Cortar de raíz la violencia machista

Autor: Raquel Vilella

Ilustración: Ricardo Jurado

Esta semana tres mujeres han sido asesinadas por violencia machista en España y se suman a la lista negra de 44 víctimas en lo que va de año. Quizás la información no nos ha llegado a todos, recordemos que ha habido Champions y Barça-Madrid. Los feminicidios, a pesar de no ocupar portadas, son la punta más visible del metafórico iceberg de la violencia machista.

Si profundizamos y vamos bajando por el bloque de hielo nos encontraremos con las agresiones físicas, los insultos, el acoso…Y, aun más abajo, en las profundidades más oscuras, la violencia simbólica, la cosificación, las bromas machistas, el control. Estas formas de violencia constituyen la base de eso que, para algunas, puede acabar en asesinato. Y esto lo vemos. Lo vemos en la compañera de universidad que corre al baño como si le estuviese llamando un ser todopoderoso y que vuelve con cara de haber conocido el mismísimo infierno. Lo vemos en la mirada clavada en el suelo de la vecina del tercero, que no se atreve a debatir sobre política por miedo a las ridiculizaciones de su marido. Lo vemos en los pies sobre la mesa del que espera acomodado a que le sirvan una cervecita fría al volver de trabajar. Todos lo vemos y, sin embargo, preferimos nombrarla “violencia invisible”.

Es evidente, por lo tanto, la necesidad de apartar dichas conductas de la mentalidad de las nuevas generaciones para poder iniciar una sociedad libre de violencia. De hecho, los más jóvenes están plenamente concienciados sobre el tema… o, espera un momento. Según el informe “Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud”, publicado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, uno de cada tres jóvenes considera inevitable o aceptable “controlar los horarios de la pareja”, “impedir que vea a su familia o amistades”, “no permitir que trabaje o estudie” o “decirle las cosas que puede o no puede hacer”. Según el mismo informe, un 25% de mujeres de 16 a 19 años ha sufrido violencia de control en el último año por parte de su pareja. Y es que una de cada tres personas jóvenes no identifica los comportamientos de control con violencia de género. Además, se mantiene la trasmisión intergeneracional de mensajes como que “los celos son una expresión de amor”, de modo que el porcentaje de jóvenes que han escuchado este consejo, independientemente de su sexo, es del 73,3%.

Los datos son preocupantes. No es común pensar que las adolescentes sufren maltrato por parte de sus parejas, lo asociamos a la edad adulta, pero las amenazas y los menosprecios existen en el día a día de muchos jóvenes. Ciertos insultos se han normalizado y muchos adolescentes los justifican por el contexto de “juego” o “broma” en el que consideran que se encuentran. La adolescencia es una de las etapas más importantes, sensibles y vulnerables de la vida. Las personas empiezan a formar sus creencias y ven como se despiertan sentimientos que no saben gestionar y emociones que no acaban de entender. Es aquí donde se tiene que actuar, para formarlos en los valores de igualdad y diálogo. Hace falta revisar la eficacia de los distintos programas de prevención y, por qué no, hacer de “Igualdad de Género” una asignatura obligatoria en las escuelas que contrarreste con las Cuatro Babys de Maluma y neutralice las actitudes y mensajes machistas con los que se empapan día a día los jóvenes. Actuemos para evitar que una adolescente que hoy minimiza las malas conductas de su pareja pueda ocupar mañana una pequeña parte de una página de periódico.

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