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Ilustra Evelio Gómez.

Loreto Salgado miró con cierto recelo al siamés que, tumbado en un sillón de rayas verticales blancas y verdes, parecía expectante y curioso ante la aparición de aquellos dos intrusos.

– El gato va en el lote –dijo el abogado al entrar en la salita-. Se llama Blas.

La mujer miró con cierto recelo al siamés que, tumbado en un sillón de rayas verticales blancas y verdes, parecía expectante y curioso ante la aparición de aquellos dos intrusos.

– Pero se puede escapar esta noche –prosiguió el letrado, mirándola.

– Yo siempre he sido más de perros –dijo ella.

Loreto Salgado llegó a media mañana al pueblecito costero en el que su padre había pasado media vida, después de abandonarlo todo, incluida su familia, para ser escritor. Fue una llegada turbia, sin sentimientos aparentes. Iba dispuesta a cubrir las deudas que hubiera podido dejar el difunto, con las sobras de una vida más que suficiente, la suya. Pero su padre no debía nada a nadie. Era, incluso, propietario de una vivienda humilde desde cuyos balcones se podía ver aquella playa que se extendía sin fin por el último Mediterráneo. Y, por el mobiliario, se podía entrever una vida austera pero digna.

Le costó identificar aquellas estancias ordenadas y entrañables con el hombre alocado del que le habían hablado desde niña. Sonó el móvil y dirigió un gesto de disculpa al abogado. Era su marido que, desde el Club de Campo, “una comida de negocios, cariño, con una gente del Banco de Santander”, le preguntaba por el viaje y la herencia del bohemio de la familia, “con todo respeto, mi amor, que sé que es tu padre, pero ya te han contado cómo era”.

Tras la conversación, paseó la pequeña sala y en una mesa, al lado de una lamparita con la pantalla azul, se reconoció en una fotografía adolescente, enmarcada en plata, junto al estanque de El Retiro. Tras preguntarse cómo habría llegado hasta allí aquella instantánea, siguió su recorrido. De las paredes colgaban tres láminas, “Muchacha en verde” y “La convalescente”, de Tamara de Lempicka, y “Sobre la ciudad”, de Marc Chagall. En un cartel viejo, sobre un escritorio de madera, el grito “Llibertat” y una bandera rojinegra con las siglas F.A.I., daban el fondo a un campesino que blandía una hoz.

Demasiados huecos en las paredes y en las estanterías, pensó, y se volvió hacia el hombre.

– Fue como si preparara la casa para usted –contestó el abogado, antes de que ella preguntara nada-. Sabía que le quedaban pocos días y la vació, según dijo, de lo que no importaba. “Dígale que la quise y que fui lo que queda”, fueron sus palabras tras firmar el testamento en esta misma mesa. Desde hace un par de meses no salía a la calle.

– ¿Puedo pasar la noche aquí? –preguntó ella.

– La casa es suya –dijo él-, puede hacer lo que quiera. Mañana, después del entierro, si le parece bien, hablamos de los trámites.

El abogado le tendió la mano derecha e hizo un gesto de despedida, pero antes de llegar a la puerta, se volvió.

– Le conocí poco –dijo, como si lo sintiera de verdad-, pero no era de este mundo. Quiero decir del actual. Me dio la impresión de que tenía principios que no podía traicionar. No sé si me entiende… Ser sincero y honesto debían ser de los primeros en su ranking.

Loreto Salgado, haciendo una excepción que le costó demasiado, dijo por primera vez sin medir las palabras, desde no sabía cuánto tiempo atrás, lo que pensaba a aquel desconocido.

– Vivo en un mundo en el que se cambian con frecuencia los principios por una abundancia que debería traer una supuesta felicidad que no llega nunca.

– Si no le gustan, tengo otros, decía Groucho Marx – dijo el abogado con una sonrisa.

– Si no le gustan, tengo otros… –repitió ella con tristeza.

Al quedarse sola se dirigió a la cocina de muebles blancos y azulejos azules, con una ventana que daba a un pequeño y oscuro patio de vecindad. Abrió la nevera y sacó una botella de cerveza. Volvió a la salita, rebuscó entre unos cuantos discos de vinilo, y puso en un viejo tocadiscos el Concierto para dos violines de Bach.

Volvió a mirar al gato, que no apartaba sus ojos de ella, la biblioteca con demasiados huecos recientes, las paredes en las que se notaban ausencias… Dime algo, pensó, porque me quieres decir algo. Miró de nuevo su fotografía adolescente. Un vestido blanco que no recordaba, una sonrisa dirigida a la cámara y el estanque lleno de barcas. Se hubiera atrevido a asegurar que era domingo, pero no quiso detenerse en ella en ese momento porque adivinó dolor. Rebuscó en las estanterías, sacó una edición vieja, de Losada, del Romancero Gitano de Lorca y la acarició pausadamente, con curiosidad, como no acariciaba nada hacía demasiado tiempo, como si las yemas de sus dedos pudieran llegar a cada uno de los poemas que contenía. La noche se puso íntima, como una pequeña plaza, susurró apenas, sin llegar a abrirlo.

Algo, no supo qué, la hizo volverse y desarmar el marco de la fotografía. Entre su imagen adolescente y la parte posterior del marco había un sobre, ya amarillo, dirigido a su padre. No le hizo falta mirar el remite para saber que aquella letra picuda era de la hermana mayor de su madre, su tía Clara, desaparecida y en desgracia desde muchos años atrás, y supo al instante que dentro estaba todo. Dudó un momento, porque era consciente de que la ignorancia de ciertas cosas nos hace más felices, o al menos eso es lo que había practicado ella en durante toda su vida. La habían educado así.

Abrió el sobre, sacó el amarillento papel y se sentó a leerlo en una vieja butaca.

“Hola Ernesto. Sé por Enrique de tu excarcelación y dónde vives. Sólo quiero decirte que me alegro de tu libertad y despedirme. Me voy. Sé que todo esto se cae, pero aunque no soy de los míos, tampoco soy de los tuyos, y creo que este país es y será siempre una mierda, por mucho que cambien las cosas. Como regalo de despedida, te envío una fotografía de Loreto Salgado que le hice hace un par de semanas en El Retiro. Tiene quince años maravillosos. Quiérela sin más, porque te han cerrado el camino hacia ella y abrirlo por la fuerza le causará dolor. Y sé feliz, aunque soy consciente de que no sabrás. Un beso. Clara Aldecoa. Quince de septiembre de mil novecientos setenta y cinco”

Introdujo la carta en el sobre y la volvió a dejar donde estaba. Y tuvo el presentimiento de que la vida es sólo lo que se va quedando dentro, cerca del alma, aunque duela, y la sensación de que la de su padre, ese desconocido, había estado siempre llena. De ideas que nunca fueron y de ausencias.

Loreto Salgado, en ese momento, mientras miraba los ojos azules del gato, que, curioso, se había acercado a oler su mano derecha, se dio cuenta de que haciendo bien las sumas, sin engañarse, todo lo que tenía era nada.

Una vida tan perfecta como vacía, nadando en un exceso que no conseguía llegar al corazón. Un marido triunfador y demasiado alegre y satisfecho para llevar más de quince años sin hacer el amor en el lecho conyugal, dos hijas de las que desconocía casi todo, excepto su vida también acomodada de tiendas caras, maridos con éxito y asistentas y vacaciones envidiables en sus casitas con piscina, tan cerquita las dos, en Sotogrande.

Se levantó de la butaca, pasó la vista por la biblioteca semivacía y se detuvo en algunos títulos. Y entendió que ganar era lo mismo que perder y que no existía lo uno sin lo otro o que, quizá, simplemente daba igual. Eligió un título de Luis Cernuda, Donde habita el olvido, abrió una página al azar y comenzó a leer, Cuando la muerte quiera una verdad quitar de entre mis manos, las hallará vacías, como en la adolescencia, ardientes de deseo, tendidas hacia el aire… El gato, a sus pies, la miraba fijamente.

No sin cierta precaución, le cogió con las dos manos y lo colocó en su regazo. Él se dejó hacer y, una vez encima, se acomodó en una especie de rosca imposible y cerró los ojos. Y Loreto Salgado supo que, por primera vez en la vida, estaba en su casa.

Para Ojos de ola, como todo

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