ANTÒNIA FONT: “VOSTÈ ÉS AQUÍ” (Robot Innocent Companyia Discogràfica, 2012)

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Nunca agradeceremos suficientemente el rol de la formación balear, que cubrió el espacio entre el final del rock catalán y la fértil y variada generación actual. Lo suyo era y es mezclar, barrer las fronteras entre géneros y entonces la fusión era algo inaudito. En la época del “fast food” cultural, de tratados de épica grandilocuente, de carpetas de mp3 apiladas en un infinito escritorio virtual y de apelaciones a la nostalgia en clave dineraria (sean retornos de bandas del pasado o grupos tributo), la poco transitada senda de la artesanía. Después del paso en falso de “Batiscafo katiuskas” (dos hits y poco más)  y del inconsistente “Lamparetes” (inversamente proporcional a su éxito comercial), Antònia Font vuelven a lo grande desde la pequeñez.

 

La genialidad de Joan Miquel Oliver se ha traducido en 40 joyas de entre uno y dos minutos que no dan ni un solo resquicio al tedio o la repetición. Concebida inicialmente como una sola canción (al estilo Manu Chao, que se sirve de la misma melodía para fabricar dos canciones), “Vostè és aquí” es como un rompecabezas esparcido en mil pedazos adorables de metralla o cristal. Es un culto a la miniatura, un mapamundi de puntitos cardinales que instan a perderse y reencontrarse (importa el trayecto, no el rumbo), un ejército de migajas que nutren sin saturar en un parsimonioso rastro de caracol. En este manual de haikús musicales y pastillas de colores, sobresalen “Leyenda negra”, crítica divertida a la colonización de América, “Per què vaig venir?”, con un piano in crescendo, o el villancico “Polaris”, con el que se cierra el festival de sketches.

 

Por el medio, centinelas, bailarinas de ballet, medusas, gorilas vestidos o cíclopes. El riff de “Búnquers de plom a mitjanit”, la percusión a lo Mike Oldfield en el final de “Angelina” o el desquicio vital de “Punyeta món” hacen de este disco una obra maestra que empieza a enganchar a partir de la cuarta escucha y que reclama paciencia.

 

La misma que ha invertido el creador en fabricar sus piezas con lujo de matices. Como único reproche, se echan en falta los robots y la pachanga habitual de sus primeros trabajos, además de una mejor actitud y sonoridad en directo (para no parecer unos artistas de ‘ball d’envelat’ de fiesta mayor). Pero ésta es otra historia. De momento, nosotros estamos aquí, dispuestos a dejarnos enredar en la maraña de líneas ferroviarias de la portada y de quedarnos en cada canción-andana. Aquí las tapas son el banquete. Buen provecho.

Carles Batalla

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