Raúl González Tuñón visita a Federico en La Tertulia de Granada

Autor: Josep M. Maya

El bar La Tertulia de Granada no es un local cualquiera. Lo creó el exilado argentino Horacio Rébora en 1980, y ya nació con intención de ser un foco cultural. Actualmente es un mito al alcance de cualquiera que desee subirse al escenario a interpretar música, cantar, actuar, recitar, realizar debates, presentaciones…

Por aquí han pasado poetas consagrados como Rafael Alberti, y otros más jóvenes, como los que redactaron el manifiesto “La otra sentimentalidad”: Juan Carlos Rodríguez, Javier Egea, Álvaro Salvador, Luis García Montero… Cantaores, tanguistas, rockeros, actores y actrices…

Horacio –Tato para los amigos– recuerda en la presentación de la tertulia en la noche del cinco de junio que Imperio Argentina se tomó un güisqui aquí con casi noventa años “lo que demuestra que el güisqui y La Tertulia favorecen la longevidad”. Esta es una noche muy especial, pues de vivir Federico García Lorca cumpliría 119 años, y eso no pasa desapercibido en su tierra.

Por ese motivo se ha organizado un homenaje a la amistad de Federico con el poeta argentino Raúl González Tuñón, aprovechando que su hijo Adolfo se encuentra de visita en la ciudad. He coincido con él y con el joven poeta local Fernando Grieta en la entrada del local y enseguida ha fluido una conversación amena, donde hemos recordado anécdotas curiosas de la azarosa vida del poeta. “Papá vivió el periodo de la Segunda Guerra Mundial en Chile. Su trabajo como periodista le hacía trabajar hasta muy tarde, tecleaba los artículos sin dejar de fumar y bebiendo cantidades ingentes de café. La cosa terminó en una angina de pecho… Por eso habéis visto en internet esa foto suya que está hospitalizado y atendido por el joven cardiólogo Salvador Allende.”

Le comento que soy de la generación que descubrió la poesía de su padre gracias al disco que compartió Paco Ibáñez con el Cuarteto Cedrón a finales de los setenta, la parte de Paco estaba dedicada a Pablo Neruda, y la parte del cuarteto estaba dedicada a su gran amigo argentino Raúl. “Fueron tan amigos que los dos matrimonios vivieron juntos varios años.”

Juan de Loxa

“¡Qué gran tipo es Paco! Hoy he hablado con él… Fíjate si le gusta Argentina que cuando hablamos siempre lo hace imitando los modos platenses”.

Lo reclaman para empezar el acto y nos acomodamos en el local. En la mesa, acompañan a Adolfo, el poeta y activista cultural Juan de Loxa, lúcido y combativo a sus 73 años; y Carlos Andreoli, poeta y cantautor argentino asiduo a La Tertulia y que de muy joven conoció al maestro Raúl.

Juan es vehemente y directo, explica que es la primera vez en muchos años que no celebra el cumpleaños de Federico en su Casa Museo de Fuente Vaqueros –que dirigió veinte años– pero la ocasión lo merece, pues “Esta noche van a revivir Federico y Raúl junto a su amistad y su poesía. A Raúl lo veo como otro componente de la Generación del 27, igual que a Pablo Neruda, los miembros argentino y chileno de la generación. Hay que recordar que además de grandes poetas, eran genios de la amistad y del buen humor. Eran simpatiquísimos y se divertían mucho juntos”.

No para de hojear su vieja edición de Losada de Raúl González Tuñón y leer fragmentos ilustrativos de sus argumentos. (Es muy difícil encontrar la obra de Raúl en España –la edición que tengo de Visor la compré al poeta-editor-librero Batlló en su librería de la calle Verdi de Gràcia –Barcelona– y, pese a estar subvencionada por los fastos de V Centenario, contiene algunas erratas graves–. Aún así, sus seguidores somos una legión fiel, felices de disfrutar una obra tan conmovedora.)

Como ejemplo del profundo sentido del humor de Lorca, Juan lee un fragmento de Retablillo de don Cristóbal, aquel donde describe como ronca cada uno de sus amigos, y que suprimió en la edición española:

“Buenas noches, caballeros. Pues yo digo que Pablo Suero ronca más que yo. ¡Me están fastidiantes! Todos roncan.

Octavio Ramírez ronca como una flauta,

Edmundo Guibourg ronca como un saxofón,

Oliverio Girondo ronca como un piano

y Pablo Suero ronca como un trombón.

Nalé Roxlo ronca como una aguja,

Amado Villar ronca como un bandoneón,

Pablo Neruda ronca como una calavera

y Rojas Paz ronca exáctamente igual que Raúl González Tuñón.

El crítico del Diario

ronca de modo extraordinario

y el crítico del Diario Español

ronca toda la función

y en medio de ella se le cae el bastón y hace pon pon.”

Adolfo Gonzalez

Adolfo recuerda que los cuatro abuelos de su padre eran asturianos y de cómo, en su primer viaje a España en 1935, su ilusión era conocer Asturias, pero coincidió con la represión contra los mineros que dirigió el joven y cruel general Franco, lo que le impidió llegar. Fruto de aquella experiencia escribió La Rosa Blindada.

“Federico pasó mucho tiempo en Buenos Aires, y conoció un éxito arrollador, la gente lo paraba por la calle para pedirle autógrafos.” Allí estrenó numerosas obras de teatro y obtuvo los primeros ingresos económicos importantes por su trabajo, lo que le permitió cierta independencia de la familia.

“Papá tenía unos ojos muy negros que le brillaban de manera especial cuando recordaba a Federico. Siempre lo llamó Federico. También recordaba a Miguelito (Miguel Hernández) y a Don Antonio (Antonio Machado).” En la línea de lo dicho por Juan de Loxa, su padre siempre le explicaba lo impactante de vivir cerca de una persona que, además de buena y divertida, cada cinco minutos decía o hacía una genialidad.

“En 1976, al poco de morir papá, viajé a Madrid con mi mamá, y quiso visitar el café de Correos, donde se reunían antes de la guerra todos los poetas. Encontramos un camarero de la época y mamá le preguntó ‘¿No recordará a mi marido, un poeta argentino…?’ pero el lacónico camarero respondió ‘Sólo recuerdo al señor Federico, que era quien pagaba’.”

También recordó la amistad de su padre con los ladrones bonaerenses, a los que le dedicó algunos poemas: “Eran ‘otros’ ladrones. Vinculado a los ambientes del tango, alguno de ellos tanguistas profesionales. Se saludaban levantando la mano y diciendo ‘Con todo’. Esa costumbre venía de la prisión, cuando el último día de condena los venía a buscar el carcelero y, después de llamarlos por su nombre, levantaba la mano indicando que lo siguiera y le decía “Con todo”, que significaba que recogiera todo lo que tuvieran en la celda, que ya no iba a volver.

“Los ladrones usan gorra gris, bufanda oscura y camiseta a rayas. Algunos llevan una linterna sorda en el bolsillo. Por otra parte, se enamoran de robustas muchachas, coleccionan tarjetas postales y a veces lucen un tatuaje en el brazo izquierdo, una flor, un barco y un nombre: Rosita. Todos los ladrones están enamorados de Rosita y yo también. Los ladrones saben silbar, bajarse de los coches en movimiento y bailar el vals. Aman sobre todo a la madre anciana y cuando ésta se les muere cantan un tango, lloran desconsoladamente y de los objetos dejados por la muerta, a repartirse entre los hermanos, eligen una virgen de plata y el canario.”

A Adolfo también le brillan los ojos hablando de su padre y sus amigos. Y de su tío Enrique, también periodista, poeta, tanguista, bohemio, anarquista… que murió con sólo 42 años, ignorado por la cultura oficial. Los jóvenes lo reivindican por la novela Camas desde un peso y el poemario La calle de los sueños perdidos, recientemente musicado por el cantautor argentino  José Luis Pascual.

Entre emociones y reconocimientos, le llega la hora a Carlos Andreoli que, acompañado de su guitarra, canta emocionado poemas de su maestro y amigo Raúl, que él ha musicado y grabado. También incluye el poema que le dedicó Miguel Hernández:

Carlos Andreoli

    “Raúl, si el cielo azul se constelara
sobre sus cinco cielos de raúles
a la revolución sus cinco azules
como cinco banderas entregara.
Hombres como tú eres pido para
amontonar la muerte de gandules,
cuando tú como el rayo gesticules
y como el rayo al rayo des la cara.
Enarbolado estás como el martillo,
enarbolado truenas y protestas,
enarbolado te alzas a diario
y a los obreros de metal sencillo
invitas a estampar en turbias testas
relámpagos de fuego sanguinario.”

Pero la noche no acaba en La Tertulia, pues entre risas, aplausos y cervezas se reclama a voluntarios que quieran salir a recitar. El joven poeta Fernando Grieta no quiere dejar pasar la oportunidad de rendir un homenaje a un poeta que ha estado buscando por las calles y los mercadillos de Buenos Aires en un viaje del que acaba de regresar:

Fernando Grieta

“La calle del agujero en la media

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad
y la mujer que amo con una boina azul.
Una calle que nadie conoce ni transita.
Yo conozco la música de un barracón de feria,
barquitos en botella y humo en el horizonte.
Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad.

Ni la noche tumbada sobre el ruido del bar
ni los labios sesgados sobre un viejo cantar
ni el affiche gastado del grotesco armazón
telaraña del mundo para mi corazón.
Ni las luces que siempre se van con otros hombres
de rodillas desnudas y de brazo tendidos.
Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños
que acarician de noche a los niños queridos.
Tenía el resplandor de una felicidad
Y veía mi rostro fijado en las vidrieras
Y en un lugar del mundo era un hombre feliz.

¿Conoce usted paisajes pintados en los vidrios
y muñecas de trapo con alegres bonetes
y soldaditos juntos marchando en la mañana
y carros de verdura con colores alegres?
Yo conozco una calle de una ciudad cualquiera
y mi alma tan lejana y tan cerca de mí
y riendo de la muerte y de la suerte y
feliz como una rama de viento de primavera.

El ciego está cantando. Te digo, amo la guerra.
Esto es simple, querida, como el globo de luz
del hotel en que vives. Yo subo la escalera
y la música viene a mi lado, la música.
Los dos somos gitanos de una troupe vagabunda.
Alegres en lo alto de una calle cualquiera,
alegres las campanas con una nueva voz.
Tú crees todavía en la revolución
y por el agujero que coses en la media
sale el sol y se llena todo el cuarto de sol.

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,
una calle que nadie conoce ni transita.
Sólo yo voy por ella con mi dolor desnudo,
sólo con el recuerdo de una mujer querida.
Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto.
Decir: Yo he conocido, es decir: Algo ha muerto.”

Una actriz lorquiana, que empezó a frecuentar La Tertulia siendo una adolescente, propone que cantemos Cumpleaños feliz… Y entre falsetes y notas desafinadas nos vamos despidiendo. “Con todo”: recojo la cámara y meto en la mochila la nostalgia, las ilusiones, los anhelos y el recuerdo feliz de una poesía que me acompañará mientras viva.

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