Hay una forma de ignorancia que no se parece a la ignorancia. No tiene el aspecto del que desconoce, del que no ha tenido ocasión de enterarse. Tiene el aspecto del que lo ha visto todo. Se pasa el día rodeado de nombres, de declaraciones, de vídeos recortados y de réplicas a las réplicas, y al caer la noche podría recitar quién ha dicho qué de quién, pero no sabría explicar qué propone nadie.
España va a elecciones el 29 de noviembre y las próximas semanas nos darán un buen ejemplar de esa ignorancia bien informada. Conviene mirarla con calma antes de que nos cubra.
Los investigadores la han ido describiendo desde distintos flancos. El Digital News Report de este año, el del Reuters Institute y Oxford, sitúa en el 37 % a los españoles que evitan las noticias en alguna medida. Un estudio publicado en American Politics Research, con datos de la campaña estadounidense de 2016, encontró que cuanto más saturado se sentía el votante, más probable era que esquivara deliberadamente la información electoral. La relación tiene su lógica cruel: el exceso de mensajes pensados para movilizarnos produce, en una parte del público, el efecto contrario. Se emite para persuadir y se cosecha huida.
Hasta aquí, lo esperable. Quien huye de un ruido lo hace con razones, y las razones suelen ser buenas. Yo tampoco soy capaz de aguantar mucho una tertulia en la que cuatro personas se interrumpen para decir lo que ya sabíamos que dirían.
Lo menos evidente es que existe otro tipo de huida, y que ese no consiste en apagar nada. Consiste en quedarse.
La literatura académica lo llama news-finds-me perception: la convicción tranquila de que, si ocurre algo importante, ya me llegará. Por el móvil, por un primo, por el grupo del trabajo. Tiene su verosimilitud. Hace treinta años informarse exigía un gesto: comprar el periódico, encender la radio, sentarse ante el informativo. Hoy el gesto ha desaparecido, y la política se cuela entre las fotos de unas vacaciones ajenas y el vídeo de un perro que sabe abrir puertas. Uno entra en una red social a ver qué hace un amigo y se topa con un candidato. Nadie la buscó, y ahí está.
El estudio longitudinal que cita la fuente desmonta esa comodidad con una constancia incómoda. Quienes más confiaban en que las noticias los encontrarían acababan usando menos las fuentes tradicionales y, con los años, sabían menos de política. La sensación de estar al tanto crecía mientras el conocimiento menguaba. Es difícil imaginar una paradoja más doméstica.
Aquí conviene detenerse, porque creemos que lo que se juega es otra cosa que una cuestión de higiene mental. Tendemos a plantear el problema como un asunto de cantidad: demasiada información, demasiado ruido, necesidad de racionarla. Pero el que ve veinte contenidos políticos al día no ha recibido veinte informaciones. Ha podido recibir una sola, veinte veces, con ropajes distintos: la polémica del día convertida en titular, en fragmento viral, en chiste, en indignación ajena reenviada. La repetición se parece mucho a la abundancia desde dentro. Nos da la impresión de un caudal cuando es un eco.
Y un eco tiene una propiedad curiosa: favorece lo que se repite con más facilidad. Un enfrentamiento se resume en diez segundos. Un modelo de financiación autonómica, no. Una frase afilada viaja sola; una propuesta con sus costes y sus consecuencias necesita que alguien la lleve de la mano. Lo que circula mejor por el entorno digital no es lo más importante ni lo más cierto, sino lo que mejor aguanta el trayecto. La política que nos encuentra es, por construcción, la política que sobrevive a ser troceada.
Hay quien dirá que eso ha sido siempre así, y tendrá parte de razón. Los mítines nunca fueron seminarios. Pero antes había una frontera, aunque fuera porosa, entre entrar en contacto con la política y dejarse atravesar por ella. Cuando uno compraba el periódico, tomaba una decisión mínima, y esa decisión funcionaba como un filtro: yo quiero saber esto, ahora, en este formato. Ahora el filtro lo pone otro, y no es neutral. El muro de cada cual no es un resumen equilibrado de los programas. Nadie lo diseñó para eso. Está optimizado para otra cosa que no es informarnos, y quien crea que su pantalla es una ventana debería recordar que es más bien un escaparate con vendedor.
Lo notable es que la solución que se suele proponer, y que la propia fuente roza, es más frugal que heroica. Elegir pocas fuentes, reservar momentos concretos, ir al texto original cuando un asunto nos importe, distinguir entre un hecho y las cien reacciones que provoca. Nada de eso exige abandonar el mundo. Los autores hablan de una especie de JOMO político, la alegría de desconectarse, y la expresión nos gusta menos que la idea, porque «desconectarse» sugiere retirada y lo que se propone es lo contrario: ejercer la atención como un acto de voluntad en lugar de dejarla a merced del algoritmo.
La atención, dicho sea de paso, es lo único que el votante tiene para entregar de verdad. Dentro de unas semanas depositará un voto, que es un gesto casi mudo. Antes habrá entregado, sin cobrarlas, centenares de horas de mirada. Esa moneda sí está en circulación, y hay muchos interesados en gastarla por nosotros.
Se nos ocurre una comparación que quizá no resista un análisis serio, pero que ayuda. Hay dos maneras de conocer una ciudad. Una es pasear por ella con un mapa y una pregunta: quiero llegar al río, quiero ver el mercado. Otra es dejarse llevar por la multitud, que siempre va a los mismos sitios. La segunda es más cómoda y produce la sensación de haber estado en todas partes. La primera es más lenta y produce, con suerte, algo parecido a un conocimiento. En campaña, la multitud tiene prisa y mucho que vender.
Quienes se dedican a la comunicación política saben esto mejor que nadie, y no hay por qué tomarlo como una acusación. Compiten por una atención escasa con las armas que el entorno premia. Sería ingenuo pedirles que renunciaran a ellas. Lo que sí cabe es que el ciudadano entienda las reglas del juego en el que participa, y que no confunda el hecho de estar en el centro del ruido con el hecho de saber algo.
Quizá la pregunta que merezca la pena hacerse en estas semanas sea una pregunta de inventario, de las que uno se formula antes de votar: de todo lo que he visto esta semana, ¿qué podría explicarle a alguien que no ha visto nada? Si la respuesta es una lista de nombres y una anécdota, algo falla. Si es una propuesta concreta, con su problema y su coste, algo se ha hecho bien.
Lo curioso es que ese ejercicio apenas cuesta tiempo. Cuesta, eso sí, aceptar que durante un rato habrá que perderse cosas, y que las cosas que nos perdamos no serán las importantes. Será la parte del ruido que se nos queda siempre en los bolsillos y que nunca hemos sabido a quién devolver.




