Ya no puedes dormir, te has olvidado del hambre que pasas y del frío del invierno, pero de los nervios, de la angustia, del aire que no te llega a los pulmones no te puedes olvidar porque te obligan a incorporarte de la cama para no ahogarte. Rocío es una joven de apenas 25 años, con un hijo a cuestas, sin pareja, sin trabajo, sin formación, sin dinero, que debe 4 ó 5 meses de alquiler de la vivienda de la que, antes o después será desahuciada. Para Rocío los días se hacen muy largos estirando los pocos euros que lleva encima para conseguir algo de comida para su hijo, para aparentar cierta normalidad que la va consumiendo por dentro, pero si los días son largos las noches son eternas, en la oscuridad del dormitorio el silencio se transforma en monstruos imposibles de vencer. El hambre, la miseria, la fatiga, un futuro sin posibilidades son sus compañeros.

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Casualmente  o no, esta película se estrena en el momento más indicado, en plena campaña electoral. Ya sabemos que no se va a proyectar en cine de barrio, que la cultura hace tiempo que dejó de servir para remover conciencias, cambiar votos, crear corrientes de opinión. Ahora lo que se lleva es el slogan, el mercadeo de votos, las frases hechas cuanto más huecas y vacías mejor, el discurso victorioso aunque tras la puerta lo que rezuma el país es hambre, frío, paro, desprecio, recortes. Los villanos se han hecho con el poder y nos dan clases de democracia sin haber leído el más mínimo libro de teoría democrática, ahora reivindican como sacrosanta la constitución los mismos que en su momento hicieron campaña por el no o por la abstención.  Y por el camino van quedando cadáveres, personas que malviven con trabajos miserables, con sueldos ruinosos, que se desloman a trabajar para permanecer anclados en la pobreza. Y mientras todos nos dejamos manipular, las televisiones dan las imágenes y las frases que imponen los partidos, y nadie habla de sus programas electorales, todo se convierte en propaganda y reproche, pero a Rocío no la va a convencer nadie de que votando se arreglan sus problemas.

“Techo y comida” es cine ideológico, si, y cine político, y cine social, algo que no por ello determina que sea cine bueno, pero lo que es, es necesario. Acostumbrados al apagón informativo hace meses que las televisiones y periódicos amigos se han olvidado de los parados y los pobres de este país, de aquellos que necesitan un verdadero rescate frente al saqueo bancario e industrial, como si no existieran, aquello de lo que no se habla desaparece, y así ha desaparecido Bárcenas, la Gurtel, la politización de los altos organismos de la nación, Bankia, los sobres llenos de dinero, las contabilidades paralelas, la sede del partido del gobierno registrada por la policía, el despido en diferido en forma de simulación. El país se ha anestesiado a fuerza de fútbol y políticos aparentando ser personas normales haciendo el panoli en la televisión en vez de hablar de política y de lo que piensan hacer. Huérfanos de periodistas que pregunten las verdades del barquero el cine tampoco puede sacar pecho, como todos los demás han optado por agachar la cabeza y hacer cine amable y mucho cine bastardo. Si nos alejamos del cine de trinchera, del cine destinado a la autoexhibición, del francotirador  aislado, es como si estos últimos seis años el cine español se hubiera alejado aún  más de la realidad, como si el país no rodara pendiente abajo aplastando a sus ciudadanos. Por eso películas como “Techo y comida” se vuelven imprescindibles, más por su rareza que por su calidad intrínseca.

Es posible que la película mereciera varios retoques, que en vez de un particular fuera un banco arrasado por los buitres el que desahuciara a nuestra protagonista, que el niño no dijera cosas tan maduras y fuera más niño, que Rocío (una espléndida Natalia de Molina) fuera menos ingenua, pero cuando seguimos a Rocío por ese Jerez del año 2012 sentimos las punzadas del hambre que pasa, olemos la basura en la que tiene que rebuscar para encontrar algo para desayunar al día siguiente, nos rebela el maltrato del miserable que por cuatro perras quiere explotarla mientras reparte folletos de un compro oro, nos angustia pensar cómo no hay una institución pública que asuma los gastos mínimos de luz, gas, agua para que una familia sobreviva, cómo se puede tardar meses en tramitar una ayuda de apenas 400 € para que quien nada tiene pueda sobrevivir con lo básico. Por eso empatizamos con Rocío, con su cara de miedo permanente, su sonrisa frágil y volátil, con las pocas esperanzas que la quedan pese a su juventud, sufrimos con la miseria moral de un vecindario dispuesto a herir donde más duele, y nos avergonzamos de un país que, muerto de hambre, se lanza a la calle a festejar un triunfo deportivo mientras sus vecinos se consumen en el sufrimiento de sus necesidades y los políticos se alegran de que nadie les exija ni les reconvenga nada. Rocío va a dejar su piso, pero lo que no va a perder son sus angustias, las mismas con las que se mira día a día en el espejo y para las que no tiene respuesta, y pese a ello sigue creyendo que con una vela, un rosario o una virgen puede caer del cielo el trabajo que necesita, un país lleno de gente necesitada, supersticiosa, que volverá a dar la confianza a los mismos que se la han quitado hace años, un país del que dan ganas de salir corriendo varias veces al día.

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