El Goethe-Institut es un oasis de quietud que, a diferencia de sus parientes desérticos, se enfrenta cara a cara con la frenética actividad urbana. Aunque por fuera uno diría que se trata de una escuela, o tal vez un gimnasio, lo cierto es que cuando entra se olvida del ajetreo de la calle, de las luces parpadeantes de los semáforos y el rugir de los motores. Quizás sea la omnipresencia del color blanco la que da esa sensación de tranquilidad, o bien la compañía de un cómodo silencio. Sea como fuere, uno se contagia rápidamente de una indiferencia total respecto lo que ocurre ahí fuera. Ha llegado la tarde de la inauguración, abundan las americanas y conversaciones en alemán que parecen provenir del compromiso. Además, de las paredes blancas cuelgan carteles y panfletos que anuncian actividades de diversa índole y que reflejan una inquietud por la cultura en su sentido más amplio. Y bueno, también hay cerveza.

‘Dialog 2: Status Alterado’ en el Goethe-Institut de Barcelona

En efecto, aunque a priori la actividad principal del centro tiene que ver con la difusión de la cultura y la lengua alemanas, el Goethe-Institut también trabaja para convertirse en una institución de mayor alcance. En este contexto nace Dialog 2: Status Alterado, una exposición que da continuidad a un programa iniciado ya el año pasado, y que precisamente tiene como objetivo establecer puentes entre artistas de diferentes nacionalidades. En ella, pues, uno debería percibir esa voluntad global, una voz que proviene desde todos los rincones del planeta y que, por tanto, es extrapolable a todo el mundo.

Por un lado, pues, está el contenido. Y como ya se ha referido, la exposición germina en torno a la protesta, también en un sentido absoluto. Se critica a un sistema que todo lo ha conquistado, y que, sin embargo, somete a sus súbditos sin que ellos sean conscientes de su subyugación. Hablamos por supuesto del capitalismo y sus derivados, entre ellos la industrialización masiva y una nueva fiebre del oro. Una fiebre por un ente invisible y que inexplicablemente controla todo cuanto nos rodea: el dinero, único motor de este nuestro mundo. Para transmitir ese mensaje se han elegido artistas cuya obra crea cierto impacto por su contenido, claro está, pero en especial por su continente.

Con ese propósito, la exposición empieza con una obra poco convencional, como de hecho lo serán todas las demás. Unas letras rojas han sido cosidas sobre una sábana blanca y en alemán dicen: todo irá bien. El conjunto recuerda a las pancartas de las manifestaciones, en las que suelen figurar lemas reivindicativos. En este caso, no obstante, su contenido parece más bien el eslogan de un partido que lucha por mantenerse en el poder: todo va bien, dice, pero desde luego nada va bien. Y ya se sabe, cuando se trata de manejar a las masas, cualquier recurso vale. He aquí el mensaje del artista.

Llegados a este punto, el formato de la primera obra artística genera ciertas sospechas que se verán confirmadas durante el transcurso de la visita. Es una sospecha que tiene que ver con aspectos técnicos del arte contemporáneo, ese arte que se aleja cada vez más de aquel lienzo que parecía imposible de abandonar. En efecto, a medida que se van dejando atrás las obras expuestas, parece que siempre hay algo de Duchamp, pionero indiscutible de la idea del ready-made. No hay que olvidar que, antes de caer bajo su sombra, las artes plásticas eran o bien pintura o bien escultura. Uno podía ser lo creativo que quisiera, pero, ciertamente, había ahí grandes limitaciones. Entonces llegó el día en el que un artista francés dijo que aquel urinario era también una obra de arte. Todo podía formar parte de la expresión artística, decía, al fin y al cabo, lo único indispensable era la idea. Si había algo que decir, cualquier objeto podía servir a esa causa. Y así, la interacción del ser humano con esos objetos es la que los convierte (o no) en un mensaje cifrado pendiente de ser interpretado.

Solo así se explica la evolución del arte contemporáneo y, en concreto, los soportes utilizados por los artistas en Status Alterado. En todos los casos se percibe una voluntad de decir mucho con poco, algo que facilitan formatos como la fotografía, el vídeo o, sin ir más lejos, una sábana.

Además de la obra principal, también puede servirnos de ejemplo la obra presentada por el artista cubano Wilfredo Prieto: una suerte de tríptico integrado por tres fotografías de tres aeropuertos diferentes. En todas ellas aparecen las brillantes baldosas de alguna parte de cada uno de los vestíbulos, que reflejan un orden por lo menos aparente. Y, sin embargo, bien es sabido que los aeropuertos son probablemente uno de los lugares más caóticos del planeta, puro tránsito, nada más lejos de la quietud que se podría interpretar solo con las imágenes. En esa contradicción está la poesía.

Andrés Galeano, dirigiéndose en una misma dirección, critica la omnipresencia del dios Google mediante una recopilación de todas aquellas imágenes que revelan desperfectos en el sistema Street View del gigante americano. No todo es oro lo que reluce, parece decirnos el artista, pues ningún programa informático debería substituir nunca la experiencia de viajar.

Imágenes, instantes, objetos. Todo está al servicio de la idea y, por extensión, del arte en el Goethe-Institut. A la conclusión que uno llega es que el concepto de arte se va distanciando a pasos agigantados de lo que había sido en los tiempos de Leonardo y Miguel Ángel. Con la llegada del ready-made, se pierden los soportes tradicionales y, en esas circunstancias, uno puede esperar cualquier cosa de una exposición. Ni mejor ni peor, cuidado, pero sí diferente. Siempre al servicio de una idea, que intenta transmitirse mediante el objeto que, manipulado por el hombre, se convierte en algo trascendental. Tal vez alejándose del ideal clásico de belleza, es cierto, pero apostando fuerte por el impacto de formas nuevas y sobre todo radicales.

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