Abismo fue esa cima

En ningún caso podrá Aglaya ser una mujer más bella que Natasia Filíppovna, pues la belleza es el zumo que supura de una herida por la que ella jamás habrá sufrido. Siempre un sucio Lebédev andará rondando la pura presencia del príncipe Mishkin, por más que nunca lograrán artimañas y traiciones manchar la más diminuta molécula de un corazón de tal cristal.

 

 

 

Texto: Aida Miguez Ilustración Evelio Gómez

 

En ningún caso podrá Aglaya ser una mujer más bella que Natasia Filíppovna, pues la belleza es el zumo que supura de una herida por la que ella jamás habrá sufrido. Siempre un sucio Lebédev andará rondando la pura presencia del príncipe Mishkin, por más que nunca lograrán artimañas y traiciones manchar la más diminuta molécula de un corazón de tal cristal. Nunca un hombre como Gania logrará rozar siquiera las puntas de los pies del indómito cuerpo de esa virgen hosca pero hermosa que es Aglaya, sino que habrá de contentarse con manosear a ciegas la piel mil veces vista de una mujer tan vulgar y corriente como su propia hermana Varia, que muerto el antiguo orgullo y embarrados ya los bajos de la falda, por usura y alcahueta, poco tiene que perder haciendo suyas las vanas pretensiones de un hermano al que no sabemos si ama más que odia.

 

Digamos que sí, un hilo de nada aparta la luz de las tinieblas, la vigilia del soñar. Un verano basta para que la distancia que nutre un saber que no es erudito («ni pizca», dijo el príncipe cuando Aglaya preguntó por su cultura), sino profundo, inocente pensamiento (sin quererlo ha visto el príncipe tortura indecible y sufrimiento en la belleza deslumbrante de Natasia), un verano solo, digo, es suficiente para cambiar de un golpe esa clarísima apertura en la muda y sorda indiferencia de un enfermo, de un idiota. Es una cuerda floja, pensamos, la visión, y amenazar con girarse en un instante en la demencia; es el precipicio de la lucidez, nos decimos, hundir de pronto el rostro en la noche y en las sombras. Porque nadie negará que esas grietas de claridad inhumana le ponen a uno contra una pared, ante un abismo, una frontera. ¿O no ha preguntado Ippolit, los ojos clavados ora en el halo que flota sobre la cabeza del príncipe ora en su propio cuerpo rendido ante la fatalidad, no ha preguntado ese insignificante joven tísico si no han saltado ellos también, alguna vez, desde lo más alto de una torre? ¿No confiesa ahora este enfermo, este desgraciado que en su vida no ha hecho otra cosa más que arrojarse mil veces desde lo alto de mil torres, solo, desde lo alto, pues las torres no tenía puertas, ni escaleras, ni ventanas, y de no caer, ay sí, de no caer, los buitres y las otras alimañas rondarían su tísico cuerpo un día tras otro, allá en el cielo, empujándole a morir, echándole a patadas, y seguían allí volando, ahora, día a día, como si murmurasen ensalmos de muerte con cada batir de alas, más allá de su cabeza, y qué era entonces sino lo más bello de todo morir con valentía, de una sola vez, arrojándose de cabeza al viento y al aire, que aún no son de nadie, que son suyos, desde lo más alto de esa torre? Por amor, por un extraño amor morboso a las sucias alimañas que le rondan, o solo por apego, o por ese odio que su enfermedad ha exorbitado hasta el más completo absurdo (matará a alguien, a cualquiera), Ippolit deposita los últimos espasmos de la vida que le queda en las fauces de la bestia que tanto detesta, pues probablemente crea que alguien como él no merece eso tan noble que es caer de las alturas.

 

La confesión de Ippolit perdurará, o perdurará tanto como El idiota perdure, y con ella esa cosa innombrable y verdadera de la que tanto se mofan Gania y los otros. Porque cuando Ippolit decidió confesarse en voz alta ante el indigno auditorio (supremo acto de venganza) casi fue como si echase su carne muerta a los pies de la alimaña, por más que lo quisiera él o no, lo esperase él o no, alguien había entre la muchedumbre, un hombre, y no pudo dejar de conmoverse, y se grabaron en la mente las palabras que aproximan al intelectual lleno de indeterminado odio al filósofo idiota, lleno de indeterminado amor. No es algo de aquí (el mundo) lo que por un momento une a Ippolit con el príncipe Mishkin. Quien solamente conoce el aquí del mundo no podrá comprender nunca a qué se refería el escritor enloquecido con eso de un festín y un coro, ni entenderá por qué esa envidia insuperable al ver pasar al mosquito surcando tranquilo el rayo de luz. Es necesario haber estado al menos una vez fuera del mundo (el coro, la fiesta) para comprenderlo; se necesita haber sido herido por algo enorme, la muerte prematura o la idiotez, en los valles solitarios de Suiza o en un antro cualquiera de Petersburgo, pero es necesario sangrar la herida y sufrir el golpe para entenderlo. Y cuando el príncipe es conducido desde Rusia a las montañas para nunca más volver no podemos evitar decirnos asombrados… qué precio tan alto (la compasión, la comprensión); qué horror más profundo (la claridad, la lucidez); cómo puede ser tan bello el dolor en el rostro de Natasia, que huyendo de sí misma se fundió con la virgen degollada de sus sueños.

 

Es triste que Ippolit muera en medio de tanta agitación inútil, que Aglaya empiece a vivir una vida llena de errores, que Rusia escupa de vuelta al príncipe en renovado estado de incurable idiotez. Pero no es solo tristeza, sino algo muy violento, algo exacerbado e incomprensible lo que se agita y se desborda en esta historia rusa. Los ojos de Rogochin centellean ocultos entre multitudes agolpadas en una estación de tren; o arden en la macabra oscuridad de una alcoba que no está iluminada, que no se puede iluminar. Flaquean las piernas del príncipe y no responden de puro vértigo. El padre de Kolia vomita sus recuerdos inventados, delirando para siempre deshonrado, destrozado. Luego el corazón de alguien galopó en el pecho y quiso pararse; un rostro palidecía de susto o de fatiga; mejillas se ruborizan sin remedio por amor o por torpeza; la vista se les hace siempre un mar de bruma y confusión, y una y otra vez dejan de oír sus oídos, de ver sus ojos, de latir su corazón. Así son los hombres y las mujeres de Dostoyevski, llamas que se devoran las unas a las otras, consumiéndose a sí mismas en un caos incongruente, temblando sin reposo, estremecidas, enfebrecidas, locas, sedientas, tensas como la cuerda en el arco, en el arpa, siempre al borde del ataque de nervios que suelte la quilla hacia el océano infinito, en ese breve instante cuando la luz se toca con la oscuridad, el todo con la nada, la vigilia con el sueño, y esa enorme abstracción que se abre paso a hachazos a través de los bosques cerebrales de la cabeza del idiota.

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