R.E.M: CERRANDO UN CÍRCULO PERFECTO SIN PERDER LA FE

Empecemos por el principio, “Begin the begin”, como proclamaban en 1986. Del modesto EP “Chronic Town” engendrado en su cuchitril de estudiantes al intento de rejuvenecer de “Collapse into now”. De la ironía del tema inédito “Ha! we get paid for it” (la versión primigenia de “What if we give it away”) a la renovación millonaria con Warner a mediados de los 90. Del cuarteto

 

 

 

 

Tx: Carles Batalla

 

Con una breve nota sin aires de epitafio colgada en su web el 21 de septiembre (posteriormente ampliada con declaraciones de cada miembro) REM anunciaba oficialmente su disolución después de 31 años. El trío de Athens coincidía en señalar que era una cuestión del momento adecuado. Ni peleas, ni criterios dispares, ni egos en busca de su universo paralelo de gloria, ni agotamiento, ni parálisis creativa. La despedida estrictamente musical verá la luz el 15 de noviembre, con el recopilatorio “Part lies, Part heart, Part truth, Part garbage, 1982-2011”. 37 temas emblemáticos y tres canciones nuevas (se agradecen teniendo en cuenta su tacañería en el material inédito) grabadas después del último disco: “Hallelujah”, “A month of saturdays” y la explícita “We all back to where we belong”, que se emitirá por la radio y se estará disponible en las plataformas digitales a partir del 18 de octubre. “Nos hemos dado cuenta que estas canciones dibujan una línea natural a través de los 31 años en los que hemos trabajado juntos”, ha indicado Mike Mills al respecto.

 

 

Empecemos por el principio, “Begin the begin”, como proclamaban en 1986. Del modesto EP “Chronic Town” engendrado en su cuchitril de estudiantes al intento de rejuvenecer de “Collapse into now”. De la ironía del tema inédito “Ha! we get paid for it” (la versión primigenia de “What if we give it away”) a la renovación millonaria con Warner a mediados de los 90. Del cuarteto (con Bertis Down en los conciertos la familia era de 5) al trío. Del rock alternativo y oscuro con la poesía críptica de Stipe a himnos generacionales de arraigo comercial. De cola de ratón en la IRS a cabeza de león en Warner Bros. De las melenas y el altavoz en mano, a la cabeza rapada al cero y al antifaz azul pintado. Del sonido sórdido de garaje a lo acústico, del rebrote de decibelios al coqueteo con la electrónica. Del murmurio a las aventuras en Hi-Fi. De rodear el sol, acelerar y estamparse contra el muro de un ahora enjuto. Mejor dejarlo y no ensuciar con baratijas de latón un legado tan reluciente.

 

Todos estos extremos no son contradicciones sino fases, etapas de un proceso artístico en constante depuración. Pero algo común subyace a lo largo de tres décadas, al margen del compromiso social-humanitario y la calidad de las melodías: el anhelo de evolución, fruto de la honradez consigo mismos, que inauguraron con cinco álbumes en una pequeña discográfica.

 

Hubiera sido relativamente sencillo seguir tocando en ambientes íntimos, en fiestas de Athens o en programas locales pero “Document”, con “The one I love” y “It’s the end of the world” por bandera, les empujó hacia la madurez y la credibilidad ajena.

 

De pie y arriba (De “Stand” al “Up”)

Todavía hubiera resultado más fácil relajarse en 1988 tras fichar por una multinacional y entregaron “Green”, la declaración de intenciones antes del discurso, un boceto del edificio que van a erigir. Una extenuante gira precede la joya intemporal, “Out of time”, síntesis del pop-rock con “Losing my religión”, su diamante más neto y valioso pese a la erosión mediática.

 

Huyendo de la autocomplacencia y el aburguesamiento, contraatacan sólo un año después con “Automatic for the people”, que los instala en la cúspide de la escena independiente, aunque algún bobo, superficial o fan manipulable todavía se engañara creyendo que U2 era la banda del momento (¿¿de qué momento??). “Everybody hurts”, “Man on the moon”, “Drive” o “Nightswimming” ocupan estanterías y se abren hueco en la memoria colectiva musical, como la nostalgia futura que uno intuye después de vivir una emoción intensa.

 

Llega 1994 y dos vueltas de tuerca más: la transición hacia el pop-acústico que les había abierto las puertas al mainstream termina de forma brusca con “Monster”. Nunca mejor dicho: un animal salvaje en plena nostalgia visceral que grita y se revuelca: “What’s the frequency, Kenneth?”, con el riff endiablado de Peter Buck.

 

En vez de vivir de la rentas y de su nueva nómina, nos regalan “New adventures in Hi-Fi”, a priori una obra menor improvisada entre ensayos y descansos. ¿La verdad? Otro paso adelante con piezas memorables (“Elecrolite”, “The wake up bomb”, “Leave”, “So fast so numb” o “Departure”).

 

Bill Berry se va en 1997 y la obligada reconversión a terceto vuelve a mudar de piel para ofrecer “Up”, de sutiles texturas electrónicas. El experimento, coetáneo y similar al majestuoso “Pop” de U2, obtuvo tan poco eco en las listas de ventas como una convulsión en sus seguidores. “”Why not smile”, “Falls to climb”, “At my most beautiful” o “You’re in the air”, iluminan el abanico de posibilidades de REM.

 

Es cierto, Reveal (salvable en un 60%) inició el camino de la decadencia confirmado por el infausto “Around the sun”. El paciente muestra signos de recuperación en “Accelerate” y vuelve a casa para firmar el digno epitafio de “Collapse into now”. Con un ejercicio de honestidad mayor, hubieran podido hacer una especie de greatest hits de los últimos tres discos y dejarlo en uno solo. Sin rellenos ni fórmulas propias ya muy diluidas.

 

Pero lo importante, más que el proyectil emitido, es el lanzamiento. El camino, pese a alguna zarza o piedra de por medio. El porcentaje global, la regularidad, la constancia. Y en estas virtudes fueron referentes. Estaba escrito en un tema de 1985, “Maps and legends”: situaron Athens en el mapa musical, marcaron la ruta y ahora ya son leyenda.

 

 

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