Sócrates, de soslayo

Autor: Ignacio González Orozco

El histórico Teatre Romea se yergue en la calle Hospital de Barcelona, arteria tendida sobre lo que en otro tiempo fue el tramo de la Vía Augusta que penetraba en el decúmano de la romana Barcino. Así que pocos escenarios de esta parte del Mare Nostrum están ubicados de modo tan adecuado como este para acoger la representación de un drama de asunto clásico —griego en este caso, pero es hablar de la madre del cordero— como Sócrates.Juicio y muerte de un ciudadano, obra original de Mario Gas —a la sazón su director— y Alberto Iglesias, cuyo papel principal encarna un actor inmenso de talla y vis dramática, Josep Maria Pou. Estará en cartel hasta el 23 de abril de 2017.


Josep Maria Pou es alto, corpulento, rebosante de energía y unción. Su porte se aviene con el del joven patricio Aristocles, a quien sus amigos llamaron Platón (el Ancho) por la amplitud de sus espaldas, pero queda menos ajustado a la figura menuda y barrigona con que la iconografía y los propios textos de la época recuerdan a Sócrates (470-399 a.C.), maestro de Platón.

Sócrates era un hombre sencillo del pueblo, hijo de un tallista y una matrona (no es dato baladí, a tenor de sus posteriores enseñanzas). Fungiría parte de su juventud en defender la patria, más tarde tan ingrata con él: luchó contra los persas en las batallas de Potidea, Delio y Anfípolis, y en todas ellas dio ejemplo de esfuerzo y valor. Y pese a su origen humilde, se le supone una formación esmerada en la retórica, el arte dialéctico en que había degenerado la filosofía griega de su tiempo. Sus maestros filosóficos fueron Arquelao (un pensador relativista, para quien solo la ley trazaba una artificiosa divisoria entre lo justo y lo injusto) y Anaxágoras (introductor de la noción de «nous», la inteligencia que rige el cosmos según un orden armónico).

Instaurada la (proto)democracia en Atenas, el protagonismo del elemento civil convirtió la retórica —y su hija, la erística— en instrumento fundamental para la consecución de los intereses individuales y corporativos; la locuacidad se alzó así como un valor social de primer orden. Una técnica y un ingenio puestos al servicio de la persuasión, mas no del esclarecimiento de la verdad. Contra esa situación se alzó la voz de Sócrates, y la lucha dialéctica que entabló habría de suponerle un célebre proceso judicial: fue acusado de utilizar una charlatanería aviesa para negar la existencia de los dioses y pervertir a la juventud con ideas que ponían en entredicho los valores éticos de su ciudad, Atenas. Y todo, simplemente, por preguntar. Por someter a la prueba de calidad del entendimiento todo lo que sus coetáneos aprobaban por simple causa de la herencia o el hábito, que son buenas aliadas de la pereza intelectual (y de la crueldad también).

Una exigencia de rigor intelectual

Harto de la ligereza de las peroratas de los sofistas y decepcionado por el poco encomiable efecto de las mismas, que solo contribuían a la frivolización de la vida pública y la defensa de causas espurias, Sócrates se propuso reverdecer los ideales de verdad y justicia en los que había bebido su juventud. Tal propósito se hace claro y manifiesto al principio de la obra teatral, pero luego queda desdibujado entre las acusaciones de los enemigos del filósofo y la torpe —en el guión— defensa dialéctica que emprende este. La principal carencia estriba en que apenas se atisba el método socrático de prospección racional, la mayéutica, que consiste en una serie de preguntas de número impreciso, con las cuales se cuestionan los conceptos, principios de acción y valores predominantes, a fin de mostrar al interrogado la necesidad de asumirlos con mayores argumentos que el adoctrinamiento, la costumbre o el aval colectivo. De ahí que la presunta habilidad de Sócrates para persuadir o disuadir simplemente respondiera a una severa exigencia de rigor intelectual, siempre en lucha contra un sentido común que de seguro consideraba hijo del prejuicio; una motivación, por tanto, harto diferente del interés material que caracterizaba a los sofistas. Por eso arenga Sócrates a sus paisanos, más que instarles, en los siguientes términos: «[…] solo una gracia tengo que pedirles. Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los atormentéis, como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren las riquezas a la virtud, y que se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos a la vergüenza, si no se aplican a lo que deben aplicarse, y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros».

Siguiendo el hilo de la Apología de Sócrates, original de su discípulo Platón, sabemos que el encausado inició su defensa revirtiendo sobre sus acusadores, cual andanada, la primera de las acusaciones que se le formulaban, esta es, la de charlatán: «vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo». Porque la misión del filósofo no era formar fantoches que clamasen en el ágora, sino inducir a la práctica de la gimnasia de la reflexión, esa capacidad lógica que los seres humanos comparten y mediante la cual pueden alcanzarse conclusiones de validez general. Tal era su concepto de la verdad.

Pariendo ideas

La gimnasia antedicha es el método mayéutico. En griego, «maieutiké» era la técnica de la partera (ocupación que desempeñaba la madre del filósofo, como ha sido dicho). Por tanto, se trata de dar luz a una vida —la de las ideas— que aún no ha salido del seno donde fue concebida. Tal es el principio superior de la mayéutica: el ser humano parte de la ignorancia regida por las impresiones de los sentidos antes de adentrarse en el conocimiento profundo de su naturaleza. Este punto de partida supone la afirmación capital del sabio: «Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era más sabio, porque no creía saber lo que no sabía».

El despliegue dialéctico de la mayéutica se aprecia a la perfección en la Apología, cuyo texto ha servido parcialmente de base para la obra teatral que comentamos. A excepción de los fragmentos que Gas e Iglesias ponen en boca de Jantipa, esposa del protagonista, cuyo personaje encarna una Amparo Pamplona rebosante de aplomo escénico. Jantipa fue tildada de huraña y cruel por las malas lenguas, aunque la pareja de autores le depara un trato mucho más benévolo, incluido un alegato feminista muy anacrónico (este, sí). Sin embargo, no sobra sino enriquece la obra su breve presencia, inesperada para el purista, al aportar un sesgo discursivo femenino y muy realista, tan dispar de las disquisiciones ceñudas —pero no siempre cabales— que están en boca de los varones.

El sentido de la vida

Platón recogió las preocupaciones de su maestro, así la búsqueda infatigable de la verdad como finalidad no ya de la filosofía, sino de la propia vida, de la cual es maestra la anterior («que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad»); el respeto a las leyes de la ciudad como antítesis del caos de las pasiones humanas y la ignorancia del sentido común, que tomó por nulos instrumentos gnoseológicos («Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse»); y la evidencia de que la verdad, como la libertad, ha de conquistarse arrostrando la incomprensión y el odio («este odio, esta envidia del pueblo que hace víctimas a tantos hombres de bien, y que harán perecer en lo sucesivo a muchos más»), puesto que la sabiduría irrita al ignorante, entre cuyos rasgos definitorios figura la irascibilidad hacia todo aquello que cuestiona los prejuicios sobre los cuales cómodamente apuntala sus acciones cotidianas.

Asunto capital de la Apología de Sócrates, su conclusión principal, es que el amor a la sabiduría debe presidir todas las acciones humanas, porque se trata de la más heroica de las actitudes. Y «se engaña mucho al creer que un hombre de valor tome en cuenta los peligros de la vida o de la muerte. Lo único que debe mirar en todos sus procederes es ver si lo que hace es justo o injusto, si es acción de un hombre de bien o de un malvado». Ese amor a la sabiduría, a la verdad inconquistable pero de rastro perceptible en el arduo camino de la mayéutica, sirve como divisa y enseña de una vida buena, siendo el ejemplo su legado mejor. Y ya se sabe a lo que conduce la filosofía (como dijo siglos después el humanista francés Michel de Montaigne, «filosofar es aprender a morir»). De este modo, Sócrates también trastoca los valores en un sentido rigorista: la vida ya no es un bien en sí mismo, mucho menos el valor supremo, una vez arrinconada por la exigencia de dignidad (entendida siempre como deuda de la sabiduría).

Una vida sin ejemplo es, para Sócrates, una existencia insulsa. Más aún, una existencia vil. Hasta el punto de que el ejemplo puede llegar a vindicar la muerte, esa incógnita que apenas distrae la reflexión del filósofo («nadie conoce la muerte, ni sabe si es el mayor de los bienes para el hombre. Sin embargo, se la teme, como si se supiese con certeza que es el mayor de todos los males. ¡Ah! ¿No es una ignorancia vergonzante creer conocer una cosa que no se conoce? […] no sabiendo lo que nos espera más allá de la muerte, digo y sostengo que no lo sé. Lo que sé de cierto es que cometer injusticias y desobedecer al que es mejor y está por cima de nosotros, sea Dios, sea hombre, es lo más criminal y lo más vergonzoso. Por lo mismo yo no temeré ni huiré nunca de males que no conozco y que son quizá verdaderos bienes; pero temeré y huiré siempre de males que sé con certeza que son verdaderos males»). La despreocupación socrática sería versionada un siglo después por otro gran pensador, Epicuro, impertérrito de ánimos porque «cuando yo estoy, la muerte no está, y cuando ella está, yo no», lo cual es una forma perifrástica de admitir la misma y reconfortante ignorancia.

Así pues, la vida virtuosa, encomiable en sus ejemplos, es un fin irrenunciable para el amante de la sabiduría («Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares»). Ningún sacrificio puede enturbiar la satisfacción de la práctica del bien (en la particular visión de Sócrates, bondad, sabiduría y belleza conforman una tríada de necesaria consistencia y feliz identidad), que, como se ha visto, a menudo adquiere visos de guerra, como aquellas en las que Sócrates participó para defender la pervivencia de su ciudad, que es tanto como decir de las leyes de su ciudad.

Mil veces preferible se le antoja la muerte a Sócrates si ese objetivo de excelencia ética no puede culminarse en su dimensión mundana. La existencia es presencia, agencia y pertenencia. La virtud es su propiedad principal y, cuando no puede ejercerse, la vida degenera tanto que hasta la muerte puede compensarla. Esta es otra de las cuestiones que la obra de teatro de Gas e Iglesias soslaya, un error de bulto en el planteamiento literario del espectáculo que desdibuja la profunda trascendencia del mensaje socrático.

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