altLa vicepresidenta del gobierno español, Soraya Sáenz de Santamaría, giró ayer lunes una rápida visita a la Ciudad Condal, con el doble objetivo de asistir a la presentación de la nueva edición en catalán del diario El País y para participar en la Junta Directiva del Partido Popular de Cataluña.

 

La vicepresidenta del gobierno español, Soraya Sáenz de Santamaría, giró ayer lunes una rápida visita a la Ciudad Condal, con el doble objetivo de asistir a la presentación de la nueva edición en catalán del diario El País y para participar en la Junta Directiva del Partido Popular de Cataluña.

 

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La contundente presencia física de Santamaría –debida a su nutrida escolta– se hizo más que evidente en la puesta de largo de elpais.cat. También asistieron el conseller de Cultura de la Generalitat catalana, Ferran Mascarell, quien departió de modo aparentemente distendido con la vicepresidenta, y el secretario general del Partido Socialista Obrero Español, Pedro Sánchez. En su intervención, la mandataria encomió la diversidad cultural y lingüística de España como factor de riqueza y progreso, e incluso la calificó de “componente esencial de la marca España”. También apeló al “diálogo fraternal” entre las dos lenguas oficiales de la comunidad autónoma, que son a la vez “españolas y catalanas”.

 

No hubo en las palabras de Santamaría ninguna referencia al proceso soberanista, alusión que correspondió a Mascarell, aunque de soslayo, cuando, sostuvo que la sociedad catalana también es rica en sensibilidades políticas, no solo lingüísticas, y que desea “la máxima participación de la gente para que demuestren sus anhelos”. El conseller se cuidó también de deslindar la actual cuestión catalana de motivaciones etnicistas: no es un problema de identidad, dijo, sino acerca de “cómo nos gobernamos y cómo distribuimos el poder”.

 

El líder socialista no intervino, pero cabe decir que sus propuestas fueron proclamadas por el anfitrión del acto, Juan Luis Cebrián, presidente del Grupo Prisa, cuando sentenció que la mejor manera de defender la Constitución era reformándola. En su alocución empleó la lengua de Ramon Llull y Salvador Espriu.

 

Las llamadas a la fraternidad de Santamaría –de igualdad y libertad, nada dijo– se trocaron poco después en advertencias de firmeza, una vez viose arropada por sus correligionarios del PP de Cataluña. Cual madre autoritaria o hermana celosa, la vicepresidenta volvió a poner la ley por delante de la voluntad ciudadana –algo así como la “legalidad vigente” del franquismo– y elogió la actitud de los populares catalanes en su rechazo al proceso soberanista, que calificó de sensata. También lanzó un dardo contra el presidente de la Generalitat, Artur Mas, y su ejecutivo: les reprochó que “deberían pretender ser un buen gobierno” antes que pretender ser un Estado.

 

La partenaire de Santamaría en el evento familiar, Alicia Sánchez Camacho, predijo la pronta ruptura del bloque soberanista, al tiempo que manifestaba su hartazgo de “fotos góticas”, quien sabe si en alusión al marco arquitectónico interior del palacio de la Generalitat o a que los líderes soberanistas le parecen fantasmas (¿será un alusión a la novela gótica?), o tal vez por haber inventado una nueva acepción de la palabra, de significado hasta ahora ignoto para el resto de los mortales. Esquerra y Duran Lleida también fueron blanco de sus críticas; al segundo lo tachó de incongruente, puesto que su partido, Unió Democràtica, apoya la celebración de la consulta pero ha dado libertad de voto a sus militantes, y algunos apreciaron en la senadora cierto tono acusica e intención metiche, ya que el líder del grupo parlamentario de CiU en el Congreso mantiene relaciones fluidas con Santamaría.

 

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