Vivir con fiebre

 

altNo es difícil descubrir esa patología, esa extraña hipertensión responsable de que nos reconciliemos con los que nos rodean sólo cuando sufren y padecen en un número mayor de individuos de los que de entrada nos atreveríamos a imaginar. No hace falta ver derramamientos de sangre, unas cuantas maniobras bastan, las astucias por ejemplo para lograr que alguien, por lo general un ser querido,

 

Texto: Aida Míguez Ilustración Evelio Gomez

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No es difícil descubrir esa patología, esa extraña hipertensión responsable de que nos reconciliemos con los que nos rodean sólo cuando sufren y padecen en un número mayor de individuos de los que de entrada nos atreveríamos a imaginar. No hace falta ver derramamientos de sangre, unas cuantas maniobras bastan, las astucias por ejemplo para lograr que alguien, por lo general un ser querido, llore, sufra y desespere, de tal forma que su debilidad desnuda logre que la propia no resulte tan flagrantemente vergonzosa. Algún lector juzgará esta tensión, y quizá no sin razones, como manifiestamente sádica y masoquista.

 

La sed de Etsuko se calma bebiendo de un potente brebaje sedante hecho a base de celos, disciplina y contracciones de amor –o dolor, pues tantas veces son los dos lo mismo–. Cuando en medio del delirio del Festival de Otoño la viuda se aparta de los espectadores para hundirse en el fragor de la fiesta es casi inevitable que la visión de la belleza de la espalda desnuda de Saburo, ese joven campesino en torno al que ahora gravitan sus obsesiones, sea a la vez el deseo de arañar su espalda hasta que la sangre brota de la tersa piel. Inevitable también que la cumbre extática de la fiesta tome la forma de la succión de esa misma sangre ya seca en sus uñas. Más tarde obtendrá un extraño placer acercando su propia mano al fuego; también volverá a yacer, como cada noche desde la muerte de su marido, junto a su suegro, un anciano que obviamente le repugna. Con su ayuda enterrará el bello cuerpo de Saburo, que tanto había deseado.

 

En Sed de amor el viejo tema del deseo cumplido en la muerte se trivializa hasta lo sórdido. Mishima hace de Etsuko el cristal que trasluzca ese impulso tan común en un ser que, sobre todos, carece de orientación firme, de segura delimitación del bien y el mal, del placer y el dolor, de la fealdad y la belleza. La viuda ama a su esposo tanto más intensamente cuanto más éste se pudre en la enfermedad, y posee sensualmente por fin a Saburo cuando le abre la cabeza con la azada. Mediante la brutalidad contenida en la acción de vivir rechazando vivir se rasga el velo de algo que, quizá nada más que por cobardía y pereza, solemos llamar «normalidad», la misma que pretendemos que aturda nuestros sentidos cual dulce narcótico. Pero es difícil cortar y tragarse luego limpiamente ese sucio alimento de todos los días. Un olor nauseabundo se filtra, algo grotesco baila en el doble filo de los gestos con los que nos congraciamos con nuestros semejantes, a quienes empezamos a amar sin temor sólo cuando también podemos hacerles sufrir. La sombra que delimita a Etsuko –la muerte liberadora de su esposo infiel– es preludio y tono de fondo de una historia que, con la suciedad de un viejo lascivo avaricioso, con el aburrimiento de una pareja de inútiles intelectuales, con el aislamiento y el olor a piel quemada, nos concede el privilegio de asistir al espectáculo de cuando el horror emerge a la superficie. El crimen de la viuda con un interior en llamas purifica a todos los que han terminado envilecidos y enfebrecidos por amor. Y quién no actúa a veces con unas décimas de más.

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