Hablamos con un sirio huido de la guerra que deambula por Barcelona

Autor: Jesús Martínez

Ilustración: Ricardo Jurado

El Individuo

“El poeta es un hombre como todos, / un albañil que construye su muro: /
Un constructor de puertas y ventanas.”

El poeta antipoeta Nicanor Parra evidenció en su “Manifiesto” el compromiso ineludible de su obra con la protesta de la calle (“poesía de la plaza pública”).

Los antipoemas de Nicanor apartaron las rimas, las confidencias de las sílabas, para hacer la revolución de la palabra. Una solicitud, una subasta y un cruce de reproches entre una pareja desenamorada también pertenecen al gremio poético.

La vida de Mohamed Adnan Mustafa (Hasaka, Siria, 1994) es la antivida.

Viste con una sudadera de Pull & Bear (“An ever young community”), y sus ojos castaños de fuego contrastan con el pelo rebelde y moreno de una cordillera alpina. Inquieto, se estira y se apoya sobre los codos para luego levantarse y salir a fumar el tabaco de liar Virginia Golden, en la cafetería Buenas Migas, en la plaza Universitat de Barcelona.

Mohamed llegó a Barcelona en diciembre del 2017. Herido en la guerra que ha partido Siria de cabo a rabo, lo único que espera es trabajar de lo que sea, de ceramista o de albañil, que para él son la misma cosa. Con la ayuda de su amiga Ana de la Cruz, antigua trabajadora de la oenegé Abenin (“Asociación Ben por la infancia”), que traduce al inglés, se le pregunta de qué le gustaría trabajar: “De lo que sea”. De nuevo se le pregunta por el oficio en el que querría formarse: “El que sea”, responde con un ímpetu de mar y llanto.

Residente en un piso del barrio de Can Serra (L’Hospitalet de Llobregat), las últimas mañanas las ha dedicado a colgar avisos para encontrar empleo. Se las ha redactado Ana: “Hola, mi nombre es Mohamed Adnan. Hace poquito que llegué a L’Hospitalet. Soy sirio y vivo con dos chicas españolas que me han acogido en su casa. Me gustaría mucho poder trabajar y poder colaborar con ellas, así como tener una ocupación y poder integrarme cada vez más en sociedad. Lamentablemente, tengo un brazo medio inutilizado por la guerra. Pero aun así puedo hacer muchas cosas. Por favor, si necesitas que te ayude en la cocina, en la limpieza de tu domicilio, que pasee a tus mascotas, quite malas hierbas del jardín o que haga algún recado, escríbeme un whasapp…”.

Por ahora, solo le ha llamado una señora con más voluntad que dinero.

“Me gusta mucho Barcelona”, sonreirá con las brocas de sus dientes en la parcela de su boca negra. A veces, le duele mirar las cosas, y se sorprende de todo como si hubiera nacido ayer por la noche: “Nunca antes había visto una chica con tatuajes”.

Juega al fútbol en el campo municipal Pubillas Casas.

Su equipo es el Real Madrid.

¿Qué piensa sobre la independencia de Cataluña? “No me importa.”

Sus problemas son otros.

El mayor de siete hermanos, Mohamed Adnan pastoreaba las cabras del rebaño de su padre cuando estalló la guerra. El 11 de julio del 2011, bajó hasta Jordania, donde halló amparo en el campo de refugiados de Zaatari, que se extiende por la rosa del desierto como una lona de cascabel. Allí se estableció su familia.

Volvió a entrar en Siria, enrolado en el Free Army o Ejército Libre Sirio o Movimiento de Oficiales Libres, la misma organización que combate contra el gobierno del presidente sirio Bashar Al Assad, “ese tipo”.

“Cruzaba una calle en moto y me disparó el gobierno: aquí, aquí, aquí y aquí”, relata Mohamed sin acritud ni enojo y sin arrugar la nariz. Las cuatro balas de Kalashnikov le inutilizaron el brazo derecho, y la mano no puede hacer pinza para agarrar los objetos. Una bala se le quedó dentro.

Le dispararon el 18 de enero del 2014, cuando ya llevaba nueve meses peleando. Al cabo de un mes salió del coma. Los cascos blancos, una suerte de defensa civil nutrida de voluntarios, le evacuaron a Jordania. Cuando le iban a operar en un hospital de Amán, su convoy fue interceptado por militares y devuelto a Siria, de la que volvió a salir en marzo del 2016. Esta vez siguió el camino de la diáspora que ya conocemos por los medios de comunicación: Turquía (Esmirna), Grecia (Samos), Alemania (Düsseldorf), España (Barcelona), adonde llegó hace dos meses y donde espera regularizar su situación.

En este tramo de la conversación emerge una palabra con riesgo, una palabra que es en sí una montaña, con su precipicio, su cresta y sus rocas: papeles. La pronuncia en árabe, inglés y castellano, idioma que está estudiando actualmente.

Una de las primeras palabras que ha aprendido del castellano es papeles.

Los cascos blancos son la antítesis de las white cards, las tarjetas para gestionar el derecho de asilo.

La narración de Mohamed, imposible de contrastar, está trufada de idas y venidas, de salidas y entradas por una frontera porosa, permeable, de arena.

Ana, su compañera, ha de dibujar un diagrama con flechas y fechas para entender su vida, la antivida.

En un momento dado, una pareja se levanta en la mesa de atrás, en la cafetería.

Hechizado, él la sigue con la mirada, como si hiciesen mucho ruido, innecesario.

Asiste a clases de terapia.

Vuelve a nosotros.

Vuelve a las fronteras.

Coge el platito de su taza con café solo y una gota de leche. Lo coloca a un lado. Coge la taza, en la que queda escrito: “Els nostres cafès estan fets amb llet fresca”. Lo coloca a un palmo del platito.

Entre la taza y el plato sitúa su mano, la mano inútil.

Dice: “Entre uno y otro solo hay diez minutos. Echabas a correr y estabas al otro lado”.

Así es como ha cruzado las fronteras, así es como las concibe, como una carrera.

El compositor Max Richter se habría inspirado en él para componer Luminous.

El poeta antipoeta Nicanor Parra le habría dedicado un poema.

La guerra debería ser una antiguerra.

De “Soliloquio del individuo”: “Crucé las fronteras/ y permanecí fijo en una especie de nicho,/ en una barca que navegó cuarenta días, /cuarenta noches./ Yo soy el Individuo”.

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