Noche de sonidos y poesía en el MACBA

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Después de doce meses de preparación, curiosidad y expectación, el dispositivo de música experimental LEM de otoño ya está activado. El barrio barcelonés de Gracia vuelve a convertirse en escenario de todo tipo de conciertos de artistas locales e internacionales, de recitales de poesía e improvisaciones y de la más particular fusión artística; como también lo hace el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) que, un año más, es uno de los principales anfitriones del encuentro musical.

Ha sido precisamente esta entidad la que ha tenido el honor de poner en escena la segunda velada del LEM con la representación de “Afer Wolman”, un pequeño homenaje al ya fallecido artista francés Gil J. Wolman, figura clave del movimiento letrista. Un movimiento que surgió en la década de los cincuenta de la mano del escritor Isidore Isou, que abogaba por una poesía sonora capaz de transmitir a partir de signos y letras, no palabras. Otra manera de entender el arte de la lírica. Otra visión, que Wolman complementó creando lo que el llamó Meganeumia. La poesía del aliento y el sonido puro.

“La teoría de la poesía letrista establece que no habrá música nunca más, que la poesía ha muerto, que la única poesía posible es la que se hace con la voz y el cuerpo”, explicaba Frédéric Acquaviva, compositor de música experimental y uno de los organizadores de “After Wolman”. Por eso, fiel a esta idea, fiel al Letrismo, la cita en el MACBA fue un auténtico concierto de sonidos de todo tipo. Artistas letristas como Gérard-Philippe Broutin o François Poyet desfilaron ante el público para poner ritmo a la noche. Sorprendieron al micrófono convirtiendo un chasquido de dedos, sonoras palmadas, suspiros y gemidos o besos al viento en melodías de lo más curiosas. Pim, plas, clock, arghhh, ummm, plof, muaks. Cadencias de sonidos interpretados  sin más instrumentos que el propio cuerpo.

Chocante para algunos, los menos habituados a la poesía del aliento. Inquietante a momentos, cuando las onomatopeyas se entremezclaban con los pitidos o voces misteriosas que expelían los altavoces. Increíble en según qué performances, como la de Eduard Escoffet, que durante más de diez minutos recitó a velocidad extrema centenares de números sin equivocarse ni una sola vez. Números que se repetían, que transmitían vertiginosidad. Que eran, a su manera, poesía. Como toda la velada en sí. Mezcolanza de sonidos, experimento poético, originalidad en toda su esencia. En definitiva, otra carta bien jugada del LEM.

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Blanca Mendiguren Gomila
Blanca Mendiguren Gomila

Periodista.

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Revista Rambla
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