Extraños en el Elíseo: Macron, el advenedizo que pretende cambiar Francia

Autor: Ignacio González Orozco

El pasado mes de mayo de 2017, Francia concitó la atención de los comentaristas políticos por la celebración de elecciones presidenciales, y más aún por el triunfo en las urnas de un hombre de escasa carrera política, líder de un movimiento improvisado para la ocasión que logró imponerse a los poderosos partidos tradicionales, tanto de derecha como de izquierda.

Sobre el balance político del anterior presidente, François Hollande; los planes del nuevo mandatario, Emmanuel Macron, y las posibles consecuencias de su entrada en el Elíseo, respondió a las preguntas de Revista Rambla el historiador y militante anarcosindicalista Frank Mintz (Montpellier, 1941), miembro de la Secretaría Internacional del sindicato Confédération Nationale des Travailleurs-Solidarité Ouvrière (CNT-SO).

Frank Mintz

Cuestión previa: el gobierno de Hollande prometió en sus inicios reformas de cariz izquierdista, pero acto seguido abandonó a Grecia frente a Alemania, y a continuación fue girando hacia posiciones de derecha, sobre todo desde que Manuel Valls ocupó el cargo de primer ministro. ¿Se puede pensar que el propio Hollande ha causado la debacle electoral socialista?

Creo que la tarea de François Hollande como presidente ha sido comparable a la de François Mitterand: convertir al Partido Socialista —y de carambola, a toda la izquierda francesa— en una piltrafa que únicamente represente los valores del neoliberalismo. La diferencia entre uno y otro políticos está en la rapidez, la eficacia y la prepotencia de Hollande.

¿Se agravaron los problemas sociales en Francia bajo el mandato de Hollande (por ejemplo, el desempleo, el deterioro de la protección social, la violencia social)?

A pesar de las reiteradas promesas de menguar el desempleo, y de manera especial el paro juvenil, durante el mandato de Hollande se registró un aumento ligero en los índices de desocupación. Con respecto a otros aspectos del día a día, la serie de atentados perpetrados por elementos radicales islamistas acarreó una nueva y estricta aplicación de una vieja ley, promulgada en la época de la guerra colonial en Argelia (desde un enfoque real) pero propia de una guerra civil (desde una visión legal, puesto que Argelia era entonces una parte de Francia). Se trata de la hoy llamada «Plan vigie pirate» (literalmente, «Detección de ataques de piratas»), e implica la supresión de los derechos y las garantías jurídicas individuales y colectivos, en aras de la Seguridad Nacional.

Las consecuencias de todo ello han sido la consolidación del protagonismo de los cuerpos policiales (nacional y municipales) y el reforzamiento de sus vínculos operativos con el ejército (tanto dentro del territorio nacional como para colaborar en el espionaje de etnias que estarían en relación con los conflictos internacionales). También se ha dado una fuerte presión del aparato del Estado sobre los jueces y la sociedad, mediante la vigilancia e identificación sistemática de personas, y con las detenciones preventivas de presuntos «subversivos» (amplia categoría que incluye desde los ecologistas a los supuestos libertarios).

En suma, creo que todo lo anterior responde a una modernización de la represión estatal, en conformidad con los modelos vigentes en los Estados Unidos de Donald Trump y la Rusia de Vladimir Putin, en su tiempo alto responsable soviético de seguridad.

La izquierda, como hace casi siempre y por doquier, escenificó una vez más sus catastróficas divisiones en la palestra electoral.

De cara a las elecciones, un dato importante fue el evidente contubernio entre los dos líderes de la izquierda supuestamente antineoliberales (Jean-Luc Mélanchon, del Partido de Izquierda, y Benoît Hamon, del Partido Socialista), los cuales, de haberse presentado juntos a la primera vuelta de las elecciones presidenciales, habrían descalabrado al presidente actual (Macron) y mandado a la cuneta a la candidata del Frente Nacional, Marie Le Pen.

Como uno (Mélanchon) está financiado en parte por el presidente de Rusia, Vladimir Putin (al igual que el Frente Nacional), y el otro (Hamon) hizo todo lo posible para no poner toda la carne en el asador, fingieron un desacuerdo sobre quién era el portavoz auténtico de la izquierda, para que la desunión facilitara la vía abierta a Macron, un personaje de apariencia joven, culta y pulcra, como debe figurar que son los eminentes ejecutivos del sector bancario triunfador y sin escrúpulos.

¿Por qué se dan las estrechas relaciones de Putin con candidatos tan dispares entre sí como Mélanchon y Le Pen?

Creo que, tanto para Mélanchon como para Le Pen, apoyar a Rusia supone una necesidad para menguar la influencia del capital norteamericano en Francia. Por tanto, también es lógico que Putin respalde a ambos dirigentes.

En estas elecciones, otra vez se ha visto a un electorado de izquierda en franca reducción, que dejaba su hueco electoral ocupado por el avance de la extrema derecha. ¿La clase trabajadora francesa ya no cree en la izquierda?

Como se observó con los resultados de estas elecciones, la izquierda —desunida adrede por sus dos líderes— es el primer grupo político en el marco nacional.

Por otro lado, la izquierda francesa todavía está muy amordazada por unos modos de dirección de estilo leninista; o estalinista, para quienes deseen establecer una separación ideológica que nunca existió en la Unión Soviética (hubo, sí, algunos años de mayor intensidad represiva con Stalin, pero Lenin ya reprimió a cuantos habían planteado críticas a su liderazgo).

Afortunadamente, está volviendo a surgir en Francia —entre los estudiantes y jubilados, por ejemplo— una fuerte tendencia de la clase trabajadora en favor de la acción directa y del rechazo a los contubernios entre aparatos sindicales y partidos de izquierda neoliberales (valga el neologismo para este tipo de organizaciones).

¿Cuáles son las promesas populistas de Le Pen que tanto agradan a una parte de la ciudadanía francesa?

Se pueden sintetizar en tres argumentos fáciles de entender, a primera vista:

1) Todas las leyes que impone Bruselas y que se adoptan para armonizar las legislaciones con la Unión Europea provocan más desigualdades en la sociedad francesa, así como una mayor explotación de los trabajadores. Este argumento es casi siempre exacto y la pseudoizquierda se ha mostrado incapaz, por su inherente neoliberalismo, de ofrecer alternativas a las propuestas del clan de Le Pen, integrado por nostálgicos del nazismo, seguidores del Opus Dei, homófobos y antisemitas, entre otros elementos extremistas.

2) Con la propuesta de expulsar a los extranjeros y realizar una limpieza-expulsión de los naturalizados franceses desde hace diez o veinte años, se asegura que podrá acabarse con el desempleo de los franceses y que se promoverá el desarrollo del país. Para justificar esta fórmula se esgrime la consigna «On est chez nous» («Estamos en nuestra casa»). Esta proclama resulta difícil de comprender. Por ejemplo, los cientos de miles de electores del Frente Nacional que son franceses de origen polaco, español, portugués, italiano, etc., y muchas veces con familiares de sus países de origen que vienen a trabajar en Francia, ¿estarán incluidos o no en estas expulsiones? Y los «jarkies» (magrebíes descendientes de los cuerpos policiales nativos de Francia en Argelia), ¿son o no futuros terroristas, susceptibles de ser expulsados del país por su religión y sus costumbres? Por otra parte, de aplicarse estos planes, los sectores laborales con mayor demanda de mano de obra de pura cepa francesa serían la limpieza, la hosteleria, la restauración, la construcción y la prostitución, todos ellos con ínfimas garantías de protección legal y sanitaria. También se hace patente el absurdo en el caso de la multitud de filiales de compañías extranjeras y empresas francesas con personal técnico foráneo.

3) La salida del sistema del euro y el regreso al franco como panacea económica y para incrementar la soberanía nacional. En este caso, el ejemplo del Brexit demuestra la maraña de tropiezos y trampas que se plantearían con la salida del euro, y que evidentemente oculta la propaganda del Frente Nacional.

De otro lado, un aspecto que también esconde el Frente Nacional es su política exterior, que visiblemente seria la misma que se despliega en la actualidad, con la defensa a machamartillo del colonialismo francés en África y el apoyo casi incondicional a las multinacionales de Francia.

Emmanuel Macron, el nuevo presidente, es un viejo conocido de la izquierda francesa, al tratarse del inspirador de la reforma laboral contra la que lucharon los sindicatos en 2016. ¿Habrá un cambio con respecto a la política de Hollande? ¿Será más derechista su orientación, dado que el nuevo primer ministro manifiestamente lo es (Édouard Philippe)?

A todas luces no habrá mejoras sino empeoramiento en el plano laboral, con el visto bueno (entre bastidores) de los sindicatos, incluida la Confederación General del Trabajo (CGT), de inspiración y organización leninistas, como lo hizo con su pseudoposición a la ley sobre la reforma laboral dictada en su momento por el entonces ministro Macron.

Dice Macron que En Marche!, movimiento político que él mismo fundó para presentarse a las elecciones presidenciales, es a la vez de derechas y de izquierdas. ¿Se trata de un movimiento populista? ¿O de un nuevo proyecto tecnocrático que oculta su trasfondo derechista?

El éxito electoral de Macron se explica por el rechazo de la mayor parte de la ciudadanía al Frente Nacional (que, además, está afectado por escándalos financieros), pero también por la fragmentación de sus rivales, tanto de izquierda como de derecha. Era una solución mediocre para los partidarios de la normalidad neoliberal.

¿En qué se diferencia En Marche! de la derecha gaullista tradicional. ¿En la dimensión más nacional de esta o más europeísta de Macron? ¿Es una simple cuestión de etiquetas o realmente se aprecian distinciones programáticas e ideológicas?

Creo que, en estos momentos, esta cuestión es una incógnita total, inclusive y sobre todo en la mente de Macron, quien, como todos los políticos prepotentes, se asienta en acuerdos fluctuantes con grupos tan opacos e indecisos como él.

Macron ha declarado que su intención es preservar el modelo social francés… Pero amenaza con una nueva reforma laboral que va en contra de ese modelo.

Macron, exministro de Industria, entiende que la clave para una recuperación rápida del crecimiento de las empresas, con su consecuencia de creación de empleo, consiste en liberar cualquier freno a la productividad: por ejemplo, la legislación sobre la protección de los operarios, la rígida especialización laboral, los limites horarios y geográficos, etc.

Tal es el nuevo modelo laboral y social francés, con leyes impulsadas por Macron que ya habían incidido en beneficio de los empresarios, y casi sin reacción por parte de las grandes centrales sindicales. La coronación de este auge de las prebendas otorgadas a la patronal francesa fue la ultima ley sobre el trabajo, vigente desde agosto de 2016, que se adoptó tras numerosas demostraciones de oposición de grupos y asociaciones de jóvenes, asalariados, pensionistas, minorías sindicales, etc., que al final recibieron el apoyo —mas efectista que eficaz— de las grandes centrales sindicales, la ya citada CGT y CGT-FO (Fuerza Obrera, socialdemócrata).

Resulta evidente que, con Macron convertido en presidente de la República, la actividad demoledora de la protección laboral va a dispararse… Por supuesto, si la mayoría de los asalariados no se rebela, con o sin ayuda sindical.

Con respecto a las relaciones con la Unión Europea, Macron quiere evitar que Francia sea el adversario ideológico de Alemania, para convertirla en su colaboradora. Es decir, que Francia va a hacer oficialmente lo que ya hacía extraoficialmente: apoyar la deriva derechista y antisocial de la Unión.

También es inherente al nuevo modelo social francés, que está en total contradicción con la tradicion del estado del bienestar, con su amplia protección médica, social y laboral, que se instauró justo después del final de la Segunda Guerra Mundial. Este régimen se justificó entonces desde una visión común de sectores de la derecha y la izquierda, opuestos a la legislación del mariscal Pétain, que privilegiaba una organización verticalista de los asalariados bajo el mando de grupos empresariales y políticos afines a Mussolini y a un catolicismo represivo y oscurantista.

Por último, ¿cabe esperar que la política exterior de Macron sea más belicosa que la de Hollande, en asuntos como la guerra de Siria, por ejemplo?

Creo que sí, porque es una necesidad para proteger los yacimientos de uranio, de litio, etc., que explotan las multinacionales francesas, sobre todo en África. Y forma parte de la alianza de hecho con Estados Unidos, que apoya militarmente a Francia en África.

Sé el primero en comentar

Deja un comentario

Tu dirección de correo no será publicada.


*