Detestado por la derecha reaccionaria, condenado por sus opiniones y linchado por los medios generales, Pablo Hasél es incómodo para el sistema en todos los sentidos. Este joven comunista de 29 años nacido en Lleida está obligando al Estado a dirimir los finos límites de la libertad de expresión en nuestro país. No es el único caso que hemos conocido los últimos meses, pero sí es de los pocos que se obstinan en eso de decir lo que piensan, un derecho cada vez más perseguido en España que podría convertirse en un privilegio. “Están consiguiendo que mi mensaje sea aún más fuerte”, dice.

LLEIDA.— Con él hablamos sobre música, libertad de expresión, comunismo, feminismo, independencia y juventud. Una entrevista que trata de acercarse a los verdaderos ideales de este rapero estereotipado por los grandes medios de comunicación. Un cantante que la Audiencia Nacional ha condenado recientemente a dos años y un día de prisión por 63 tuits en los que enaltecía a ETA y los GRAPO, considerados por el tribunal apología del terrorismo con el agravante de reincidencia, e injurias y calumnias contra la Corona e Instituciones del Estado. A esta pena hay que sumarle un año más por la multa que no pagará y otros dos años de condenas anteriores. En total, Pablo Rivadulla Duró —su verdadero nombre— podría pasarse cinco años entre rejas.

Jacobo Piñol.— La figura de Pablo Hasél se hace conocida en 2011 cuando la policía te arresta por ensalzar a un miembro de los GRAPO en una canción. ¿Cómo viviste esa primera detención?

Pablo Hasél.— No me sorprendió. Era de esperar, porque en un Estado donde no hay libertad de expresión, atacar al régimen tiene consecuencias. Quizás lo que no me esperaba es que registraran mi casa, secuestrando cosas de mi familia, llevándose los ordenadores. Tenía muy claro que después de aquello no me dejarían en paz.

J.P.— Los apoyos y las críticas han ido en aumento desde entonces.

P.H.— Sí, las personas más próximas se han portado muy bien conmigo. Me rodeo de gente que, aunque no piensen como yo, respeta mi lucha. Lamentablemente, en cuanto al mundo del arte, debo decir que es un mundillo muy individualista, la gente va mucho a su bola y solo se preocupan de su carrera. Es una cuestión también de miedo. Lo hemos visto con el actor Willy Toledo, que ha tenido que largarse del Estado español para poder trabajar porque aquí la gente del cine no le daba trabajo.

J.P.— ¿Dejando de lado el texto jurídico de la sentencia, por qué crees que en esta ocasión te condena el Estado español?

P.H.— Mi condena va más allá de un delito de opinión. Cuando yo estoy denunciando cosas de la monarquía o de la policía (incluso la UE ha condenado al Estado por torturas), estoy denunciando hechos objetivos. A mí me encarcelan para tratar de doblegarme y silenciar mi mensaje, pero lo único que van a hacer es darle más fuerza. Querían silenciar mis tuits y mi canción contra Juan Carlos, pero ahora los conoce mucha más gente. Si a mí me encierran en la cárcel estaré muy jodido, pero le harán un favor a mi causa. Cada día que pase en la cárcel servirá para que más gente abra los ojos.

J.P.— ¿Existe alguna posibilidad de eludir la prisión por medios procesales?

P.H.— Bueno, hemos presentado recurso al Supremo. Si el Supremo ratifica, la condena sería firme y tendría que entrar directamente en la cárcel. Luego puedo recurrir al Constitucional y al Tribunal de Estrasburgo. En este último caso, se trataría de trámites muy lentos, de mucha burocracia. Podría cumplir la condena sin que se pronunciaran. Pese a ello, tengo más esperanzan en el Tribunal de Estrasburgo que en el Supremo o el Constitucional, son más de lo mismo… Podría pasar que si el Tribunal de Estrasburgo me diera la razón, el Estado español se lo pasara por el forro, como hace con tantas otras causas. Estoy mentalizado que voy a cumplir la condena entera.

J.P.— ¿Te has planteado irte del Estado español o exiliarte para eludir la cárcel?

P.H.— Sí, pero no tengo los medios económicos ni el amparo legal del que goza gente como Puigdemont. El exilio es una cosa muy seria. No puedes volver durante muchos años. Debes encontrar un país que garantice tu seguridad a la vez que tu supervivencia. Necesitas un trabajo que te permita vivir. Si te quedas aquí aún tienes conocidos que te pueden ayudar en un momento determinado. Teniendo en cuenta estos factores y haciendo un análisis revolucionario, creo que puedo hacer más daño al Estado español desde aquí, ya sea dentro o fuera de la cárcel. Respeto a la gente que elige el exilio, pero creo que ahora es el momento de estar aquí.

J.P.— La semana pasada supimos del suicidio del preso político vasco, Xabi Rey, en la cárcel de Puerto de Santa María. Al conocerse la noticia, en las redes sociales se pudieron leer comentarios como: “¡Uy, qué pena!… Voy a prepararme un gin tonic para celebrarlo, y es que cuando se va un hijo puta, se respira mejor” o “Igual se cortó las venas con los pendientes”, entre muchos otros. ¿Crees que la justicia actuará del mismo modo con los autores de estos comentarios que como lo ha hecho contigo u otros tuiteros?

P.H.— No. El juez que me ha condenado era militante de falange, el juez que condenó a los titiriteros fue policía durante el franquismo, el juez que ha condenado a Valtonyk compara el matrimonio homosexual con los animales, etc. Es decir, son fascistas. Lógicamente, no perseguirán a los suyos. Entre ellos se protegen. Ellos tienen libertad para amenazar de muerte al hijo de Gabriel Rufián, pero si tú criticas a la monarquía puedes acabar en la cárcel. Y eso que de las amantes del rey han hablado hasta en Sálvame. Los límites a la libertad de expresión solo se los ponen a los antifascistas.

J.P.— Se ha visto con los autores del asalto a la librería Blanquerna…

P.H.— Sí. O incluso también con aquellos personajes que se han subido a un tanque amenazando a Puigdemont. Hasta llegaron a culpar al propio Puigdemont. Si amenazáramos a Rajoy desde un tanque, evidentemente la respuesta sería muy diferente.

J.P.— Este mes hemos celebrado el 8 de marzo ¿Te consideras un luchador feminista?

P.H.— Comparto las reivindicaciones de las feministas de clase obrera, pero yo soy comunista. Las mujeres comunistas, desde la época de la revolución rusa, fueron las que más derechos conquistaron e impulsaron el Día de la Mujer Trabajadora. Debe recalcarse el término ‘trabajadora’ porque el capitalismo ha eliminado el contenido de clase a este día y vemos como hoy también es el día de la reina Letizia, de Esperanza Aguirre o Ana Botín. Las mujeres comunistas decían que las reivindicaciones de las feministas con mayor contenido de clase son justas, pero que el socialismo o el comunismo las supera, porque aboga por la absoluta emancipación de la mujer. Es decir, no puede haber igualdad entre hombres y mujeres mientras haya explotación.

Muchas veces se habla en abstracto de la mujer. Una mujer que trabaja en un supermercado o limpiando puede tener una jefa que la esté explotando. Es una explotadora que no colabora con la liberación de las mujeres. Considero que la única liberación tanto para la mujer como para el hombre es el socialismo.

J.P.— Te defines marxista, leninista y estalinista. ¿Qué opinas de los trotskistas?

P.H.— Fidel Castro lo definió perfectamente: “son un instrumento del imperialismo”. Solamente hay que leer sus posiciones a nivel internacional sobre la Unión Soviética después de la revolución socialista.

J.P.— ¿Qué te parece la figura de Santiago Carrillo?

P.H.— Se cargó el Partido Comunista. Fue partícipe de perpetuar la impunidad del fascismo, acatar la monarquía y la roja y gualda. Aceptó que se legalizara el PCE pero renunciando a sus históricos principios revolucionarios. Eso lo convierte en anticomunista.

J.P.— ¿Cómo militante de base, en qué momento crees que está el comunismo en España?

P.H.— El comunismo, no solo a nivel estatal, sino internacional, sufre una crisis desde hace años, pero creo que está empezando a renacer. Pienso que cada vez tiene una mayor influencia, sobre todo por la crisis capitalista. La gente está viendo como el sistema empeora las condiciones de vida. Muchas personas buscan una alternativa, un sistema posible y mejor. Soy optimista, opino que en pocos años habrá un movimiento más fuerte. Aspiro a conseguir un Estado socialista, donde el poder resida en la clase trabajadora.

J.P.— ¿Qué opinas de los combatientes españoles que luchan con las milicias kurdas en Síria y que luego son detenidos al volver a España?

P.H.— Lo primero que hay que destacar sobre este tema es la hipocresía intolerable del Estado español. Nos dicen que luchan contra el yihadismo, pero luego detienen a estas personas por hacerlo directamente en el frente. Dicho esto, personalmente tengo mis discrepancias con ellos. En la zona de Kurdistán cada vez hay cosas más turbias. Existe un colaboracionismo real entre los EUA —creadores de Al-Qaeda y financieros del yihadismo— y las milicias kurdas de las YPG (Unidades de Protección Popular). Es una contradicción, por eso discrepo. No dudo que los combatientes españoles vayan con las mejores intenciones del mundo, pero para mí, hablar de esos kurdos en concreto, es hablar de colaboracionismo con EUA.

J.P.— Tú has sido amigo de la cúpula de Podemos ¿Verdad?

P.H.— Decir ‘amigo’ es demasiado. Éramos conocidos. Habíamos coincidido en alguna ocasión. Me encargaron alguna canción para La Tuerka, el programa de televisión que tenían antes. Y actué en la gala. Entonces no había ni surgido Podemos. Yo rompí con ellos antes de que formaran el partido porque vi muchas cosas que no me gustaban. En La Tuerka empezaron a invitar a gente de la policía nacional, del PP, del PSOE, y ya no veías comunistas en la mesa. Cuando le das más voz a esa gente que a un comunista, alguna cosa falla y más cuando Pablo Iglesias decía serlo.

Al principio tenían un discurso bastante combativo que fueron abandonando. Cada vez había menos discurso revolucionario. Los envié a la mierda directamente. Luego surgió Podemos.

J.P.— El tiempo te ha dado la razón.

P.H.— Sí, porque hasta del programa electoral han ido sacando mucho argumentario comunista. Por ejemplo, en el programa con el que concurrieron a las elecciones europeas de 2014 (que tampoco era muy combativo porque no planteaban ni la disolución de los cuerpos represivos, ni de la Audiencia Nacional, ni de la monarquía, etc.) rechazaban claramente las ETT (Empresas de Trabajo Temporal) y ahora las defienden. Y así con muchísimas cosas. Es un partido completamente insertado en el régimen y que no supone ningún tipo de peligro para el sistema. De hecho, lo promovieron los grandes medios para alejar la lucha de las calles. Lo han reconocido hasta los mismos líderes de Podemos.

J.P.— ¿Eres independentista?

P.H.— Realmente no soy independentista. Un independentista siempre está a favor de la independencia. No es mi caso. Como comunista, lo que hago es analizar el contexto histórico en el que estamos y considero que la República Catalana es una oportunidad para conseguir más derechos y libertades. Por eso la apoyo. Creo que es una herramienta para debilitar al Estado español y eso es positivo para el movimiento revolucionario dentro del estado. Es también una cuestión de orgullo democrático frente a una represión brutal.

En caso de que hubiera una revolución socialista en el Estado español, que respetara el derecho a la autodeterminación, no apoyaría la independencia porque consideraría que viviríamos en un Estado socialista que respetaría todos los derechos y libertades democráticas. Entonces no querría la separación, querría la unión.

J.P.— Puigdemont es un político de corte neoliberal que ha mostrado públicamente su disconformidad con las huelgas de raíz obrera. ¿Qué opinión te merece su figura?

P.H.— Yo lo resumiría con una frase de Karl Marx: “cuando en algunos aspectos la burguesía es revolucionaria, debemos reconocérselo”. En este sentido, tanto Carles Puigdemont, como otros miembros de la burguesía independentista, han tenido momentos en los que han sido revolucionarios porque se han enfrentado al Estado, incluso han hecho algo que no suele hacer la izquierda española, que es saltarse la legislación. El ejemplo más claro lo vivimos el 1 de octubre. Esto es muy importante porque si respetamos la actual legalidad no conseguiremos un cambio profundo. Me parece interesante, pero a la vez triste, porque algunos sectores de la burguesía catalana independentista han sido más valientes que la izquierda legal española. Los respeto. Cuando me condenaron, personas como Carme Forcadell, Oriol Junqueras o el mismo Puigdemont denunciaron mi situación desde sus cuentas de Twitter. Lo agradezco.

No obstante, ahora mismo creo que están dejando la revolución de lado. Ya no están plantando cara. Han acatado el 155 y la Constitución, seguramente es por la respuesta feroz que ha tenido el Estado español contra ellos. Creo que hasta aquí han llegado.

J.P.— ¿Entonces, cuál sería para ti el siguiente paso?

P.H.— Para mí la clave ahora mismo está en los Comités de Defensa de la República (CDR). Formo parte de uno de ellos. Estamos haciendo lo que no hacen los partidos y las entidades. Los CDR deben reforzarse masivamente. El siguiente paso sería caminar hacia la única vía posible para conseguir la independencia, que es el control efectivo del territorio. Si no se consigue, al menos debemos desafiarlos, es decir, perjudicar económicamente al Estado para que todo lo que está haciendo a nivel represivo no le salga gratuito.

Están encarcelando con tanta facilidad (no solo a los políticos, también a nosotros) que debemos ser más duros ante eso. Cuando encarcelaron a los Jordis la respuesta fueron las caceroladas. Me imagino a la policía, al CNI o a los ministros viéndolo y pensando “joder, qué fácil nos sale”. Considero que al menos se tendrían que llevar a cabo acciones más contundentes que desgastasen más al Estado español.

J.P.— ¿Mayor insurgencia?

P.H.— Sí. El 1-O se demostró que había un pueblo que estaba dispuesto a poner en riesgo su integridad física. Yo estuve defendiendo un colegio electoral y recuerdo que nos llegó noticia de que en el barrio de la Mariola de Lleida había un hombre que le había dado un infarto y algunos rumores lo daban por muerto. La gente, sabiéndolo, en vez de irse a casa, se quedó defendiendo el colegio. El 1-O fue una lección democrática. El problema llegó cuando declararon la Independencia. El pueblo estaba movilizado, pero los políticos no supieron seguir adelante. Ahora estamos pagando las consecuencias.

Hay que recuperar la desobediencia. La resistencia pacífica tiene también muchas formas: puede ser desde dar golpes a una cacerola hasta cortar las fronteras. La diferencia es que si se corta una frontera se hace más daño que con una cacerolada. Dentro del pacifismo hay muchas acciones que se pueden llevar a cabo. Yo estoy a favor de cualquier medio de lucha, pero respeto que si se ha escogido una lucha pacífica, al menos que esté mejor estructurada.

La autodefensa no es violencia. Por ejemplo, cuando los mineros de Asturias lanzan cohetes a la policía, para mí no es la violencia que nos quiere vender. Hay mucha confusión en torno al pacifismo. Mucha gente cree que ser pacifista significa dejarse golpear. Precisamente, si quieres la paz, no debes dejarte agredir porque es contrario a tu fin.

J.P.— En sus inicios, Twitter era un espacio de debate intelectual, pero con el paso del tiempo tanto las marcas, los influencers, la prensa o la propia masificación de la red lo han convertido en una potente herramienta de la sociedad de consumo. ¿Estás de acuerdo?

P.H.— Creo que todavía es una herramienta tanto para difundir mi música como para dar a conocer la información que los grandes medios no nos ofrecen. Es decir, sirve para restar influencia a su manipulación y por eso lo utilizo.

Por otro lado, creo que tanto Twitter como las otras redes sociales sirven a los Estados para controlarnos. También se aprovechan de que las redes sociales sirven a la gente para desfogar su rabia e indignación y eso merma luego la lucha en las calles. Por ejemplo, si yo solo utilizase internet para denunciar lo que considero injusto, pienso que sería insuficiente. No debemos ni infravalorar ni sobrevalorar las redes. Utilizarlas en su justa medida.

A medida que el sistema pierda el control sobre las redes sociales, habrá más restricciones. Hay campañas muy potentes en contra del régimen que rápidamente son contrarrestadas.

J.P.— Una vez más no encontramos con restricciones a la libertad de expresión…

P.H.— Sí. Mira, el otro día nos hizo una entrevista el corresponsal de The Washington Post a Valtonyc y a mí. El periodista estaba escandalizado por lo que está pasando en el Estado español con el tema de la libertad de expresión. Ya sabemos qué es EUA a nivel de brutalidad policial, de imperialismo, de doble moral, pero luego hay mucha más libertad de expresión que aquí. Hay raperos mucho más conocidos que yo con letras mucho más explícitas que jamás han sufrido ningún tipo de represión. Por ejemplo, Snoop Dogg tiene un videoclip en el que asesina a Trump; Ice-T compuso Cop Killer donde habla en primera persona como disparó a un policía; hasta Eminem, el rapero más conocido del mundo, tiene una canción en la que dice “quiero ver al presidente muerto”.

En el Estado español, por mucho menos, te encierran en la cárcel. En el resto de países de Europa hay también mayor libertad de expresión y los raperos no sufren ningún tipo de persecución. Creo que esto es muy significativo porque lo que pasa aquí solamente se asemeja con lo que está pasando en Turquía, donde hay artistas en la cárcel. Cuando hago charlas por Europa, la gente alucina cuando les explico que por criticar a la monarquía o hablar de brutalidad policial vas a la cárcel. En mi juicio, la fiscal decía que en cualquier país lo que yo había hecho sería motivo de cárcel. Falso.

J.P.— ¿Por cierto, cuáles son tus referentes musicales, literarios e intelectuales?

P.H.— Han sido sobre todo personas que se han involucrado más allá de su arte combativo. Aunque, de hecho, hacer arte revolucionario ya es en sí una militancia. Pero siempre he buscado artistas que han ido más allá. Fuera del rap, me gusta Silvio Rodríguez. Admiro su fidelidad a la revolución cubana. Él podría haber sido millonario yéndose a EUA y traicionando a la revolución. Pero no lo hizo. También me gusta leer a Bertolt Brecht, Vladímir Mayakovski, Roque Dalton, Miguel Hernández… En cierto modo, estamos volviendo a los tiempos de Miguel Hernández cuando te encarcelaban por el simple hecho de ser artista.

J.P.— ¿Qué inquietudes te llevaron a escribir versos y poesías?

P.H.— He pasado por muchos institutos, no terminé de sacarme el bachillerato. Nunca me ha motivado el modelo educativo. Pronto me di cuenta de que las cosas más importantes las aprendía de forma autodidacta. Cuando me saltaba clases, a diferencia de los chavales de mi clase, no lo hacía para fumar porros, sino para ir a la biblioteca o a una plaza a escribir versos de rap porque tenía claro que quería dedicarme a la música.

Siempre he necesitado escribir para desahogarme. Conocí el rap con diez u once años y empecé a escribir versos. A los 14 empecé a grabar en casete para mí. A los 16 ya grabé mi primer tema de forma profesional exportado en MP3 y subido a Internet.

Al final dejé el instituto. Tuve algún trabajo esporádico hasta que me dediqué profesionalmente al rap. Lo que pasa que duró poco porque el hecho de decir lo que digo cierra muchas puertas. Llegó un punto en el que el rap no me daba ni para sobrevivir. Ahora estoy en paro y busco trabajo.

J.P.— ¿Entonces, el rap político no tiene la misma difusión que el rap convencional?

P.H.— Bueno, yo considero que todo el rap es político porque sirve a uno u otro sistema. Pero, el rap con carácter más reivindicativo, si tú no cruzas ciertas líneas, como puede ser hablar explícitamente de presos políticos, de la legitimidad de todos los medios de lucha o de atacar a todos los partidos del régimen, las discográficas te pueden contratar. Yo las he cruzado y pese a ser mucho más conocido que otros artistas que están en discográficas, nunca se han interesado por mí. Y a mí tampoco es que me interese mucho, prefiero autoeditarme sin que una empresa se lleve la mayoría del dinero que genero.

Por ejemplo, en 2014 me invitaron al programa de rap La cuarta parte en RNE, presentado por Frank T, un rapero español muy conocido. Me hizo una entrevista y tras su emisión casi le despiden. Le dijeron: “no puedes llevar a gente así a tu programa”.

J.P.— ¿Eres un cantautor en el fondo?

P.H.— No en el sentido clásico. Los raperos nos parecemos a ellos en el sentido de que escribimos nuestras propias letras. En el rap es una norma. En otros géneros musicales no suele ser así. Por eso me gusta el rap, por las letras elaboradas que no encuentro en otros estilos de música y por el uso de la rima. Cuando conocí el rap me enamoré. Tal vez si hubiera sabido tocar la guitarra, ahora sería cantautor, quién sabe.

J.P.— Parece que las discográficas y los grandes medios apuestan por programas televisivos meritocráticos que premian intérpretes y no autores. ¿Qué piensas de este fenómeno que arrastra auténticas masas, sobre todo de jóvenes y adolescentes?

P.H.— Son artistas de plástico, artificiales. Estos programas son como un karaoke televisado que convierten a los participantes en cantantes de usar y tirar. Así funciona el sistema, haciendo negocio mientras da un minuto de gloria a personajes que rápidamente son olvidados.

J.P.— Otro tema son las letras de las canciones. Han surgido estilos como el reggaeton con mensajes explícitamente sexistas.

P.H.— Sí, pero no solo en reggaeton. También en el rock hay artistas muy machistas. Por ejemplo, Loquillo ha hecho apología del maltrato. En El Hormiguero de Antena 3, en horario de máxima audiencia (muchos de ellos menores), pudimos ver a Romeo Santos, artista de bachata, que hacía claramente apología del abuso sexual. Está completamente normalizado. Ellos sí tienen libertad de expresión. El sistema promueve a todas horas el bombardeo constante de este tipo de música. Nos encontramos de nuevo con una hipocresía asquerosa de los políticos del sistema que dicen que luchan contra la violencia machista, pero que permiten este tipo canciones. Cómo vas a luchar contra el machismo si a todas horas permites que se difunda esta influencia sobre la juventud. Luego pasan los casos que pasan.

J.P.— Parece que entre los más vulnerables estén los ‘millennials’ ¿Qué opinas de ellos?

P.H.— Realmente son la generación más manipulada por el sistema. Ahora es más fácil ser joven y volverte estúpido. Son víctimas de muchas distracciones, de muchas modas que usa el sistema para alejarlos de la lucha. Es una generación malcriada y alienada —igual que la nuestra— pero tendrán aún menos derechos y libertades.

J.P.— ¿Puede surgir una revolución de esta generación?

P.H.— En el fondo creo que sí. Las personas evolucionamos. Cuando lleguen a los treinta y no tengan un trabajo digno, una vivienda en condiciones o una familia se empezarán a plantear a quién sirve el sistema.

No obstante, hay una parte de la juventud que ya se lo empieza a cuestionar. A la charla que dimos el otro día con Valtonyk en la Universidad de Lleida (UdL) vinieron más de doscientas personas y la mayoría era gente muy joven. Se preguntan qué está pasando y se preocupan por sus derechos y libertades. Poco a poco, todo esto se va a traducir en un movimiento revolucionario

J.P.— ¿Entonces, cómo te imaginas el país en el que crecerán tus hijos?

P.H.— A mí me gustaría, pero desgraciadamente dudo que pueda tener hijos. Me esperan años de cárcel y veo muy difícil poderlos mantener económicamente. Pero soy optimista y creo que a corto plazo habrá luchas muy duras con las que conquistaremos libertades. La represión del Estado en el fondo es un síntoma de debilidad. El capitalismo está en crisis. Para terminar de sepultarlo hará falta luchar. Habrá que pagar un precio y habrá gente que sufrirá la represión del sistema como en mi caso. Como se suele decir “quien algo quiere, algo le cuesta”.

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