El wokismo no ha muerto

Las ideologías rara vez mueren. Lo que suele morir es una manera concreta de presentarlas.

Una consigna deja de funcionar, una palabra se vuelve incómoda, una batalla cultural pierde capacidad de movilización y, entonces, quienes hasta ayer defendían aquellas posiciones descubren que en realidad siempre estuvieron diciendo otra cosa. No es un fenómeno nuevo. La política tiene una memoria extraordinariamente selectiva. También tiene una capacidad prodigiosa para cambiar de piel.

Algo de eso parece estar ocurriendo en la izquierda estadounidense con la aparición de una distinción que hace apenas unos meses habría resultado insólita: Woke 1 y Woke 2. El término nació, al parecer, de una ocurrencia del concejal neoyorquino Chi Ossé, que en mayo recuperó un mensaje suyo de 2021 para reconocer, con cierta distancia humorística, que aquella etapa había sido una locura. Alexandria Ocasio-Cortez retomó después la expresión y añadió una idea políticamente significativa: a los candidatos habría que juzgarlos por lo que dicen ahora, no por la retórica de 2020.

La frase contiene más de lo que parece. Porque si hay un Woke 1, necesariamente tiene que existir un problema con el pasado que obliga a bautizarlo de nuevo.

Aquel momento tuvo unas coordenadas muy reconocibles. Tras el asesinato de George Floyd y en plena pandemia, buena parte del debate cultural estadounidense quedó absorbido por las cuestiones de identidad: raza, género, pronombres, diversidad, cancelación, policía, representación. Algunas propuestas llegaron a plantear la reducción radical del papel de las fuerzas de seguridad o incluso la abolición de determinadas instituciones penitenciarias. La discusión política se desplazó con intensidad hacia el terreno simbólico y moral.

No significa que todas esas cuestiones fueran inventadas, irrelevantes o equivalentes entre sí. Significa algo más sencillo: durante un periodo concreto adquirieron una centralidad extraordinaria y organizaron buena parte del lenguaje político de una generación.

Lo interesante es comprobar qué ocurre cuando ese lenguaje deja de producir el efecto esperado.

La política, especialmente cuando aspira a gobernar y no solamente a protestar, necesita hablar de cosas bastante poco poéticas. El precio de la vivienda. Los salarios. La sanidad. Los impuestos. El coste de hacer la compra. La seguridad. El transporte. El empleo. Son asuntos difíciles de convertir en una liturgia moral porque afectan a casi todo el mundo y porque las soluciones exigen compromisos, presupuestos y resultados.

Ahí aparece el supuesto Woke 2: una izquierda que recupera el discurso económico y abandona, o al menos rebaja, algunas de las batallas identitarias más visibles de la etapa anterior. El vocabulario cambia. La vivienda y la asequibilidad ganan espacio. El socialismo vuelve a hablar de clase, aunque sea bajo nuevas formas. Y, según la interpretación planteada por Pablo Malo, Palestina y el conflicto con Israel ocupan un lugar mucho más central, acompañado de una aproximación entre sectores de la izquierda radical y determinadas corrientes del islam político. El propio autor advierte que se trata de un proceso todavía abierto y de una interpretación tentativa, no de una doctrina formal con programa propio.

Conviene detenerse precisamente ahí. Porque la cuestión más interesante no es decidir si existe realmente un Woke 2. Es preguntarse qué nos dice la necesidad de inventar la etiqueta.

Cuando una corriente política cambia de vocabulario, pueden estar sucediendo dos cosas muy diferentes. Puede haber una rectificación auténtica: se reconoce que determinadas ideas eran equivocadas, que ciertas prioridades estaban mal planteadas o que una parte de la sociedad no comparte aquel diagnóstico. Pero también puede producirse una adaptación estratégica: los principios permanecen y lo que cambia es el modo de hacerlos aceptables.

Desde fuera resulta difícil distinguir siempre ambas posibilidades. La política no ofrece acceso directo a las intenciones. Podemos observar discursos, programas, alianzas y decisiones; podemos comparar lo que se decía antes con lo que se dice ahora. Lo que no deberíamos hacer es convertir automáticamente un cambio de lenguaje en una conversión intelectual.

Hay, además, una paradoja incómoda. Si los protagonistas del Woke 2 tienen razón cuando dicen que no deben ser juzgados por la retórica de 2020, también deberían aceptar que ningún movimiento político puede pedir simultáneamente que se olvide su pasado y que se conserve el prestigio construido sobre él. La memoria política funciona en las dos direcciones.

No parece razonable condenar a una persona eternamente por una frase pronunciada seis años atrás. Pero tampoco lo parece exigir que aquellas frases sean irrelevantes cuando todavía ayudan a explicar quién ocupa hoy determinados espacios de poder.

El problema no es haber cambiado de opinión. Cambiar de opinión puede ser una de las pocas formas decentes de hacer política. El problema sería presentar la transformación como si nunca hubiera existido.

Hay otra cuestión más profunda. El desplazamiento desde las batallas identitarias hacia las económicas puede interpretarse como una vuelta de la política material, pero también puede revelar una dificultad estructural de la política contemporánea: la necesidad permanente de encontrar nuevos grupos, nuevas víctimas y nuevos antagonistas capaces de producir cohesión.

Durante años, una parte del progresismo organizó su discurso alrededor de relaciones de poder entre grupos. El esquema era relativamente sencillo: había colectivos vulnerables y colectivos privilegiados; víctimas y estructuras de opresión; identidades que debían ser protegidas y otras que debían ser sometidas a escrutinio. El modelo tenía una enorme potencia moral porque convertía conflictos complejos en una gramática reconocible.

Pero esa gramática tenía un límite. Si todo conflicto se interpreta exclusivamente como una lucha entre identidades, acaba resultando difícil explicar la realidad cuando las identidades empiezan a cruzarse de manera incómoda.

Y ahí aparece la cuestión del islam político.

No porque musulmanes e islamistas sean conceptos intercambiables —no lo son—, ni porque exista una única posición musulmana sobre Palestina, Occidente, el feminismo o la democracia. Precisamente por eso conviene utilizar las palabras con cuidado. Islam, islamismo e islamismo político no designan exactamente lo mismo. Confundirlos sería tan poco serio como confundir una religión con todas las ideologías que hablan en su nombre.

La hipótesis que plantea el debate sobre el Woke 2 es otra: que determinadas organizaciones o sectores de la izquierda radical pueden encontrar objetivos comunes con movimientos islamistas en cuestiones como Palestina, el rechazo a determinadas estructuras occidentales o la crítica del orden político existente. Es una cuestión que merece ser examinada caso por caso, porque una alianza política no implica necesariamente una identidad doctrinal.

Y aquí aparece quizá la contradicción más fértil de todo este asunto.

Las alianzas políticas no necesitan que sus participantes crean exactamente en lo mismo. Basta con que tengan un enemigo común, una causa compartida o intereses coincidentes. La historia está llena de coaliciones improbables. Lo difícil no es formarlas. Lo difícil llega cuando los aliados tienen que responder a la pregunta de qué sociedad quieren construir después.

Ahí es donde las etiquetas Woke 1 y Woke 2 pueden quedarse pequeñas.

Porque quizá el fenómeno relevante no sea la muerte del wokismo, sino la transformación de una política que ha aprendido que determinadas palabras ya no movilizan como antes. Si la nueva izquierda estadounidense vuelve a hablar de salarios, vivienda y sanidad, eso puede representar un desplazamiento genuino hacia problemas materiales que afectan a una mayoría. Si al mismo tiempo sustituye unas batallas culturales por otras, simplemente estaremos ante una mutación del conflicto.

Las sociedades democráticas necesitan algo más difícil que una sucesión de identidades políticas. Necesitan ciudadanos capaces de discutir sobre intereses concretos sin convertir cada desacuerdo en una prueba de pureza moral.

Tal vez esa sea la verdadera lección de este supuesto final del wokismo. No que una ideología haya muerto, sino que ninguna cultura política puede vivir indefinidamente de sus consignas. Cuando las palabras dejan de explicar la experiencia cotidiana, la realidad acaba pasando factura.

Y la realidad, a diferencia de las etiquetas, no cambia de nombre para resultar más cómoda.

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