REVOLUCIÓN O REVOLUCIÓN

altCuba tiene una estampa tópica conformada por malecones, playas, Cadillacs y fachadas coloniales, pero, aunque a alguien pueda sorprenderle, en Cuba también hay crestas. , el punk no murió,

 

 

 

Andres Aznar Siguan

Cuba tiene una estampa tópica conformada por malecones, playas, Cadillacs y fachadas coloniales, pero, aunque a alguien pueda sorprenderle, en Cuba también hay crestas. , el punk no murió, se fue de vacaciones a la isla caribeña. El espíritu surgido de los suburbios industriales del Reino Unido también llegó a los campos de caña cubanos. En este caso a través del punk ibérico y las grabaciones  de grupos como La Polla Records, R.I.P. o Eskorbuto.

 

altFue a principios de los noventa, en pleno Periodo Especial, cuando la supervivencia de la isla estaba más en entredicho que nunca. Quizás el negro futuro que dibujaba la caída de la URSS sirvió de combustible para que entre algunos jóvenes de la isla prendiera la mecha contestataria del punk. Al principio fue un movimiento marginal, despreciado por las instituciones que veían en el rock una muestra del imperialismo yankee. Luego, con el cambio de las políticas culturales cubanas, la escena punk pudo hacerse su sitio amparada en la apertura al rock de las casas de cultura. A grupos pioneros como Eskoria o Rotura se le sumaron nuevas formaciones como VIH, Futuro Muerto, Detenidos, Akupunktura o Porno para Rikardo, algunas de las cuales continúan tocando.

 

Cuando el fotoperiodista Josu Trueba Leiva viajó a la isla en el 2008 y topó con esta escena su sorpresa fue mayúscula. ¿¡Punk en la Cuba de Fidel!? El tema merecía un reportaje y Josu decidió quedarse en la isla para adentrarse en las intimidades de un movimiento desconocido para los foráneos. Tras varios meses cultivando contactos Josu conoció a William Fabián Álvarez, líder del grupo Eskoria y figura prototípica de una antiestrella del rock. Su vida parece el compendió de las peripecias y desventuras de un punk integral.

 

El primer contacto de William con una guitarra fue en el año 91, en el módulo especial para enfermos de sida en Santa Clara. Él se había contagiado deliberadamente sin saber que la enfermedad era para toda la vida. Por aquel entonces los infectados de VIH vivían ingresados en sanatorios aislados y con ciertas ventajas respecto al resto de la población. Cuando las condiciones en el sanatorio empeoraron William se fugó y huyó a su pueblo natal. Las autoridades cubanas no tardaron en encontrarle y le ingresaron en la prisión de Santa Clara. A partir de entonces su vida se dividió entre el sanatorio, la calle y su banda recién formada, Eskoria. gracias a la cual William logró hacerse un nombre en la escena del rock cubano. Fue precisamente en un concierto de esta banda donde William dio su última mueca. El 30 de enero del 2010, en medio de una trifulca, un borracho le asestó una puñalada mortal.

 

Se puede decir que William fue consecuente hasta el final. Su gesto, curtido y demacrado, es uno de los retratos que ejemplifican el periplo vital de esta generación de punks que Josu Trueba ha sabido recoger en el libro “Al Son del Punk”.  Tres años de trabajo fotoperiodístico de proximidad compilados ahora por la editorial Banizu Nizuke en un extenso proyecto.

 

Periodismo de transformación

 

“Al son del Punk” no se limita sin embargo al trabajo de Josu. Él forma parte de un colectivo más amplio denominado Ruido. La razón de ser de este colectivo es ejercer un documentalismo independiente que fomenta la proximidad y participación de los protagonistas de sus temas. Por ello, cuando Josu propuso su reportaje, surgió la idea de complementarlo con un taller de fotografía y documentalismo que permitiese que fueran los propios protagonistas quienes retratasen su propia realidad. Vehiculado por Pau Coll, el resultado ha sido incorporado al libro bajo el título “Kuidado ke muerden” e incluye también un DVD sobre el proceso de creación. Metaperiodismo social.

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