Lección de periodismo

Autor: Jesús Martinez

Ilustración: 13 boness

La calle no es ningún juego.

El periodismo tampoco.

La organización sin ánimo de lucro Homeless Entrepreneur (www.homelessentrepreneur.org, “It’s up to you”) aporta sus propias recetas que añadir a los manuales sobre deontología periodística y “conducta responsable”.

Sintetizando: no le hagas a los demás lo que no desees que los demás hagan contigo. Básico.

Gráficamente: no preguntes a los sintecho y los más vulnerables sin mirarles a los ojos: el periodismo no acaba con las respuestas, sino con la necesidad de transformar el mundo contándolo (desempolvad apuntes: el gerundio expresa simultaneidad, no causalidad). Se es empático cuando el fin social de la profesión se pone por encima del cobro de la colaboración (se paga poco, mal y tarde).

En el bar Vall d’Hebron, en la calle del mismo nombre, a la altura de la Ronda de Dalt, se juntan en una misma mesa tres personas acogidas por Homeless Entrepreneur. Cada una, con un pesar. Y como afirma el activista social Andrew Funk, padre de la iniciativa, cada una de ellas, con una oportunidad. Él ha desarrollado la fórmula en la que para aislar la ese (salir de la calle) se han de elevar al cubo las “oportunidades”.

Tres historias para los buenos periodistas y los que pretendan serlo. Atentos.

Primera historia. El selfie

Mahfodh nació en Nuakchot​ (Mauritania) hace 34 años. Tiene cinco hermanos, y otro más de una relación anterior de su padre. En Mauritania conducía un taxi. De hecho, ese sería el trabajo ideal cuando se le pregunta, con ese mohín de oro en los labios. “Me gustaría [conducir un taxi]”, chapurrea en un castellano más que decente. Pasó cuatro años en la ciudad alemana de Rostock, a orillas del mar Báltico. Hace siete años que se encuentra en Barcelona, que se le ha vuelto enormemente alta como un buitre con corona de espinas, como si, por momentos, Barcelona fuera la prisión neoyorquina de Rikers Island. Aquí comparte piso en el Raval con siete personas. “Yo tengo dos metros para mí”, se contenta, como si los mártires medievales que enfurecen al historiador Andrea Riccardi tuvieran su correlato en el siglo actual. “¿A qué te dedicas?”, insustancialmente se le inquiere. “Especializado en limpiar coches. Soy profesional”, se enorgullece. Se aposta en los pasos de cebra de las calles, que no son un juego, y mendiga parabrisas por los que pasar el jabón y la bayeta. También vende palos de selfie. Él nunca se ha hecho un selfie. La policía le requisó el material. Y ahora no tiene donde caerse muerto. Por otro lado, se plantea que quizá, en un futuro, podría probar suerte con la traducción. Habla cinco idiomas: árabe (por ser materno), alemán (por supervivencia), francés (estudios), inglés (para espabilarse), español (un poco), griego (por inmigrante) y wólof, propio de su etnia.

Homeless Entrepreneur le acompaña en el proceso de regularización de papeles, ese castillo posado en el aire como escribiría el poeta Pedro Garfias (Primavera en Eaton Hastings), con “intermedios de llanto”.

Saldrá adelante.

Segunda historia. La T-10

Lo sabe todo sobre transformadores, interruptores y seccionadores.

El actor Matt Damon (Mark Watney) habría escapado mucho antes de la llanura Acidalia de Marte, en la película de Ridley Scott (2015), si se hubiera llevado consigo a este hombre.

Guillermo Ponsa (Barcelona, 1966) se sacó el carné de transmisiones durante el servicio militar.

De aquello hace mucho, pero supuso el trampolín para que, en su larga vida laboral, llegara a las aulas de Telefónica.

Sabe de averías en líneas cortadas, de empalmes y redes de distribución.

“Me gustaba lo que hacía. Incluso monté mi propia empresa, en 1989. Se llamaba Trav Telecom. Me especialicé en telefonía móvil de antenas, sistemas de repetidores, equipos… Me tengo que actualizar con la fibra óptica”, se insufla energía Guillermo, ancho de espaldas, irónico y capacitado para subirse a un poste de alta corriente si se da la orden.

“¿Cuál es mi historia? La de siempre. Sin trabajo. Viviendo de alquiler. No puedo pagar el alquiler. En la calle”, resume. “¿Cómo llegué a esta situación? Lo típico también. Doce años casado. Divorcio con contencioso, nada de buen rollo. Se incluye denuncia por intento de asesinato. Ella se queda el piso.”

En el 2009, salió de la comisaria con lo puesto y con una orden de alejamiento.

Se cayó.

Durante unos meses durmió en los cajeros de Sant Boi de Llobregat (Barcelona), donde vivía.

Luego, la suerte le sonrió. Encontró trabajo y le tocó un quinto premio de El Gordo de la Lotería de Navidad.

Se levantó.

Luego, la suerte se le puso de revés. Se quedó sin trabajo y apenas tenía para el alquiler. Vuelta a la calle.

Se cayó.

Ahora, este miércoles de ahora, tiene una entrevista de trabajo, gracias, entre otras cosas, a la mediación de la asociación Homeless Entrepreneur.

Se ha vuelto a levantar.

Con una T-10 ya es feliz.

Tercera historia. William Morris

Porque ha sufrido, puede mitigar el dolor de los demás.

No es un aforismo de Tao en el rincón de los pensamientos: “La vida te enseña, pero solo en la misma medida en la que tú estés abierto a aprender de ella”.

La logopeda Judith Tort (Barcelona, 1974) se ha peleado tantas veces consigo misma que ya ha rubricado el acta de capitulación.

En su currículo variopinto la verán como camarera, jardinera, decoradora… Se sacó el grado de Logopedia por la Universitat Ramon Llull.

En 1998, una crisis nerviosa la noqueó. Salió. Se recuperó. Reordenó su cabeza, como si esta fuera un loft de Ikea en el que solo cupieran una cómoda de ocho cajones con puerta oriental, un mueble Wengué Ferrara blanco y un aparador con casilleros.

Posteriormente, se colocó como mediadora cultural y guía en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, en el que sigue empleada (“no me estresa, y así puedo ver las maravillosas exposiciones, como la de William Morris”, dirá, en referencia a la expo “William Morris y compañía: el movimiento Arts and Crafts en Gran Bretaña”).

Con unos ojos grandotes delineados por una intensa línea de lápiz, Judith tuvo la mala suerte de juntarse con quien no debía.

“Hace medio año conocí a un chico. Pero no era un chico, era un lobo. Me maltrataba. Yo no sabía cómo salir. Una vez me acerqué a la policía. Me atendieron, pero no puse denuncia”, cuenta, con la voz establemente modulada pero temblando como un flan con tendinitis. “Era violencia de género, eso. Me desestabilizó y me tocó económicamente. Llegamos a las manos. Un día me dio una paliza. Me pegó un puñetazo y tuve que llevar collarín. Estuve ingresada en el Hospital de Sant Pau. Y entonces sí que le denuncié. Y vinieron los Mossos d’Esquadra y se lo llevaron.”

El juez la ha citado en la Ciutat de la Justícia, el 18 de septiembre, para la vista previa.

Durante unos meses cogió la baja.

Se fue a casa de un amigo en El Clot.

Se activó el Programa SARA (Servicios de atención, recuperación y acogida).

No sabía qué hacer. Se desahogaba con un familiar. Colgó el teléfono y una chica a quien no conocía le pasó un número de teléfono escrito a boli en una servilleta de papel.

“Un ángel caído del cielo”, agradece Judith.

El teléfono de Andrew.

Era octubre.

Hacía frío.

Ya no tiene frío:

“Me gustaría dedicarme a la neurociencia. Me atrapa mucho esta rama. Somos microcosmos, extraplanos en forma de fractales que se expanden por el universo… He leído mucho a Stephen Hawking, que se me ha muerto, el pobrecito”.

Tres historias.

Periodismo.

Jesús Martínez

www.reporterojesus.com

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