella, en cambio, confiesa haber querido vivir no ya un amor, sino un bello amor; quiso arriesgarse, estar despierta, pero precisamente por eso, precisamente por atreverse a rechazar esa ficción tan femenina a la que se aferra Sidonie («trucos, son trucos»), su matrimonio se ha acabado; ella misma le ha puesto fin. Y sin embargo, en ese espléndido despliegue de seguridad –Petra se adorna y se maquilla como si de una escena de armas se tratase, como en esa toilette de la diosa que va a engañar a Zeus– indudablemente se advierten sombras, y pronto vemos cómo Petra se desdice: Karin aparece, lista, bella, sin recursos, y la seduce dejando creer a la vez que no otra sino Petra es quien seduce. La joven desconocida extrae así la carta que desplomará el castillo. 

 

Es común interpretar Las amargas lágrimas de Petra von Kant según ciertas fórmulas que han quedado adheridas al nombre de Rainer Werner Fassbinder. El amor… otra forma más de explotación capitalista, de dominio y de fuerza; ¿por qué sorprendernos entonces cuando los que no tienen nada, ni dinero ni posición ni reconocimiento, utilizan las armas que les quedan, es decir, comercian de algún modo, y para sobrevivir, con su debilidad? Karin lo hace; coge al vuelo esa oportunidad que le ofrece la vulnerabilidad de una Petra poderosa, sí, pero completamente enamorada.

 

Como ocurre siempre, esta interpretación no lo agota todo. Hay todavía algo, algo más simple, algo que estas lecturas no siempre contemplan, y eso es, quizá, una especie de parábola como la que dibuja un proyectil precipitándose y chocando contra el suelo, algo como cuando explota una pompa de jabón: la afirmación se desfigura en lo informe, se hace añicos la dulce ingravidez. En otras palabras: no es Petra, seductora seducida, quien esa noche sale victoriosa. Karin ha actuado como buena proletaria… Volverá con su marido cuando no necesite a Petra… No negamos que la «intención» de Fassbinder tuviese que ver con esto. Pero ¿qué vemos realmente cuando, durante el día de su cumpleaños, sola, ebria, disfrazada otra vez, Petra se arrastra sobre su alfombra de lana blanca, con las muñecas-maniquís abrazándose al fondo, sola ante el teléfono (desesperada, desesperada)? Entonces Petra von Kant, mujer segura de sí misma, llora, grita, insulta y rechaza desplomada sobre los rizos blancos de su alfombra. Al final la tormenta se calma. Petra, muy serena, le dice a Karin por teléfono que no hace falta que venga, es tarde ya. En la penumbra sólo queda la mirada algo siniestra de Marlen. Pero nos falta todavía preguntar: ¿qué significa exactamente esa parábola?

 

En la poesía griega el dolor posee a veces una fuerza que se expande a contracorriente de cierto principio, digamos, real. Pensemos en Antígona, que, arrastrada por el ímpetu de otro principio en empuja en dirección opuesta, viola las reglas del mundo claro, ordenado, definido de Creonte. También en Las lágrimas hay en cierto modo un principio, un principio que se desmorona por su propio peso. En efecto: Petra destruye su mundo, se queda sin nada. Cuando Marlene se va todo termina; todo comienza. Fassbinderiano es sin duda este final que quiere ser inicio, esta imperiosa necesidad de empezar cuando y sólo cuando todo ha sido destruido. Fassbinderiana es la exigencia de acabar con todo para empezar por fin.

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