Adherencias

He nacido para que me hagan añicos, dice Rhoda, porque sus ojos no pueden evitarlo, con absoluta nitidez ven cómo naufragan uno a uno todos los barcos cuyas velas el viento henchía por momentos, barcos que una vez surcaron el mar como alegres delfines, pétalos balanceándose en la tersa superficie de un quieto mar azul. Aquí está mi barco, ahí el tuyo;

 

 

 

 

Texto: Aida Miguez Ilustración: Evelio Gómez

 

He nacido para que me hagan añicos, dice Rhoda, porque sus ojos no pueden evitarlo, con absoluta nitidez ven cómo naufragan uno a uno todos los barcos cuyas velas el viento henchía por momentos, barcos que una vez surcaron el mar como alegres delfines, pétalos balanceándose en la tersa superficie de un quieto mar azul. Aquí está mi barco, ahí el tuyo; mi barco naufraga, mi barco se hunde; ella lo ve. Desnuda y magullada aparece la vida ante Rhoda, que echa a correr aunque no sabe a dónde ir. El bosque de hayas, la columna en el desierto; lejos, lejos. No hay a dónde ir, dijo Bernard, erguido en la estación, y seguramente no ignoraba que los húmedos ojos de Rhoda se abrían en la noche como flores solitarias; noche tras noche aguantaban con asombro y terror la visión de las naves naufragando en el techo de la habitación, en el suelo, en la pared, en todas partes; su barco, el de Susan, el de Louis, todos. La cama flotaba suspendida.

 

El crecimiento de la ola, su lento y costoso definirse, su abrirse cruel, su quebrarse lastimero y solitario contra las rocas… A veces parece que al mar le complace acoger en su regazo, igual que una madre amorosa, todas las pérdidas que no tendremos tiempo de llorar, todos los hachazos que no podemos permitirnos sentir, todas las contusiones, todas las ruinas, todo menos esa única cosa que tan extrañamente las comprende todas; ésa el mar nos la retorna con cada nueva marea hasta el final de nuestros días. Así Percival, que murió pronto y lejos entre hombres desconocidos, volverá a nosotros una y otra vez. El caballo desbocado (la vida disfrazada, su porte, su potencia) arrojó para siempre esa sombra que como un gorrión en la viga del techo observa por encima de nuestras cabezas, o sonríe desde lo alto de una rama como un gato antojadizo, o vela por nosotros encerrada en la página del libro que leemos, bailando con las letras, muriéndose de risa, quién puede saber. Lo cierto es que algo lloró de pena al pisar la cubierta del bajel estremecido de Rhoda, solía detenerse en el pasillo del metro con Jinny, despacio abría una puerta en el verde prado de Susan, firmaba con Louise un grave documento, amaba con Neville reclinado en un diván y se detenía siempre cuando Bernard, a punto de partir de Waterloo, posaba sus ojos en las largas piernas de una desconocida pensando que tiene que haber una historia.

 

La vida de la ola que –quizá no sin alborozo– se abre el vientre contra un puñal de roca, siempre es la misma. Al principio la negrura siempre retrocede ante la nobleza de la aurora (los niños juntan dos, tres palabras). Bajo la luz de esa estrella joven todo es difuso y delicado («Podríamos haber sido cualquier cosa»). La niebla aún yace perezosa en lo hondo del valle, remolonea tendida en los campos, como un fantasma infunde al paisaje su extraña irrealidad. Pero es inútil. La vieja nodriza ya descubre su pecho para alimentar al animal recién nacido. La luz se hace más fuerte en la ruta del cielo («Ahora hemos elegido»). Es mediodía. El sol deshace crisálidas, rompe cascarones. Contra un azul muy puro los cuerpos se desnudan, las cosas se moldean, adquieren forma y parecen duras, tan duras por cierto que no tarda en llegar el invierno o el verano en que orgullosas, hostiles, levantan su puño clamando: «Mírame, yo prevalezco, yo paso la prueba». Así es como se adhieren a la vida por un momento; así es como luchan, se embisten y se aplastan (Susan oculta a Jinny unas manos que se han hundido demasiadas veces en la tierra; Jinny esconde bajo el mantel unas uñas demasiado rojas). Y sin embargo la luz se desplaza, se inclina en el plano celeste y la tarde cae; los contornos se suavizan y todo se agota, se dispersa, se diluye. Como los guijarros que el mar baña en la orilla las esquinas se redondean, los vértices se ablandan y los rostros se limpian las arrugas adquiridas con un paño universal («Son solo hombres, solo mujeres»). ¿Y acaso no moríamos por eso, por la soberbia inconsciente del principio mofándose de todo como un sol meridional?

 

Neville, Susan, Rhoda, Louis, Bernard, Jinny. «¿Qué habéis hecho de la vida?» Fuisteis luminarias en una noche infinita; notas sueltas entre silencios mortales; añicos, pedazos, destellos («Estamos perdidos en los abismos del tiempo, en la oscuridad»). Nadie dirá que os sobró el tiempo. Corristeis de Londres a Roma sin un minuto libre para ver a vuestros amigos, sin una tregua en el rabioso frenesí, sin un día sin relámpagos y truenos. Algo resplandeciente, algo atronador os sedujo como a niños pequeños, os meció y parecía que volaseis, os abrazó y parecía que os amase, pero un día os abandonó en un rincón a ras de suelo, donde un forcejeo espantoso (la boca se abre) destrozó el complicado tejido que yacía inacabado en vuestras rodillas gastadas, y los pedazos estallaron como las cuentas de un collar lanzado al aire, y la «pulgada de luz» se derramó de vuestra vieja copa usada.

 

En Las olas hay palabras que muerden la delgada superficie del estanque que somos como peces en un río, agitando las aguas y formando ondas, burbujeando, brincando, lanzando mensajes de un mundo que cruje por debajo y casi nunca vemos. Son las pinzas que tensan la membrana para que veamos más, las flechas vueltas en dirección al inmensurable territorio fragmentado en el que vivimos solos, sin estirpe y sin herencia. Como una ráfaga de aire cálido las palabras derriten la costra de hielo con la que nos insensibilizamos cada día para coger el tren que nos lleve de Londres a Roma sanos y salvos, para que paguemos nuestras facturas pase lo que pase y en ningún caso las bolsas de la compra se nos caigan de las manos, haciendo un estropicio a nuestros pies. Sí, a veces un aire furtivo se cuela por alguna rendija insospechada y en cumbres ignotas nuestras nieves se derriten, se forman arroyos cuyo origen jamás conoceremos y la escarcha y todo el hielo se esparcen, se pierden en la hierba alta mientras nosotros, gastados y marchitos, perdemos inevitablemente el tren y soltamos las bolsas, sin tiempo para ver el reguero de cristales y cáscaras que ha quedado a nuestros pies.

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