Religión, pueblo elegido y violencia

 Ha sido la Biblia base del monoteísmo propio de tres grandes religiones, la judía, la cristiana y la islámica. Aunque, realmente, en el histórico libro no aparece Jahvé como el único Dios, sino como el Dios de Israel. Lo cual ha permitido a algunos pensadores categorizar  como “henoteísmo” la creencia hebrea, aunque me parece más exacta la calificación de “religión étnica”.

 

 

Carlos Paris

altHa sido la Biblia base del monoteísmo propio de tres grandes religiones, la judía, la cristiana y la islámica. Aunque, realmente, en el histórico libro no aparece Jahvé como el único Dios, sino como el Dios de Israel. Lo cual ha permitido a algunos pensadores categorizar  como “henoteísmo” la creencia hebrea, aunque me parece más exacta la calificación de “religión étnica”. Una identificación entre comunidad y religión.  que, hoy, aun no ha sido perdida, sino que se nos muestra viva, si contemplamos el mundo actual y su tremenda confrontación entre las tres culturas derivadas de la Biblia: el largo conflicto entre judíos y musulmanes, y el que se da entre estos últimos y el occidente cristiano. Y cuya extremada violencia no representa sino una continuación de la exaltada en terribles pasajes del texto sagrado. Recordemos, como un ejemplo, el libro de Josué, cuando canta el genocidio realizado por el caudillo hebreo: “El buen viejo Josué no descansó hasta que destruyeron con el filo de la espada todo lo que estaba en la ciudad, tanto hombres como mujeres, jóvenes y ancianos, el ganado mayor y menor, y los asnos ” Y es que la Biblia  convierte en norma el genocidio. El derecho a suprimir los pueblos ajenos a la fe del “elegido”.

    

Semejantes  textos son aducidos por el científico y sociobiólogo, Richard Dawkins, dentro del alegato que, en favor del ateísmo,  realiza en su libro “El espejismo de Dios”. La argumentación de Dawkins se fundamenta en la cosmovisión científica, pero la refuerza con la denuncia de la figura de un dios extremadamente cruel y despótico.  En cuya figura se subliman los impulsos más atávicos del hombre, la violencia, la exigencia de sumisión incondicional- recordemos a Abraham- y estos impulsos  se proyectarán sobre las culturas derivadas del monoteísmo, en  forma de fanatismo religioso, aliado con la exaltación de una cerrada identidad colectiva. En una fusión que, bajo la dictadura del “nacional- catolicismo”, en nuestra España hemos padecido.

  

Pero, a esta contienda de etnias y culturas se añade en la Biblia otra aun mas interesante y, esta vez, aleccionadora: la que se da, en el mismo despertar de la historia humana, entre Caín y Abel y que preludia la lucha de clases. Si antes me he referido a Dawinks, ahora habría que hacerlo al último libro de Saramago, “Caín”.  Entre ambos hermanos el más profunda y auténticamente humano, que, a través de las páginas de Saramago, se elevará a representante de nuestra historia.  Es el que, en duro esfuerzo, arranca el alimento a las entrañas de la tierra, como glosaba Unamuno, y que resulta, arbitrariamente, postergado. Mientras Abel cuida pacíficamente sus rebaños y es visto con agrado por Jahvé.  Abel, feliz, está  más próximo al paraíso perdido y Caín a la dura historia, tras cerrarse las puertas del Edén. Podríamos decir, en términos actuales,  que Abel era de derechas y Caín de izquierdas. Uno más de los desplazados del poder, errante, capaz de aceptar los más variados trabajos en el relato de Saramago.

    

Pero es, también, el que, en la novela, detiene el brazo de Abraham, cuando, obedeciendo a la crueldad de Jahvé,, va a sacrificar a su hijo Isaac,. En una novela que debemos leer como profundo ensayo. Notemos que José Saramago, ocasionalmente, ha dicho que, cuando quería escribir un ensayo, producía  una novela. Y en ella los ángeles salvadores, llegan tarde, en un giro que el autor imprime al relato con su característico humor sarcástico, pero, también, enseñándonos que ante el despotismo no hay mas “supremo salvador”  que el esfuerzo humano.

   

Y Caín, mostrando su condición de habitante de todas las épocas,  va recorriendo los más diversos ambientes, a veces en una clandestinidad que le lleva a cambiar su nombre por el de Abel, Y, en  ellos, se enfrenta  con Jahvé, denunciándole la injusticia de su despiadado obrar. Como en Sodoma, cuando alega que, al menos los niños, asesinados por la ira homófova del Omnipotente, estaban libres de cualquier culpa. Y aquí cabría recordar la expresión indignada del personaje de Camus ante un infante muerto: “Este, por lo menos era inocente”.  Además, en un divertido pasaje nos aparece Caín dando  lecciones de elemental y práctica física a Jahvé, al hacerle observar que el barco de Noe no será capaz de flotar con toda su carga, si antes no ha sido botado al mar.

     

Jenófanes criticaba a los dioses griegos por su conducta tan ajena a  la  moralidad. Tales críticas resultan  extensibles, con mayor razón aun, al Dios de la Biblia, En Roma,  Lucrecio consideraba el sacrificio de Ifigenia consecuencia de las convicciones  religiosas. Ciertamente, los cristianos más versados aducirán que no se debe interpretar literalmente el texto bíblico, aunque las  encuestas, según refiere Dawkins, muestran que la mayoría de los estadounidenses creyentes entienden que la lectura de la Biblia ha de ser literal. Asimismo, los cristianos más lúcidos alegarán que la Biblia transmite un mensaje todavía imperfecto, que solo será completado en el Nuevo Testamento. Y, ciertamente, Jesús de Nazaret exalta el amor al prójimo, no solo hacia el miembro de la misma etnia,  como en el judaísmo, sino a todo necesitado. El movimiento franciscano proclamará dicho amor extendido a la misma naturaleza. Hoy la teología de la liberación y movimientos de cristianos de base se suman a la lucha  por la emancipación. Pero ha de ser reconocido que el progreso de nuestras convicciones morales ha encontrado su base decisiva en el pensamiento laico, en la Ilustración y en el proyecto de una sociedad sin  relaciones de dominación.

 

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