Opinión: Los artistas y la dura realidad cultural en el Estado español

Autor: Laia Garriga

Fotografía: Pixabay

No es ningún secreto que el sector cultural carece de importancia en nuestro país, siendo objetivo último de recortes y falto de facilidades para el desarrollo de sus proyectos. Profesionales consolidados y jóvenes promesas se encuentran en una situación insostenible que les obliga a reinventarse constantemente e intentar crear fórmulas mágicas para ser capaces de dedicarse exclusivamente a su profesión. Dentro de un mundo desprovisto de regulaciones respecto a las tarifas, en el que muchas veces se les empuja a trabajar gratis, pocos lo consiguen. Los que a pesar de esto sobreviven, cuentan con escasas oportunidades.

En la era actual, existen muchas plataformas digitales que permiten a los artistas gozar de visibilidad, sin embargo, parece haberse olvidado lo esencial. En referencia al sector musical, cada vez son menos los espacios que apuestan por la música en directo, especialmente aquellas pequeñas salas que antaño sirvieron de trampolín a tantos grupos musicales que hoy en día son emblemáticos y de las cuales muy pocas permanecen abiertas. ¿Qué hubiera sido de todos ellos sin los modestos escenarios donde conquistaron a sus primeros seguidores, aquellos cuyas tablas les convirtieron en las figuras representativas que son hoy? se preguntan con impotencia miles de aspirantes a músico desde sus locales de ensayo.

La producción teatral se constituye en torno a una utopía en la que sus responsables más bien viven del amor al arte que de las tareas que llevan a cabo y es impensable para ellos no tener que compaginarlas con otras funciones que, a menudo, nada tienen que ver con su oficio. Los veteranos se hallan ante unas ganancias insuficientes y los artistas amateur ven lejana la meta  de hacerse un hueco y brillar junto a los grandes, logro que se da en contadas ocasiones.

En 2017, la bajada del IVA cultural del 21 al 10% se presentó como una salvación, una resolución hecha para callar las bocas de todos aquellos que consideraban desorbitado dicho porcentaje. Con este patrón de hipocresía, se pretende hacer más accesible la cultura a un público al que durante años se ha alejado de ella. De nada sirve lamentarse, la trampa se tendió tiempo atrás al no tomar las medidas necesarias para que una situación tan complicada mejorase progresivamente, privando a las futuras generaciones de las horas mínimas de enseñanza cultural durante su aprendizaje, considerando a esa materia poco merecedora de ellas.  ¿El mayor ‘pero’?  Mientras que el precio de los toros desciende, el excesivo importe de la entrada de cine se mantiene, convirtiéndolo en el sector más desfavorecido por la mínima asistencia del espectador a la sala, pese al ligero incremento de las ayudas a la cinematografía.  Esto hace que la cantidad de productoras que consiguen mantenerse en activo disminuya y, a su vez, el número de películas realizadas durante el año desciende a unos niveles vertiginosos.

No es casualidad que en el ámbito televisivo haya tal escasez de programas culturales, donde los artistas de los distintos gremios mencionados (sin olvidar la literatura o la prensa escrita, cuyo estado no es mucho más alentador) puedan exponer sus trabajos, sus inquietudes y, en definitiva, dar a conocer al público unas creaciones destinadas a no dejarles indiferentes, pensadas exclusivamente para su deleite y consumo.

En medio de este conglomerado, los creativos dispuestos a luchar para que estas condiciones mejoren, se hallan ante una situación laboral precaria que sueña con salir a flote en un país en crisis, dentro de un panorama prácticamente inhabitable. La falta de trabajo a menudo hace que, sobre todo los más jóvenes, se vean obligados a tirar la toalla o a probar suerte en el extranjero, donde es más probable que se les abran puertas, pues pese a su perseverancia no les está permitido ser profetas en su tierra.

Lejos de ponernos catastrofistas y encarando el futuro siempre con valentía y optimismo frente a las adversidades, nos planteamos dos posibles posturas. Por una parte, podemos optar por orientar nuestros pasos hacia lejanos y desconocidos lugares donde se nos ofrezca la posibilidad de ser valorados como creadores o bien no rendirnos y emplear todas nuestras fuerzas en abrirnos camino en el complejo entramado político-social en el que nos vemos inmersos en casa. Aunque, hipotéticamente hablando, también podemos andar ambos senderos en paralelo, tanteando las dos opciones. Como dijo Shakespeare “Estamos hechos de la misma materia que los sueños” y si hay algo que caracteriza a todos y cada uno de los artistas es una naturaleza soñadora que nace en nosotros de manera innata.

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