Los grandes museos hace tiempo que se rindieron al lobby turístico. El ejemplo más claro es el caso del Louvre. La Sala de los Estados (sala 711, ala Denon, planta 1), la más grande del complejo, alberga obras sublimes de los maestros venecianos como Tiziano, Tintoretto o el Veronés, pero solo una atrae el interés de los visitantes. En efecto, la Gioconda de Leonardo Da Vinci se ha convertido en un ‘selfie point’, donde diariamente centenares de personas se agolpan para sacarse una foto con la ‘enigmática’ Monalisa.

Para no perder este poder de atracción, el museo parisino hace tiempo que decidió no restaurar la pintura. Es por eso que la Gioconda tiene ese extraño velo marrón amarillento que la recubre, que no es otra cosa que la degradación de los barnices a lo largo de cinco siglos de historia y que ocultan los verdaderos colores del cuadro, mucho más vivos en realidad. Una restauración integral del cuadro supondría causar el rechazo del público turístico más conservador, tal como sucedió con La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, también de Da Vinci. Esa es la razón que arguyen desde el museo. De hecho, en 2019 el Louvre antepuso la restauración de la sala, pintándola de un azul intenso para reforzar el contraste con la paleta de colores de las obras expuestas.

La Gioconda sería una obra más en el catálogo de la pinacoteca si no fuese por el robo que sufrió en 1911, causando un gran revuelo mediático y convirtiendo la sustracción en una cuestión de estado. Los artículos se multiplicaban en la prensa y se prometían suculentas recompensas. La casualidad hizo que un marchante de arte italiano se la ofreciera a un vidriero que había trabajado para el Louvre. Este lo denunció y así se recuperó el cuadro. O, al menos, eso dice la versión oficial…

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