Los bomberos del mar se van a la huelga

 

altLos barcos remolcadores del puerto han convocado una huelga. Las pequeñas embarcaciones que vemos arrastrando a gigantes cargados de contenedores son los botes chicos más poderosos del puerto de Barcelona, y sus tripulantes los marinos más polivalentes. Son capitanes, mecánicos, bomberos y hasta enfermeros

 

 

Los barcos remolcadores del puerto han convocado una huelga. Las pequeñas embarcaciones que vemos arrastrando a gigantes cargados de contenedores son los botes chicos más poderosos del puerto de Barcelona, y sus tripulantes los marinos más polivalentes. Son capitanes, mecánicos, bomberos y hasta enfermeros. En las veinticuatro horas que duran sus turnos nunca se bajan del barco. Sin su ayuda, la mayoría de las embarcaciones que llegan a Barcelona no podrían amarrar en el puerto de la ciudad. Ahora las empresas concesionarias del servicio de remolque quieren hacer lo que todas las empresas, reducir la plantilla y aumentar las horas sin variar el sueldo. Los remolcadores detienen sus motores y amenazan con detener el tráfico de grandes embarcaciones del Puerto de Barcelona.

 

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La semana pasada Agustín Zapiraín estaba en su remolcador, por la noche, cerca del final de su turno de veinticuatro horas. Lo llamaron por teléfono –señal de urgencia, normalmente es por radio-, para decirle que un barco carguero de ciento cuarenta metros de largo se había quedado sin motores a siete millas del puerto de Barcelona. Remolcar un barco a las doce de una noche de noviembre con olas de hasta dos pisos de alto no es un despertador agradable. El trabajo es pesado, peligroso y ciego. “Cuando es de noche en la mar uno no puede ver las olas, sólo las siente venir”. Hay que amarrar dos barcos en movimiento constante, con un frío que atenaza las extremidades. Mareado. En un remolcador que trabaje dentro del puerto siempre habrá tres personas trabajando. Un capitán, un mecánico y un marinero. Mientras Fidel y Juan preparaban la cuerda que habría de amarrar el carguero, Agustín pilotaba el barco, intentando protegerlo de un viento de 90 nudos que, en sus palabras, “haría caer todas las hojas de los árboles de Barcelona”.

 

Hace una semana Agustín se arriesgaba en la mar –él la nombra en femenino- para ganarse su sueldo. Hoy está manifestándose en el World Trade Center, frente a la sede de las oficinas del Puerto de Barcelona. Él y sus setenta compañeros remolcadores escenifican con esta manifestación la huelga que acaban de convocar para protestar contra las nuevas condiciones laborales que las empresas que los contratan les quieren imponer. La huelga, uno de los pocos recursos que tienen los trabajadores, es el arma que esgrimen los marinos tras dos años de negociaciones infructuosas. Los silbatos y los petardos retumban en la panza del World Trade Center. Un marinero que sabe lo inútil que puede ser un grito en el mar hace todo el ruido que puede en el puerto para que sus reclamos se escuchen con claridad.

 

Los remolcadores son el chico para todo del puerto. Un requisito indispensable y pequeño en el que pocas veces paramos la atención, fascinados como estamos por las catedrales de hasta cuatrocientos metros de eslora que vemos surcar nuestro mar. En los treinta metros de barco remolcador trabajan tres personas que están preparadas para apagar fuegos, remolcar barcos, salvar a personas y neutralizar escapes de hidrocarburos tóxicos.  Estos barcos pequeños son tan poderosos que reciben el apodo de morlacos –sinónimo de toro-, porque cuando los cargueros están cerca del muelle, los remolcadores los empujan como arietes contra tierra. Sin su ayuda, los grandes barcos cargueros, de poca movilidad, no podrían entrar en los puertos estrechos de las ciudades. Sin los remolcadores, por ley, la mayoría de los barcos que llegan a Barcelona no podrían fondear en sus aguas.

 

Los remolcadores trabajan, como los bomberos, en turnos de veinticuatro horas. Pero los remolcadores, los bomberos del mar, cumplen, a final del año, unas mil horas más que sus homólogos de rojo. Están en el agua cien días completos cada año, o lo que es lo mismo, dos mil seiscientas horas. Este convenio, que rige dese hace un tercio de siglo, les protege de horarios como los que tenían antes, cuando se pasaban, literalmente, medio año subidos al barco.

 

El progreso tiene estas cosas. Somos cada vez más modernos y listos, y nuestras máquinas cada vez más rápidas y precisas. Pero nosotros cada día trabajamos más. La Revolución Industrial creó máquinas para fabricar más, y acabamos trabajando mucho. Las luchas obreras y el progreso acabaron trayendo mejoras para los trabajadores y una vida cómoda. Ahora, la vida cómoda y el progreso económico nos devuelven para atrás, en un ciclo que no se sabe si es lineal o circular. Desde la Revolución Industrial hasta ahora hemos aprendido muchas cosas, pero parece que, en algún momento, también olvidamos que el progreso tiene que estar a nuestro servicio y no al revés.

 

REBARSA Y SAR REMOLCADORES son las empresas que tienen la concesión del servicio de remolcadores en el puerto de Barcelona. El nuevo convenio que proponen retrocede un poco en el tiempo. O progresa, quién sabe. De las cien jornadas anuales que trabajan los remolcadores desde hace treinta años, las empresas quieren pasar a ciento treinta y dos. O lo que es lo mismo, de dos mil seiscientas horas anuales a tres mil cien. Para que nos entendamos, un camarero que trabaje a jornada completa en España supera apenas las dos mil horas anuales. O para que nos entendamos mejor: tres mil cien horas anuales equivale a trabajar ocho horas diarias durante todo el año, sin ningún día de descanso.

 

Además, las empresas pretenden reducir la plantilla de ochenta remolcadores a setenta y reducir de diez a cinco los días libres por mes. Con el nuevo convenio, un morlaco puede estar hasta tres meses sin pasar un fin de semana completo en su casa. Los remolcadores reclaman que estas medidas afectan a su seguridad: Un trabajo de riesgo lo es más si se trabaja cansado. También protestan porque esta reforma afecta a una conciliación familiar ya de por si difícil. Los turnos, de ocho de la mañana a ocho de la mañana alteran el sueño. Tras veinticuatro horas en las que quizás no se ha dormido, el día de descanso es un día de recuperación. Uno duerme, come, acompaña a su hijo a colegio, o sale con su pareja al cine, y cuando se vuelve a dormir, sabe que al despertar tocará regresar al barco. Los remolcadores pasan cien noches del año sin dormir con sus parejas.

 

REBARSA Y REYSER no han querido hacer declaraciones sobre el nuevo convenio. Dicen que el convenio es una cuestión privada, entre la empresa y los trabajadores. Los trabajadores responden que el convenio es una cuestión privada, entre los trabajadores y sus vidas. Las empresas concesionarias afirman tener competencia por la oferta del servicio de remolque en el Puerto de Barcelona. Pero, según números de los remolcadores, las empresas han tenido ganancias desde el 2008. Desde el Puerto de Barcelona tampoco han querido hacer declaraciones. En el tercer puerto por tráfico de contenedores de España, servicios como los de los remolcadores son concedidos por el ente público a empresas privadas. Preguntado el puerto por la opinión que le merecen las condiciones laborales de los trabajadores de su suelo público, ellos se remiten a su contrato privado.

 

Mientras, la lucha sigue, en el puerto o en la mar. La semana pasada Agustín y sus compañeros estuvieron seis horas luchando contra el agua para rescatar un carguero que era cuatro veces más largo que su barco remolcador. Cuando llegó la mañana, su luz, finalmente pudieron irse a descansar. Los  bomberos del mar tienen la costumbre de ir a tomar algo en equipo cada vez que terminan un trabajo. El café de la victoria, la señal de que, una vez más, los morlacos han podido contra el agua.

 

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